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Me identifico como...

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Cuando esto ocurrió, también experimenté...

Bienvenido a Our Wave.

Este es un espacio donde sobrevivientes de trauma y abuso comparten sus historias junto a aliados que los apoyan. Estas historias nos recuerdan que existe esperanza incluso en tiempos difíciles. Nunca estás solo en tu experiencia. La sanación es posible para todos.

¿Cuál cree que es el lugar adecuado para empezar hoy?
Mensaje de Sanación
De un sobreviviente
🇺🇾

Aprender a vivir sin querer matarme

Estimado lector, este mensaje contiene lenguaje autolesivo que puede resultar molesto o incomodo para algunos.

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  • “Para mí, sanar significa que todas estas cosas que sucedieron no tienen por qué definirme”.

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇲🇽

    Quisiera saber que se siente sanar.

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  • Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇲🇽

    Solo tú sabes lo que sientes, no dejes que nadie te diga que no es válido.

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  • “No estás roto; no eres repugnante ni indigno; no eres indigno de ser amado; eres maravilloso, fuerte y digno”.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇪🇸

    Corazón fuerte

    Si alguien quisiera entender quién soy, tendría que saber que… No sabría cómo ni por dónde empezar. Supongo que por la base de todo: mi niñez. Me llamo Name. Nací en Venezuela, pero me crie toda la vida en España, bueno, a partir de los ocho años. Mi niñez… qué decir. Era feliz. Fui feliz. O eso cree uno a esas edades. Mis primeros ocho años en Venezuela. Supongo que fui feliz. Una familia que me quería, un hermano, una mamá… aunque nunca un papá. Mami siempre supo cómo tirar ella sola con nosotros. Siempre me inculcó cosas buenas de mi padre. Incluso me enseñaba cartas y fotos de él. Crecí queriendo a mi padre, aun sin haberlo visto nunca en persona. Tuve un colegio que me gustaba mucho, aunque he de decir que la liaba mucho. Era demasiado ruido para aulas tan pequeñas. Tengo muchos recuerdos bonitos, otros que ahora de adulta sé que no lo fueron. Me dieron todo, tuve todo. A pesar de venir de una familia humilde, nunca me faltó un plato de comida, nunca me faltó amor, nunca me faltó nada. Todo se complica… Cuando cumplo los cuatro años, cuando ya eres un poquito, pero muy poquito, más consciente de la vida, todo se complica. Mamá dejó de estudiar y decidió trabajar. Eso implicaba verla menos. Eso implicaba ser cuidada por otras personas. Eso implicaba muchas cosas. A partir de ahí mi vida se derrumbó. A partir de ahí marcaría un antes y un después. A partir de ahí mi vida en la adultez sería distinta. La gravedad de todo lo vi al crecer. Aunque he de decir que tuve una pequeña reacción siendo tan pequeña. Podría decir que algo dentro de mí me dijo: esto está mal, esto no puede ser así. Siempre he dicho: ¿dónde estaba Dios? Soy creyente, o fui creyente, pero poco a poco todo eso fue desapareciendo. Cuanto más dolor me causaba la vida, más dejaba de creer. No me enrollo más… vamos al principio. Pues sí, tuve una niñez bastante bonita. Aunque la parte mala ahí está, y creo que estará por siempre en mi vida. Supongo que escribirlo me hace sentir un poquito mejor. Recalcar toda mi vida me hace sentir algo mejor. Fui violada. Sí, abusaron de mí siendo tan solo una niña de cuatro años. A partir de ahí me destrozaron la vida. Fui cumpliendo años y eso seguía sucediendo. Supongo que para mí era algo normal. Un niño, al sufrir eso, jamás podría darse cuenta de la gravedad. La persona que se supone que tenía que cuidar de mí era la causante de mis traumas ahora de mayor. Mi hermano y yo, siempre unidos, siempre juntos, mano a mano. Pasó por lo mismo, solo que yo cedía. Cedí muchas veces porque sabía que era la única forma, la única forma que tenía para proteger a mi tesoro más preciado: mi hermano. ¿Dónde estaba mi familia? Éramos tan solo unos niños que necesitaban ayuda de un adulto. ¿Dónde estaban todos? ¿Por qué nunca nadie se dio cuenta? Tan solo necesitábamos a un adulto que nos ayudase. ¿Cómo íbamos nosotros mismos a ayudarnos? Mi vida cambió. Mi tía nos devolvió la vida. La decisión de venir a España cambió nuestras vidas. Era un pequeño viaje. Jamás pensábamos quedarnos aquí a vivir. Ed y yo felices, con nuestra pequeña maleta, sabiendo que algún día volveríamos a Venezuela, que en un mes o así estaríamos de vuelta. Y aquí estoy, veinte años después, agradeciendo día a día la decisión de quedarnos aquí. Ahí empezó mi verdadera infancia feliz. Nos dieron todo. Mis tías nos dieron todo. Nunca había sido tan feliz. Mamá se enamoró. Ahí conoció al que creí mi padre. Es normal, ¿no? Te crías sin una figura paterna y cuando entra alguien en tu vida con tanto amor para darte… cómo no creer que es tu padre. Mil viajes, muchas playas, muchos planes, mucho de todo. Él nos dio tanto. Estuvo en todo. Cómo no haberle querido tanto. El colegio es verdad que no me gustaba tanto. Sufrí mucho bullying. Supongo que no estarían acostumbrados a ver a una niña latina, pelo rizado y rasgos de negra. Esa parte quiero omitirla. La verdad que me marcó demasiado. Pensé siempre que de ahí venía mi inseguridad. Crecí. O eso creía con catorce años. Me creía la reina del mambo. Quería vivir rápido, quería ser adulta, quería hacer mil cosas. Empecé a perderme. A ser una inconsciente con mamá. A ser una rebelde. Cuanto más me prohibían, más quería hacerlo. Creo que fue mi peor época. Nunca me sentí entendida por nadie. Nunca nadie se sentó a explicarme paso a paso cómo va la vida y desde cuándo tenía que empezarla a vivir como una adulta. Mamá lo hizo bien siempre, pero he de decir que no supo lidiar con una adolescente llena de ira, llena de rabia, llena de odio. Fui mi peor versión. Pero era adolescente, ¿quién se da cuenta a esas edades? Porque yo, hasta que no tuve un choque de realidad, no me di cuenta. Mi primer amor… Sí, tuve mi primer amor. Fue lo más preciado que la vida me había dado. Tus primeras veces en todo, tus primeros te quiero, tu primer sentimiento de amor, tu primer todo. Fue un fracaso. Supongo que éramos muy jóvenes e inexpertos. Yo quería más, salir al mundo, conocer gente. No me valía nada. Tuve más de un amor. Con todos fracasé. Pero me quedo con lo que aprendí con cada uno de ellos. Aprendí a saber qué merezco y qué no. Aprendí a quererme un poco más. Aprendí a no tolerar cosas que no. Aprendí a no quedarme con migajas. No sé por qué nunca me fue bien en el amor. Y la poca fe que me quedaba me la destrozaron. Cumplo dieciocho. Por fin mayor de edad. Por fin podría hacer lo que me diese la gana. Eso sentía y eso creía. Me duró bastante la rebeldía. Hasta que… Ocurriría de nuevo. Mamá se separa. Mi vida cambia. Todo cambia. Mi supuesto padre sigue siéndolo. Seguimos queriéndolo como el primer día. Seguimos viéndole. Seguimos todo con él, a pesar de no estar con mamá. Pero tuve un choque con la realidad. Creí que mis parejas me habían roto el corazón, pero creí mal. Él me rompió el corazón. Dejé de creer en el amor. Si la persona que más quería, a quien yo consideraba mi papá, me partió el alma, me partió el corazón… ¿qué iba a pensar del resto del mundo? ¿Cómo debía ser yo? Y llegó ese día, el segundo peor día de mi vida. Sufrí violencia doméstica. Mi supuesto padre fue capaz de destrozarme la vida. Intento de violación. Una vez más sentí ese miedo. Una vez más sentí que la vida se me caía. Una vez más sentí decepción. Una vez más sentí cómo mi corazón se rompía poco a poco. Cómo creer en la gente. Cómo creer en la vida. Nace Brother. Empecé a ver la vida un poco mejor. Brother llega a nuestras vidas, mi pequeño hermano, y cambié por completo. Me dio esa felicidad que no tenía. Me dio esa calma en el alma que yo tanto necesitaba. Verle tan pequeño, tan bonito, esas manitos… Mi hermano me devolvió la vida y las ganas de querer con el alma a alguien. Nunca se lo dije. Es muy pequeño. Pero algún día me sentaré y hablaré con él. Dejé de estudiar. Fui de mal en peor en los estudios y decidí adentrarme en el mundo de la hostelería. Crecí de verdad. Mi mentalidad cambió. Empecé a ser mejor persona con mamá, mejor persona con mi hermano Edy, mejor persona con todos. Trabajar me hizo darme cuenta de cuánto cuesta la vida. De cuánto ha tenido que currar mamá para darnos todo. Trabajar me hizo crecer como persona, como mujer. Pasa el tiempo. Pasa la vida. Y sí, sigo estancada en la hostelería. Pero he de decir que me he ganado todo lo que tengo a pulso. Agradecida de todo lo que aprendí. Sigo con la vida. Sigo con mi vida. Pasa el tiempo. Vuelvo a tener amores que no van a ningún lado. Más decepciones: de familia, de novios, de amistades. Pero supongo que siempre pude con todo. Era como que mi corazón estaba a prueba de balas. Como que algo más ya me era indiferente. Estaba tan acostumbrada a que lo malo me persiguiese que era totalmente normal para mí. Pero oye, que nunca dejé de ser buena. Nunca dejé de tener este corazón tan noble, como dice mamá. Siempre di todo de mí a todos. Siempre fui con mis mejores intenciones. Hace poco leí que las personas que siempre están haciendo la gracia son las que más tristes están por dentro. Nunca algo me había representado tanto. Como digo yo, soy la payasa del grupo. Me encanta ver a mi gente reír a base de mis ocurrencias. Eso me hace sentir un poco menos mal. Eso me ayuda mucho. Me gusta hacer la gracia siempre, porque sí, porque no. Eso me hace olvidar un poco todo. Pasa el tiempo y estoy en calma. Siento que no tendré nada más por lo que sufrir. Y llega un mensaje inesperado… Siempre estuve en contacto con mi padre, ese mismo del que mamá siempre me habló y siempre me inculcó cosas buenas. Le quiero tanto que jamás se me pasaría por la mente odiarle. Y llega un mensaje: “Hola hija, Dios te bendiga. Soy tu papá, el hermano de tu mamá.” Mi mente no entendía absolutamente nada. Papá, mamá, hermano… Pensé que era fake, pero indagué hasta dar con la realidad de todo. Ese día, bendito día, una vez más me vuelven a romper el corazón. Pero esta vez, mi querida mamá. Resulta que ese señor era mi padre de verdad. Resulta que mi mamá no era mi madre biológica. Resulta que toda mi vida crecí creyéndome mentiras. Mi madre biológica me abandonó. Con tan solo un mes de nacida. Me abandonó como un perro. Mi papá, con miedo de la vida, con miedo de seguir con una niña tan pequeña, solo buscó ayuda. Ayuda de sus hermanos. Y ahí entra mi mamá en el plano. Como me dice ella: “Hija, me enamoré de ti. Verte tan pequeña, tan vulnerable, con esa carita, con esa nariz, con esos rizos… cómo no quedarme contigo.” Mamá no me dio la vida. Me la devolvió. Agradezco la vida que me diste, mamá. Para mí siempre serás mi madre. Mi única y verdadera madre. Pero me duele el alma. Todo por lo que tanto había trabajado volvió: mis miedos, mis inquietudes, mis traumas, mis inseguridades, mi rabia, mi ira. Y llegó él. Llegó alguien a mi vida para hacerme entender que la vida no siempre es tan mala. Alguien que me haría entender por qué nunca funcionó con nadie más. Alguien que me daría todo el amor del mundo. Y llegaste tú, justo en el momento que más me dolía la vida. Llegaste y me olvidé por un ratito de todo lo que estaba pasando. Volví a creer en el amor. Volví a creer en que de verdad hay personas buenas con corazones bonitos. A veces siento que no lo merezco. A veces siento que es una trampa de la vida. Me saboteo mucho. No sé cómo asimilarlo. Siento que en cualquier momento todo se romperá. Sentiré miedo. Sentiré angustia .

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
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    Contar eso sin derrumbarme

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇨🇴

    No tengo recuerdos claros y siento mucha culpa

    Mi historia es un poco larga. Cuando tenía 15 años o 16 años, vino a mi mente el recuerdo de cosas que habían ocurrido cuando yo tenía entre 4 y 5 años. Dos tíos abusaron de mí. Los recuerdos sobre esto nunca han sido claros y ahora, muchos años después, todo se ha vuelto más lejano y confuso y he dudado varias veces de mí misma y de mi historia. Hay otras cosas que pasaron en mi infancia que sí recuerdo con más claridad: cuando tenía entre 7 y 8 años, vi a mis papás teniendo relaciones sexuales a mi lado (esa noche me había pasado a dormir con ellos en su cama). Tiempo después, se repitió la situación, pero con mi padrastro y mi mamá. También cuando tenía entre 7 y 8 años, estaba revisando unos CD'S en el DVD que había en la casa para marcarlos según el género musical o según la película que fuera. Uno de los CD'S, era una película porno. Como casi siempre, me encontraba sola en mi casa, entonces la vi completa. No recuerdo si me masturbé. Sé que desde muy niña me frotaba con peluches, muñecas y otros objetos, aunque sin mucha conciencia de lo que hacía, pero estaba presente el miedo a ser vista. Hay algo que me atormenta en este momento: cuando tenía 6 o 7 años, mi prima (ella un año mayor) y yo jugábamos a imitar algunas posiciones de un libro de kamasutra que había en su casa. También tengo leves recuerdos de una vez que, mientras nos bañábamos, frotamos nuestras partes íntimas. No sé si esto se dio en el marco de una curiosidad bilateral y por el contenido del libro al que habíamos estado expuestas o si fui yo quien generó la situación y la persuadió a ella de hacerlo o si la manipulé. No recuerdo que haya sido así, pero me da miedo que sí. ¿Y si imité lo que hacía mis tíos conmigo o lo que vi en contenido al que estuve expuesta? Siento miedo, culpa y vergüenza. Además, hace medio año, recordé que cuando tenía 10 años y cargué a mi hermanita en mi piernas (que estaba como de un mes), sentí un estímulo placentero en mi zona íntima por el contacto. Cuando esta imagen vino a mí (tampoco fue clara, como mis otros recuerdos) sentí culpa, pero no escaló a más porque entendí que fue una reacción física y nada más. Pero luego no podía dejar de pensar en ello y me cuestionaba si había prologando o intensificado el contacto y sentí muchísima culpa, asco y vergüenza. Fue tan fuerte, que tuve un episodio de TOC y siento que aún no he podido salir de ahí, porque ahora me inundan las dudas sobre lo sucedido con mi prima.

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇨🇴

    poder seguir adelante y pasar un poco la pagina

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  • Estás sobreviviendo y eso es suficiente.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇲🇽

    Cómo es posible ?

    En México se aproxima que al menos dos personas son violadas cada hora, esta cifra no la conocía hasta hace poco, cuando sufrí de abuso minimicé demasiado lo que me había pasado, pensaba, hay chicas que son violadas y torturadas, mueren o nunca más son encontradas, por que lo mío importaría? Soy hombre, como es que alguien puede creer que un hombre sufrió de abuso sexual? Verás, tengo 22 años, me encontraba en un día cualquiera, no hace demasiado lo había dejado con una pareja, y una “amiga” de la secundaria que alguna vez fue mi ex me escribió, respondió una historia en Instagram y empezamos a hablar, tenía mucho tiempo de haberla visto por última vez, me dijo que te parece si nos vemos el lunes ? Yo accedí y le dije claro vayamos por un café, ella vive sola por lo que la idea de ir a su casa y comer no me parecía mala, como dos adultos maduros, ella dijo vayamos a un café y le dije está bien, estaríamos dos horas en el café por que ella después tenía que irse a un compromiso y yo tenía un trámite que realizar, a la mitad del café su madre le marcó y canceló su compromiso, por lo que ya no tenía que irse, después de eso fuimos a un bar cercano, bebimos un par de tragos y jugamos alguna partida de billar, mientras jugábamos ella me Seducía y besaba, lo que al inicio no me pareció desagradable, pasando un rato decidimos ir a su casa, llegamos y evidentemente la idea era besarnos, tener un faje e irnos, yo no llevaba preservativos y tampoco quería llegar a más por que tenía dudas, aún no sabía si yo quería volver con mi ex así que tapo o quería ir más allá, llegamos a su cuarto y empezamos, besos, roces y un poco de toqueteo, empezamos a desvestirnos y yo decidí no bajar mi pantalón, ella insistió y con incomodidad dije bueno, me quedé en ropa interior y seguimos besándonos, después de eso ella se subió encima de mí, esta chica no era más pesada que yo pero si era pesada, al subirse sentí algo raro y es que no estaba encima de mi pelvis si no de mi abdomen, me siguió besando y en algún punto me quedé sin aire, si bien podía respirar, me sentía muy débil como para moverla, ella me dijo quiero que lo metas, a lo que yo respondí NO, no tengo preservativos y la verdad prefiero no hacerlo así, ella me dijo que tenía el implante por temas de salud, que no quedara embarazada, inmediatamente dije NO importa, el embarazo no es lo único que me preocupa, no tengo preservativos tal vez otro día, ella no dijo nada y siguió besándome, después de un rato ella bajó su mano, sacó mi pene y yo intenté quitar sus manos, le dije basta no quiero, ella parecía no escuchar a lo que yo dije espera es que no te va a gustar, hace poco tuve una infección y es mejor así, me dijo ah sí que infección ? Yo no supe qué contestar al momento y ella dijo es mentira, lo metió, se sentó por completo y después de unos pocos segundos eyacule, incómodo le dije ya, ya me vine no se puede más, pese a ello ella se quedó sentada encima de mi, exactamente en la misma posición, le dije bueno ya terminamos muévete por favor, ella me dijo que no que había sido muy rápido y que aún no estaba satisfecha, yo le dije que tal vez otro día, ella notó mi cara de incomodidad y me dijo que pasa? Yo le dije tengo muchas cosas en la mente puedes moverte ? Siguió sin hacerme caso y me dijo no puedo quedar embarazada y si te preocupa hace un año que no estoy con alguien, yo no tengo nada, le dije al momento no es eso, sin más ideas le dije me estoy quedando sin aire ella se movió un poco de lado y cuando pude respirar fui capaz de moverla, me empecé a vestir y ella aún desnuda agarró mi ropa la abrazó y no quería dármela, empezó a decir entonces me vas a abandonar? Me dejarás aquí desnuda, anda déjame limpiártelo con la boca, espera un poco y sigamos o duerme aquí, yo le dije que era tarde que tenía que regresar a casa y que no podía quedarme, aún con mi ropa en sus brazos y sin querer dármela le dije bien volveré otro dia, ella dijo está bien pero ese día te quedarás, le dije que sí que no había problema, solo entonces soltó mi ropa y me la dio, me vestí y salí de ahí, subí a un taxi y comencé a escribirle a mi mejor amiga, en ese momento me sentía estúpido y jamás me había sentido tan vulnerable, no dejaba de culparme y decirme una y otra vez si no hubieses ido todo estaría bien, lo hablé con mi mejor amiga y mi psicóloga, más tarde con una asociación de apoyo y todos dijeron lo mismo fue “violacion” detuve mis lágrimas y empecé a decirme a mí mismo, no puedes ser tan tonto, empecé a minimizarlo, y como dije al inicio me repetía, hay chicas que no regresan, son drogadas, violadas y torturadas, nunca son encontradas, tú fuiste a su casa, tu bebiste con ella tú accediste a un faje, como es que lo llamas abuso? Sin embargo sigo sintiéndome culpable, me siento vacío, solo y con mucho miedo, miedo a una ets, miedo a contarlo, e incluso miedo a admitirlo, no puedo evitar pensar que tal vez yo fui el culpable, que no debería estarme quejando y que al contarlo simplemente dirán por qué te quejas de ello ?

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇺🇸

    Para mí, la curación consiste en permitirme sentir y convertirme en un pilar de fortaleza al hacerlo.

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  • “Creemos en ustedes. Sus historias importan”.

    Historia
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    🇨🇦

    Name, solo tenía 6 años

    Tenía alrededor de 6 años, cierro los ojos y es cómo si volviera a vivir en carne propia el recuerdo, me acuerdo del ruido de la televisión, el olor del desayuno que estaba comiendo, yo solo estaba viendo caricaturas. El, un hombre de alrededor 50 años me cargó y me acomodó en sus piernas, y deslizó su mano por debajo de mis panties, TENÍA 6 AÑOS y ahí empezó mi historia de abusó sexual, una historia que me hubiese gustado no tener que experimentar. Yo hablé ya que mi mamá siempre me había enseñado a que nadie podía tocar mis partes pero en ese entonces mi mamá no tenía los recursos, vivíamos en casa de una prima (la hija de mi abusador) y nadie me creyó, dijeron que era mi imaginación. Otros sucesos pasaron cometidos por la misma persona, me arrebató mi inocencia y me rompió en pedacitos… pese a que yo hablé la primera vez, las otras veces me quedé callada porque nadie me creyó, nadie me protegió y nadie me escuchó más que mi mamá pero en ese entonces ella estaba luchando con un problema de alcoholismo y toda la familia nos dio la espalda. Después de un tiempo dejé de ver a mi abusador pero a los 8 años me volvió a pasar pero esta vez por el esposo de mi tía (la hermana de mi mamá) ellos han sido casados desde que mi tía tiene 16 años hasta el presente. Fuimos de visita a casa de mi tía, era diciembre entonces mi mamá salió con mi tía a comprar cosas para la navidad, yo, mi hermano y mi primo (hijo de mi tía) nos quedamos al cuidado del esposo de mi tía, el en ese entonces era oficial de la policía. Yo estaba jugando con mi primo y mi hermano cuando él me llamó, él estaba sentado en la mesedora viendo las noticias cuando me sentó en sus piernas y yo inmediatamente me paralice puesto que la última vez que alguien me sentó en sus piernas me manoseo, esta vez fue diferente, solo me acaricio las piernas y yo solo sentí cómo algo duro me rozaba mis glúteos, me paralicé y no sabía que hacer, hasta que tuve la fuerza y me bajé. Nunca hablé de mi segundo abusador y nunca lo he hecho, yo ya no vivo en Colombia pero cuando voy me toca actuar cómo si nada aunque por dentro sienta tantas cosas. Por mucho tiempo reprimí todo lo que me pasó, siempre decía que no me afectó y ahora a mis 22 años me está atormentando. Estoy comprometida con el amor de mi vida, siento que ha sido un regalo que Dios y la vida me dio después de tanto tormento pero hay veces que cuando vamos a tener intimidad y me toca siento una rabia en mi, ese tipo de rabia que te dan ganas de pegarle un puño en la cara a esa persona, y no lo entiendo, el no me ha hecho nada? El solo me ha ayudado y me ha tratado con amor y me ha demostrado lo mucho que me respeta y me ama, siempre quise evadir el tema y reprimirlo, no hablar de ello y pretender cómo que no me afectó pero ya llegué a un punto donde me dan unos ataques de ira que ni yo me reconozco, donde termino lastimándome a mí misma o sacando esa ira en mi prometido, hace unas noches por fin en medio de una ataque de ira donde terminé azotandome la cabeza en la pared solo repetía “no me deja en paz, me persigue, sácalo de mi cabeza” estaba en un estado de crisis y mi prometido solo pudo sujetarme en sus brazos mientras me preguntaba quién me perseguía y fue la primera vez que dije su nombre en voz alta, “Name, el hombre que me violo y me robo mi inocencia no sale de mi cabeza” no podía hablar, las lágrimas y gritos de desesperación eran más que las palabras, en ese momento me di cuenta que no importa cuánto allá crecido aquella niña de 6 años sigue dentro de mi, está enojada, está triste y rota. Mi pareja es abogado entonces el fue quien me habló sobre me too movement, me dijo que me hiciera justicia y lo denunciara pero que si no me sentía lista por miedo que navegara las opciones que me too ofrece y que quizá empezara por contar mi historia, por unos días habría la página y solo me quedaba paralizada, pero hoy me anime, ya no merezco ser prisionera de un dolor que no fue mi culpa aunque por mucho tiempo he sentido que lo es, me siento perdida y no quiero que mi pasado defina mi presente, la vida me está dando oportunidades bonitas pero mi abusó sexual no me deja avanzar, cómo me saco esta rabia que siento por dentro? Porque me volví un ser tan agrio y amargo, porque me enojo por todo? Porque no puedo disfrutar la intimidad con mi pareja si es delicado conmigo? Parece que entre más delicado es más rabia siento por dentro. Me siento muy sola y perdida. Quiero este dolor fuera de mi

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    🇪🇨

    No sé si mi abuso cuenta o simplemente quiero que no cuente.

    Todavía no sé si mi abuso cuenta. Estoy bastante seguro de que no. O tal vez eso es lo que quiero pensar. Cuando tenía 10 años, estaba en la fiesta de cumpleaños de mi (en ese momento) mejor amigo. No puedo recordar mucho de la fiesta en sí, solo que llevaba un cárdigan blanco. Recuerdo que el aire olía a churros y palomitas de maíz. No puedo recordar cómo llegué a la habitación de mi amigo. Solo recuerdo lo que pasó allí. El recuerdo comienza conmigo, de pie frente a la cama. En la cama estaba Nombre, uno de los hermanos mayores de mi amigo. Recuerdo que lo miré fijamente durante no sé cuánto tiempo. Creo que estaba hablando, pero todo era estático para mí. Recuerdo que había una de esas cosas de luces de fiesta, las que proyectan luces azules, rojas y verdes en el techo. Entonces recuerdo que empieza a saltar más alto. Y luego salta sobre mí, tirándome al suelo. Me quedé paralizado de terror. Y lo único que hice fue llorar en silencio. Pero a día de hoy, sigo sin saber si cuenta como violación. Yo tenía 10 años, pero él 13. Era solo un niño. Quizás él también estaba sufriendo abusos y se desquitó conmigo. También siento que es mi culpa por no haber hecho nada y no haberle contado a nadie. Podría haber gritado o algo, pero me quedé allí, paralizada y en silencio. No me he recuperado de esto en absoluto, probablemente porque no he hablado con nadie al respecto. No sé qué hacer.

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  • Cada paso adelante, por pequeño que sea, sigue siendo un paso adelante. Tómate todo el tiempo que necesites para dar esos pasos.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇫🇷

    Relato de mi experiencia en COCSA (tw: detalles de abuso sexual, incesto)

    Tenía siete años. Era mi primo, un año mayor que yo. Mi madre había invitado a su familia a cenar en Pascua. Ocurrió cuando jugábamos solos después de comer. Él introdujo en nuestro juego de simulación la idea de que éramos amantes. Yo no jugaba a ser amantes, nunca se me había pasado por la cabeza hacerlo con nadie, y mucho menos con mi primo. Pero no podía concebir que otro niño propusiera algo más retorcido que una simple tontería infantil, y para mi mente infantil, el juego de simulación era todo falso, así que lo concibí como un juego inocente. Entonces empezó a darme instrucciones: que me quitara la ropa interior, que me tumbara de cierta manera en el suelo, que abriera las piernas. Debo recalcar que desconocía incluso la existencia del sexo, y que en un entorno donde me sentía segura —en casa jugando con mi primo en una cultura que promueve abrumadoramente todo lo contrario al hastío familiar—, yo estaba completamente desprevenida. Obedecí. Por la forma en que me decía que hiciera las cosas, era obvio que era plenamente consciente de mi ingenuidad. Lo esperaba. Más allá de lo esperado, claramente contaba con que no encontraría oposición. Decidió ocultarme lo que pretendía hacerle a mi cuerpo, dentro de mi cuerpo, hasta que simplemente lo hizo. Sacó su pene por un agujero enorme en sus pantalones que no había notado antes y penetró mi vagina antes de apoyarse en mí para meterme la lengua en la boca. No sabía qué era nada de eso. Ni siquiera registré este último acto como un beso. Mi concepción de los besos eran picotazos o palmadas, que solo he dado en las mejillas de mis padres. Espero que mi insistencia en mi mentalidad de niña pequeña no te moleste, simplemente es muy importante para mí que quien lea esto entienda lo inconsciente que estaba. Seguía pensando que solo estábamos jugando, así que lo racionalicé como contacto físico inocente. Imité su lengua enrollándose contra la mía. Él presentó esas acciones en el juego como pruebas de amor. Estoy convencida de que sabía lo que hacía. Un niño que realmente confundiera el sexo con un juego infantil habría intentado abordar el acto con su compañero en igualdad de condiciones debido a la intensa interacción física, no al contrario, apoyándose en el desequilibrio en sus conocimientos para salirse con la suya. Su motivación no era jugar conmigo, sino usar mi cuerpo para la gratificación sexual, y el juego era solo su pretexto para hacer que eso sucediera conmigo, siendo yo maleable. Me manipuló y abusó de mi inocencia. Sin importar cómo entró en contacto con el sexo por primera vez, demostró un vil derecho sobre mi cuerpo. No recuerdo con claridad la cronología de la agresión. Recuerdo que lo hizo dos veces esa tarde. Recuerdo que la empleada doméstica entró y me señaló. Gritó mi nombre y dijo que se lo diría a mi madre. Recuerdo angustiada, temiendo haber hecho algo mal, sintiéndome muy confundida y avergonzada. Recuerdo verlo a él y a su familia salir de casa mientras dudaba en decir algo (no creo que la empleada doméstica fuera inmediatamente con mi madre o tal vez estaba ocupada). Mantuve la boca cerrada en ese momento, pero después de que se fueran, busqué a mi madre. Le conté lo que había hecho. Estaba perdida, completamente angustiada, casi sollozando. Mi hermana de doce años también estaba en la habitación. Casi se rió de lo que dije y mi madre exclamó con asombro y disgusto: "¡¿Cómo pudiste dejar que tu hermano te acariciara?!" (En mi cultura es común referirse a los primos como hermanos, aunque no fuéramos muy unidos). Siguió regañándome. "¿Sabes cómo se llama lo que hiciste? ¡Se llama incesto!" (Estaba tan desorientada que durante varios años pensé que al sexo en general se le llamaba incesto). "¡¿Sabes que podrías estar embarazada ahora mismo?!" (Así aprendí de dónde vienen los bebés; además, todavía no entiendo por qué me dijo eso a los siete años). Estaba completamente mortificada, presa del pánico. Me sentía repugnante y sucia. Su reacción me convenció de que no era una víctima, sino cómplice de una abominación. Tan culpable como mi primo por dejar que me tocara. Sus reprimendas sellaron el autodesprecio en mi interior. "¡No vuelvas a hacer eso o se lo diré a tu padre!", y luego nunca más se volvió a hablar del asunto. Sospecho que ni siquiera les contó a mis tíos sobre el incidente, ya que mientras me regañaba, hablaba como si mi silencio cuando aún estaban allí cerrara la puerta para siempre. Una cosa es segura: nunca rindió cuentas por lo que me hizo. Salió impune y años después, mi madre lo alabaría diciendo que Dios le había expresado que lo tenía bajo su control y me sermonearía por no ser cariñosa con él mientras me sonreía con sorna en el lugar donde me violó. Sinceramente, creo que mi madre y mi hermana olvidaron que esto sucedió. El lujo de olvidar. Mientras tanto, el recuerdo y la culpa de ese día han estado supurando en mi mente. Crecí en una cultura de pureza profunda; imagínense el tormento que eso desató para la niña incestuosa y desviada sexual con la que llegué a identificarme. Pasé horas reflexionando sobre mis acciones pecaminosas, llorando, suplicando perdón a Dios. Vivía con el miedo de que mis amigos se enteraran de lo que había hecho y me despreciaran. Incluso agradecí a mi madre que no me repudiara. Entonces, a los catorce años, me di cuenta de que era imposible que hubiera consentido. Y no me alivió. Caí en la cuenta de que me habían violado, que mi madre me culpaba, que mi hermana (a la que amaba en ese momento, pero ya no por varias razones) se burló de mí en mi momento más vulnerable y que mi padre me amenazó (con razón, me culpó como víctima en otras ocasiones no sexuales). Me aterrorizaba abrirme a alguien más por miedo a recibir otra versión de la reacción de mi madre. Estaba sola. Esta es la primera vez que comparto esto desde que sucedió. Junto con mi epifanía, una voz tomó forma en mi cabeza. Me dice que soy inútil, que rezuma negación, que mi madre dijo la verdad y que la rechazo. Empecé a obsesionarme constantemente con mi violación. La diseccionaba, la revivía para debatir la voz que me atormentaba. Ignorarla no funciona: me pongo ansioso cada vez que lo intento. Cuando lo hago, es como ceder ante las afirmaciones de la voz, lo que genera una sensación de precariedad y colapso inminente en mi mundo interior. La voz nunca se detiene, surge de contextos que ni siquiera están relacionados con mi violación, arrastra mis pensamientos hacia allí. Doy vueltas incesantemente en lugares repugnantes lidiando con ella; estoy psicológica y emocionalmente agotada. Me siento insegura mentalmente, despierta o dormida, gracias a las frecuentes pesadillas sobre el trauma que empecé a tener cuando cumplí los dieciocho. Me siento intrínsecamente asquerosa y jodida. Estoy enojada. Estoy triste. Todo el tiempo. Esta condición solo ha empeorado con los años, ha mermado mi capacidad de hacer lo que me da alegría (aprender, ser amigo) y no creo que me quede mucha energía para seguir adelante. Escribí todo esto para que mi experiencia no existiera solo en mi cabeza, si es que eso tiene sentido. Si alguien me ha leído hasta aquí, le agradezco mucho su tiempo.

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  • “He aprendido a abundar en la alegría de las cosas pequeñas... y de Dios, la bondad de las personas. Desconocidos, maestros, amigos. A veces no lo parece, pero hay bondad en el mundo, y eso también me da esperanza”.

    Historia
    De un sobreviviente
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    Para mis semejantes

    Queridos desconocidos: Escribo esta carta porque he cargado con toda una vida de dolor en silencio durante demasiado tiempo, y estoy lista para hablarlo con franqueza; no para vivir en la oscuridad, sino para demostrar que incluso las sombras más profundas pueden dar paso a la luz. Si mis palabras llegan a una sola persona que se siente sepultada bajo su propia historia, habrán hecho lo que espero que puedan hacer: recordarles que la supervivencia no es el final del camino. Es el comienzo de algo más fuerte. Tenía tres años cuando mi madre me dejó con mi padre. Se desentendió de la responsabilidad. Él era un deportista de pueblo, todavía enfadado por haber perdido a su madre de joven, y volcaba esa ira en fiestas, peleas y en mí. Se suponía que yo sería su pequeño jugador de fútbol, pero nunca encajé del todo en el molde. Unos años después, alguien de su familia abusó de mí. Lo encubrieron. Esa persona nunca tuvo que afrontar las consecuencias. Luego, otro miembro de la familia, al que todos adoraban, me engañó para que cometiera actos sexuales que se prolongaron durante años. Desarrollé una lealtad retorcida hacia él, lo que ahora sé que fue el síndrome de Estocolmo. Me liberé más tarde, pero esos años me robaron la infancia antes de saber siquiera cómo se suponía que debía ser. Mi padre me golpeaba con un cinturón hasta que me salían ronchas. Escondía conchas marinas en los pantalones para suavizar los golpes; mi trauma me hacía inquieta, me hacía "mala", hacía que el cinturón viniera más rápido. Cuando descubrió las conchas, el castigo se duplicó. Mi madrastra finalmente lo desestimó, pero las marcas ya eran profundas. La escuela no ofrecía seguridad. El director me gritó en la cara y me encerró en un armario. Resultó que mi padre había salido con su hija años antes. Los pueblos pequeños lo recuerdan todo menos la misericordia. Me junté con chicos con problemas y me metí en problemas con la ley. Mi padre me culpó por su matrimonio fallido y amenazó con enviarme lejos. Amaba a mi medio hermano, el hijo de mi madrastra, a pesar de que me enseñaron a odiarlo. Al terminar la escuela primaria, me mudé a casa de mi madre. No podía cepillarme bien los dientes, no podía hacer la cama, apenas sabía leer. Mi madre se esforzó por enseñarme buenos hábitos, y lo consiguió, pero su nuevo marido, un policía, era cruel. Me rociaba la cara con gas pimienta a modo de broma, veía porno en la sala y engañaba a mi madre embarazada. El barrio era mayoritariamente negro; como un niño blanco y solitario, era un blanco fácil para la violencia. Llegué a casa con los ojos morados. Mi madre todavía lo niega. La soledad se volvió crónica; no solo depresión, sino esa que te hace cuestionar si vale la pena existir. Mi padre me secuestró una vez, avergonzado de sus propias decisiones. Más palizas, más aislamiento en nuevos pueblos, más acoso. Cuando planeó mudarse, volví a elegir el de mi madre. Ese pueblo se sentía más cercano a casa. Hice amigos de verdad allí, pero la mayoría de los días seguía siendo la forastera. Un amigo cercano murió en un accidente de coche; su familia me trató como a un sustituto, diciendo que me parecía a él. Fue extraño y doloroso. Tenía novia. Ambos éramos sobrevivientes de abusos. Jugamos un poco, nada más que tocarnos, y sentí una conexión real por primera vez. Una noche, su madre nos invitó a su casa. Mi novia no estaba allí. Su madre la miró y dijo: "¿Sabías que tu hijo violó a mi hija?". Mi cuerpo se congeló de una manera que el cinturón de mi padre nunca logró. No pude hablar. Mi cabeza negó con la cabeza. Miré a mi madre, la única protectora en la que había confiado, y su rostro decía que lo creía. Mi corazón se rompió. Amenazaron con presentar cargos, pero se negaron a dar pruebas médicas. Sus padres luego intentaron atraer a mi madre a un callejón para golpearla. El novio de mi madre resultó ser un adicto a la metanfetamina y lo robó todo. Mi novia difundió historias cambiantes por la escuela. Esa humillación rompió algo muy profundo en mí. Me volví más agudo, más consciente de mí mismo que nunca, pero todo lo que cargaba era ira y dolor. El instituto era una máscara: amigable, tranquilo, fingiendo ser estúpido para que nadie esperara demasiado. Atlético, pero nunca totalmente aceptado por sus compañeros de equipo. Popular entre las chicas, nunca las adecuadas. Luché; encontré algo que realmente me encantaba en los deportes de combate. Fui al baile de graduación en primer año con una estudiante de último año, salí con otra estudiante de último año hasta que mi padre nos mudó de nuevo. Rompió conmigo, insinuó que me engañaba para hacerme daño. Me quitó la virginidad. En el nuevo estado, luché contra mi padre de verdad: me puse de pie, me defendí, sentí años de rabia invadirme. Quería acabar con él. El toque de mi madrastra en el hombro me detuvo. Pensé en mi hermano pequeño en la habitación de al lado y me fui. Después, mi padre me empujó sobre las sillas. Me fui con la intención de cruzar medio país caminando. Me desmayé en la noche. Él me recogió más tarde y me habló mal durante semanas. No le hablé, no lo miré. De vuelta en casa de mi madre, se centró en sí misma y me trató como una carga. Mi padrastro me echó por fumar marihuana. Estuve sin hogar durante un mes durante brutales ventiscas, viviendo en el garaje de la hermana de una amiga. Volví a casa de mi padre de adulta. Trabajé 70 horas semanales en una fábrica y me convertí en el subgerente más joven. Podía hablar con exconvictos sin perderles el respeto. Vivía sin calefacción. Llegó la COVID. Empezaron los ataques de pánico. El aislamiento se convirtió en adicción. Me acosté con las mujeres equivocadas, le robé la novia a un amigo (ella me insinuó algo; me enamoré). La culpa me aplastó. Volví a casa de mi padre, sin blanca y sin apenas comer. El trauma llegó a su punto máximo. Le conté a mi padre que necesitaba ayuda; él gritó que mis problemas no importaban. Trabajé en el sector sanitario durante el auge de la COVID: en la UCI de COVID, con 5 o 6 muertes al día. Hice RCP y autopsias cuando las enfermeras no podían. Las enfermeras me coquetearon; me quedé frío, autoaislado. Sin amigos, sin familia, sin hogar, solo trabajo. Un médico se ofreció a pagar mis estudios por mi compasión. Entonces tomé LSD y me vi en el espejo por primera vez, con empatía y tristeza. Justo antes de derrumbarme por completo, conocí a mi esposa empujando un cadáver a la morgue. Nos enamoramos. Renuncié y me mudé a su casa. Me ahogué en la agonía, aprovechándome de sus ingresos. Hacer la compra se sentía imposible. Ojos por todas partes. Los ataques de pánico me cortaban la respiración. Me quedé paralizado. Era TEPT. Escapadas con armas de fuego, intenciones hostiles; debería estar muerto varias veces. Pero no fueron las armas lo que casi me mata. Fue existir. Cuando me casé con mi esposa, le di a mi padre una última oportunidad. No se presentó a la boda. Le prometí que estaría mejor que el día anterior. No he roto esa promesa. Encontré a Dios de verdad entonces. Después de años de lucha, por fin me estoy valendo por mí mismo: voy a la escuela, supero el trauma, me pongo en forma y soy un pilar para mi familia. Ya no soy el niño que escondía conchas marinas. No soy el adolescente que se derrumbaba bajo falsas acusaciones. No soy el hombre que casi le rompe el cuello a su padre o se ahogó en la culpa y las drogas. Yo fui quien se mantuvo en pie cuando otros cayeron en esa iglesia. Era solo una niña, nerviosa y curiosa, parada frente a una silla mientras hombres adultos me ponían las manos encima y rezaban. Todos a mi alrededor se derrumbaron bajo el peso de la fuerza que se movía en ese espacio. Yo también lo sentí —una ráfaga, una presencia—, pero mis piernas aguantaron. No caí. Los hombres me miraron con los ojos muy abiertos y dijeron que tenía un espíritu muy fuerte. No lo entendí entonces, pero esas palabras las llevé como una promesa que aún no sabía que necesitaría. Ese momento no fue magia ni coincidencia. Fue la primera prueba silenciosa de que algo en mí se negaba a romperse, incluso cuando todo lo demás lo hizo. Ese mismo espíritu es lo que me mantuvo viva a través de cada paliza, cada traición, cada noche que pensé que no despertaría. Es lo que me permitió elegir la moderación cuando la rabia me suplicaba destruir. Es lo que me permite permanecer de pie hoy. Llevé la brutalidad en mi mente durante décadas, pero mi alma seguía concluyendo lo mismo: seguir eligiendo la luz. Seguir reconstruyendo. Nunca rendirse. El dolor sigue ahí, pero ya no me posee. Me forjó. Y ahora uso lo que me enseñó: para defender a los asustados, para reconstruir desde las ruinas, para mostrarles a otros que incluso en un mundo duro, el alma aún puede elegir la esperanza. Si lees esto y te sientes sepultado bajo tu propia historia, debes saber esto: sigues aquí. Sigues eligiendo. Y esa elección, cada día, es prueba de que eres más fuerte de lo que la oscuridad jamás creyó que podrías ser. Hay luz al otro lado. Estoy caminando hacia ella. Tú también puedes.

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  • Si estás leyendo esto, es que has sobrevivido al 100% de tus peores días. Lo estás haciendo genial.

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
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    Para ser honesto...

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    De un sobreviviente
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    Solo llámame "papá"

    En mi historia, COMENZÓ CON MI HERMANO, mencioné brevemente 3 instancias en las que evité ser violada al dejar que los hombres me tuvieran cuando parecía que iban a hacerlo sin importar si yo consentía o no. Creo que evité el trauma emocional y físico en ese momento, pero la ira, el resentimiento hacia mí misma y los sentimientos de haber sido agraviada y al respecto se acumularon después. Nunca compartí ni publiqué esas historias. Por favor, lea mi historia original para el contexto. En esta instancia, el sexo ya estaba sucediendo cuando desperté, y mi reflejo fue tomar el camino de la no confrontación. El camino fácil, no el correcto. Había llegado a casa del trabajo como mesera en mi bar y restaurante a la parrilla y mi compañera de cuarto tenía a su padre alojado con nosotros durante el fin de semana. Ya lo conocía porque condujeron directamente del aeropuerto al bar deportivo en el que trabajaba. Ahí fue donde me dijo: "Solo llámame, 'papá'". Se sentaron en mi sección, comieron y se fueron. Sin problemas. Luego, de vuelta en nuestro apartamento de dos habitaciones, hubo una pequeña fiesta para él con un par de amigos. Tomé un par de sidras fuertes y charlé sobre la universidad y mi compañera de piso, y escuché historias de cuando ella era niña. Coqueteé y seguí la corriente a las insinuaciones sexuales de "Papá" dirigidas a mí, e ignoré sus ojos de arriba abajo. Ya estaba acostumbrada. Jugué a ser la buena anfitriona y esperé hasta que todo se calmara, probablemente alrededor de las 2 o 3 de la mañana, antes de ducharme e irme a la cama. Había sido un largo día con clases y trabajo. Me desperté unas horas más tarde con "Papá" ya dentro de mí, ¡empujando dentro y fuera entre mis piernas! Por la luz que entraba a raudales por mis persianas oscuras, podía decir que era de día. ¡Pero qué diablos estaba pasando! No tenía bragas, pero sí camiseta. Debajo, la figura oscura que rápidamente pude identificar como "Papá" me acariciaba los pechos con una mano mientras me sujetaba con la otra. Todavía aturdida y confundida, supongo que lo abracé y respondí como una compañera dispuesta. Pronto terminó y luego se puso incómodo. Me dijo "Eso realmente dio en el clavo". ¡Empezó a conversar! Cuanto más tenía que pensar, más me daba cuenta de lo que había pasado. Que simplemente se había servido mientras yo dormía. Tenía 19 años y estaba saliendo con un jugador de béisbol universitario atractivo en ese momento y no me habría acercado a este tipo de cincuenta y tantos a propósito. Seguro que estaba bebiendo esa noche, pero yo solo había tomado unas pocas sidras. Así que ahí estaba yo, dándome cuenta de que me habían violado, ¡pero rehén de un sentido de la cortesía! Sin mencionar que medía 1,60 m y pesaba 50 kg, por lo que estaba la intimidación física de un hombre mucho más alto con un cuerpo de padre. Siempre orino justo después del sexo, pero me sentí cautiva por las divagaciones de "Papá" mientras se apoyaba en un codo flotando sobre mí mientras pasaba sus dedos sobre mí y me acariciaba el cabello esporádicamente. Compartí con él su lata de cerveza fría, que debió abrir justo antes de entrar a violarme, porque recuerdo haber bebido a fondo el líquido frío que me alivió la garganta seca. Sufrí algunos chistes de papá e historias que no me interesaban, además de responder algunas preguntas personales sobre mí y mi sexualidad. Buscaba un momento para levantarme y alejarme de "Papá" cuando dijo: "Estoy listo para ir otra vez, cariño". ¡No! ¡Se colocó encima de mí! En lugar de resistirme o incluso decir "no", abrí las piernas para acomodarlo. ¡Qué demonios! La segunda vez no tuvo la misma ansiedad que la primera, por desgracia. Como él mismo dijo, esta vez quería darme una lección. Supongo que sobre lo bueno que era en la cama. Un caso claro de "pene de whisky". Así que dejé que este hombre con el que nunca había querido ni considerado tener sexo me empujara en varias posturas. Era un hombre grande y mucho más fuerte que yo, era una broma. Después del misionero, me levantó para demostrarme algo y me lo hizo contra la pared junto a mi ventana. Recuerdo ver a través de las rendijas de las persianas y saber que era temprano porque el estacionamiento estaba lleno y no se movía nada. Entonces me tiré de golpe a la cama. Hicimos un 69, yo tumbada sobre él, chupándolo con todas mis fuerzas, deseando acabar con él mientras me lamía. ¡Fracasé! En un momento dado, me tuvo encima, montándolo. Estaba a gatas con él embistiendo detrás de mí cuando me desplomé boca abajo bajo su peso. Disfrutaba de las embestidas sin parar, ya que estaba completamente inmovilizada por él. Dejé que me diera dos o más orgasmos con la esperanza de que acabara. Grité tanto que me daba vergüenza que mi compañera de cuarto entrara corriendo en cualquier momento. Estaba desmayada, borracha. Finalmente se fue en cuanto terminó. Estoy segura de que tenía el ego desorbitado y ¡ese hombre tan terrible todavía piensa en mí! Me quedo tumbada en la cama, recuperando el aliento y cada vez más ansiosa. Me levanté, me puse un chándal y salí corriendo hacia el gimnasio. Tenía muchísimas ganas de escaparme. Bebí agua como si acabara de salir de un desierto. Me duché un buen rato en el gimnasio vacío del sábado por la mañana, sin más productos que jabón de manos. Luego empecé a entrenar como una loca, con tres horas de sueño y agotada. Intentaba sacármelo de encima sudando, gritando y haciendo ejercicio a toda máquina. Me duché de nuevo, salí y me quedé dormida en el coche, en la parte de atrás del aparcamiento. El resto del fin de semana solo iba a mi apartamento unos minutos a la vez para recoger cosas que necesitaba. ¡Y desde luego que no dormí allí! Cuando se fue, respondí a las preguntas de mi compañera de piso, que había estado ignorando con mentiras y respuestas cortas. Le dije la verdad. Se encogió de hombros y me miró con escepticismo, como si fuera una de esas cosas. Fui promiscua en la universidad y ella lo sabía. Hicimos una especie de broma y seguimos adelante. De la forma fácil, no de la correcta. Todavía me siento muy culpable por cómo era entonces. En aquel entonces, mi problema no era "ojalá hubiera peleado con él". ¡Lo que deseaba era haber estado demasiado borracho para recordarlo! Así que eso fue todo. Algo que guardé dentro, supurando. Otras cosas se sumaron y lo escondí bajo la alfombra de mi mente dañada. No es uno de los peores esqueletos en mi armario, pero por ahora estoy dispuesta a compartirlo. Estoy trabajando en las demás. Mi primera historia me ayudó mucho. Espero que también le haya ayudado a alguien más. Les agradezco a todos y me solidarizo. Leeré sus historias y los apoyaré en mis pensamientos y oraciones.

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    De un sobreviviente
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    Usted no está solo

    No estás solo No estás solo. A muchos nos arrebataron mucho personas que priorizaron sus instintos básicos sobre nuestra cordura. Sufrimos por sus momentos de felicidad y dominio. Nos culpamos de su enfermedad. Su patología. Somos un ejército. Eso es lo que estas historias nos enseñan. Nos muestran que somos legión. Somos fuertes. Nuestras reacciones psicológicas de miedo, desconfianza y odio no son locas. Son normales. También es normal, pero no fácil, salir juntos de la oscuridad. Crecí en un gran bloque de pisos de bajos recursos que parecía un pueblo. Mi madre trabajaba y nos desenvolvíamos solos. En invierno, nadie esperaba que nos vieran si salíamos. Estábamos en un piso haciendo el tonto con unos niños o un vecino, y todo salía bien. Perdí la virginidad a los once años con un amigo de mi hermano mayor que cursaba décimo. Pero no fue un problema porque, por desgracia, no era raro allí. Soy mitad brasileña por parte de mi padre ausente y me consideraban bastante exótica y en forma. Mis características sexuales secundarias se desarrollaron pronto. Era razonablemente cuidadosa y tenía el control. El verdadero abuso comenzó años después, cuando nos mudamos a una casa decente con él. Era el hombre soñado de mi madre. Era perfecto para un hombre de mediana edad. Para entonces, mi hermano ya no estaba con nosotros porque se fue a trabajar a Alaska en un barco pesquero. Era exmilitar y al principio parecía un buen hombre. Yo era un poco problemática y demasiado descarada, y mi madre le dio carta blanca para disciplinarme como a mi padre. No llevábamos allí ni una temporada completa cuando empezó a tratarme como a una fulana. Lo de los azotes ya lo sabía mi madre y le parecía gracioso, incluso teniendo quince años. Me daba azotes en el trasero desnudo incluso cuando ella estaba en casa. Decía que siempre había necesitado la mano de un hombre para tapar mis asperezas. Era vergonzoso, humillante, pero nada comparado con lo que hacía él cuando mi madre no estaba. Para no entrar en detalles, él pronto llegó a un punto en el que yo iba a tener su carga siempre que tuviera la oportunidad. Como él me mandaba el horario, se aseguraba de que hubiera oportunidades regulares. Era mi INFIERNO y él era el Príncipe de las Tinieblas. Era rudo, pero tenía cuidado de no dejar marcas. A menos que el tiempo apremiara, tenía que ducharme primero. A veces, después, había algo específico que ponerme, como un disfraz, lencería o mi uniforme de baloncesto. La irritante anticipación de lo que vendría después era la verdadera tortura. Él me decía: "Elige un agujero". ¡Mis agujeros! Mi boca era uno, mi boca dos, y pensarías que nunca elegiría tres. Pero te equivocas. Lo odiaba. Soy muy sensible sexualmente y si elegía uno, parecía que me encantaba, y si elegía dos, estaba trabajando para complacerlo. Tres era la forma en que podía encerrarme y prepararme sin que él me viera sonreír, incluso si lo miraba. Cuando el odio era fuerte, elegía tres. Compartimenté esa pequeña pero brutal parte de mi vida para mi madre. Eran solo de treinta a ciento veinte minutos a la semana, de 10.080 minutos. Y entonces no veía otra salida. Mamá, por primera vez, vivía una vida feliz. Podría haber ganado un BAFTA por lo cómoda y contenta que me sentía con ella. Me destrozaba que mi miedo a molestarlo hiciera parecer que él había suavizado mis asperezas y me había convertido en una dama de verdad. Mantuve mis buenas calificaciones y seguí en el equipo de netball a pesar de ser la más bajita. Seguí adelante. Desarrollé la costumbre de clavarme las puntas del portaminas en la piel y morderme las uñas para provocarme dolor. Tuve un novio por un corto tiempo. Iba a los bailes. Mi casa era mi infierno, así que hacía todo lo que él me permitía para estar en cualquier otro lugar. No podía trabajar, pero él obligaba a mi madre a conservar su trabajo para poder tenerme. En mis cumpleaños, me salía con la mía para tener una noche de chicas con mi madre. Solo tuve dos cumpleaños antes de librarme de él. La universidad costaba 1000 libras y cuando él la pagó, no sabía que ya no iba a ser su fulana. Tenía una amiga que vivía mucho más cerca de mi universidad. Tenían una habitación libre porque un hermano mayor se había mudado. Con diecisiete años, él no podía obligarme a vivir con ellos si tenía otro alojamiento seguro. Acepté un trabajo y pagué el mísero alquiler. Me volvió a tener cuando dormí en su casa en Nochebuena. Probablemente drogó a mi madre para que no volviera a dormir. Me aseguré de que no volviera a tener otra oportunidad. En mis clases de portugués conocí a un hombre que vivía en Portugal y me invitó a quedarme con él todo el tiempo que quisiera sin pagar alquiler. Terminé un año de bachillerato y me fui a Portugal. Tuve relaciones fugaces con el hombre con el que me quedé, pero él viajaba a menudo; ambos teníamos nuestras propias cosas. Por aquel entonces trabajaba de camarera en un restaurante de comida americana. Hablaba con mi madre por teléfono casi todos los días. Vino una vez, con él. La echaba de menos e intentaba no mostrarle mi pena por haberme visto obligada a separarme de ella. Verlo fue horrible, pero lo contuve como un cáncer. Me ayudó a consolidar mi decisión. Viajé con una amiga a Florida y conseguí trabajo como camarera en un restaurante elegante. Solicité una visa de trabajo y la conseguí al segundo intento. Ahora tengo treinta y ocho años. Hace solo tres años me enfrenté a mis demonios porque leí historias en línea sobre otras sobrevivientes de abuso. Abrió una herida profunda para que pudiera empezar a sanar. Fue y sigue siendo un trabajo duro y un proceso continuo. Le confesé a mi madre, quien se había separado de él después de años de su propio abuso, que ella también mantuvo oculto. Él la dejó ir cuando ella empezó a tener problemas de salud, mostrando su verdadero corazón negro. Vive con mi hermano y su familia. Lamento haber perdido años con mi madre y mi hermano y que me echaran de casa cuando era joven, pero me hizo más fuerte. Nunca me he casado, pero tengo una pareja que me ama, dos perros y hablo tres idiomas. Soy entrenadora física y trabajo cerca de la playa donde voy a meditar y a hacer body surf. Nuestros viajes e historias son individuales, pero estamos juntos en esto. En todo el mundo. ¡No estás solo/a cargando con el dolor, la vergüenza, el miedo y los recuerdos! Aunque estés en la oscuridad, emprende un camino que parece que otros están usando para intentar salir adelante. Usa los recursos, aunque estén disponibles en tu computadora, y construye a partir de ahí. Simplemente empieza y sigue escalando, especialmente cuando parezca demasiado difícil.

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  • “Realmente espero que compartir mi historia ayude a otros de una manera u otra y ciertamente puedo decir que me ayudará a ser más abierta con mi historia”.

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    DÉCADAS

    DÉCADAS Cuando tenía 22 años, estaba en el campus universitario con mis finanzas y decidí ir al coche a las 11 de la noche a buscar el pastel que habíamos traído de la cena. Un hombre se me acercó, lo saludé y procedí a buscar el pastel. El hombre se me acercó por detrás y me tiró al suelo intentando violarme. Grité, el tiempo se ralentizó y recuerdo haber oído a mi madre decir que las llaves de mi coche eran un arma, así que empecé a golpearlo con ellas. Me solté con dificultad, corrí hacia un edificio y me caí en el camino. Llegó un conductor que escuchó mis gritos a varias cuadras de distancia y llamaron a la policía. La policía incluso creyó haberlo atrapado y me mostró varias fotos de hombres parecidos, pero no pude identificarlo con certeza, así que lo liberaron. Después de esta agresión sexual, compré un arma, me mudé con mi prometido, tomé clases de defensa personal, leí libros y fui a un psicólogo que me diagnosticó TEPT debido a una ansiedad abrumadora que me paralizaba. El mundo ya no era seguro. Esto generó detonantes y me hizo recordar mi primera agresión sexual de adolescente en un autobús lleno de gente en otro país: un hombre mayor me presionaba la erección mientras yo me alejaba de él hacia la parte delantera del autobús, hasta que finalmente encontré a otra adolescente a quien pude sentar en su regazo para que el desconocido se detuviera. Han pasado 64 años desde que me atacaron en ese estacionamiento. Llevo 64 años felizmente casada y tengo una imagen positiva de mí misma. PERO, todavía no puedo usar faldas. Todavía no puedo ir sola a los estacionamientos de noche y me incomoda ir a cualquier sitio de noche. No puedo ver una película ni una obra de teatro que incluya agresión sexual, porque la ansiedad se vuelve abrumadora. Sigo teniendo la misma pistola.

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  • Bienvenido a Our Wave.

    Este es un espacio donde sobrevivientes de trauma y abuso comparten sus historias junto a aliados que los apoyan. Estas historias nos recuerdan que existe esperanza incluso en tiempos difíciles. Nunca estás solo en tu experiencia. La sanación es posible para todos.

    ¿Cuál cree que es el lugar adecuado para empezar hoy?
    Mensaje de Esperanza
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    Solo tú sabes lo que sientes, no dejes que nadie te diga que no es válido.

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    Contar eso sin derrumbarme

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    Cómo es posible ?

    En México se aproxima que al menos dos personas son violadas cada hora, esta cifra no la conocía hasta hace poco, cuando sufrí de abuso minimicé demasiado lo que me había pasado, pensaba, hay chicas que son violadas y torturadas, mueren o nunca más son encontradas, por que lo mío importaría? Soy hombre, como es que alguien puede creer que un hombre sufrió de abuso sexual? Verás, tengo 22 años, me encontraba en un día cualquiera, no hace demasiado lo había dejado con una pareja, y una “amiga” de la secundaria que alguna vez fue mi ex me escribió, respondió una historia en Instagram y empezamos a hablar, tenía mucho tiempo de haberla visto por última vez, me dijo que te parece si nos vemos el lunes ? Yo accedí y le dije claro vayamos por un café, ella vive sola por lo que la idea de ir a su casa y comer no me parecía mala, como dos adultos maduros, ella dijo vayamos a un café y le dije está bien, estaríamos dos horas en el café por que ella después tenía que irse a un compromiso y yo tenía un trámite que realizar, a la mitad del café su madre le marcó y canceló su compromiso, por lo que ya no tenía que irse, después de eso fuimos a un bar cercano, bebimos un par de tragos y jugamos alguna partida de billar, mientras jugábamos ella me Seducía y besaba, lo que al inicio no me pareció desagradable, pasando un rato decidimos ir a su casa, llegamos y evidentemente la idea era besarnos, tener un faje e irnos, yo no llevaba preservativos y tampoco quería llegar a más por que tenía dudas, aún no sabía si yo quería volver con mi ex así que tapo o quería ir más allá, llegamos a su cuarto y empezamos, besos, roces y un poco de toqueteo, empezamos a desvestirnos y yo decidí no bajar mi pantalón, ella insistió y con incomodidad dije bueno, me quedé en ropa interior y seguimos besándonos, después de eso ella se subió encima de mí, esta chica no era más pesada que yo pero si era pesada, al subirse sentí algo raro y es que no estaba encima de mi pelvis si no de mi abdomen, me siguió besando y en algún punto me quedé sin aire, si bien podía respirar, me sentía muy débil como para moverla, ella me dijo quiero que lo metas, a lo que yo respondí NO, no tengo preservativos y la verdad prefiero no hacerlo así, ella me dijo que tenía el implante por temas de salud, que no quedara embarazada, inmediatamente dije NO importa, el embarazo no es lo único que me preocupa, no tengo preservativos tal vez otro día, ella no dijo nada y siguió besándome, después de un rato ella bajó su mano, sacó mi pene y yo intenté quitar sus manos, le dije basta no quiero, ella parecía no escuchar a lo que yo dije espera es que no te va a gustar, hace poco tuve una infección y es mejor así, me dijo ah sí que infección ? Yo no supe qué contestar al momento y ella dijo es mentira, lo metió, se sentó por completo y después de unos pocos segundos eyacule, incómodo le dije ya, ya me vine no se puede más, pese a ello ella se quedó sentada encima de mi, exactamente en la misma posición, le dije bueno ya terminamos muévete por favor, ella me dijo que no que había sido muy rápido y que aún no estaba satisfecha, yo le dije que tal vez otro día, ella notó mi cara de incomodidad y me dijo que pasa? Yo le dije tengo muchas cosas en la mente puedes moverte ? Siguió sin hacerme caso y me dijo no puedo quedar embarazada y si te preocupa hace un año que no estoy con alguien, yo no tengo nada, le dije al momento no es eso, sin más ideas le dije me estoy quedando sin aire ella se movió un poco de lado y cuando pude respirar fui capaz de moverla, me empecé a vestir y ella aún desnuda agarró mi ropa la abrazó y no quería dármela, empezó a decir entonces me vas a abandonar? Me dejarás aquí desnuda, anda déjame limpiártelo con la boca, espera un poco y sigamos o duerme aquí, yo le dije que era tarde que tenía que regresar a casa y que no podía quedarme, aún con mi ropa en sus brazos y sin querer dármela le dije bien volveré otro dia, ella dijo está bien pero ese día te quedarás, le dije que sí que no había problema, solo entonces soltó mi ropa y me la dio, me vestí y salí de ahí, subí a un taxi y comencé a escribirle a mi mejor amiga, en ese momento me sentía estúpido y jamás me había sentido tan vulnerable, no dejaba de culparme y decirme una y otra vez si no hubieses ido todo estaría bien, lo hablé con mi mejor amiga y mi psicóloga, más tarde con una asociación de apoyo y todos dijeron lo mismo fue “violacion” detuve mis lágrimas y empecé a decirme a mí mismo, no puedes ser tan tonto, empecé a minimizarlo, y como dije al inicio me repetía, hay chicas que no regresan, son drogadas, violadas y torturadas, nunca son encontradas, tú fuiste a su casa, tu bebiste con ella tú accediste a un faje, como es que lo llamas abuso? Sin embargo sigo sintiéndome culpable, me siento vacío, solo y con mucho miedo, miedo a una ets, miedo a contarlo, e incluso miedo a admitirlo, no puedo evitar pensar que tal vez yo fui el culpable, que no debería estarme quejando y que al contarlo simplemente dirán por qué te quejas de ello ?

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    De un sobreviviente
    🇺🇸

    Para mí, la curación consiste en permitirme sentir y convertirme en un pilar de fortaleza al hacerlo.

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    🇪🇨

    No sé si mi abuso cuenta o simplemente quiero que no cuente.

    Todavía no sé si mi abuso cuenta. Estoy bastante seguro de que no. O tal vez eso es lo que quiero pensar. Cuando tenía 10 años, estaba en la fiesta de cumpleaños de mi (en ese momento) mejor amigo. No puedo recordar mucho de la fiesta en sí, solo que llevaba un cárdigan blanco. Recuerdo que el aire olía a churros y palomitas de maíz. No puedo recordar cómo llegué a la habitación de mi amigo. Solo recuerdo lo que pasó allí. El recuerdo comienza conmigo, de pie frente a la cama. En la cama estaba Nombre, uno de los hermanos mayores de mi amigo. Recuerdo que lo miré fijamente durante no sé cuánto tiempo. Creo que estaba hablando, pero todo era estático para mí. Recuerdo que había una de esas cosas de luces de fiesta, las que proyectan luces azules, rojas y verdes en el techo. Entonces recuerdo que empieza a saltar más alto. Y luego salta sobre mí, tirándome al suelo. Me quedé paralizado de terror. Y lo único que hice fue llorar en silencio. Pero a día de hoy, sigo sin saber si cuenta como violación. Yo tenía 10 años, pero él 13. Era solo un niño. Quizás él también estaba sufriendo abusos y se desquitó conmigo. También siento que es mi culpa por no haber hecho nada y no haberle contado a nadie. Podría haber gritado o algo, pero me quedé allí, paralizada y en silencio. No me he recuperado de esto en absoluto, probablemente porque no he hablado con nadie al respecto. No sé qué hacer.

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    De un sobreviviente
    🇫🇷

    Relato de mi experiencia en COCSA (tw: detalles de abuso sexual, incesto)

    Tenía siete años. Era mi primo, un año mayor que yo. Mi madre había invitado a su familia a cenar en Pascua. Ocurrió cuando jugábamos solos después de comer. Él introdujo en nuestro juego de simulación la idea de que éramos amantes. Yo no jugaba a ser amantes, nunca se me había pasado por la cabeza hacerlo con nadie, y mucho menos con mi primo. Pero no podía concebir que otro niño propusiera algo más retorcido que una simple tontería infantil, y para mi mente infantil, el juego de simulación era todo falso, así que lo concibí como un juego inocente. Entonces empezó a darme instrucciones: que me quitara la ropa interior, que me tumbara de cierta manera en el suelo, que abriera las piernas. Debo recalcar que desconocía incluso la existencia del sexo, y que en un entorno donde me sentía segura —en casa jugando con mi primo en una cultura que promueve abrumadoramente todo lo contrario al hastío familiar—, yo estaba completamente desprevenida. Obedecí. Por la forma en que me decía que hiciera las cosas, era obvio que era plenamente consciente de mi ingenuidad. Lo esperaba. Más allá de lo esperado, claramente contaba con que no encontraría oposición. Decidió ocultarme lo que pretendía hacerle a mi cuerpo, dentro de mi cuerpo, hasta que simplemente lo hizo. Sacó su pene por un agujero enorme en sus pantalones que no había notado antes y penetró mi vagina antes de apoyarse en mí para meterme la lengua en la boca. No sabía qué era nada de eso. Ni siquiera registré este último acto como un beso. Mi concepción de los besos eran picotazos o palmadas, que solo he dado en las mejillas de mis padres. Espero que mi insistencia en mi mentalidad de niña pequeña no te moleste, simplemente es muy importante para mí que quien lea esto entienda lo inconsciente que estaba. Seguía pensando que solo estábamos jugando, así que lo racionalicé como contacto físico inocente. Imité su lengua enrollándose contra la mía. Él presentó esas acciones en el juego como pruebas de amor. Estoy convencida de que sabía lo que hacía. Un niño que realmente confundiera el sexo con un juego infantil habría intentado abordar el acto con su compañero en igualdad de condiciones debido a la intensa interacción física, no al contrario, apoyándose en el desequilibrio en sus conocimientos para salirse con la suya. Su motivación no era jugar conmigo, sino usar mi cuerpo para la gratificación sexual, y el juego era solo su pretexto para hacer que eso sucediera conmigo, siendo yo maleable. Me manipuló y abusó de mi inocencia. Sin importar cómo entró en contacto con el sexo por primera vez, demostró un vil derecho sobre mi cuerpo. No recuerdo con claridad la cronología de la agresión. Recuerdo que lo hizo dos veces esa tarde. Recuerdo que la empleada doméstica entró y me señaló. Gritó mi nombre y dijo que se lo diría a mi madre. Recuerdo angustiada, temiendo haber hecho algo mal, sintiéndome muy confundida y avergonzada. Recuerdo verlo a él y a su familia salir de casa mientras dudaba en decir algo (no creo que la empleada doméstica fuera inmediatamente con mi madre o tal vez estaba ocupada). Mantuve la boca cerrada en ese momento, pero después de que se fueran, busqué a mi madre. Le conté lo que había hecho. Estaba perdida, completamente angustiada, casi sollozando. Mi hermana de doce años también estaba en la habitación. Casi se rió de lo que dije y mi madre exclamó con asombro y disgusto: "¡¿Cómo pudiste dejar que tu hermano te acariciara?!" (En mi cultura es común referirse a los primos como hermanos, aunque no fuéramos muy unidos). Siguió regañándome. "¿Sabes cómo se llama lo que hiciste? ¡Se llama incesto!" (Estaba tan desorientada que durante varios años pensé que al sexo en general se le llamaba incesto). "¡¿Sabes que podrías estar embarazada ahora mismo?!" (Así aprendí de dónde vienen los bebés; además, todavía no entiendo por qué me dijo eso a los siete años). Estaba completamente mortificada, presa del pánico. Me sentía repugnante y sucia. Su reacción me convenció de que no era una víctima, sino cómplice de una abominación. Tan culpable como mi primo por dejar que me tocara. Sus reprimendas sellaron el autodesprecio en mi interior. "¡No vuelvas a hacer eso o se lo diré a tu padre!", y luego nunca más se volvió a hablar del asunto. Sospecho que ni siquiera les contó a mis tíos sobre el incidente, ya que mientras me regañaba, hablaba como si mi silencio cuando aún estaban allí cerrara la puerta para siempre. Una cosa es segura: nunca rindió cuentas por lo que me hizo. Salió impune y años después, mi madre lo alabaría diciendo que Dios le había expresado que lo tenía bajo su control y me sermonearía por no ser cariñosa con él mientras me sonreía con sorna en el lugar donde me violó. Sinceramente, creo que mi madre y mi hermana olvidaron que esto sucedió. El lujo de olvidar. Mientras tanto, el recuerdo y la culpa de ese día han estado supurando en mi mente. Crecí en una cultura de pureza profunda; imagínense el tormento que eso desató para la niña incestuosa y desviada sexual con la que llegué a identificarme. Pasé horas reflexionando sobre mis acciones pecaminosas, llorando, suplicando perdón a Dios. Vivía con el miedo de que mis amigos se enteraran de lo que había hecho y me despreciaran. Incluso agradecí a mi madre que no me repudiara. Entonces, a los catorce años, me di cuenta de que era imposible que hubiera consentido. Y no me alivió. Caí en la cuenta de que me habían violado, que mi madre me culpaba, que mi hermana (a la que amaba en ese momento, pero ya no por varias razones) se burló de mí en mi momento más vulnerable y que mi padre me amenazó (con razón, me culpó como víctima en otras ocasiones no sexuales). Me aterrorizaba abrirme a alguien más por miedo a recibir otra versión de la reacción de mi madre. Estaba sola. Esta es la primera vez que comparto esto desde que sucedió. Junto con mi epifanía, una voz tomó forma en mi cabeza. Me dice que soy inútil, que rezuma negación, que mi madre dijo la verdad y que la rechazo. Empecé a obsesionarme constantemente con mi violación. La diseccionaba, la revivía para debatir la voz que me atormentaba. Ignorarla no funciona: me pongo ansioso cada vez que lo intento. Cuando lo hago, es como ceder ante las afirmaciones de la voz, lo que genera una sensación de precariedad y colapso inminente en mi mundo interior. La voz nunca se detiene, surge de contextos que ni siquiera están relacionados con mi violación, arrastra mis pensamientos hacia allí. Doy vueltas incesantemente en lugares repugnantes lidiando con ella; estoy psicológica y emocionalmente agotada. Me siento insegura mentalmente, despierta o dormida, gracias a las frecuentes pesadillas sobre el trauma que empecé a tener cuando cumplí los dieciocho. Me siento intrínsecamente asquerosa y jodida. Estoy enojada. Estoy triste. Todo el tiempo. Esta condición solo ha empeorado con los años, ha mermado mi capacidad de hacer lo que me da alegría (aprender, ser amigo) y no creo que me quede mucha energía para seguir adelante. Escribí todo esto para que mi experiencia no existiera solo en mi cabeza, si es que eso tiene sentido. Si alguien me ha leído hasta aquí, le agradezco mucho su tiempo.

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    De un sobreviviente
    🇺🇸

    Solo llámame "papá"

    En mi historia, COMENZÓ CON MI HERMANO, mencioné brevemente 3 instancias en las que evité ser violada al dejar que los hombres me tuvieran cuando parecía que iban a hacerlo sin importar si yo consentía o no. Creo que evité el trauma emocional y físico en ese momento, pero la ira, el resentimiento hacia mí misma y los sentimientos de haber sido agraviada y al respecto se acumularon después. Nunca compartí ni publiqué esas historias. Por favor, lea mi historia original para el contexto. En esta instancia, el sexo ya estaba sucediendo cuando desperté, y mi reflejo fue tomar el camino de la no confrontación. El camino fácil, no el correcto. Había llegado a casa del trabajo como mesera en mi bar y restaurante a la parrilla y mi compañera de cuarto tenía a su padre alojado con nosotros durante el fin de semana. Ya lo conocía porque condujeron directamente del aeropuerto al bar deportivo en el que trabajaba. Ahí fue donde me dijo: "Solo llámame, 'papá'". Se sentaron en mi sección, comieron y se fueron. Sin problemas. Luego, de vuelta en nuestro apartamento de dos habitaciones, hubo una pequeña fiesta para él con un par de amigos. Tomé un par de sidras fuertes y charlé sobre la universidad y mi compañera de piso, y escuché historias de cuando ella era niña. Coqueteé y seguí la corriente a las insinuaciones sexuales de "Papá" dirigidas a mí, e ignoré sus ojos de arriba abajo. Ya estaba acostumbrada. Jugué a ser la buena anfitriona y esperé hasta que todo se calmara, probablemente alrededor de las 2 o 3 de la mañana, antes de ducharme e irme a la cama. Había sido un largo día con clases y trabajo. Me desperté unas horas más tarde con "Papá" ya dentro de mí, ¡empujando dentro y fuera entre mis piernas! Por la luz que entraba a raudales por mis persianas oscuras, podía decir que era de día. ¡Pero qué diablos estaba pasando! No tenía bragas, pero sí camiseta. Debajo, la figura oscura que rápidamente pude identificar como "Papá" me acariciaba los pechos con una mano mientras me sujetaba con la otra. Todavía aturdida y confundida, supongo que lo abracé y respondí como una compañera dispuesta. Pronto terminó y luego se puso incómodo. Me dijo "Eso realmente dio en el clavo". ¡Empezó a conversar! Cuanto más tenía que pensar, más me daba cuenta de lo que había pasado. Que simplemente se había servido mientras yo dormía. Tenía 19 años y estaba saliendo con un jugador de béisbol universitario atractivo en ese momento y no me habría acercado a este tipo de cincuenta y tantos a propósito. Seguro que estaba bebiendo esa noche, pero yo solo había tomado unas pocas sidras. Así que ahí estaba yo, dándome cuenta de que me habían violado, ¡pero rehén de un sentido de la cortesía! Sin mencionar que medía 1,60 m y pesaba 50 kg, por lo que estaba la intimidación física de un hombre mucho más alto con un cuerpo de padre. Siempre orino justo después del sexo, pero me sentí cautiva por las divagaciones de "Papá" mientras se apoyaba en un codo flotando sobre mí mientras pasaba sus dedos sobre mí y me acariciaba el cabello esporádicamente. Compartí con él su lata de cerveza fría, que debió abrir justo antes de entrar a violarme, porque recuerdo haber bebido a fondo el líquido frío que me alivió la garganta seca. Sufrí algunos chistes de papá e historias que no me interesaban, además de responder algunas preguntas personales sobre mí y mi sexualidad. Buscaba un momento para levantarme y alejarme de "Papá" cuando dijo: "Estoy listo para ir otra vez, cariño". ¡No! ¡Se colocó encima de mí! En lugar de resistirme o incluso decir "no", abrí las piernas para acomodarlo. ¡Qué demonios! La segunda vez no tuvo la misma ansiedad que la primera, por desgracia. Como él mismo dijo, esta vez quería darme una lección. Supongo que sobre lo bueno que era en la cama. Un caso claro de "pene de whisky". Así que dejé que este hombre con el que nunca había querido ni considerado tener sexo me empujara en varias posturas. Era un hombre grande y mucho más fuerte que yo, era una broma. Después del misionero, me levantó para demostrarme algo y me lo hizo contra la pared junto a mi ventana. Recuerdo ver a través de las rendijas de las persianas y saber que era temprano porque el estacionamiento estaba lleno y no se movía nada. Entonces me tiré de golpe a la cama. Hicimos un 69, yo tumbada sobre él, chupándolo con todas mis fuerzas, deseando acabar con él mientras me lamía. ¡Fracasé! En un momento dado, me tuvo encima, montándolo. Estaba a gatas con él embistiendo detrás de mí cuando me desplomé boca abajo bajo su peso. Disfrutaba de las embestidas sin parar, ya que estaba completamente inmovilizada por él. Dejé que me diera dos o más orgasmos con la esperanza de que acabara. Grité tanto que me daba vergüenza que mi compañera de cuarto entrara corriendo en cualquier momento. Estaba desmayada, borracha. Finalmente se fue en cuanto terminó. Estoy segura de que tenía el ego desorbitado y ¡ese hombre tan terrible todavía piensa en mí! Me quedo tumbada en la cama, recuperando el aliento y cada vez más ansiosa. Me levanté, me puse un chándal y salí corriendo hacia el gimnasio. Tenía muchísimas ganas de escaparme. Bebí agua como si acabara de salir de un desierto. Me duché un buen rato en el gimnasio vacío del sábado por la mañana, sin más productos que jabón de manos. Luego empecé a entrenar como una loca, con tres horas de sueño y agotada. Intentaba sacármelo de encima sudando, gritando y haciendo ejercicio a toda máquina. Me duché de nuevo, salí y me quedé dormida en el coche, en la parte de atrás del aparcamiento. El resto del fin de semana solo iba a mi apartamento unos minutos a la vez para recoger cosas que necesitaba. ¡Y desde luego que no dormí allí! Cuando se fue, respondí a las preguntas de mi compañera de piso, que había estado ignorando con mentiras y respuestas cortas. Le dije la verdad. Se encogió de hombros y me miró con escepticismo, como si fuera una de esas cosas. Fui promiscua en la universidad y ella lo sabía. Hicimos una especie de broma y seguimos adelante. De la forma fácil, no de la correcta. Todavía me siento muy culpable por cómo era entonces. En aquel entonces, mi problema no era "ojalá hubiera peleado con él". ¡Lo que deseaba era haber estado demasiado borracho para recordarlo! Así que eso fue todo. Algo que guardé dentro, supurando. Otras cosas se sumaron y lo escondí bajo la alfombra de mi mente dañada. No es uno de los peores esqueletos en mi armario, pero por ahora estoy dispuesta a compartirlo. Estoy trabajando en las demás. Mi primera historia me ayudó mucho. Espero que también le haya ayudado a alguien más. Les agradezco a todos y me solidarizo. Leeré sus historias y los apoyaré en mis pensamientos y oraciones.

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  • “Para mí, sanar significa que todas estas cosas que sucedieron no tienen por qué definirme”.

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇲🇽

    Quisiera saber que se siente sanar.

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  • “No estás roto; no eres repugnante ni indigno; no eres indigno de ser amado; eres maravilloso, fuerte y digno”.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇨🇴

    No tengo recuerdos claros y siento mucha culpa

    Mi historia es un poco larga. Cuando tenía 15 años o 16 años, vino a mi mente el recuerdo de cosas que habían ocurrido cuando yo tenía entre 4 y 5 años. Dos tíos abusaron de mí. Los recuerdos sobre esto nunca han sido claros y ahora, muchos años después, todo se ha vuelto más lejano y confuso y he dudado varias veces de mí misma y de mi historia. Hay otras cosas que pasaron en mi infancia que sí recuerdo con más claridad: cuando tenía entre 7 y 8 años, vi a mis papás teniendo relaciones sexuales a mi lado (esa noche me había pasado a dormir con ellos en su cama). Tiempo después, se repitió la situación, pero con mi padrastro y mi mamá. También cuando tenía entre 7 y 8 años, estaba revisando unos CD'S en el DVD que había en la casa para marcarlos según el género musical o según la película que fuera. Uno de los CD'S, era una película porno. Como casi siempre, me encontraba sola en mi casa, entonces la vi completa. No recuerdo si me masturbé. Sé que desde muy niña me frotaba con peluches, muñecas y otros objetos, aunque sin mucha conciencia de lo que hacía, pero estaba presente el miedo a ser vista. Hay algo que me atormenta en este momento: cuando tenía 6 o 7 años, mi prima (ella un año mayor) y yo jugábamos a imitar algunas posiciones de un libro de kamasutra que había en su casa. También tengo leves recuerdos de una vez que, mientras nos bañábamos, frotamos nuestras partes íntimas. No sé si esto se dio en el marco de una curiosidad bilateral y por el contenido del libro al que habíamos estado expuestas o si fui yo quien generó la situación y la persuadió a ella de hacerlo o si la manipulé. No recuerdo que haya sido así, pero me da miedo que sí. ¿Y si imité lo que hacía mis tíos conmigo o lo que vi en contenido al que estuve expuesta? Siento miedo, culpa y vergüenza. Además, hace medio año, recordé que cuando tenía 10 años y cargué a mi hermanita en mi piernas (que estaba como de un mes), sentí un estímulo placentero en mi zona íntima por el contacto. Cuando esta imagen vino a mí (tampoco fue clara, como mis otros recuerdos) sentí culpa, pero no escaló a más porque entendí que fue una reacción física y nada más. Pero luego no podía dejar de pensar en ello y me cuestionaba si había prologando o intensificado el contacto y sentí muchísima culpa, asco y vergüenza. Fue tan fuerte, que tuve un episodio de TOC y siento que aún no he podido salir de ahí, porque ahora me inundan las dudas sobre lo sucedido con mi prima.

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  • Estás sobreviviendo y eso es suficiente.

    “Creemos en ustedes. Sus historias importan”.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇨🇦

    Name, solo tenía 6 años

    Tenía alrededor de 6 años, cierro los ojos y es cómo si volviera a vivir en carne propia el recuerdo, me acuerdo del ruido de la televisión, el olor del desayuno que estaba comiendo, yo solo estaba viendo caricaturas. El, un hombre de alrededor 50 años me cargó y me acomodó en sus piernas, y deslizó su mano por debajo de mis panties, TENÍA 6 AÑOS y ahí empezó mi historia de abusó sexual, una historia que me hubiese gustado no tener que experimentar. Yo hablé ya que mi mamá siempre me había enseñado a que nadie podía tocar mis partes pero en ese entonces mi mamá no tenía los recursos, vivíamos en casa de una prima (la hija de mi abusador) y nadie me creyó, dijeron que era mi imaginación. Otros sucesos pasaron cometidos por la misma persona, me arrebató mi inocencia y me rompió en pedacitos… pese a que yo hablé la primera vez, las otras veces me quedé callada porque nadie me creyó, nadie me protegió y nadie me escuchó más que mi mamá pero en ese entonces ella estaba luchando con un problema de alcoholismo y toda la familia nos dio la espalda. Después de un tiempo dejé de ver a mi abusador pero a los 8 años me volvió a pasar pero esta vez por el esposo de mi tía (la hermana de mi mamá) ellos han sido casados desde que mi tía tiene 16 años hasta el presente. Fuimos de visita a casa de mi tía, era diciembre entonces mi mamá salió con mi tía a comprar cosas para la navidad, yo, mi hermano y mi primo (hijo de mi tía) nos quedamos al cuidado del esposo de mi tía, el en ese entonces era oficial de la policía. Yo estaba jugando con mi primo y mi hermano cuando él me llamó, él estaba sentado en la mesedora viendo las noticias cuando me sentó en sus piernas y yo inmediatamente me paralice puesto que la última vez que alguien me sentó en sus piernas me manoseo, esta vez fue diferente, solo me acaricio las piernas y yo solo sentí cómo algo duro me rozaba mis glúteos, me paralicé y no sabía que hacer, hasta que tuve la fuerza y me bajé. Nunca hablé de mi segundo abusador y nunca lo he hecho, yo ya no vivo en Colombia pero cuando voy me toca actuar cómo si nada aunque por dentro sienta tantas cosas. Por mucho tiempo reprimí todo lo que me pasó, siempre decía que no me afectó y ahora a mis 22 años me está atormentando. Estoy comprometida con el amor de mi vida, siento que ha sido un regalo que Dios y la vida me dio después de tanto tormento pero hay veces que cuando vamos a tener intimidad y me toca siento una rabia en mi, ese tipo de rabia que te dan ganas de pegarle un puño en la cara a esa persona, y no lo entiendo, el no me ha hecho nada? El solo me ha ayudado y me ha tratado con amor y me ha demostrado lo mucho que me respeta y me ama, siempre quise evadir el tema y reprimirlo, no hablar de ello y pretender cómo que no me afectó pero ya llegué a un punto donde me dan unos ataques de ira que ni yo me reconozco, donde termino lastimándome a mí misma o sacando esa ira en mi prometido, hace unas noches por fin en medio de una ataque de ira donde terminé azotandome la cabeza en la pared solo repetía “no me deja en paz, me persigue, sácalo de mi cabeza” estaba en un estado de crisis y mi prometido solo pudo sujetarme en sus brazos mientras me preguntaba quién me perseguía y fue la primera vez que dije su nombre en voz alta, “Name, el hombre que me violo y me robo mi inocencia no sale de mi cabeza” no podía hablar, las lágrimas y gritos de desesperación eran más que las palabras, en ese momento me di cuenta que no importa cuánto allá crecido aquella niña de 6 años sigue dentro de mi, está enojada, está triste y rota. Mi pareja es abogado entonces el fue quien me habló sobre me too movement, me dijo que me hiciera justicia y lo denunciara pero que si no me sentía lista por miedo que navegara las opciones que me too ofrece y que quizá empezara por contar mi historia, por unos días habría la página y solo me quedaba paralizada, pero hoy me anime, ya no merezco ser prisionera de un dolor que no fue mi culpa aunque por mucho tiempo he sentido que lo es, me siento perdida y no quiero que mi pasado defina mi presente, la vida me está dando oportunidades bonitas pero mi abusó sexual no me deja avanzar, cómo me saco esta rabia que siento por dentro? Porque me volví un ser tan agrio y amargo, porque me enojo por todo? Porque no puedo disfrutar la intimidad con mi pareja si es delicado conmigo? Parece que entre más delicado es más rabia siento por dentro. Me siento muy sola y perdida. Quiero este dolor fuera de mi

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  • Cada paso adelante, por pequeño que sea, sigue siendo un paso adelante. Tómate todo el tiempo que necesites para dar esos pasos.

    “He aprendido a abundar en la alegría de las cosas pequeñas... y de Dios, la bondad de las personas. Desconocidos, maestros, amigos. A veces no lo parece, pero hay bondad en el mundo, y eso también me da esperanza”.

    Si estás leyendo esto, es que has sobrevivido al 100% de tus peores días. Lo estás haciendo genial.

    “Realmente espero que compartir mi historia ayude a otros de una manera u otra y ciertamente puedo decir que me ayudará a ser más abierta con mi historia”.

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇺🇾

    Aprender a vivir sin querer matarme

    Estimado lector, este mensaje contiene lenguaje autolesivo que puede resultar molesto o incomodo para algunos.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇪🇸

    Corazón fuerte

    Si alguien quisiera entender quién soy, tendría que saber que… No sabría cómo ni por dónde empezar. Supongo que por la base de todo: mi niñez. Me llamo Name. Nací en Venezuela, pero me crie toda la vida en España, bueno, a partir de los ocho años. Mi niñez… qué decir. Era feliz. Fui feliz. O eso cree uno a esas edades. Mis primeros ocho años en Venezuela. Supongo que fui feliz. Una familia que me quería, un hermano, una mamá… aunque nunca un papá. Mami siempre supo cómo tirar ella sola con nosotros. Siempre me inculcó cosas buenas de mi padre. Incluso me enseñaba cartas y fotos de él. Crecí queriendo a mi padre, aun sin haberlo visto nunca en persona. Tuve un colegio que me gustaba mucho, aunque he de decir que la liaba mucho. Era demasiado ruido para aulas tan pequeñas. Tengo muchos recuerdos bonitos, otros que ahora de adulta sé que no lo fueron. Me dieron todo, tuve todo. A pesar de venir de una familia humilde, nunca me faltó un plato de comida, nunca me faltó amor, nunca me faltó nada. Todo se complica… Cuando cumplo los cuatro años, cuando ya eres un poquito, pero muy poquito, más consciente de la vida, todo se complica. Mamá dejó de estudiar y decidió trabajar. Eso implicaba verla menos. Eso implicaba ser cuidada por otras personas. Eso implicaba muchas cosas. A partir de ahí mi vida se derrumbó. A partir de ahí marcaría un antes y un después. A partir de ahí mi vida en la adultez sería distinta. La gravedad de todo lo vi al crecer. Aunque he de decir que tuve una pequeña reacción siendo tan pequeña. Podría decir que algo dentro de mí me dijo: esto está mal, esto no puede ser así. Siempre he dicho: ¿dónde estaba Dios? Soy creyente, o fui creyente, pero poco a poco todo eso fue desapareciendo. Cuanto más dolor me causaba la vida, más dejaba de creer. No me enrollo más… vamos al principio. Pues sí, tuve una niñez bastante bonita. Aunque la parte mala ahí está, y creo que estará por siempre en mi vida. Supongo que escribirlo me hace sentir un poquito mejor. Recalcar toda mi vida me hace sentir algo mejor. Fui violada. Sí, abusaron de mí siendo tan solo una niña de cuatro años. A partir de ahí me destrozaron la vida. Fui cumpliendo años y eso seguía sucediendo. Supongo que para mí era algo normal. Un niño, al sufrir eso, jamás podría darse cuenta de la gravedad. La persona que se supone que tenía que cuidar de mí era la causante de mis traumas ahora de mayor. Mi hermano y yo, siempre unidos, siempre juntos, mano a mano. Pasó por lo mismo, solo que yo cedía. Cedí muchas veces porque sabía que era la única forma, la única forma que tenía para proteger a mi tesoro más preciado: mi hermano. ¿Dónde estaba mi familia? Éramos tan solo unos niños que necesitaban ayuda de un adulto. ¿Dónde estaban todos? ¿Por qué nunca nadie se dio cuenta? Tan solo necesitábamos a un adulto que nos ayudase. ¿Cómo íbamos nosotros mismos a ayudarnos? Mi vida cambió. Mi tía nos devolvió la vida. La decisión de venir a España cambió nuestras vidas. Era un pequeño viaje. Jamás pensábamos quedarnos aquí a vivir. Ed y yo felices, con nuestra pequeña maleta, sabiendo que algún día volveríamos a Venezuela, que en un mes o así estaríamos de vuelta. Y aquí estoy, veinte años después, agradeciendo día a día la decisión de quedarnos aquí. Ahí empezó mi verdadera infancia feliz. Nos dieron todo. Mis tías nos dieron todo. Nunca había sido tan feliz. Mamá se enamoró. Ahí conoció al que creí mi padre. Es normal, ¿no? Te crías sin una figura paterna y cuando entra alguien en tu vida con tanto amor para darte… cómo no creer que es tu padre. Mil viajes, muchas playas, muchos planes, mucho de todo. Él nos dio tanto. Estuvo en todo. Cómo no haberle querido tanto. El colegio es verdad que no me gustaba tanto. Sufrí mucho bullying. Supongo que no estarían acostumbrados a ver a una niña latina, pelo rizado y rasgos de negra. Esa parte quiero omitirla. La verdad que me marcó demasiado. Pensé siempre que de ahí venía mi inseguridad. Crecí. O eso creía con catorce años. Me creía la reina del mambo. Quería vivir rápido, quería ser adulta, quería hacer mil cosas. Empecé a perderme. A ser una inconsciente con mamá. A ser una rebelde. Cuanto más me prohibían, más quería hacerlo. Creo que fue mi peor época. Nunca me sentí entendida por nadie. Nunca nadie se sentó a explicarme paso a paso cómo va la vida y desde cuándo tenía que empezarla a vivir como una adulta. Mamá lo hizo bien siempre, pero he de decir que no supo lidiar con una adolescente llena de ira, llena de rabia, llena de odio. Fui mi peor versión. Pero era adolescente, ¿quién se da cuenta a esas edades? Porque yo, hasta que no tuve un choque de realidad, no me di cuenta. Mi primer amor… Sí, tuve mi primer amor. Fue lo más preciado que la vida me había dado. Tus primeras veces en todo, tus primeros te quiero, tu primer sentimiento de amor, tu primer todo. Fue un fracaso. Supongo que éramos muy jóvenes e inexpertos. Yo quería más, salir al mundo, conocer gente. No me valía nada. Tuve más de un amor. Con todos fracasé. Pero me quedo con lo que aprendí con cada uno de ellos. Aprendí a saber qué merezco y qué no. Aprendí a quererme un poco más. Aprendí a no tolerar cosas que no. Aprendí a no quedarme con migajas. No sé por qué nunca me fue bien en el amor. Y la poca fe que me quedaba me la destrozaron. Cumplo dieciocho. Por fin mayor de edad. Por fin podría hacer lo que me diese la gana. Eso sentía y eso creía. Me duró bastante la rebeldía. Hasta que… Ocurriría de nuevo. Mamá se separa. Mi vida cambia. Todo cambia. Mi supuesto padre sigue siéndolo. Seguimos queriéndolo como el primer día. Seguimos viéndole. Seguimos todo con él, a pesar de no estar con mamá. Pero tuve un choque con la realidad. Creí que mis parejas me habían roto el corazón, pero creí mal. Él me rompió el corazón. Dejé de creer en el amor. Si la persona que más quería, a quien yo consideraba mi papá, me partió el alma, me partió el corazón… ¿qué iba a pensar del resto del mundo? ¿Cómo debía ser yo? Y llegó ese día, el segundo peor día de mi vida. Sufrí violencia doméstica. Mi supuesto padre fue capaz de destrozarme la vida. Intento de violación. Una vez más sentí ese miedo. Una vez más sentí que la vida se me caía. Una vez más sentí decepción. Una vez más sentí cómo mi corazón se rompía poco a poco. Cómo creer en la gente. Cómo creer en la vida. Nace Brother. Empecé a ver la vida un poco mejor. Brother llega a nuestras vidas, mi pequeño hermano, y cambié por completo. Me dio esa felicidad que no tenía. Me dio esa calma en el alma que yo tanto necesitaba. Verle tan pequeño, tan bonito, esas manitos… Mi hermano me devolvió la vida y las ganas de querer con el alma a alguien. Nunca se lo dije. Es muy pequeño. Pero algún día me sentaré y hablaré con él. Dejé de estudiar. Fui de mal en peor en los estudios y decidí adentrarme en el mundo de la hostelería. Crecí de verdad. Mi mentalidad cambió. Empecé a ser mejor persona con mamá, mejor persona con mi hermano Edy, mejor persona con todos. Trabajar me hizo darme cuenta de cuánto cuesta la vida. De cuánto ha tenido que currar mamá para darnos todo. Trabajar me hizo crecer como persona, como mujer. Pasa el tiempo. Pasa la vida. Y sí, sigo estancada en la hostelería. Pero he de decir que me he ganado todo lo que tengo a pulso. Agradecida de todo lo que aprendí. Sigo con la vida. Sigo con mi vida. Pasa el tiempo. Vuelvo a tener amores que no van a ningún lado. Más decepciones: de familia, de novios, de amistades. Pero supongo que siempre pude con todo. Era como que mi corazón estaba a prueba de balas. Como que algo más ya me era indiferente. Estaba tan acostumbrada a que lo malo me persiguiese que era totalmente normal para mí. Pero oye, que nunca dejé de ser buena. Nunca dejé de tener este corazón tan noble, como dice mamá. Siempre di todo de mí a todos. Siempre fui con mis mejores intenciones. Hace poco leí que las personas que siempre están haciendo la gracia son las que más tristes están por dentro. Nunca algo me había representado tanto. Como digo yo, soy la payasa del grupo. Me encanta ver a mi gente reír a base de mis ocurrencias. Eso me hace sentir un poco menos mal. Eso me ayuda mucho. Me gusta hacer la gracia siempre, porque sí, porque no. Eso me hace olvidar un poco todo. Pasa el tiempo y estoy en calma. Siento que no tendré nada más por lo que sufrir. Y llega un mensaje inesperado… Siempre estuve en contacto con mi padre, ese mismo del que mamá siempre me habló y siempre me inculcó cosas buenas. Le quiero tanto que jamás se me pasaría por la mente odiarle. Y llega un mensaje: “Hola hija, Dios te bendiga. Soy tu papá, el hermano de tu mamá.” Mi mente no entendía absolutamente nada. Papá, mamá, hermano… Pensé que era fake, pero indagué hasta dar con la realidad de todo. Ese día, bendito día, una vez más me vuelven a romper el corazón. Pero esta vez, mi querida mamá. Resulta que ese señor era mi padre de verdad. Resulta que mi mamá no era mi madre biológica. Resulta que toda mi vida crecí creyéndome mentiras. Mi madre biológica me abandonó. Con tan solo un mes de nacida. Me abandonó como un perro. Mi papá, con miedo de la vida, con miedo de seguir con una niña tan pequeña, solo buscó ayuda. Ayuda de sus hermanos. Y ahí entra mi mamá en el plano. Como me dice ella: “Hija, me enamoré de ti. Verte tan pequeña, tan vulnerable, con esa carita, con esa nariz, con esos rizos… cómo no quedarme contigo.” Mamá no me dio la vida. Me la devolvió. Agradezco la vida que me diste, mamá. Para mí siempre serás mi madre. Mi única y verdadera madre. Pero me duele el alma. Todo por lo que tanto había trabajado volvió: mis miedos, mis inquietudes, mis traumas, mis inseguridades, mi rabia, mi ira. Y llegó él. Llegó alguien a mi vida para hacerme entender que la vida no siempre es tan mala. Alguien que me haría entender por qué nunca funcionó con nadie más. Alguien que me daría todo el amor del mundo. Y llegaste tú, justo en el momento que más me dolía la vida. Llegaste y me olvidé por un ratito de todo lo que estaba pasando. Volví a creer en el amor. Volví a creer en que de verdad hay personas buenas con corazones bonitos. A veces siento que no lo merezco. A veces siento que es una trampa de la vida. Me saboteo mucho. No sé cómo asimilarlo. Siento que en cualquier momento todo se romperá. Sentiré miedo. Sentiré angustia .

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    Para mis semejantes

    Queridos desconocidos: Escribo esta carta porque he cargado con toda una vida de dolor en silencio durante demasiado tiempo, y estoy lista para hablarlo con franqueza; no para vivir en la oscuridad, sino para demostrar que incluso las sombras más profundas pueden dar paso a la luz. Si mis palabras llegan a una sola persona que se siente sepultada bajo su propia historia, habrán hecho lo que espero que puedan hacer: recordarles que la supervivencia no es el final del camino. Es el comienzo de algo más fuerte. Tenía tres años cuando mi madre me dejó con mi padre. Se desentendió de la responsabilidad. Él era un deportista de pueblo, todavía enfadado por haber perdido a su madre de joven, y volcaba esa ira en fiestas, peleas y en mí. Se suponía que yo sería su pequeño jugador de fútbol, pero nunca encajé del todo en el molde. Unos años después, alguien de su familia abusó de mí. Lo encubrieron. Esa persona nunca tuvo que afrontar las consecuencias. Luego, otro miembro de la familia, al que todos adoraban, me engañó para que cometiera actos sexuales que se prolongaron durante años. Desarrollé una lealtad retorcida hacia él, lo que ahora sé que fue el síndrome de Estocolmo. Me liberé más tarde, pero esos años me robaron la infancia antes de saber siquiera cómo se suponía que debía ser. Mi padre me golpeaba con un cinturón hasta que me salían ronchas. Escondía conchas marinas en los pantalones para suavizar los golpes; mi trauma me hacía inquieta, me hacía "mala", hacía que el cinturón viniera más rápido. Cuando descubrió las conchas, el castigo se duplicó. Mi madrastra finalmente lo desestimó, pero las marcas ya eran profundas. La escuela no ofrecía seguridad. El director me gritó en la cara y me encerró en un armario. Resultó que mi padre había salido con su hija años antes. Los pueblos pequeños lo recuerdan todo menos la misericordia. Me junté con chicos con problemas y me metí en problemas con la ley. Mi padre me culpó por su matrimonio fallido y amenazó con enviarme lejos. Amaba a mi medio hermano, el hijo de mi madrastra, a pesar de que me enseñaron a odiarlo. Al terminar la escuela primaria, me mudé a casa de mi madre. No podía cepillarme bien los dientes, no podía hacer la cama, apenas sabía leer. Mi madre se esforzó por enseñarme buenos hábitos, y lo consiguió, pero su nuevo marido, un policía, era cruel. Me rociaba la cara con gas pimienta a modo de broma, veía porno en la sala y engañaba a mi madre embarazada. El barrio era mayoritariamente negro; como un niño blanco y solitario, era un blanco fácil para la violencia. Llegué a casa con los ojos morados. Mi madre todavía lo niega. La soledad se volvió crónica; no solo depresión, sino esa que te hace cuestionar si vale la pena existir. Mi padre me secuestró una vez, avergonzado de sus propias decisiones. Más palizas, más aislamiento en nuevos pueblos, más acoso. Cuando planeó mudarse, volví a elegir el de mi madre. Ese pueblo se sentía más cercano a casa. Hice amigos de verdad allí, pero la mayoría de los días seguía siendo la forastera. Un amigo cercano murió en un accidente de coche; su familia me trató como a un sustituto, diciendo que me parecía a él. Fue extraño y doloroso. Tenía novia. Ambos éramos sobrevivientes de abusos. Jugamos un poco, nada más que tocarnos, y sentí una conexión real por primera vez. Una noche, su madre nos invitó a su casa. Mi novia no estaba allí. Su madre la miró y dijo: "¿Sabías que tu hijo violó a mi hija?". Mi cuerpo se congeló de una manera que el cinturón de mi padre nunca logró. No pude hablar. Mi cabeza negó con la cabeza. Miré a mi madre, la única protectora en la que había confiado, y su rostro decía que lo creía. Mi corazón se rompió. Amenazaron con presentar cargos, pero se negaron a dar pruebas médicas. Sus padres luego intentaron atraer a mi madre a un callejón para golpearla. El novio de mi madre resultó ser un adicto a la metanfetamina y lo robó todo. Mi novia difundió historias cambiantes por la escuela. Esa humillación rompió algo muy profundo en mí. Me volví más agudo, más consciente de mí mismo que nunca, pero todo lo que cargaba era ira y dolor. El instituto era una máscara: amigable, tranquilo, fingiendo ser estúpido para que nadie esperara demasiado. Atlético, pero nunca totalmente aceptado por sus compañeros de equipo. Popular entre las chicas, nunca las adecuadas. Luché; encontré algo que realmente me encantaba en los deportes de combate. Fui al baile de graduación en primer año con una estudiante de último año, salí con otra estudiante de último año hasta que mi padre nos mudó de nuevo. Rompió conmigo, insinuó que me engañaba para hacerme daño. Me quitó la virginidad. En el nuevo estado, luché contra mi padre de verdad: me puse de pie, me defendí, sentí años de rabia invadirme. Quería acabar con él. El toque de mi madrastra en el hombro me detuvo. Pensé en mi hermano pequeño en la habitación de al lado y me fui. Después, mi padre me empujó sobre las sillas. Me fui con la intención de cruzar medio país caminando. Me desmayé en la noche. Él me recogió más tarde y me habló mal durante semanas. No le hablé, no lo miré. De vuelta en casa de mi madre, se centró en sí misma y me trató como una carga. Mi padrastro me echó por fumar marihuana. Estuve sin hogar durante un mes durante brutales ventiscas, viviendo en el garaje de la hermana de una amiga. Volví a casa de mi padre de adulta. Trabajé 70 horas semanales en una fábrica y me convertí en el subgerente más joven. Podía hablar con exconvictos sin perderles el respeto. Vivía sin calefacción. Llegó la COVID. Empezaron los ataques de pánico. El aislamiento se convirtió en adicción. Me acosté con las mujeres equivocadas, le robé la novia a un amigo (ella me insinuó algo; me enamoré). La culpa me aplastó. Volví a casa de mi padre, sin blanca y sin apenas comer. El trauma llegó a su punto máximo. Le conté a mi padre que necesitaba ayuda; él gritó que mis problemas no importaban. Trabajé en el sector sanitario durante el auge de la COVID: en la UCI de COVID, con 5 o 6 muertes al día. Hice RCP y autopsias cuando las enfermeras no podían. Las enfermeras me coquetearon; me quedé frío, autoaislado. Sin amigos, sin familia, sin hogar, solo trabajo. Un médico se ofreció a pagar mis estudios por mi compasión. Entonces tomé LSD y me vi en el espejo por primera vez, con empatía y tristeza. Justo antes de derrumbarme por completo, conocí a mi esposa empujando un cadáver a la morgue. Nos enamoramos. Renuncié y me mudé a su casa. Me ahogué en la agonía, aprovechándome de sus ingresos. Hacer la compra se sentía imposible. Ojos por todas partes. Los ataques de pánico me cortaban la respiración. Me quedé paralizado. Era TEPT. Escapadas con armas de fuego, intenciones hostiles; debería estar muerto varias veces. Pero no fueron las armas lo que casi me mata. Fue existir. Cuando me casé con mi esposa, le di a mi padre una última oportunidad. No se presentó a la boda. Le prometí que estaría mejor que el día anterior. No he roto esa promesa. Encontré a Dios de verdad entonces. Después de años de lucha, por fin me estoy valendo por mí mismo: voy a la escuela, supero el trauma, me pongo en forma y soy un pilar para mi familia. Ya no soy el niño que escondía conchas marinas. No soy el adolescente que se derrumbaba bajo falsas acusaciones. No soy el hombre que casi le rompe el cuello a su padre o se ahogó en la culpa y las drogas. Yo fui quien se mantuvo en pie cuando otros cayeron en esa iglesia. Era solo una niña, nerviosa y curiosa, parada frente a una silla mientras hombres adultos me ponían las manos encima y rezaban. Todos a mi alrededor se derrumbaron bajo el peso de la fuerza que se movía en ese espacio. Yo también lo sentí —una ráfaga, una presencia—, pero mis piernas aguantaron. No caí. Los hombres me miraron con los ojos muy abiertos y dijeron que tenía un espíritu muy fuerte. No lo entendí entonces, pero esas palabras las llevé como una promesa que aún no sabía que necesitaría. Ese momento no fue magia ni coincidencia. Fue la primera prueba silenciosa de que algo en mí se negaba a romperse, incluso cuando todo lo demás lo hizo. Ese mismo espíritu es lo que me mantuvo viva a través de cada paliza, cada traición, cada noche que pensé que no despertaría. Es lo que me permitió elegir la moderación cuando la rabia me suplicaba destruir. Es lo que me permite permanecer de pie hoy. Llevé la brutalidad en mi mente durante décadas, pero mi alma seguía concluyendo lo mismo: seguir eligiendo la luz. Seguir reconstruyendo. Nunca rendirse. El dolor sigue ahí, pero ya no me posee. Me forjó. Y ahora uso lo que me enseñó: para defender a los asustados, para reconstruir desde las ruinas, para mostrarles a otros que incluso en un mundo duro, el alma aún puede elegir la esperanza. Si lees esto y te sientes sepultado bajo tu propia historia, debes saber esto: sigues aquí. Sigues eligiendo. Y esa elección, cada día, es prueba de que eres más fuerte de lo que la oscuridad jamás creyó que podrías ser. Hay luz al otro lado. Estoy caminando hacia ella. Tú también puedes.

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    Usted no está solo

    No estás solo No estás solo. A muchos nos arrebataron mucho personas que priorizaron sus instintos básicos sobre nuestra cordura. Sufrimos por sus momentos de felicidad y dominio. Nos culpamos de su enfermedad. Su patología. Somos un ejército. Eso es lo que estas historias nos enseñan. Nos muestran que somos legión. Somos fuertes. Nuestras reacciones psicológicas de miedo, desconfianza y odio no son locas. Son normales. También es normal, pero no fácil, salir juntos de la oscuridad. Crecí en un gran bloque de pisos de bajos recursos que parecía un pueblo. Mi madre trabajaba y nos desenvolvíamos solos. En invierno, nadie esperaba que nos vieran si salíamos. Estábamos en un piso haciendo el tonto con unos niños o un vecino, y todo salía bien. Perdí la virginidad a los once años con un amigo de mi hermano mayor que cursaba décimo. Pero no fue un problema porque, por desgracia, no era raro allí. Soy mitad brasileña por parte de mi padre ausente y me consideraban bastante exótica y en forma. Mis características sexuales secundarias se desarrollaron pronto. Era razonablemente cuidadosa y tenía el control. El verdadero abuso comenzó años después, cuando nos mudamos a una casa decente con él. Era el hombre soñado de mi madre. Era perfecto para un hombre de mediana edad. Para entonces, mi hermano ya no estaba con nosotros porque se fue a trabajar a Alaska en un barco pesquero. Era exmilitar y al principio parecía un buen hombre. Yo era un poco problemática y demasiado descarada, y mi madre le dio carta blanca para disciplinarme como a mi padre. No llevábamos allí ni una temporada completa cuando empezó a tratarme como a una fulana. Lo de los azotes ya lo sabía mi madre y le parecía gracioso, incluso teniendo quince años. Me daba azotes en el trasero desnudo incluso cuando ella estaba en casa. Decía que siempre había necesitado la mano de un hombre para tapar mis asperezas. Era vergonzoso, humillante, pero nada comparado con lo que hacía él cuando mi madre no estaba. Para no entrar en detalles, él pronto llegó a un punto en el que yo iba a tener su carga siempre que tuviera la oportunidad. Como él me mandaba el horario, se aseguraba de que hubiera oportunidades regulares. Era mi INFIERNO y él era el Príncipe de las Tinieblas. Era rudo, pero tenía cuidado de no dejar marcas. A menos que el tiempo apremiara, tenía que ducharme primero. A veces, después, había algo específico que ponerme, como un disfraz, lencería o mi uniforme de baloncesto. La irritante anticipación de lo que vendría después era la verdadera tortura. Él me decía: "Elige un agujero". ¡Mis agujeros! Mi boca era uno, mi boca dos, y pensarías que nunca elegiría tres. Pero te equivocas. Lo odiaba. Soy muy sensible sexualmente y si elegía uno, parecía que me encantaba, y si elegía dos, estaba trabajando para complacerlo. Tres era la forma en que podía encerrarme y prepararme sin que él me viera sonreír, incluso si lo miraba. Cuando el odio era fuerte, elegía tres. Compartimenté esa pequeña pero brutal parte de mi vida para mi madre. Eran solo de treinta a ciento veinte minutos a la semana, de 10.080 minutos. Y entonces no veía otra salida. Mamá, por primera vez, vivía una vida feliz. Podría haber ganado un BAFTA por lo cómoda y contenta que me sentía con ella. Me destrozaba que mi miedo a molestarlo hiciera parecer que él había suavizado mis asperezas y me había convertido en una dama de verdad. Mantuve mis buenas calificaciones y seguí en el equipo de netball a pesar de ser la más bajita. Seguí adelante. Desarrollé la costumbre de clavarme las puntas del portaminas en la piel y morderme las uñas para provocarme dolor. Tuve un novio por un corto tiempo. Iba a los bailes. Mi casa era mi infierno, así que hacía todo lo que él me permitía para estar en cualquier otro lugar. No podía trabajar, pero él obligaba a mi madre a conservar su trabajo para poder tenerme. En mis cumpleaños, me salía con la mía para tener una noche de chicas con mi madre. Solo tuve dos cumpleaños antes de librarme de él. La universidad costaba 1000 libras y cuando él la pagó, no sabía que ya no iba a ser su fulana. Tenía una amiga que vivía mucho más cerca de mi universidad. Tenían una habitación libre porque un hermano mayor se había mudado. Con diecisiete años, él no podía obligarme a vivir con ellos si tenía otro alojamiento seguro. Acepté un trabajo y pagué el mísero alquiler. Me volvió a tener cuando dormí en su casa en Nochebuena. Probablemente drogó a mi madre para que no volviera a dormir. Me aseguré de que no volviera a tener otra oportunidad. En mis clases de portugués conocí a un hombre que vivía en Portugal y me invitó a quedarme con él todo el tiempo que quisiera sin pagar alquiler. Terminé un año de bachillerato y me fui a Portugal. Tuve relaciones fugaces con el hombre con el que me quedé, pero él viajaba a menudo; ambos teníamos nuestras propias cosas. Por aquel entonces trabajaba de camarera en un restaurante de comida americana. Hablaba con mi madre por teléfono casi todos los días. Vino una vez, con él. La echaba de menos e intentaba no mostrarle mi pena por haberme visto obligada a separarme de ella. Verlo fue horrible, pero lo contuve como un cáncer. Me ayudó a consolidar mi decisión. Viajé con una amiga a Florida y conseguí trabajo como camarera en un restaurante elegante. Solicité una visa de trabajo y la conseguí al segundo intento. Ahora tengo treinta y ocho años. Hace solo tres años me enfrenté a mis demonios porque leí historias en línea sobre otras sobrevivientes de abuso. Abrió una herida profunda para que pudiera empezar a sanar. Fue y sigue siendo un trabajo duro y un proceso continuo. Le confesé a mi madre, quien se había separado de él después de años de su propio abuso, que ella también mantuvo oculto. Él la dejó ir cuando ella empezó a tener problemas de salud, mostrando su verdadero corazón negro. Vive con mi hermano y su familia. Lamento haber perdido años con mi madre y mi hermano y que me echaran de casa cuando era joven, pero me hizo más fuerte. Nunca me he casado, pero tengo una pareja que me ama, dos perros y hablo tres idiomas. Soy entrenadora física y trabajo cerca de la playa donde voy a meditar y a hacer body surf. Nuestros viajes e historias son individuales, pero estamos juntos en esto. En todo el mundo. ¡No estás solo/a cargando con el dolor, la vergüenza, el miedo y los recuerdos! Aunque estés en la oscuridad, emprende un camino que parece que otros están usando para intentar salir adelante. Usa los recursos, aunque estén disponibles en tu computadora, y construye a partir de ahí. Simplemente empieza y sigue escalando, especialmente cuando parezca demasiado difícil.

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    DÉCADAS

    DÉCADAS Cuando tenía 22 años, estaba en el campus universitario con mis finanzas y decidí ir al coche a las 11 de la noche a buscar el pastel que habíamos traído de la cena. Un hombre se me acercó, lo saludé y procedí a buscar el pastel. El hombre se me acercó por detrás y me tiró al suelo intentando violarme. Grité, el tiempo se ralentizó y recuerdo haber oído a mi madre decir que las llaves de mi coche eran un arma, así que empecé a golpearlo con ellas. Me solté con dificultad, corrí hacia un edificio y me caí en el camino. Llegó un conductor que escuchó mis gritos a varias cuadras de distancia y llamaron a la policía. La policía incluso creyó haberlo atrapado y me mostró varias fotos de hombres parecidos, pero no pude identificarlo con certeza, así que lo liberaron. Después de esta agresión sexual, compré un arma, me mudé con mi prometido, tomé clases de defensa personal, leí libros y fui a un psicólogo que me diagnosticó TEPT debido a una ansiedad abrumadora que me paralizaba. El mundo ya no era seguro. Esto generó detonantes y me hizo recordar mi primera agresión sexual de adolescente en un autobús lleno de gente en otro país: un hombre mayor me presionaba la erección mientras yo me alejaba de él hacia la parte delantera del autobús, hasta que finalmente encontré a otra adolescente a quien pude sentar en su regazo para que el desconocido se detuviera. Han pasado 64 años desde que me atacaron en ese estacionamiento. Llevo 64 años felizmente casada y tengo una imagen positiva de mí misma. PERO, todavía no puedo usar faldas. Todavía no puedo ir sola a los estacionamientos de noche y me incomoda ir a cualquier sitio de noche. No puedo ver una película ni una obra de teatro que incluya agresión sexual, porque la ansiedad se vuelve abrumadora. Sigo teniendo la misma pistola.

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    Actividad de puesta a tierra

    Encuentra un lugar cómodo para sentarte. Cierra los ojos suavemente y respira profundamente un par de veces: inhala por la nariz (cuenta hasta 3), exhala por la boca (cuenta hasta 3). Ahora abre los ojos y mira a tu alrededor. Nombra lo siguiente en voz alta:

    5 – cosas que puedes ver (puedes mirar dentro de la habitación y por la ventana)

    4 – cosas que puedes sentir (¿qué hay frente a ti que puedas tocar?)

    3 – cosas que puedes oír

    2 – cosas que puedes oler

    1 – cosa que te gusta de ti mismo.

    Respira hondo para terminar.

    Desde donde estás sentado, busca objetos con textura o que sean bonitos o interesantes.

    Sostén un objeto en la mano y concéntrate completamente en él. Observa dónde caen las sombras en algunas partes o quizás dónde se forman formas dentro del objeto. Siente lo pesado o ligero que es en la mano y cómo se siente la textura de la superficie bajo los dedos (esto también se puede hacer con una mascota, si tienes una).

    Respira hondo para terminar.

    Hazte las siguientes preguntas y respóndelas en voz alta:

    1. ¿Dónde estoy?

    2. ¿Qué día de la semana es hoy?

    3. ¿Qué fecha es hoy?

    4. ¿En qué mes estamos?

    5. ¿En qué año estamos?

    6. ¿Cuántos años tengo?

    7. ¿En qué estación estamos?

    Respira hondo para terminar.

    Coloca la palma de la mano derecha sobre el hombro izquierdo. Coloca la palma de la mano izquierda sobre el hombro derecho. Elige una frase que te fortalezca. Por ejemplo: "Soy poderoso". Di la oración en voz alta primero y da una palmadita con la mano derecha en el hombro izquierdo, luego con la mano izquierda en el hombro derecho.

    Alterna las palmaditas. Da diez palmaditas en total, cinco de cada lado, repitiendo cada vez las oraciones en voz alta.

    Respira hondo para terminar.

    Cruza los brazos frente a ti y llévalos hacia el pecho. Con la mano derecha, sujeta el brazo izquierdo. Con la mano izquierda, sujeta el brazo derecho. Aprieta suavemente y lleva los brazos hacia adentro. Mantén la presión un rato, buscando la intensidad adecuada para ti en ese momento. Mantén la tensión y suelta. Luego, vuelve a apretar un rato y suelta. Mantén la presión un momento.

    Respira hondo para terminar.