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Bienvenido a Our Wave.

Este es un espacio donde sobrevivientes de trauma y abuso comparten sus historias junto a aliados que los apoyan. Estas historias nos recuerdan que existe esperanza incluso en tiempos difíciles. Nunca estás solo en tu experiencia. La sanación es posible para todos.

¿Cuál cree que es el lugar adecuado para empezar hoy?
Historia
De un sobreviviente
🇨🇴

No tengo recuerdos claros y siento mucha culpa

Mi historia es un poco larga. Cuando tenía 15 años o 16 años, vino a mi mente el recuerdo de cosas que habían ocurrido cuando yo tenía entre 4 y 5 años. Dos tíos abusaron de mí. Los recuerdos sobre esto nunca han sido claros y ahora, muchos años después, todo se ha vuelto más lejano y confuso y he dudado varias veces de mí misma y de mi historia. Hay otras cosas que pasaron en mi infancia que sí recuerdo con más claridad: cuando tenía entre 7 y 8 años, vi a mis papás teniendo relaciones sexuales a mi lado (esa noche me había pasado a dormir con ellos en su cama). Tiempo después, se repitió la situación, pero con mi padrastro y mi mamá. También cuando tenía entre 7 y 8 años, estaba revisando unos CD'S en el DVD que había en la casa para marcarlos según el género musical o según la película que fuera. Uno de los CD'S, era una película porno. Como casi siempre, me encontraba sola en mi casa, entonces la vi completa. No recuerdo si me masturbé. Sé que desde muy niña me frotaba con peluches, muñecas y otros objetos, aunque sin mucha conciencia de lo que hacía, pero estaba presente el miedo a ser vista. Hay algo que me atormenta en este momento: cuando tenía 6 o 7 años, mi prima (ella un año mayor) y yo jugábamos a imitar algunas posiciones de un libro de kamasutra que había en su casa. También tengo leves recuerdos de una vez que, mientras nos bañábamos, frotamos nuestras partes íntimas. No sé si esto se dio en el marco de una curiosidad bilateral y por el contenido del libro al que habíamos estado expuestas o si fui yo quien generó la situación y la persuadió a ella de hacerlo o si la manipulé. No recuerdo que haya sido así, pero me da miedo que sí. ¿Y si imité lo que hacía mis tíos conmigo o lo que vi en contenido al que estuve expuesta? Siento miedo, culpa y vergüenza. Además, hace medio año, recordé que cuando tenía 10 años y cargué a mi hermanita en mi piernas (que estaba como de un mes), sentí un estímulo placentero en mi zona íntima por el contacto. Cuando esta imagen vino a mí (tampoco fue clara, como mis otros recuerdos) sentí culpa, pero no escaló a más porque entendí que fue una reacción física y nada más. Pero luego no podía dejar de pensar en ello y me cuestionaba si había prologando o intensificado el contacto y sentí muchísima culpa, asco y vergüenza. Fue tan fuerte, que tuve un episodio de TOC y siento que aún no he podido salir de ahí, porque ahora me inundan las dudas sobre lo sucedido con mi prima.

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  • Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇲🇽

    Solo tú sabes lo que sientes, no dejes que nadie te diga que no es válido.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇪🇸

    Corazón fuerte

    Si alguien quisiera entender quién soy, tendría que saber que… No sabría cómo ni por dónde empezar. Supongo que por la base de todo: mi niñez. Me llamo Name. Nací en Venezuela, pero me crie toda la vida en España, bueno, a partir de los ocho años. Mi niñez… qué decir. Era feliz. Fui feliz. O eso cree uno a esas edades. Mis primeros ocho años en Venezuela. Supongo que fui feliz. Una familia que me quería, un hermano, una mamá… aunque nunca un papá. Mami siempre supo cómo tirar ella sola con nosotros. Siempre me inculcó cosas buenas de mi padre. Incluso me enseñaba cartas y fotos de él. Crecí queriendo a mi padre, aun sin haberlo visto nunca en persona. Tuve un colegio que me gustaba mucho, aunque he de decir que la liaba mucho. Era demasiado ruido para aulas tan pequeñas. Tengo muchos recuerdos bonitos, otros que ahora de adulta sé que no lo fueron. Me dieron todo, tuve todo. A pesar de venir de una familia humilde, nunca me faltó un plato de comida, nunca me faltó amor, nunca me faltó nada. Todo se complica… Cuando cumplo los cuatro años, cuando ya eres un poquito, pero muy poquito, más consciente de la vida, todo se complica. Mamá dejó de estudiar y decidió trabajar. Eso implicaba verla menos. Eso implicaba ser cuidada por otras personas. Eso implicaba muchas cosas. A partir de ahí mi vida se derrumbó. A partir de ahí marcaría un antes y un después. A partir de ahí mi vida en la adultez sería distinta. La gravedad de todo lo vi al crecer. Aunque he de decir que tuve una pequeña reacción siendo tan pequeña. Podría decir que algo dentro de mí me dijo: esto está mal, esto no puede ser así. Siempre he dicho: ¿dónde estaba Dios? Soy creyente, o fui creyente, pero poco a poco todo eso fue desapareciendo. Cuanto más dolor me causaba la vida, más dejaba de creer. No me enrollo más… vamos al principio. Pues sí, tuve una niñez bastante bonita. Aunque la parte mala ahí está, y creo que estará por siempre en mi vida. Supongo que escribirlo me hace sentir un poquito mejor. Recalcar toda mi vida me hace sentir algo mejor. Fui violada. Sí, abusaron de mí siendo tan solo una niña de cuatro años. A partir de ahí me destrozaron la vida. Fui cumpliendo años y eso seguía sucediendo. Supongo que para mí era algo normal. Un niño, al sufrir eso, jamás podría darse cuenta de la gravedad. La persona que se supone que tenía que cuidar de mí era la causante de mis traumas ahora de mayor. Mi hermano y yo, siempre unidos, siempre juntos, mano a mano. Pasó por lo mismo, solo que yo cedía. Cedí muchas veces porque sabía que era la única forma, la única forma que tenía para proteger a mi tesoro más preciado: mi hermano. ¿Dónde estaba mi familia? Éramos tan solo unos niños que necesitaban ayuda de un adulto. ¿Dónde estaban todos? ¿Por qué nunca nadie se dio cuenta? Tan solo necesitábamos a un adulto que nos ayudase. ¿Cómo íbamos nosotros mismos a ayudarnos? Mi vida cambió. Mi tía nos devolvió la vida. La decisión de venir a España cambió nuestras vidas. Era un pequeño viaje. Jamás pensábamos quedarnos aquí a vivir. Ed y yo felices, con nuestra pequeña maleta, sabiendo que algún día volveríamos a Venezuela, que en un mes o así estaríamos de vuelta. Y aquí estoy, veinte años después, agradeciendo día a día la decisión de quedarnos aquí. Ahí empezó mi verdadera infancia feliz. Nos dieron todo. Mis tías nos dieron todo. Nunca había sido tan feliz. Mamá se enamoró. Ahí conoció al que creí mi padre. Es normal, ¿no? Te crías sin una figura paterna y cuando entra alguien en tu vida con tanto amor para darte… cómo no creer que es tu padre. Mil viajes, muchas playas, muchos planes, mucho de todo. Él nos dio tanto. Estuvo en todo. Cómo no haberle querido tanto. El colegio es verdad que no me gustaba tanto. Sufrí mucho bullying. Supongo que no estarían acostumbrados a ver a una niña latina, pelo rizado y rasgos de negra. Esa parte quiero omitirla. La verdad que me marcó demasiado. Pensé siempre que de ahí venía mi inseguridad. Crecí. O eso creía con catorce años. Me creía la reina del mambo. Quería vivir rápido, quería ser adulta, quería hacer mil cosas. Empecé a perderme. A ser una inconsciente con mamá. A ser una rebelde. Cuanto más me prohibían, más quería hacerlo. Creo que fue mi peor época. Nunca me sentí entendida por nadie. Nunca nadie se sentó a explicarme paso a paso cómo va la vida y desde cuándo tenía que empezarla a vivir como una adulta. Mamá lo hizo bien siempre, pero he de decir que no supo lidiar con una adolescente llena de ira, llena de rabia, llena de odio. Fui mi peor versión. Pero era adolescente, ¿quién se da cuenta a esas edades? Porque yo, hasta que no tuve un choque de realidad, no me di cuenta. Mi primer amor… Sí, tuve mi primer amor. Fue lo más preciado que la vida me había dado. Tus primeras veces en todo, tus primeros te quiero, tu primer sentimiento de amor, tu primer todo. Fue un fracaso. Supongo que éramos muy jóvenes e inexpertos. Yo quería más, salir al mundo, conocer gente. No me valía nada. Tuve más de un amor. Con todos fracasé. Pero me quedo con lo que aprendí con cada uno de ellos. Aprendí a saber qué merezco y qué no. Aprendí a quererme un poco más. Aprendí a no tolerar cosas que no. Aprendí a no quedarme con migajas. No sé por qué nunca me fue bien en el amor. Y la poca fe que me quedaba me la destrozaron. Cumplo dieciocho. Por fin mayor de edad. Por fin podría hacer lo que me diese la gana. Eso sentía y eso creía. Me duró bastante la rebeldía. Hasta que… Ocurriría de nuevo. Mamá se separa. Mi vida cambia. Todo cambia. Mi supuesto padre sigue siéndolo. Seguimos queriéndolo como el primer día. Seguimos viéndole. Seguimos todo con él, a pesar de no estar con mamá. Pero tuve un choque con la realidad. Creí que mis parejas me habían roto el corazón, pero creí mal. Él me rompió el corazón. Dejé de creer en el amor. Si la persona que más quería, a quien yo consideraba mi papá, me partió el alma, me partió el corazón… ¿qué iba a pensar del resto del mundo? ¿Cómo debía ser yo? Y llegó ese día, el segundo peor día de mi vida. Sufrí violencia doméstica. Mi supuesto padre fue capaz de destrozarme la vida. Intento de violación. Una vez más sentí ese miedo. Una vez más sentí que la vida se me caía. Una vez más sentí decepción. Una vez más sentí cómo mi corazón se rompía poco a poco. Cómo creer en la gente. Cómo creer en la vida. Nace Brother. Empecé a ver la vida un poco mejor. Brother llega a nuestras vidas, mi pequeño hermano, y cambié por completo. Me dio esa felicidad que no tenía. Me dio esa calma en el alma que yo tanto necesitaba. Verle tan pequeño, tan bonito, esas manitos… Mi hermano me devolvió la vida y las ganas de querer con el alma a alguien. Nunca se lo dije. Es muy pequeño. Pero algún día me sentaré y hablaré con él. Dejé de estudiar. Fui de mal en peor en los estudios y decidí adentrarme en el mundo de la hostelería. Crecí de verdad. Mi mentalidad cambió. Empecé a ser mejor persona con mamá, mejor persona con mi hermano Edy, mejor persona con todos. Trabajar me hizo darme cuenta de cuánto cuesta la vida. De cuánto ha tenido que currar mamá para darnos todo. Trabajar me hizo crecer como persona, como mujer. Pasa el tiempo. Pasa la vida. Y sí, sigo estancada en la hostelería. Pero he de decir que me he ganado todo lo que tengo a pulso. Agradecida de todo lo que aprendí. Sigo con la vida. Sigo con mi vida. Pasa el tiempo. Vuelvo a tener amores que no van a ningún lado. Más decepciones: de familia, de novios, de amistades. Pero supongo que siempre pude con todo. Era como que mi corazón estaba a prueba de balas. Como que algo más ya me era indiferente. Estaba tan acostumbrada a que lo malo me persiguiese que era totalmente normal para mí. Pero oye, que nunca dejé de ser buena. Nunca dejé de tener este corazón tan noble, como dice mamá. Siempre di todo de mí a todos. Siempre fui con mis mejores intenciones. Hace poco leí que las personas que siempre están haciendo la gracia son las que más tristes están por dentro. Nunca algo me había representado tanto. Como digo yo, soy la payasa del grupo. Me encanta ver a mi gente reír a base de mis ocurrencias. Eso me hace sentir un poco menos mal. Eso me ayuda mucho. Me gusta hacer la gracia siempre, porque sí, porque no. Eso me hace olvidar un poco todo. Pasa el tiempo y estoy en calma. Siento que no tendré nada más por lo que sufrir. Y llega un mensaje inesperado… Siempre estuve en contacto con mi padre, ese mismo del que mamá siempre me habló y siempre me inculcó cosas buenas. Le quiero tanto que jamás se me pasaría por la mente odiarle. Y llega un mensaje: “Hola hija, Dios te bendiga. Soy tu papá, el hermano de tu mamá.” Mi mente no entendía absolutamente nada. Papá, mamá, hermano… Pensé que era fake, pero indagué hasta dar con la realidad de todo. Ese día, bendito día, una vez más me vuelven a romper el corazón. Pero esta vez, mi querida mamá. Resulta que ese señor era mi padre de verdad. Resulta que mi mamá no era mi madre biológica. Resulta que toda mi vida crecí creyéndome mentiras. Mi madre biológica me abandonó. Con tan solo un mes de nacida. Me abandonó como un perro. Mi papá, con miedo de la vida, con miedo de seguir con una niña tan pequeña, solo buscó ayuda. Ayuda de sus hermanos. Y ahí entra mi mamá en el plano. Como me dice ella: “Hija, me enamoré de ti. Verte tan pequeña, tan vulnerable, con esa carita, con esa nariz, con esos rizos… cómo no quedarme contigo.” Mamá no me dio la vida. Me la devolvió. Agradezco la vida que me diste, mamá. Para mí siempre serás mi madre. Mi única y verdadera madre. Pero me duele el alma. Todo por lo que tanto había trabajado volvió: mis miedos, mis inquietudes, mis traumas, mis inseguridades, mi rabia, mi ira. Y llegó él. Llegó alguien a mi vida para hacerme entender que la vida no siempre es tan mala. Alguien que me haría entender por qué nunca funcionó con nadie más. Alguien que me daría todo el amor del mundo. Y llegaste tú, justo en el momento que más me dolía la vida. Llegaste y me olvidé por un ratito de todo lo que estaba pasando. Volví a creer en el amor. Volví a creer en que de verdad hay personas buenas con corazones bonitos. A veces siento que no lo merezco. A veces siento que es una trampa de la vida. Me saboteo mucho. No sé cómo asimilarlo. Siento que en cualquier momento todo se romperá. Sentiré miedo. Sentiré angustia .

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  • “Siempre está bien pedir ayuda”

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
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    Contar eso sin derrumbarme

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
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    Quisiera saber que se siente sanar.

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  • “Sanar significa perdonarme a mí mismo por todas las cosas que pude haber hecho mal en el momento”.

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
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    Sanar es entender

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  • Mensaje de Sanación
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    Aprender a vivir sin querer matarme

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  • “He aprendido a abundar en la alegría de las cosas pequeñas... y de Dios, la bondad de las personas. Desconocidos, maestros, amigos. A veces no lo parece, pero hay bondad en el mundo, y eso también me da esperanza”.

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇨🇴

    poder seguir adelante y pasar un poco la pagina

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  • “Puede resultar muy difícil pedir ayuda cuando estás pasando por un momento difícil. La recuperación es un gran peso que hay que soportar, pero no es necesario que lo lleves tú solo”.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇲🇽

    Cómo es posible ?

    En México se aproxima que al menos dos personas son violadas cada hora, esta cifra no la conocía hasta hace poco, cuando sufrí de abuso minimicé demasiado lo que me había pasado, pensaba, hay chicas que son violadas y torturadas, mueren o nunca más son encontradas, por que lo mío importaría? Soy hombre, como es que alguien puede creer que un hombre sufrió de abuso sexual? Verás, tengo 22 años, me encontraba en un día cualquiera, no hace demasiado lo había dejado con una pareja, y una “amiga” de la secundaria que alguna vez fue mi ex me escribió, respondió una historia en Instagram y empezamos a hablar, tenía mucho tiempo de haberla visto por última vez, me dijo que te parece si nos vemos el lunes ? Yo accedí y le dije claro vayamos por un café, ella vive sola por lo que la idea de ir a su casa y comer no me parecía mala, como dos adultos maduros, ella dijo vayamos a un café y le dije está bien, estaríamos dos horas en el café por que ella después tenía que irse a un compromiso y yo tenía un trámite que realizar, a la mitad del café su madre le marcó y canceló su compromiso, por lo que ya no tenía que irse, después de eso fuimos a un bar cercano, bebimos un par de tragos y jugamos alguna partida de billar, mientras jugábamos ella me Seducía y besaba, lo que al inicio no me pareció desagradable, pasando un rato decidimos ir a su casa, llegamos y evidentemente la idea era besarnos, tener un faje e irnos, yo no llevaba preservativos y tampoco quería llegar a más por que tenía dudas, aún no sabía si yo quería volver con mi ex así que tapo o quería ir más allá, llegamos a su cuarto y empezamos, besos, roces y un poco de toqueteo, empezamos a desvestirnos y yo decidí no bajar mi pantalón, ella insistió y con incomodidad dije bueno, me quedé en ropa interior y seguimos besándonos, después de eso ella se subió encima de mí, esta chica no era más pesada que yo pero si era pesada, al subirse sentí algo raro y es que no estaba encima de mi pelvis si no de mi abdomen, me siguió besando y en algún punto me quedé sin aire, si bien podía respirar, me sentía muy débil como para moverla, ella me dijo quiero que lo metas, a lo que yo respondí NO, no tengo preservativos y la verdad prefiero no hacerlo así, ella me dijo que tenía el implante por temas de salud, que no quedara embarazada, inmediatamente dije NO importa, el embarazo no es lo único que me preocupa, no tengo preservativos tal vez otro día, ella no dijo nada y siguió besándome, después de un rato ella bajó su mano, sacó mi pene y yo intenté quitar sus manos, le dije basta no quiero, ella parecía no escuchar a lo que yo dije espera es que no te va a gustar, hace poco tuve una infección y es mejor así, me dijo ah sí que infección ? Yo no supe qué contestar al momento y ella dijo es mentira, lo metió, se sentó por completo y después de unos pocos segundos eyacule, incómodo le dije ya, ya me vine no se puede más, pese a ello ella se quedó sentada encima de mi, exactamente en la misma posición, le dije bueno ya terminamos muévete por favor, ella me dijo que no que había sido muy rápido y que aún no estaba satisfecha, yo le dije que tal vez otro día, ella notó mi cara de incomodidad y me dijo que pasa? Yo le dije tengo muchas cosas en la mente puedes moverte ? Siguió sin hacerme caso y me dijo no puedo quedar embarazada y si te preocupa hace un año que no estoy con alguien, yo no tengo nada, le dije al momento no es eso, sin más ideas le dije me estoy quedando sin aire ella se movió un poco de lado y cuando pude respirar fui capaz de moverla, me empecé a vestir y ella aún desnuda agarró mi ropa la abrazó y no quería dármela, empezó a decir entonces me vas a abandonar? Me dejarás aquí desnuda, anda déjame limpiártelo con la boca, espera un poco y sigamos o duerme aquí, yo le dije que era tarde que tenía que regresar a casa y que no podía quedarme, aún con mi ropa en sus brazos y sin querer dármela le dije bien volveré otro dia, ella dijo está bien pero ese día te quedarás, le dije que sí que no había problema, solo entonces soltó mi ropa y me la dio, me vestí y salí de ahí, subí a un taxi y comencé a escribirle a mi mejor amiga, en ese momento me sentía estúpido y jamás me había sentido tan vulnerable, no dejaba de culparme y decirme una y otra vez si no hubieses ido todo estaría bien, lo hablé con mi mejor amiga y mi psicóloga, más tarde con una asociación de apoyo y todos dijeron lo mismo fue “violacion” detuve mis lágrimas y empecé a decirme a mí mismo, no puedes ser tan tonto, empecé a minimizarlo, y como dije al inicio me repetía, hay chicas que no regresan, son drogadas, violadas y torturadas, nunca son encontradas, tú fuiste a su casa, tu bebiste con ella tú accediste a un faje, como es que lo llamas abuso? Sin embargo sigo sintiéndome culpable, me siento vacío, solo y con mucho miedo, miedo a una ets, miedo a contarlo, e incluso miedo a admitirlo, no puedo evitar pensar que tal vez yo fui el culpable, que no debería estarme quejando y que al contarlo simplemente dirán por qué te quejas de ello ?

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇨🇦

    Name, solo tenía 6 años

    Tenía alrededor de 6 años, cierro los ojos y es cómo si volviera a vivir en carne propia el recuerdo, me acuerdo del ruido de la televisión, el olor del desayuno que estaba comiendo, yo solo estaba viendo caricaturas. El, un hombre de alrededor 50 años me cargó y me acomodó en sus piernas, y deslizó su mano por debajo de mis panties, TENÍA 6 AÑOS y ahí empezó mi historia de abusó sexual, una historia que me hubiese gustado no tener que experimentar. Yo hablé ya que mi mamá siempre me había enseñado a que nadie podía tocar mis partes pero en ese entonces mi mamá no tenía los recursos, vivíamos en casa de una prima (la hija de mi abusador) y nadie me creyó, dijeron que era mi imaginación. Otros sucesos pasaron cometidos por la misma persona, me arrebató mi inocencia y me rompió en pedacitos… pese a que yo hablé la primera vez, las otras veces me quedé callada porque nadie me creyó, nadie me protegió y nadie me escuchó más que mi mamá pero en ese entonces ella estaba luchando con un problema de alcoholismo y toda la familia nos dio la espalda. Después de un tiempo dejé de ver a mi abusador pero a los 8 años me volvió a pasar pero esta vez por el esposo de mi tía (la hermana de mi mamá) ellos han sido casados desde que mi tía tiene 16 años hasta el presente. Fuimos de visita a casa de mi tía, era diciembre entonces mi mamá salió con mi tía a comprar cosas para la navidad, yo, mi hermano y mi primo (hijo de mi tía) nos quedamos al cuidado del esposo de mi tía, el en ese entonces era oficial de la policía. Yo estaba jugando con mi primo y mi hermano cuando él me llamó, él estaba sentado en la mesedora viendo las noticias cuando me sentó en sus piernas y yo inmediatamente me paralice puesto que la última vez que alguien me sentó en sus piernas me manoseo, esta vez fue diferente, solo me acaricio las piernas y yo solo sentí cómo algo duro me rozaba mis glúteos, me paralicé y no sabía que hacer, hasta que tuve la fuerza y me bajé. Nunca hablé de mi segundo abusador y nunca lo he hecho, yo ya no vivo en Colombia pero cuando voy me toca actuar cómo si nada aunque por dentro sienta tantas cosas. Por mucho tiempo reprimí todo lo que me pasó, siempre decía que no me afectó y ahora a mis 22 años me está atormentando. Estoy comprometida con el amor de mi vida, siento que ha sido un regalo que Dios y la vida me dio después de tanto tormento pero hay veces que cuando vamos a tener intimidad y me toca siento una rabia en mi, ese tipo de rabia que te dan ganas de pegarle un puño en la cara a esa persona, y no lo entiendo, el no me ha hecho nada? El solo me ha ayudado y me ha tratado con amor y me ha demostrado lo mucho que me respeta y me ama, siempre quise evadir el tema y reprimirlo, no hablar de ello y pretender cómo que no me afectó pero ya llegué a un punto donde me dan unos ataques de ira que ni yo me reconozco, donde termino lastimándome a mí misma o sacando esa ira en mi prometido, hace unas noches por fin en medio de una ataque de ira donde terminé azotandome la cabeza en la pared solo repetía “no me deja en paz, me persigue, sácalo de mi cabeza” estaba en un estado de crisis y mi prometido solo pudo sujetarme en sus brazos mientras me preguntaba quién me perseguía y fue la primera vez que dije su nombre en voz alta, “Name, el hombre que me violo y me robo mi inocencia no sale de mi cabeza” no podía hablar, las lágrimas y gritos de desesperación eran más que las palabras, en ese momento me di cuenta que no importa cuánto allá crecido aquella niña de 6 años sigue dentro de mi, está enojada, está triste y rota. Mi pareja es abogado entonces el fue quien me habló sobre me too movement, me dijo que me hiciera justicia y lo denunciara pero que si no me sentía lista por miedo que navegara las opciones que me too ofrece y que quizá empezara por contar mi historia, por unos días habría la página y solo me quedaba paralizada, pero hoy me anime, ya no merezco ser prisionera de un dolor que no fue mi culpa aunque por mucho tiempo he sentido que lo es, me siento perdida y no quiero que mi pasado defina mi presente, la vida me está dando oportunidades bonitas pero mi abusó sexual no me deja avanzar, cómo me saco esta rabia que siento por dentro? Porque me volví un ser tan agrio y amargo, porque me enojo por todo? Porque no puedo disfrutar la intimidad con mi pareja si es delicado conmigo? Parece que entre más delicado es más rabia siento por dentro. Me siento muy sola y perdida. Quiero este dolor fuera de mi

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  • Estás sobreviviendo y eso es suficiente.

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇭🇺

    Sanar significa desapegarse del trauma.

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  • Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇭🇺

    Sí, claro. Necesito compartir.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇦🇷

    La batalla no ha terminado, pero sigo en pie.

    Mi historia comienza mucho antes del día en que finalmente escapé. Tenía 18 años cuando conocí al hombre que se convertiría en el padre de mis hijos. En ese entonces, era joven, inexperta y aún intentaba comprender quién era y qué quería para mi vida. Había crecido en país , pero debido a que mi padre había trasladado a nuestra familia a país cuando yo era pequeña, me encontré construyendo mi vida adulta en un país que nunca sentí realmente como mi hogar. A los 19 años, quedé embarazada de mi primer hijo. El embarazo fue inesperado, pero estaba decidida a hacer todo lo posible para ser una buena madre. Me habían inculcado fuertes convicciones personales sobre el embarazo y la maternidad, y tomé la decisión de continuar con mi embarazo y dar la bienvenida a mi hijo al mundo. En ese momento, creía que formar una familia traería estabilidad y felicidad. Creía que convertirnos en padres sacaría lo mejor de ambos. En cambio, el abuso comenzó durante mi embarazo. El primer incidente que recuerdo con claridad ocurrió cuando tenía ocho meses de embarazo de mi hijo. Trabajaba porque necesitábamos dinero para prepararnos para la llegada del bebé. Un día, mientras volvía a casa del trabajo, empecé a sentir un dolor intenso y malestar físico. Mi cuerpo se estaba preparando para el parto y me costaba caminar. En un momento dado, sentí que las caderas me fallaban y tuve que detenerme y agarrarme al borde de un puente mientras la gente a mi alrededor me preguntaba si estaba bien. Tenía ocho meses de embarazo, se notaba que me costaba mucho, y la gente a mi alrededor se mostró preocupada. Pero cuando mi teléfono empezó a llenarse de llamadas perdidas y mensajes de mi pareja, su primera reacción no fue de preocupación. Solo llegué unos 15 minutos tarde. En lugar de preguntarme si estaba bien, me acusó de estar con otro hombre. Sabía que había estado en el trabajo, pero supuso lo peor y me exigió explicaciones de dónde había estado. En ese momento, no reconocí esto como maltrato. Era joven y no entendía que los celos, las acusaciones y el comportamiento controlador eran señales de alerta. Cuando llegué a casa, encontré nuestra habitación destrozada. Mis libros, que eran increíblemente importantes para mí, estaban tirados por todas partes, dañados y arruinados. Siempre he sido lectora y también escritora, así que esos libros representaban años de recuerdos y una parte de lo que era. Objetos que me importaban habían sido destruidos. Cosas con valor sentimental se rompieron. Recuerdo sentirme como si hubiera entrado en un campo de batalla. Intenté explicarle lo que había pasado. Intenté hacerle entender que no había hecho nada malo. En cambio, se enfadó cada vez más. Su rostro cambió, empezó a gritar y se volvió físicamente agresivo. Durante esa discusión, me empujó cuando tenía ocho meses de embarazo. En ese momento, no entendía las consecuencias médicas de lo sucedido. Unos días después, durante una cita de rutina, los médicos descubrieron que tenía un desgarro en la bolsa amniótica y casi nada de líquido amniótico. Me enviaron inmediatamente al hospital. Mi hijo nació prematuramente después de un parto inducido que duró aproximadamente 17 horas. Nació con graves complicaciones y llegó al mundo luchando por la falta de oxígeno. Recuerdo estar agotada como nunca antes. Recuerdo sentirme sola. Recuerdo que me presionaron para seguir adelante cuando casi no me quedaban fuerzas. Cuando nació mi hijo, pensé que la experiencia lo cambiaría todo. Pensé que convertirse en padre le haría comprender la importancia de proteger a nuestra familia. Quería creer que podía cambiar. Así que me quedé. Intenté que funcionara. Pero el patrón continuó. Después del nacimiento de mi hijo, mi vida se centró en protegerlo y en intentar crear un hogar estable. Era una madre joven que intentaba equilibrar todo: trabajar, cuidar de un recién nacido y tratar de comprender cómo manejar una relación que se volvía cada vez más aterradora. Al principio, seguía esperando que el incidente durante mi embarazo fuera un hecho aislado. Quería creer que había perdido el control por estrés, miedo o inmadurez. Quería creer que, una vez que tuviéramos a nuestro hijo, se convertiría en el compañero y padre que esperaba que fuera. En cambio, el comportamiento continuó y poco a poco se convirtió en parte de mi vida diaria. Con los años, el abuso adoptó muchas formas. No era solo físico. Había insultos constantes, gritos, intimidación y ataques emocionales. Me llamaban con nombres degradantes y me hacían sentir que no valía nada. También hubo insultos racistas que me afectaron profundamente. Poco a poco, mi confianza se fue minando. Al mismo tiempo, intentaba ser la mejor madre posible. Mi hijo comenzó a tener serios problemas de salud. Cuando tenía alrededor de dos años, tuvo su primera convulsión. Al principio, los médicos creyeron que estaba relacionada con la fiebre, pero las convulsiones continuaron durante toda su infancia. Cuando tenía alrededor de ocho años, sufrió una convulsión grave que causó gran preocupación y llevó a los médicos a descubrir que tenía epilepsia. Recuerdo cargarlo y correr por las calles tratando de encontrar transporte para que recibiera atención médica de emergencia. Ya era más de la mitad de mi tamaño, pero en ese momento, nada de eso importaba. Yo era su madre y necesitaba conseguirle ayuda. Después de más evaluaciones, supimos que mi hijo era autista. Comenzamos a notar diferencias en su forma de aprender, sus habilidades de escritura, su sensibilidad y los desafíos que enfrentaba en comparación con otros niños. En lugar de recibir paciencia y comprensión, mi hijo a veces era insultado por su padre debido a sus diferencias. Lo llamaban con apodos y lo hacían sentir inferior. Esa fue una de las cosas más difíciles para mí como madre. Podía soportar muchas cosas dirigidas hacia mí, pero ver a mi hijo sufrir emocionalmente era devastador. Intenté irme varias veces. Cuando mi hijo tenía unos cinco años, llegué a un punto en el que supe que no podía seguir viviendo de la misma manera. Decidí separarme de su padre. Intentamos establecer un acuerdo de custodia compartida, pero como vivíamos en el mismo país sin una red de apoyo sólida, la separación fue mucho más complicada que simplemente irme. Estaba aislada. Mis relaciones familiares ya eran difíciles y no tenía una red de apoyo confiable a mi alrededor. Muchos de mis amigos no sabían la magnitud de lo que estaba sucediendo. Me había acostumbrado a ocultar lo que pasaba porque sentía vergüenza y porque no sabía quién podría ayudarme. Durante este período, viví algunos de los incidentes más aterradores de mi vida. Uno de ellos ocurrió después de que él revisara mi teléfono y encontrara mensajes inocentes de alguien a quien había conocido en la adolescencia. Eran conversaciones sencillas, pero él las interpretó como una traición. Se enfureció. Me agarró, me arrastró por la casa, me tiró del pelo y me obligó a salir mientras me gritaba. La fuerza con la que me tiró del pelo fue tan fuerte que me arrancó el cuero cabelludo, dejándome una calva que aún conservo. Tiró dinero a la calle y me dijo que buscara un hotel porque ya no podía quedarme allí. Lo que hizo la situación aún más dolorosa fue que yo era quien pagaba la casa. Denuncié lo sucedido. Los inquilinos ya no querían que viviera allí después de lo ocurrido, y esto se convirtió en otro intento de alejarme de él. Pero irme nunca fue fácil. Los años que siguieron fueron un ciclo de intentar irme, de intentar protegerme a mí misma y a mis hijos, y de intentar sobrevivir a las consecuencias de cada intento. Durante el tiempo que el padre de mi hijo y yo estuvimos separados, intenté mantener una vida lo más normal posible para él. Quería que tuviera estabilidad. Quería que se sintiera querido y protegido a pesar de todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Pero incluso después de la separación, el control no terminó. Una de las partes más dolorosas de mi experiencia fue darme cuenta de que terminar la relación no significaba automáticamente que me librara de él. El abuso emocional, la intimidación y el miedo continuaron. Hubo una noche durante ese período que cambió mi vida para siempre. Me habían invitado a salir con una amiga. Era una de las primeras veces en años que salía a algún lugar con amigos. No era una persona que saliera a menudo. Normalmente estaba en casa cuidando a mi hijo, trabajando o lidiando con todo lo que sucedía en mi vida. Muchas de las personas allí pertenecían al mismo círculo social que el padre de mis hijos, porque compartíamos muchos amigos. Tomé una copa esa noche, una bebida sin alcohol porque nunca he sido de beber mucho. Poco después, tanto mi amiga como yo empezamos a sentirnos inusualmente mareadas y mal. La sensación no era normal, sobre todo porque se suponía que la bebida no contenía alcohol. Recuerdo sentirme insegura y decidir que lo mejor era irme. Me aseguré de que mi amiga llegara a casa sana y salva primero. Durante el trayecto en taxi, intenté estar atenta a mi entorno. Intentaba mantener la calma, estar alerta y asegurarme de llegar a casa sana y salva. Al llegar, descubrí que el padre de mis hijos estaba allí. Todavía tenía las llaves de cuando vivíamos juntos. No recuerdo todo lo que pasó después de que entrara. Recuerdo sentirme confundida y desorientada, y lo siguiente que recuerdo con claridad es despertar al día siguiente y darme cuenta de que estaba en mi cama. Aproximadamente cuatro semanas después, supe que estaba embarazada. Me costó mucho asimilar lo sucedido porque no entendía cómo había quedado embarazada. Sentía mucha confusión, miedo y dolor. Debido a mis creencias personales y a que el aborto no era una opción legal, decidí continuar con el embarazo. Nació mi hija, y una vez más intenté creer que esto podría ser un punto de inflexión. Su padre me dijo que, como ahora teníamos dos hijos juntos y él asistía a reuniones organización y trataba de cambiar, deberíamos darle otra oportunidad a nuestra familia. Quería creer que la gente podía cambiar. Quería que mis hijos tuvieran una familia. Así que lo intentamos de nuevo. Nos mudamos a un apartamento conectado a su familia, con la esperanza de que vivir en un lugar diferente creara un entorno más seguro. Por un corto tiempo, las cosas mejoraron. Pero finalmente, los mismos patrones regresaron. La ira regresó. Los insultos regresaron. La violencia regresó. Comenzó a abofetearme, tirarme del pelo, escupirme y atacarme verbalmente de nuevo. Me encontré de nuevo en el mismo ciclo del que había estado tratando desesperadamente de escapar. Denuncié los incidentes a las autoridades varias veces. Busqué ayuda. Documenté lo sucedido. Pero cada vez, sentí que las consecuencias recaían principalmente sobre mí. Cada vez que lo denunciaba, tenía que lidiar con las consecuencias. Tenía que preocuparme por las represalias. Tenía que preocuparme por mis hijos. Tenía que preocuparme por si buscar protección realmente nos haría más seguros. Con el tiempo, comencé a perder la esperanza de que el sistema me protegiera. El abuso también afectó todas las demás áreas de mi vida. Tenía oportunidades por las que trabajé muchísimo, pero mantenerlas se volvió casi imposible. Tenía un trabajo en una empresa de software donde enseñaba a estudiantes, algo de lo que estaba orgullosa y que me apasionaba. Trabajé allí durante dos años. Pero él creaba situaciones en las que llegaba tarde, interfería con mi capacidad para mantener mi horario e incluso aparecía en mi lugar de trabajo. Finalmente, después de luchar por mantener todo en orden, perdí ese trabajo. Fue devastador. No solo perdía el empleo, sino también partes del futuro que había estado tratando de construir. Aun así, seguí trabajando. Seguí cuidando a mis hijos. Seguí defendiendo a mi hijo durante sus problemas médicos. Estaba agotada, pero seguí adelante. Porque mis hijos me necesitaban. Para entonces, había pasado años tratando de encontrar una salida. Trabajaba constantemente, ahorraba todo el dinero que podía y trataba de crear algún tipo de seguridad para mis hijos. Sabía que si alguna vez quería irme de verdad, necesitaba un lugar donde pudiéramos estar seguros y estables. Antes de la pandemia, logré ahorrar suficiente dinero para comprar un pequeño apartamento que pertenecía a su madre. Ella ya no lo usaba y accedió a vendérmelo. Pagué aproximadamente cantidad por él y trabajé horas extras para poder hacerlo posible. Invertí mi propio dinero en restaurarlo y convertirlo en un hogar para mis hijos. Para mí, ese apartamento representaba algo mucho más grande que un lugar para vivir. Representaba la independencia. Representaba la posibilidad de que algún día por fin pudiera tener una vida que me perteneciera. Pero la pandemia lo cambió todo. Cuando empezó la COVID, me vi obligada a pasar dos años confinada con la persona de la que había intentado escapar durante años. El aislamiento lo empeoró todo. No había adónde ir, menos gente a la que recurrir y ninguna manera fácil de crear distancia. El maltrato continuó delante de mis hijos. Oían los gritos. Veían las discusiones. Veían a su madre siendo herida y humillada. Como madre, una de las cosas más dolorosas fue ver cuánto les afectaba. Intentaba protegerlos mientras sentía que no tenía salida. Durante este tiempo, llegué a un punto en el que dejé de cuidarme. Dejé de preocuparme por mi aspecto. Dejé de sentirme como la persona que había sido antes. Pero nunca dejé de ser madre. Incluso cuando me sentía destrozada, seguí trabajando. Continué asegurándome de que mi hijo recibiera la atención médica que necesitaba para su epilepsia y autismo. Lo apoyé en la escuela. Lo ayudé a aprender. Lo defendí cuando tenía dificultades. Más tarde, también le diagnosticaron artritis juvenil, lo que añadió otro desafío médico a una vida que ya se sentía abrumadora. Tenía que asumir las responsabilidades de criar a dos hijos, atender sus necesidades médicas, trabajar y sobrevivir al abuso al mismo tiempo. Me sentía ahogada, pero seguía adelante. Durante esos años, intenté repetidamente encontrar ayuda. Me puse en contacto con mi padre. Le mostré pruebas de lo que estaba sucediendo. Le mostré informes policiales. Le pregunté si mis hijos y yo podíamos tener un lugar seguro adonde ir. Pero debido a las complicadas relaciones familiares y circunstancias, no recibí el apoyo que necesitaba en ese momento. Tampoco tenía muchos amigos a quienes recurrir. Los años de aislamiento me habían afectado profundamente. Mucha gente a mi alrededor no entendía la realidad por la que estaba pasando, y sentía que no tenía a dónde ir. Ya había intentado irme antes. Varias veces. Pero cada intento terminaba con él encontrando la manera de volver a mi vida. Sabía cómo convencerme de quedarme. Sabía cómo crear situaciones en las que irme parecía imposible. Sabía que tenía opciones limitadas porque estaba en país , sin mis documentos, sin una red de apoyo sólida y con hijos cuyas vidas estaban ligadas al país. Finalmente, comencé a planear mi escape con más cuidado. Sabía que si intentaba irme sin preparación, podía ponerme a mí y a mis hijos en mayor peligro. Fue entonces cuando el control se intensificó. Empezó a quitarme las cosas que hacían posible irme. Uno de los ejemplos más devastadores fue mi pasaporte. Tomó mi pasaporte de país y lo destruyó. Sin mi pasaporte, mi capacidad para viajar, reemplazar documentos y salir del país se volvió aún más complicada. Mi equipo de trabajo también fue destruido, incluyendo mi computadora portátil, de la que dependía profesionalmente. No eran solo objetos. Eran herramientas que representaban mi independencia. Quitarlas significaba quitarme la capacidad de reconstruir. Me sentía atrapada. Había pasado años tratando de sobrevivir, y llegué a un punto en el que entendí algo claramente: si me quedaba, no sabía si sobreviviría. Había recibido amenazas. Temía lo que pasaría si realmente me iba. Temía lo que él pudiera hacer si sentía que perdía el control. Pero también sabía algo más. Mis hijos me necesitaban viva. Necesitaban que siguiera luchando. Y esa se convirtió en la razón por la que continué. A finales de 2024, supe que estaba llegando al límite de lo que podía soportar. Durante años, había intentado sobrevivir en una situación en la que me sentía atrapada. Había intentado irme. Había intentado pedir ayuda. Había intentado trabajar más, ahorrar dinero, documentar lo que sucedía y crear un futuro para mis hijos. Pero estaba agotada. Había aprendido que a veces irse no es un momento único. A veces es un largo proceso de preparación silenciosa, esperando la oportunidad más segura e intentando protegerme a mí misma y a mis hijos mientras vivo con alguien que ha demostrado repetidamente que no respetará mis límites. Durante este tiempo, el dinero era otra forma en que me controlaban. Hubo muchas ocasiones en las que se iba durante días, llevándose dinero consigo, dejándome a cargo de los niños y del hogar sin recursos suficientes. Hubo momentos en que tuve que depender de su familia para conseguir comida porque no tenía otra opción. Anteriormente había ayudado a abrir una cuenta de tarjeta de crédito como respaldo porque necesitaba una forma de mantener a mis hijos en esos momentos. Cuando él no estaba y necesitaba comida o artículos de primera necesidad, la usaba y luego la pagaba poco a poco. No la usaba como un lujo. Intentaba asegurarme de que mis hijos tuvieran comida y sus necesidades básicas cubiertas. Cuando descubrió que había estado usando la tarjeta y pagándola a plazos, se convirtió en otra fuente de conflicto y otra situación que terminó en violencia. Tres días después de Navidad de 2024, todo llegó a un punto crítico. Se enfureció muchísimo y decidió echarme de la casa. La casa de la que me obligó a ir era la casa por la que había trabajado. La casa que había pagado. La casa que había restaurado y creado para mis hijos. Metió mi ropa en dos bolsas de basura y las tiró afuera. Luego me obligó a irme. Grabé lo que estaba sucediendo porque sabía que necesitaba documentación. Recuerdo haber dicho repetidamente que me iría, pero que no me iría sin mis hijos. Eso era lo único en lo que no estaba dispuesta a ceder. No me iría y dejaría a mis hijos atrás. Cuando intenté volver a entrar porque mis hijos querían irse conmigo, cerró la puerta de metal y me lastimó el brazo. Fui a la comisaría cercana porque necesitaba ayuda. Expliqué que me estaba impidiendo ver a mis hijos y describí lo sucedido. Pero me dijeron que, como era su padre biológico, no podían hacer nada en ese momento. Me fui devastada. El sistema que esperaba que me protegiera no me estaba brindando la seguridad inmediata que necesitaba. Fue entonces cuando llamé a mi padre. Nuestra relación había sido complicada durante muchos años. Había habido distancia entre nosotros y muchos problemas familiares que habían afectado nuestra relación. Pero durante ese tiempo, seguí preocupada por él. Después de que se separó de su esposa, lo visitaba en secreto cuando podía. Le llevaba comida, le preparaba comidas adicionales y lo cuidaba porque sentía que estaba sufriendo y aislándose. Esta vez, cuando lo llamé y le conté lo sucedido, algo cambió. Por primera vez, pronunció las palabras que tanto necesitaba oír: «Ven aquí. Puedes quedarte aquí». Ese momento cambió mi vida. Me mudé con mi padre y comencé a reconstruir. Trabajé más duro que nunca. Me centré en sanar. Comencé terapia. Mi padre me ayudó a pagar mi primer mes de terapia, lo cual se convirtió en un paso importante para empezar a recuperarme de años de trauma. Poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. Recibí dos ascensos en el trabajo. Comencé a recuperar la confianza en mí misma. Comencé a recordar que no solo era una superviviente. Era una persona con habilidades, sueños, inteligencia y un futuro. Y lo más importante, seguí luchando por mis hijos. Aunque logré crear un entorno más seguro para mí, la situación con mis hijos seguía siendo complicada. Su padre seguía intentando usar las exigencias económicas y el acceso a los niños como una forma de controlarme. Me exigía que le pagara grandes sumas de dinero, incluyendo la manutención infantil y otros gastos. Más tarde, descubrí que algunos de los pagos de los que decía ser responsable en realidad no se estaban realizando. Continué documentándolo todo. Continué luchando. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó. Me pidieron que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera del aula y no había estado participando. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que la escuela sabía que algo andaba mal. Al principio, creyeron que estaba sufriendo por la separación de sus padres. Pero entonces llegó mi hijo. Lloraba desconsoladamente. Estaba abrumado y apenas podía comunicar lo que había sucedido. Finalmente, le dijo al personal de la escuela que su padre lo había pateado en el pecho y que no podía respirar. Para un niño con epilepsia y autismo, el estrés y el trauma extremos pueden tener graves consecuencias. La escuela me dijo que no podían enviar a mis hijos a casa con su padre ese día. Me dijeron que necesitaba obtener la custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que me llevé a mis hijos a casa. Ese día, supe que no podía seguir esperando que las cosas mejoraran. Tenía que protegerlos. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó y me pidió que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera de su aula y no había participado en las clases ese día. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que el personal de la escuela enseguida se dio cuenta de que algo no andaba bien. Al principio, creyeron que podría estar sufriendo emocionalmente debido a la separación de sus padres. Pensaron que tal vez estaba asimilando los cambios que se estaban produciendo en nuestra familia. Pero entonces me hablaron de mi hijo. Mi hijo llegó a la escuela ese día llorando, abrumado e incapaz de calmarse. Debido a su autismo, comunicarse en momentos de estrés extremo puede ser especialmente difícil para él. El personal de la escuela lo llevó a la oficina del director para que pudieran entender lo que estaba pasando. Fue entonces cuando reveló que su padre le había dado una patada en el pecho y que no había podido respirar. Escuchar eso fue devastador. Mi hijo ya vivía con epilepsia y autismo, y yo sabía lo vulnerable que era al estrés y al trauma extremos. Había dedicado años a defender sus necesidades médicas, su educación y su bienestar emocional. La idea de que estuviera experimentando miedo en el lugar donde se suponía que debía estar seguro era insoportable. La escuela me dijo que no podían permitir que mis hijos volvieran con su padre ese día sin tomar medidas adicionales. Me dijeron que necesitaba tomar medidas de custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y que, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que llevé a mis hijos a casa. Ese día, me di cuenta de que ya no podía esperar que las cosas mejoraran por sí solas. Después de llevar a mis hijos a casa, mi enfoque cambió por completo. Durante años, había estado tratando de sobrevivir mientras protegía a mis hijos. Había dedicado mucho tiempo a intentar evitar que las situaciones empeoraran, a intentar mantener la paz y a intentar encontrar una salida en circunstancias en las que me sentía atrapada. Pero después de lo que sucedió en la escuela, comprendí que algo había cambiado. Esperar a que las cosas mejoraran ya no era una opción. Mis hijos necesitaban estabilidad. Necesitaban seguridad. Necesitaban una madre dispuesta a seguir luchando por ellos. Inmediatamente comencé a tomar medidas para protegerlos legalmente. Reuní la documentación que había acumulado a lo largo de los años, incluyendo informes policiales, mensajes, grabaciones, fotografías y otras pruebas que mostraban la historia de lo sucedido. Aprendí por experiencia dolorosa que decir la verdad no siempre era suficiente. Necesitaba documentación. Necesitaba registros. Necesitaba pruebas que mostraran el patrón de comportamiento y no solo un momento aislado. Durante este tiempo, seguí reconstruyendo mi vida. Después de años de control, aislamiento y de sentirme impotente, poco a poco descubría que era capaz de valerme por mí misma. Tenía un hogar para mis hijos. Tenía trabajo. Contaba con el apoyo de mi padre. Había empezado terapia. Estaba empezando a encontrar a la persona que había sido antes de que años de abuso me arrebataran tanto. Pero el conflicto con su padre no terminó. Incluso después de la separación, siguió encontrando maneras de mantener el control mediante la presión económica, las exigencias relacionadas con los niños y los constantes intentos de interferir en mi vida. Continué documentándolo todo. Quería que el sistema legal comprendiera la situación completa: no solo un evento, sino los años de abuso, intimidación y control que nos habían llevado a ese punto. Entonces la situación se agravó de nuevo. Después de años de abuso, separación y conflicto, su comportamiento se volvió cada vez más aterrador. Durante aproximadamente un mes, sufrí un intenso acoso y persecución. Me sentía vigilada e insegura. Temía que perder el control de la situación lo llevara a intensificar su comportamiento y que estuviera intentando volver a mi vida. Esta vez, me negué a guardar silencio. Guardé mensajes. Conservé pruebas. Documenté lo que estaba sucediendo. Contacté a las autoridades cuando necesité ayuda. Durante años, me pregunté si alguien me creería de verdad. Ya había denunciado abusos antes. Ya había acudido a las autoridades antes. Ya había presentado pruebas antes. Pero cada vez, sentía que me quedaba con las consecuencias de intentar buscar protección. Esta vez, seguí adelante porque mis hijos merecían estar seguros. Finalmente, la situación llegó a los tribunales. Presenté las pruebas que había reunido durante años, junto con las pruebas del acoso y persecución más recientes. El proceso legal fue extremadamente difícil. En un momento dado, el caso estuvo a punto de ser desestimado a pesar de la cantidad de pruebas que había aportado. Me negué a rendirme. Apelé la decisión y seguí luchando para que se escucharan mis preocupaciones. Finalmente, me concedieron una orden de alejamiento total. Ese momento fue significativo para mí. No era solo un documento legal. Era un reconocimiento. Reconocimiento de que lo que había vivido importaba. Reconocimiento de que mi miedo se basaba en hechos reales. Reconocimiento de que tenía derecho a protección. Aunque el resultado no fue exactamente el que esperaba, al fin hubo intervención legal. En lugar de ir a prisión, su familia intervino y lo internaron involuntariamente en un centro psiquiátrico. Si bien no era el resultado que esperaba, el tribunal reconoció que la situación requería una intervención seria y me concedieron protección mediante la orden de alejamiento. Pero incluso con esa protección, mi lucha no había terminado. Porque mis hijos y yo seguíamos en país . Y ya no luchaba solo para escapar del abuso. Luchaba para traer a mis hijos a casa. Durante este nuevo capítulo de mi vida, conocí a mi marido. Él entró en mi vida después de que yo ya hubiera sobrevivido a años de abuso, aislamiento y miedo. Vio por lo que había pasado y me apoyó mientras me reconstruía y luchaba por mis hijos. Por primera vez en muchos años, experimenté lo que se siente tener a alguien a mi lado que me cree, me apoya y desea un futuro seguro para mis hijos y para mí. Ahora nos espera en estado mientras seguimos lidiando con el proceso legal que nos separa de estar juntos como familia. Mi sueño siempre ha sido simple: un hogar seguro. Una vida estable. Un futuro donde mis hijos puedan crecer sin miedo. Pero debido a que nuestra situación trasciende fronteras internacionales, el proceso es complicado. Mi hijo tiene la posibilidad de obtener la ciudadanía de país a través de su conexión con país mediante el proceso legal correspondiente. La situación de mi hija es más complicada porque es ciudadana de país , y traerla a país requiere cumplir con requisitos legales adicionales. Así que, incluso después de escapar del peligro inmediato, la batalla continuó. Escapé de la relación. Sobreviví al abuso. Pero sigo luchando para que mis hijos regresen a casa.

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇦🇷

    Todavía no me considero completamente curada. Para mí, la curación no es un momento en el que todo lo sucedido desaparece o el dolor deja de existir. Sigo viviendo las secuelas de años de abuso. Sigo luchando por mis hijos. Sigo lidiando con el proceso legal que se interpone entre nosotros y el futuro seguro por el que trabajo. Sigo aprendiendo a vivir con los efectos del trauma y el TEPT. Pero mi comprensión de la curación ha cambiado. Ya no creo que curar signifique que nunca volveré a sufrir. Creo que curar significa que, incluso cargando con heridas, sigo adelante. Mi fe ha sido una parte fundamental de ese camino. Como cristiana, creo que Dios estuvo conmigo incluso en los momentos en que me sentí completamente sola. Hubo momentos en que me sentí abandonada, en que no entendía por qué estaba pasando por tanto y en que me preguntaba cómo podía seguir adelante. Pero mirando hacia atrás, puedo ver momentos en los que recibí fuerza cuando creía que ya no me quedaba. Mi curación no ha consistido en fingir que el dolor no existió. Se trata de confiar en que mi historia no termina con lo que me hicieron. Creo que Dios me dio la fuerza para proteger a mis hijos, para seguir luchando y para mantenerme en pie cuando me sentía destrozada. Creo que mi vida aún tiene un propósito y que los años que pasé sobreviviendo no definen el resto de mi historia. Sanar ha significado aprender que merezco amor, respeto y seguridad. Ha significado permitirme aceptar ayuda después de años de creer que tenía que cargar con todo sola. Ha significado reconstruir mi confianza, redescubrir quién soy y comprender que no solo soy una sobreviviente de lo que sucedió, sino también una madre, una mujer, una hija y una persona con un futuro. Sigo sanando. Sigo luchando. Sigo aprendiendo. Pero no soy la misma persona que era cuando estaba atrapada por el miedo. Mi fe me recuerda que Dios puede sacar belleza de los lugares rotos. Me recuerda que el sufrimiento no es el final de la historia. Me recuerda que incluso en los momentos más difíciles, no estoy sola. Para mí, sanar no es olvidar el pasado. Sanar es permitir que Dios use mi historia para algo más grande. Sanar es elegir la esperanza incluso cuando todavía estoy en medio de la batalla. Sanar es creer que aquello que estaba destinado a destruirme no tendrá la última palabra.

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  • “Creemos en ustedes. Sus historias importan”.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇺🇸

    Usted no está solo

    No estás solo No estás solo. A muchos nos arrebataron mucho personas que priorizaron sus instintos básicos sobre nuestra cordura. Sufrimos por sus momentos de felicidad y dominio. Nos culpamos de su enfermedad. Su patología. Somos un ejército. Eso es lo que estas historias nos enseñan. Nos muestran que somos legión. Somos fuertes. Nuestras reacciones psicológicas de miedo, desconfianza y odio no son locas. Son normales. También es normal, pero no fácil, salir juntos de la oscuridad. Crecí en un gran bloque de pisos de bajos recursos que parecía un pueblo. Mi madre trabajaba y nos desenvolvíamos solos. En invierno, nadie esperaba que nos vieran si salíamos. Estábamos en un piso haciendo el tonto con unos niños o un vecino, y todo salía bien. Perdí la virginidad a los once años con un amigo de mi hermano mayor que cursaba décimo. Pero no fue un problema porque, por desgracia, no era raro allí. Soy mitad brasileña por parte de mi padre ausente y me consideraban bastante exótica y en forma. Mis características sexuales secundarias se desarrollaron pronto. Era razonablemente cuidadosa y tenía el control. El verdadero abuso comenzó años después, cuando nos mudamos a una casa decente con él. Era el hombre soñado de mi madre. Era perfecto para un hombre de mediana edad. Para entonces, mi hermano ya no estaba con nosotros porque se fue a trabajar a Alaska en un barco pesquero. Era exmilitar y al principio parecía un buen hombre. Yo era un poco problemática y demasiado descarada, y mi madre le dio carta blanca para disciplinarme como a mi padre. No llevábamos allí ni una temporada completa cuando empezó a tratarme como a una fulana. Lo de los azotes ya lo sabía mi madre y le parecía gracioso, incluso teniendo quince años. Me daba azotes en el trasero desnudo incluso cuando ella estaba en casa. Decía que siempre había necesitado la mano de un hombre para tapar mis asperezas. Era vergonzoso, humillante, pero nada comparado con lo que hacía él cuando mi madre no estaba. Para no entrar en detalles, él pronto llegó a un punto en el que yo iba a tener su carga siempre que tuviera la oportunidad. Como él me mandaba el horario, se aseguraba de que hubiera oportunidades regulares. Era mi INFIERNO y él era el Príncipe de las Tinieblas. Era rudo, pero tenía cuidado de no dejar marcas. A menos que el tiempo apremiara, tenía que ducharme primero. A veces, después, había algo específico que ponerme, como un disfraz, lencería o mi uniforme de baloncesto. La irritante anticipación de lo que vendría después era la verdadera tortura. Él me decía: "Elige un agujero". ¡Mis agujeros! Mi boca era uno, mi boca dos, y pensarías que nunca elegiría tres. Pero te equivocas. Lo odiaba. Soy muy sensible sexualmente y si elegía uno, parecía que me encantaba, y si elegía dos, estaba trabajando para complacerlo. Tres era la forma en que podía encerrarme y prepararme sin que él me viera sonreír, incluso si lo miraba. Cuando el odio era fuerte, elegía tres. Compartimenté esa pequeña pero brutal parte de mi vida para mi madre. Eran solo de treinta a ciento veinte minutos a la semana, de 10.080 minutos. Y entonces no veía otra salida. Mamá, por primera vez, vivía una vida feliz. Podría haber ganado un BAFTA por lo cómoda y contenta que me sentía con ella. Me destrozaba que mi miedo a molestarlo hiciera parecer que él había suavizado mis asperezas y me había convertido en una dama de verdad. Mantuve mis buenas calificaciones y seguí en el equipo de netball a pesar de ser la más bajita. Seguí adelante. Desarrollé la costumbre de clavarme las puntas del portaminas en la piel y morderme las uñas para provocarme dolor. Tuve un novio por un corto tiempo. Iba a los bailes. Mi casa era mi infierno, así que hacía todo lo que él me permitía para estar en cualquier otro lugar. No podía trabajar, pero él obligaba a mi madre a conservar su trabajo para poder tenerme. En mis cumpleaños, me salía con la mía para tener una noche de chicas con mi madre. Solo tuve dos cumpleaños antes de librarme de él. La universidad costaba 1000 libras y cuando él la pagó, no sabía que ya no iba a ser su fulana. Tenía una amiga que vivía mucho más cerca de mi universidad. Tenían una habitación libre porque un hermano mayor se había mudado. Con diecisiete años, él no podía obligarme a vivir con ellos si tenía otro alojamiento seguro. Acepté un trabajo y pagué el mísero alquiler. Me volvió a tener cuando dormí en su casa en Nochebuena. Probablemente drogó a mi madre para que no volviera a dormir. Me aseguré de que no volviera a tener otra oportunidad. En mis clases de portugués conocí a un hombre que vivía en Portugal y me invitó a quedarme con él todo el tiempo que quisiera sin pagar alquiler. Terminé un año de bachillerato y me fui a Portugal. Tuve relaciones fugaces con el hombre con el que me quedé, pero él viajaba a menudo; ambos teníamos nuestras propias cosas. Por aquel entonces trabajaba de camarera en un restaurante de comida americana. Hablaba con mi madre por teléfono casi todos los días. Vino una vez, con él. La echaba de menos e intentaba no mostrarle mi pena por haberme visto obligada a separarme de ella. Verlo fue horrible, pero lo contuve como un cáncer. Me ayudó a consolidar mi decisión. Viajé con una amiga a Florida y conseguí trabajo como camarera en un restaurante elegante. Solicité una visa de trabajo y la conseguí al segundo intento. Ahora tengo treinta y ocho años. Hace solo tres años me enfrenté a mis demonios porque leí historias en línea sobre otras sobrevivientes de abuso. Abrió una herida profunda para que pudiera empezar a sanar. Fue y sigue siendo un trabajo duro y un proceso continuo. Le confesé a mi madre, quien se había separado de él después de años de su propio abuso, que ella también mantuvo oculto. Él la dejó ir cuando ella empezó a tener problemas de salud, mostrando su verdadero corazón negro. Vive con mi hermano y su familia. Lamento haber perdido años con mi madre y mi hermano y que me echaran de casa cuando era joven, pero me hizo más fuerte. Nunca me he casado, pero tengo una pareja que me ama, dos perros y hablo tres idiomas. Soy entrenadora física y trabajo cerca de la playa donde voy a meditar y a hacer body surf. Nuestros viajes e historias son individuales, pero estamos juntos en esto. En todo el mundo. ¡No estás solo/a cargando con el dolor, la vergüenza, el miedo y los recuerdos! Aunque estés en la oscuridad, emprende un camino que parece que otros están usando para intentar salir adelante. Usa los recursos, aunque estén disponibles en tu computadora, y construye a partir de ahí. Simplemente empieza y sigue escalando, especialmente cuando parezca demasiado difícil.

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  • Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇦🇷

    Si estás leyendo esto y estás sufriendo abuso, quiero que sepas que hay una salida. Sé lo que se siente al creer que estás atrapada. Sé lo que se siente al sentir que no hay opciones, que nadie te creerá, que los obstáculos que tienes delante son demasiado grandes para superarlos. Durante muchos años, me sentí así. Estaba aislada. Tenía miedo. Vivía en una situación en la que sentía que había perdido el control de mi propia vida. No sabía cómo iba a irme, cómo iba a proteger a mis hijos, ni cómo iba a reconstruir todo lo que me habían arrebatado. Pero quiero que sepas algo: El hecho de que sigas aquí significa que todavía hay esperanza. Tu historia no ha terminado. No te define lo que alguien te ha hecho. No estás indefensa. Aunque aún no veas el camino a seguir, eso no significa que no exista. Para mí, la supervivencia no fue algo que sucediera de repente. Fue una decisión a la vez. Fue elegir seguir adelante por mis hijos. Fue documentar lo que sucedió. Fue pedir ayuda. Se trataba de dar un paso más incluso cuando estaba agotada. Hubo momentos en que pensé que no podía continuar. Hubo momentos en que sentí que me había perdido por completo. Pero poco a poco, comencé a encontrar el camino de regreso. Mi fe también me ha sostenido en este camino. Creo que Dios estuvo conmigo incluso en los momentos más oscuros, incluyendo los momentos en que me sentí sola. Creo que Él me dio fuerza cuando yo misma no la tenía. Si aún estás en medio de tu batalla, quiero que seas paciente y amable contigo misma. Sanar lleva tiempo. Reconstruir lleva tiempo. A veces, el progreso no se ve como una gran victoria, sino como superar un día más, protegerte o dar un pequeño paso hacia la libertad. Por favor, recuerda: Mereces seguridad. Mereces respeto. Mereces que te crean. Mereces una vida más allá de la mera supervivencia. Sigo luchando mis propias batallas. Sigo sanando. Sigo trabajando para que llegue el día en que mis hijos y yo podamos estar completamente a salvo. Pero soy la prueba de que, incluso después de años de dolor, una persona puede empezar de nuevo. No te rindas. Existe un futuro más allá de lo que estás experimentando ahora mismo.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇺🇸

    Sólo palabras.

    Solo palabras. Te cuesta hablar de estas cosas. Te das cuenta de que te cuesta hablar de muchas cosas. Recuerdas estar emocionada por tu primer trabajo en nombre de empresa . Una de tus amigas trabaja allí y sabes que mucha gente trabaja allí como trabajo de verano. Son los años 90 y se ha establecido una cláusula que permite pagar menos del salario mínimo porque es como una experiencia de formación a tiempo parcial para estudiantes que obtienen su primera experiencia laboral. Como repartir periódicos. Esos son para chicos. Te emocionaste tanto después de estar nerviosa que pediste una solicitud junto con tu amiga. No recuerdas haberlo conocido entonces. Mucha gente quiere ser elegida para ese trabajo de mierda porque, por alguna razón, se ha convertido en algo codiciado entre los chicos populares. Sí recuerdas la llamada telefónica en la que te dijeron que podías ir a una entrevista. Caminando a casa te preguntas si ser guapa y tener pechos más grandes que la mayoría de las chicas casi de primer año tuvo algo que ver. Conociste Nombre y esta vez sí que lo recuerdas. Tu aspecto ha sido una maldición mucho más que una bendición. Una razón por la que la gente no sentiría tanta lástima por ti. 'Dios te bendijo, cariño. "Tienes tantos malos recuerdos, recuerdos bloqueados, recuerdos reprimidos por culpa de Nombre . Estás dudando mientras las lágrimas se acumulan. Necesitas un trago. Dejaste de beber hace años y hoy llevas tres meses y ocho días sobria. Tu récord es de nueve meses y dos días. Eres fuerte. La mayor parte del tiempo. Estás vacía. Todo el tiempo. Nombre no fue el último, pero fue el primero. Cambias su nombre aunque no quieras. Él es el símbolo de tu odio hacia todo lo que está mal en los hombres. Te engañaron. Nombre consiguió lo que quería de ti. Demasiadas veces. Demasiadas veces antes de que dejaras de volver. Simplemente paraste. Podrías haber parado después de la primera vez que te abrazó y te acarició antes de que tu madre te recogiera esa noche. La primera vez. Todavía no lo entiendes ni te perdonas por eso. Dejaste que un chico en una fiesta y un chico en un baile de octavo grado te metieran la mano debajo de la camisa. Te había gustado tanto esas veces. Había sido emocionante y feliz. Nombre no te hizo feliz. Regresaste. Quieres hablar de otra cosa ahora. No de los otros hombres que pensaron que tu cuerpo era su juguete. No de la vez que fuiste a Irlanda con tus tías y mamá. Extrañas a mamá. Fue un buen viaje. Volviste a eso muchas veces. Te sentaste a hablar de cosas de las que no hablas. En un viaje familiar a Adventureland le preguntaste a tu primo si se consideraba perder la virginidad si un chico te lo hacía en los pechos. Fingiste que era un chico lindo, no Nombre . Era difícil respirar con él sentado sobre tu torso empujando. A veces rompes cosas y gritas. Nunca cuando tu hijo está cerca. Tienes dos trabajos y realmente no te gusta el que paga más. Tu título universitario no cuenta mucho. ¿Cuánta vida se desperdicia en la desesperación, la duda y tomando el camino equivocado? Sientes alivio cuando finalmente termina. Odias cuando termina porque sabes que te está robando su máximo placer cuando tiene esposa. Actúa como si fuera un día más en el trabajo para mantenerte con su correa. Eres patética. Sus restos están dentro de ti cada vez que vuelves a casa después de cerrar con él. Solo otro día miserable en la vida. No dices nada. No se lo dices a nadie. No vales nada excepto como un recipiente para él. Tus padres te dicen cosas bonitas, sobre ti. Siempre lo han hecho. Tienen que hacerlo. No saben lo que realmente eres. Una vergüenza negra son las veces que sentiste placer en tu cuerpo mientras él te lo hacía. Al menos mientras permanecías callada e inmóvil había algo de dignidad. Desafío. Insulto para él. Cuando tu cuerpo y tu voz reaccionaban como si te gustara, era una traición. Como si te gustara ese revoltoso hombre encima de ti y dentro de ti, follándote en ese suelo de baldosas, besándote como un amante. Te hiciste amiga de un grupo de chicos a mediados de la secundaria. Más de un año después de que Nombre fuera más que una espina en tu alma. Un callo profundo. El grupo descubrió lo que eras. Jugaban al fútbol. Eran importantes y tenían una voluntad fuerte. Te compartieron y te pasaron de mano en mano. Te dijeron que Te amaban. Que eras la chica más genial. Tomaban lo que querían cuando querían. ¿Por qué? Nombre 2 era tu compañero de laboratorio de biología. Fue el primero. Era el único de tu edad. Fuiste en su coche a almorzar y conociste a otros. Te querían. Te ofreciste. Es para lo único que sirves. Para agotar su energía para que puedan ser felices y sentirse hombres. Para que tú puedas sentirte vacía y sucia. Incluso después de graduarse, se reunían para divertirse en grupo, o te hacían escaparte por la noche para dar una vuelta. Te dirigiste al oeste después de graduarte. Un nuevo comienzo. Un éxodo. Una huida. Fuiste a una reunión. La reunión de los diez años. Nombre 2 vino con su esposa. Te presentó como su exnovia. Dejaste que te llevara al baño de discapacitados y tuviera un rapidito. Después fuiste a los bares, dejaste a tu verdadero amigo y dejaste que Nombre 3 te llevara a su habitación de hotel para vivir sus fantasías solo porque afirmaba que siempre te había amado. Dicen Las personas atractivas tienen sexo con más frecuencia y con más parejas que las personas normales. La oscuridad detrás de esa afirmación es que, para las mujeres, no siempre es porque lo deseen, sino por la presión implacable de los hombres y cómo harán cualquier cosa si tienen la oportunidad. No eres una chica dulce e inocente. ¿Lo habrías sido si no hubiera sido por Nombre como quieres pensar? ¿Habrías dejado que tu primo mucho mayor, al que apenas conoces, te llevara con él al bosque detrás de su casa, a la cabaña donde fuma marihuana después de una boda? Luego, esperar allí a que llamara a sus amigos después de descubrir que eras una chica mala y esperarlos también. Matando moscas en tu ropa interior mientras los esperabas. No bebías porque tu madre no lo permitía, aunque los niños más pequeños que tú eran menores. Pero tu primo y sus amigos del barrio sí. Cuatro de ellos, contando a tu primo lo suficientemente mayor como para ser tu tío. Aun así, actuabas como si te gustara todo lo que hacían. Lo llevaron tan lejos como si fueras el mejor juguete del mundo. Estrella porno, te llamaban como si fuera lo mejor que podías ser. El sexo anal era Insoportable. Era más fácil simplemente lavarte todo el maquillaje que intentar arreglarlo después de todo el sudor y la sensación pegajosa. Sonrisas y halagos seguidos de la profunda sensación de vacío y aislamiento total en la camioneta de regreso a casa desde Kansas City. Odiando a Nombre y sintiendo que traicionaste a tu tía porque uno de ellos era su prometido. Contrajiste una infección y fue vergonzoso cuando el médico te lo dijo. Al menos era una doctora. La idea de un ginecólogo varón es inquietante. La única vez que te examinó uno fue aterradora. Estabas en la universidad. Era demasiado minucioso y hablador, como si estuviera preparándose para invitarte a salir, y decidiste que nunca más. El único que tuviste que no usó guantes para el examen de mamas. El examen vaginal digital más sensual que jamás tuviste para revisar el cuello uterino y los ovarios en busca de dolor. ¿Se suponía que su pulgar debía rozar tu clítoris? Incluso te preguntas si lo estaba grabando con su teléfono, ya que lo viste ajustarlo dos veces mientras asomaba por el bolsillo de su chaqueta. Bata de laboratorio. Su estúpido bigote de noviembre, te preguntó si te gustaba. Así que algunos días no comes. Haces ejercicio para mantener el cuerpo que ellos quieren. Te da valor para ellos. No eres nada. La gente siempre dice cosas bonitas. Cosas vacías. ¿Y si nunca hubieras conocido Nombre ? ¿Y si nunca te hubieran follado en el suelo por 3,45 dólares la hora? De espaldas, a cuatro patas, a veces incluso encima de él. Tu primer orgasmo en ese suelo que olía a leche rancia y lejía. Tener que decirle a tu madre que te recoja 45 minutos después de que cierre el local para tus tareas de limpieza. Usabas tampones solo para evitar que su semen se derramara de camino a casa. Fingías ser virgen cuando estabas lejos de serlo. Te dijo que no te preocuparas porque se había hecho la vasectomía. Esa parte debe haber sido cierta. No tienes citas aunque siempre intentan concertártelas. Ni hablar. Tu hijo es una buena excusa. Y una razón real. Amor verdadero. La Tierra gira en el espacio. ¿Por qué no puede simplemente...? ¿Congelarse y morir como yo? Tu jefe no llega hasta el final contigo porque no engañará a su esposa. Le das sexo oral porque él no cree que eso cuente. Preserva su pureza. Dice que lo desea tanto, como si pudiera tomar lo que quisiera de ti, pero es fuerte y valiente. No eres nada. Él es guapo. Dejas que te bese y te acaricie. Anhelas su contacto. No es un gran hombre, pero lo anhelas. Lo más parecido a un buen hombre que has conocido. Una figura paterna. Tu hijo necesita una figura paterna. Él lo es todo. Se merece algo mejor. Te ama. Te dice que eres una buena madre y que eso vale la pena soportar el mundo el tiempo que sea necesario. Pones buena cara, pero él sabe que estás vacía, en el fondo. Un pato herido que pretende ser un cisne. Siempre fingiendo. ¿No había fingimiento antes de Nombre ? Tal vez no. Los días comienzan y tu mente finge y es difícil y los días terminan. Malos sueños en ambos extremos. ¿Será un buen hombre? El Lo curioso es que quieres que sea un príncipe porque es tu príncipe, pero incluso si es como la mayoría de los hombres, quieres su felicidad absoluta. Quieres chicas guapas, buenos momentos y amigos fuertes para él. Existes para fingir y para que esos hombres disfruten de ti, pero sobre todo para darle a tu hijo la mejor vida posible, más allá de ti. No eres inútil. No es tu culpa. Eres más fuerte de lo que crees. Palabras vacías. Tienen que decirlo. Siempre lo han hecho. Sin creatividad. Sin perspicacia. Sin verdad. Solo palabras.

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    De un sobreviviente
    🇪🇸

    Esa noche mi hermano me tocó.

    No sé si lo que me hizo mi hermano se puede clasificar como abuso sexual. Me estaba quedando a dormir en su casa. Era tarde por la noche y estábamos viendo una película. En un momento dado, me preguntó si podía empezar a acurrucarme. De hecho, acepté, ya que somos muy cercanos y ambos disfrutamos del afecto físico. Mientras hacíamos cucharita, metió la mano debajo de mi camisa. No dijo nada, y yo tampoco. A medida que avanzaba la noche, alternaba entre caricias, besos en la cabeza o en un lado de la cara, y palabras de cariño. Le acaricié el brazo distraídamente porque me sentía incómoda allí tumbada. Finalmente, me preguntó "¿está bien?", refiriéndose a su mano subiendo lentamente por mi estómago. Le estaba dando el beneficio de la duda y seguía pensando que la acción era platónica, además de que me sentía bien, además de que soy tímida y me cuesta la confrontación, así que mi cerebro piensa que decir "no" a la gente es provocarla, así que dije "sí". En realidad no quería decirlo. No creo que quisiera decir "no", claro. No creo que quisiera decir nada en absoluto. Estaba cansada. Los dos lo estábamos. Sus caricias progresaron suavemente hasta el punto de acariciar la parte inferior de mis pechos. Fue entonces cuando empecé a cuestionar sus intenciones. Volvió a preguntar "¿está bien?". Volví a decir "sí". Cuando terminó la película, me asusté. La había estado usando para distraerme de lo que estaba pasando, y temía que, al no haber distracción, centrara toda su atención en mí e intentara hacer algo; así que me incorporé. Me apretó ligeramente la parte inferior del pecho mientras lo hacía, quizá a propósito, quizá por reflejo. Cuando se dio cuenta de que me estaba alejando de verdad, retiró las manos, dijo: "Lo siento. Tu hermano es un bicho raro", y se levantó para ducharse. Creo que en ese momento empecé a entrar en pánico. Fue lo que confirmó mis sospechas de que sus caricias realmente tenían una intención sexual. Había estado intentando engañarme a mí misma creyendo que eran afecto inocente, pero esas palabras me obligaban a afrontar la realidad de mi situación. Recuerdo que no paraba de hablar de temas sin sentido mientras desayunábamos porque temía que sacara a relucir lo que acababa de pasar y quisiera hablar de ello. No quería hablar de ello. Quería fingir que nunca había pasado. Todavía lo intento. Pero me atormenta. Él y su esposa (que habían estado durmiendo plácidamente en su habitación toda la noche) se fueron temprano por la mañana de luna de miel (yo estaba allí para cuidar la casa y había ido la noche anterior para pasar el rato con ellos antes de que se fueran). Una vez sola, me fui a dormir tranquilamente a su cama (con su permiso e insistencia, ya que no había otras camas en el apartamento). Mientras intentaba dormirme, aún podía sentir sus manos sobre mí, como una caricia fantasma. Me derrumbé en ese mismo instante. Me sentí culpable y asquerosa por no haberlo parado y por haberlo disfrutado también. Sentía que tal vez yo era la rara, y tal vez yo la que estaba convirtiendo esta interacción en algo inapropiado. Las semanas siguientes, intenté reprimir mis sentimientos. Unos días antes de Navidad, estaba en un avión con mi madre, a punto de empezar nuestras vacaciones. Estaba cerca de la regla y tenía los pechos sensibles. Eso desencadenó algo en mí y de repente lloré ahí mismo, en público. Ese dolor vago me recordó la sensación de aquel apretón que me dio en el pecho. Mi madre me vio a punto de llorar, pero mentí y le dije que era solo porque estaba cerca de la regla y me sentía deprimida (llevó un tiempo luchando contra la depresión, y ella lo sabía). Durante el viaje, tuve flashbacks aleatorios de esa noche, a veces incluso acompañados de náuseas. Sentía que estaba exagerando mi reacción mental, ya que no me habían violado y no debería estar traumatizada por un contacto que apenas puede considerarse íntimo. Al volver a casa, hice algo de lo que no sé si me arrepiento: hablé con él. Le envié un mensaje largo (vive en otra ciudad, lo que me dio más seguridad al confrontarlo) del que apenas recuerdo nada, salvo que mencionaba "esa noche" y cuánto me había afectado. Me derrumbé al escribirlo, y probablemente no era muy coherente. Mi hermano me envió muchas respuestas cortas en ráfagas rápidas al verlo. Se disculpó profusamente. Dijo "No sé qué me pasa", "Buscaré ayuda psicológica", entre muchas cosas que no recuerdo. Eso me asustó un poco. ¿Para qué necesitaba ayuda psicológica? ¿Estaba admitiendo que tenía impulsos que no podía controlar? Pero no dije nada al respecto. Tenía miedo de acusarlo, y me aseguré de aclarar que yo también era culpable por no poner límites. Ambos nos respondíamos sin pensar. Estábamos en pánico y llenos de adrenalina. Tenía miedo de perderlo. Era mi único vínculo en la ciudad donde vivíamos (muy lejos de la nuestra, donde viven nuestros padres y mis amigos). No quería molestarlo, porque es una persona muy sensible y ya me sentía culpable por cómo reaccionaba. Resolvimos el asunto por mensaje. Pero no lo hicimos. En absoluto. Fingí que sí, pero seguía atormentada por las dudas y la paranoia. Más que las caricias, lo que me atormentaba eran sus palabras: "Lo siento. Tu hermano es un bicho raro". Me conmovieron profundamente. Solo quería negar lo sucedido, pero esas palabras no me lo permitieron. La historia continúa hasta el día de hoy, pero no quiero escribir demasiado sobre las consecuencias de "esa noche", ya que escribiría demasiado y quiero centrarme en si fue un caso de abuso. En este punto, me siento un poco más centrada y capaz de aceptar que lo sucedido tuvo un trasfondo sexual. Todavía me siento avergonzada y culpable. Consentí algunas caricias. No estoy segura de si quería, pero lo hice. Normalmente, eso me haría pensar que fue un encuentro consentido y que ahora simplemente me arrepiento, pero hay muchos factores que también contribuyen a mi creencia de que esto también podría ser un caso de abuso. En primer lugar, mi hermano tenía 38 años en ese momento. Yo tenía 20, lo cual sí, es una adulta, pero aun así; él es mi hermano mucho mayor. Ya era casi un adulto cuando yo nací. Ha sido una figura de autoridad toda mi vida, aunque le gusta fingir que no lo es. Es un poco despistado en cuanto a lo que es apropiado o no en contextos sociales, pero creo que alguien de su edad debería saber que no debe meter la mano bajo la camisa de su hermana pequeña y subir tanto por su cuerpo que sus dedos rocen su areola. En segundo lugar, soy neurodivergente, aunque no se lo dije en ese momento. Sin embargo, cuando se lo conté, me dijo que ya sospechaba. A pesar de eso, siempre he sido callada y retraída, así que me molesta que empezara a tocarme bajo la apariencia de afecto inocente y luego esperara que yo pudiera expresar mi incomodidad cuando la situación se intensificara sin que él especificara qué iba a pasar. Tampoco creo que su forma de buscar consentimiento fuera nada productiva. Solo me preguntó si dos caricias específicas estaban bien, y solo después de empezar a hacerlas. No pidió permiso explícito para nada, salvo para los abrazos al principio. Lo que quiero decir es que yo era vulnerable. Soy joven, inexperta, autista, y él siempre ha sido un apoyo emocional y casi una figura paterna para mí. No sé cómo puede ser tan ingenuo como para pensar que no tiene ningún poder sobre mí. Quizás sí lo sabe, pero no estaba pensando en ese momento. Sigo sin entender por qué me tocaría así. Me consuela un poco pensar que quizás no tenía ningún control sobre ello después de todo. Pero no lo sé. Quizás sí. Soy adulta, después de todo. Y creo que se habría detenido si se lo hubiera dicho. Pero definitivamente nunca di mi consentimiento entusiasta. Me siento traicionada. Me siento perdida. Me siento enojada. Me siento triste. Llevo meses evitando pensar en ello. Esta noche, todo me volvió a la mente y me derrumbé de nuevo. De verdad que no sé qué hacer. No quiero contarle a nadie cercano lo que pasó porque me da vergüenza. Y desde luego no quiero contárselo a mis padres. En cierto modo, quiero cortar lazos con él, pero al mismo tiempo no lo hago porque creo que está arrepentido y no quiero entristecerlo. No puedo evitar ser ingenua. No sé si eso me reconforta o me avergüenza.

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  • La sanación no es lineal. Es diferente para cada persona. Es importante que seamos pacientes con nosotros mismos cuando surjan contratiempos en nuestro proceso. Perdónate por todo lo que pueda salir mal en el camino.

    Mensaje de la Comunidad
    🇺🇸

    A todos los sobrevivientes aquí: los vemos, los escuchamos, les creemos.

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  • Cada paso adelante, por pequeño que sea, sigue siendo un paso adelante. Tómate todo el tiempo que necesites para dar esos pasos.

    Bienvenido a Our Wave.

    Este es un espacio donde sobrevivientes de trauma y abuso comparten sus historias junto a aliados que los apoyan. Estas historias nos recuerdan que existe esperanza incluso en tiempos difíciles. Nunca estás solo en tu experiencia. La sanación es posible para todos.

    ¿Cuál cree que es el lugar adecuado para empezar hoy?
    Historia
    De un sobreviviente
    🇪🇸

    Corazón fuerte

    Si alguien quisiera entender quién soy, tendría que saber que… No sabría cómo ni por dónde empezar. Supongo que por la base de todo: mi niñez. Me llamo Name. Nací en Venezuela, pero me crie toda la vida en España, bueno, a partir de los ocho años. Mi niñez… qué decir. Era feliz. Fui feliz. O eso cree uno a esas edades. Mis primeros ocho años en Venezuela. Supongo que fui feliz. Una familia que me quería, un hermano, una mamá… aunque nunca un papá. Mami siempre supo cómo tirar ella sola con nosotros. Siempre me inculcó cosas buenas de mi padre. Incluso me enseñaba cartas y fotos de él. Crecí queriendo a mi padre, aun sin haberlo visto nunca en persona. Tuve un colegio que me gustaba mucho, aunque he de decir que la liaba mucho. Era demasiado ruido para aulas tan pequeñas. Tengo muchos recuerdos bonitos, otros que ahora de adulta sé que no lo fueron. Me dieron todo, tuve todo. A pesar de venir de una familia humilde, nunca me faltó un plato de comida, nunca me faltó amor, nunca me faltó nada. Todo se complica… Cuando cumplo los cuatro años, cuando ya eres un poquito, pero muy poquito, más consciente de la vida, todo se complica. Mamá dejó de estudiar y decidió trabajar. Eso implicaba verla menos. Eso implicaba ser cuidada por otras personas. Eso implicaba muchas cosas. A partir de ahí mi vida se derrumbó. A partir de ahí marcaría un antes y un después. A partir de ahí mi vida en la adultez sería distinta. La gravedad de todo lo vi al crecer. Aunque he de decir que tuve una pequeña reacción siendo tan pequeña. Podría decir que algo dentro de mí me dijo: esto está mal, esto no puede ser así. Siempre he dicho: ¿dónde estaba Dios? Soy creyente, o fui creyente, pero poco a poco todo eso fue desapareciendo. Cuanto más dolor me causaba la vida, más dejaba de creer. No me enrollo más… vamos al principio. Pues sí, tuve una niñez bastante bonita. Aunque la parte mala ahí está, y creo que estará por siempre en mi vida. Supongo que escribirlo me hace sentir un poquito mejor. Recalcar toda mi vida me hace sentir algo mejor. Fui violada. Sí, abusaron de mí siendo tan solo una niña de cuatro años. A partir de ahí me destrozaron la vida. Fui cumpliendo años y eso seguía sucediendo. Supongo que para mí era algo normal. Un niño, al sufrir eso, jamás podría darse cuenta de la gravedad. La persona que se supone que tenía que cuidar de mí era la causante de mis traumas ahora de mayor. Mi hermano y yo, siempre unidos, siempre juntos, mano a mano. Pasó por lo mismo, solo que yo cedía. Cedí muchas veces porque sabía que era la única forma, la única forma que tenía para proteger a mi tesoro más preciado: mi hermano. ¿Dónde estaba mi familia? Éramos tan solo unos niños que necesitaban ayuda de un adulto. ¿Dónde estaban todos? ¿Por qué nunca nadie se dio cuenta? Tan solo necesitábamos a un adulto que nos ayudase. ¿Cómo íbamos nosotros mismos a ayudarnos? Mi vida cambió. Mi tía nos devolvió la vida. La decisión de venir a España cambió nuestras vidas. Era un pequeño viaje. Jamás pensábamos quedarnos aquí a vivir. Ed y yo felices, con nuestra pequeña maleta, sabiendo que algún día volveríamos a Venezuela, que en un mes o así estaríamos de vuelta. Y aquí estoy, veinte años después, agradeciendo día a día la decisión de quedarnos aquí. Ahí empezó mi verdadera infancia feliz. Nos dieron todo. Mis tías nos dieron todo. Nunca había sido tan feliz. Mamá se enamoró. Ahí conoció al que creí mi padre. Es normal, ¿no? Te crías sin una figura paterna y cuando entra alguien en tu vida con tanto amor para darte… cómo no creer que es tu padre. Mil viajes, muchas playas, muchos planes, mucho de todo. Él nos dio tanto. Estuvo en todo. Cómo no haberle querido tanto. El colegio es verdad que no me gustaba tanto. Sufrí mucho bullying. Supongo que no estarían acostumbrados a ver a una niña latina, pelo rizado y rasgos de negra. Esa parte quiero omitirla. La verdad que me marcó demasiado. Pensé siempre que de ahí venía mi inseguridad. Crecí. O eso creía con catorce años. Me creía la reina del mambo. Quería vivir rápido, quería ser adulta, quería hacer mil cosas. Empecé a perderme. A ser una inconsciente con mamá. A ser una rebelde. Cuanto más me prohibían, más quería hacerlo. Creo que fue mi peor época. Nunca me sentí entendida por nadie. Nunca nadie se sentó a explicarme paso a paso cómo va la vida y desde cuándo tenía que empezarla a vivir como una adulta. Mamá lo hizo bien siempre, pero he de decir que no supo lidiar con una adolescente llena de ira, llena de rabia, llena de odio. Fui mi peor versión. Pero era adolescente, ¿quién se da cuenta a esas edades? Porque yo, hasta que no tuve un choque de realidad, no me di cuenta. Mi primer amor… Sí, tuve mi primer amor. Fue lo más preciado que la vida me había dado. Tus primeras veces en todo, tus primeros te quiero, tu primer sentimiento de amor, tu primer todo. Fue un fracaso. Supongo que éramos muy jóvenes e inexpertos. Yo quería más, salir al mundo, conocer gente. No me valía nada. Tuve más de un amor. Con todos fracasé. Pero me quedo con lo que aprendí con cada uno de ellos. Aprendí a saber qué merezco y qué no. Aprendí a quererme un poco más. Aprendí a no tolerar cosas que no. Aprendí a no quedarme con migajas. No sé por qué nunca me fue bien en el amor. Y la poca fe que me quedaba me la destrozaron. Cumplo dieciocho. Por fin mayor de edad. Por fin podría hacer lo que me diese la gana. Eso sentía y eso creía. Me duró bastante la rebeldía. Hasta que… Ocurriría de nuevo. Mamá se separa. Mi vida cambia. Todo cambia. Mi supuesto padre sigue siéndolo. Seguimos queriéndolo como el primer día. Seguimos viéndole. Seguimos todo con él, a pesar de no estar con mamá. Pero tuve un choque con la realidad. Creí que mis parejas me habían roto el corazón, pero creí mal. Él me rompió el corazón. Dejé de creer en el amor. Si la persona que más quería, a quien yo consideraba mi papá, me partió el alma, me partió el corazón… ¿qué iba a pensar del resto del mundo? ¿Cómo debía ser yo? Y llegó ese día, el segundo peor día de mi vida. Sufrí violencia doméstica. Mi supuesto padre fue capaz de destrozarme la vida. Intento de violación. Una vez más sentí ese miedo. Una vez más sentí que la vida se me caía. Una vez más sentí decepción. Una vez más sentí cómo mi corazón se rompía poco a poco. Cómo creer en la gente. Cómo creer en la vida. Nace Brother. Empecé a ver la vida un poco mejor. Brother llega a nuestras vidas, mi pequeño hermano, y cambié por completo. Me dio esa felicidad que no tenía. Me dio esa calma en el alma que yo tanto necesitaba. Verle tan pequeño, tan bonito, esas manitos… Mi hermano me devolvió la vida y las ganas de querer con el alma a alguien. Nunca se lo dije. Es muy pequeño. Pero algún día me sentaré y hablaré con él. Dejé de estudiar. Fui de mal en peor en los estudios y decidí adentrarme en el mundo de la hostelería. Crecí de verdad. Mi mentalidad cambió. Empecé a ser mejor persona con mamá, mejor persona con mi hermano Edy, mejor persona con todos. Trabajar me hizo darme cuenta de cuánto cuesta la vida. De cuánto ha tenido que currar mamá para darnos todo. Trabajar me hizo crecer como persona, como mujer. Pasa el tiempo. Pasa la vida. Y sí, sigo estancada en la hostelería. Pero he de decir que me he ganado todo lo que tengo a pulso. Agradecida de todo lo que aprendí. Sigo con la vida. Sigo con mi vida. Pasa el tiempo. Vuelvo a tener amores que no van a ningún lado. Más decepciones: de familia, de novios, de amistades. Pero supongo que siempre pude con todo. Era como que mi corazón estaba a prueba de balas. Como que algo más ya me era indiferente. Estaba tan acostumbrada a que lo malo me persiguiese que era totalmente normal para mí. Pero oye, que nunca dejé de ser buena. Nunca dejé de tener este corazón tan noble, como dice mamá. Siempre di todo de mí a todos. Siempre fui con mis mejores intenciones. Hace poco leí que las personas que siempre están haciendo la gracia son las que más tristes están por dentro. Nunca algo me había representado tanto. Como digo yo, soy la payasa del grupo. Me encanta ver a mi gente reír a base de mis ocurrencias. Eso me hace sentir un poco menos mal. Eso me ayuda mucho. Me gusta hacer la gracia siempre, porque sí, porque no. Eso me hace olvidar un poco todo. Pasa el tiempo y estoy en calma. Siento que no tendré nada más por lo que sufrir. Y llega un mensaje inesperado… Siempre estuve en contacto con mi padre, ese mismo del que mamá siempre me habló y siempre me inculcó cosas buenas. Le quiero tanto que jamás se me pasaría por la mente odiarle. Y llega un mensaje: “Hola hija, Dios te bendiga. Soy tu papá, el hermano de tu mamá.” Mi mente no entendía absolutamente nada. Papá, mamá, hermano… Pensé que era fake, pero indagué hasta dar con la realidad de todo. Ese día, bendito día, una vez más me vuelven a romper el corazón. Pero esta vez, mi querida mamá. Resulta que ese señor era mi padre de verdad. Resulta que mi mamá no era mi madre biológica. Resulta que toda mi vida crecí creyéndome mentiras. Mi madre biológica me abandonó. Con tan solo un mes de nacida. Me abandonó como un perro. Mi papá, con miedo de la vida, con miedo de seguir con una niña tan pequeña, solo buscó ayuda. Ayuda de sus hermanos. Y ahí entra mi mamá en el plano. Como me dice ella: “Hija, me enamoré de ti. Verte tan pequeña, tan vulnerable, con esa carita, con esa nariz, con esos rizos… cómo no quedarme contigo.” Mamá no me dio la vida. Me la devolvió. Agradezco la vida que me diste, mamá. Para mí siempre serás mi madre. Mi única y verdadera madre. Pero me duele el alma. Todo por lo que tanto había trabajado volvió: mis miedos, mis inquietudes, mis traumas, mis inseguridades, mi rabia, mi ira. Y llegó él. Llegó alguien a mi vida para hacerme entender que la vida no siempre es tan mala. Alguien que me haría entender por qué nunca funcionó con nadie más. Alguien que me daría todo el amor del mundo. Y llegaste tú, justo en el momento que más me dolía la vida. Llegaste y me olvidé por un ratito de todo lo que estaba pasando. Volví a creer en el amor. Volví a creer en que de verdad hay personas buenas con corazones bonitos. A veces siento que no lo merezco. A veces siento que es una trampa de la vida. Me saboteo mucho. No sé cómo asimilarlo. Siento que en cualquier momento todo se romperá. Sentiré miedo. Sentiré angustia .

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    Quisiera saber que se siente sanar.

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    Name, solo tenía 6 años

    Tenía alrededor de 6 años, cierro los ojos y es cómo si volviera a vivir en carne propia el recuerdo, me acuerdo del ruido de la televisión, el olor del desayuno que estaba comiendo, yo solo estaba viendo caricaturas. El, un hombre de alrededor 50 años me cargó y me acomodó en sus piernas, y deslizó su mano por debajo de mis panties, TENÍA 6 AÑOS y ahí empezó mi historia de abusó sexual, una historia que me hubiese gustado no tener que experimentar. Yo hablé ya que mi mamá siempre me había enseñado a que nadie podía tocar mis partes pero en ese entonces mi mamá no tenía los recursos, vivíamos en casa de una prima (la hija de mi abusador) y nadie me creyó, dijeron que era mi imaginación. Otros sucesos pasaron cometidos por la misma persona, me arrebató mi inocencia y me rompió en pedacitos… pese a que yo hablé la primera vez, las otras veces me quedé callada porque nadie me creyó, nadie me protegió y nadie me escuchó más que mi mamá pero en ese entonces ella estaba luchando con un problema de alcoholismo y toda la familia nos dio la espalda. Después de un tiempo dejé de ver a mi abusador pero a los 8 años me volvió a pasar pero esta vez por el esposo de mi tía (la hermana de mi mamá) ellos han sido casados desde que mi tía tiene 16 años hasta el presente. Fuimos de visita a casa de mi tía, era diciembre entonces mi mamá salió con mi tía a comprar cosas para la navidad, yo, mi hermano y mi primo (hijo de mi tía) nos quedamos al cuidado del esposo de mi tía, el en ese entonces era oficial de la policía. Yo estaba jugando con mi primo y mi hermano cuando él me llamó, él estaba sentado en la mesedora viendo las noticias cuando me sentó en sus piernas y yo inmediatamente me paralice puesto que la última vez que alguien me sentó en sus piernas me manoseo, esta vez fue diferente, solo me acaricio las piernas y yo solo sentí cómo algo duro me rozaba mis glúteos, me paralicé y no sabía que hacer, hasta que tuve la fuerza y me bajé. Nunca hablé de mi segundo abusador y nunca lo he hecho, yo ya no vivo en Colombia pero cuando voy me toca actuar cómo si nada aunque por dentro sienta tantas cosas. Por mucho tiempo reprimí todo lo que me pasó, siempre decía que no me afectó y ahora a mis 22 años me está atormentando. Estoy comprometida con el amor de mi vida, siento que ha sido un regalo que Dios y la vida me dio después de tanto tormento pero hay veces que cuando vamos a tener intimidad y me toca siento una rabia en mi, ese tipo de rabia que te dan ganas de pegarle un puño en la cara a esa persona, y no lo entiendo, el no me ha hecho nada? El solo me ha ayudado y me ha tratado con amor y me ha demostrado lo mucho que me respeta y me ama, siempre quise evadir el tema y reprimirlo, no hablar de ello y pretender cómo que no me afectó pero ya llegué a un punto donde me dan unos ataques de ira que ni yo me reconozco, donde termino lastimándome a mí misma o sacando esa ira en mi prometido, hace unas noches por fin en medio de una ataque de ira donde terminé azotandome la cabeza en la pared solo repetía “no me deja en paz, me persigue, sácalo de mi cabeza” estaba en un estado de crisis y mi prometido solo pudo sujetarme en sus brazos mientras me preguntaba quién me perseguía y fue la primera vez que dije su nombre en voz alta, “Name, el hombre que me violo y me robo mi inocencia no sale de mi cabeza” no podía hablar, las lágrimas y gritos de desesperación eran más que las palabras, en ese momento me di cuenta que no importa cuánto allá crecido aquella niña de 6 años sigue dentro de mi, está enojada, está triste y rota. Mi pareja es abogado entonces el fue quien me habló sobre me too movement, me dijo que me hiciera justicia y lo denunciara pero que si no me sentía lista por miedo que navegara las opciones que me too ofrece y que quizá empezara por contar mi historia, por unos días habría la página y solo me quedaba paralizada, pero hoy me anime, ya no merezco ser prisionera de un dolor que no fue mi culpa aunque por mucho tiempo he sentido que lo es, me siento perdida y no quiero que mi pasado defina mi presente, la vida me está dando oportunidades bonitas pero mi abusó sexual no me deja avanzar, cómo me saco esta rabia que siento por dentro? Porque me volví un ser tan agrio y amargo, porque me enojo por todo? Porque no puedo disfrutar la intimidad con mi pareja si es delicado conmigo? Parece que entre más delicado es más rabia siento por dentro. Me siento muy sola y perdida. Quiero este dolor fuera de mi

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    De un sobreviviente
    🇦🇷

    Todavía no me considero completamente curada. Para mí, la curación no es un momento en el que todo lo sucedido desaparece o el dolor deja de existir. Sigo viviendo las secuelas de años de abuso. Sigo luchando por mis hijos. Sigo lidiando con el proceso legal que se interpone entre nosotros y el futuro seguro por el que trabajo. Sigo aprendiendo a vivir con los efectos del trauma y el TEPT. Pero mi comprensión de la curación ha cambiado. Ya no creo que curar signifique que nunca volveré a sufrir. Creo que curar significa que, incluso cargando con heridas, sigo adelante. Mi fe ha sido una parte fundamental de ese camino. Como cristiana, creo que Dios estuvo conmigo incluso en los momentos en que me sentí completamente sola. Hubo momentos en que me sentí abandonada, en que no entendía por qué estaba pasando por tanto y en que me preguntaba cómo podía seguir adelante. Pero mirando hacia atrás, puedo ver momentos en los que recibí fuerza cuando creía que ya no me quedaba. Mi curación no ha consistido en fingir que el dolor no existió. Se trata de confiar en que mi historia no termina con lo que me hicieron. Creo que Dios me dio la fuerza para proteger a mis hijos, para seguir luchando y para mantenerme en pie cuando me sentía destrozada. Creo que mi vida aún tiene un propósito y que los años que pasé sobreviviendo no definen el resto de mi historia. Sanar ha significado aprender que merezco amor, respeto y seguridad. Ha significado permitirme aceptar ayuda después de años de creer que tenía que cargar con todo sola. Ha significado reconstruir mi confianza, redescubrir quién soy y comprender que no solo soy una sobreviviente de lo que sucedió, sino también una madre, una mujer, una hija y una persona con un futuro. Sigo sanando. Sigo luchando. Sigo aprendiendo. Pero no soy la misma persona que era cuando estaba atrapada por el miedo. Mi fe me recuerda que Dios puede sacar belleza de los lugares rotos. Me recuerda que el sufrimiento no es el final de la historia. Me recuerda que incluso en los momentos más difíciles, no estoy sola. Para mí, sanar no es olvidar el pasado. Sanar es permitir que Dios use mi historia para algo más grande. Sanar es elegir la esperanza incluso cuando todavía estoy en medio de la batalla. Sanar es creer que aquello que estaba destinado a destruirme no tendrá la última palabra.

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  • Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇦🇷

    Si estás leyendo esto y estás sufriendo abuso, quiero que sepas que hay una salida. Sé lo que se siente al creer que estás atrapada. Sé lo que se siente al sentir que no hay opciones, que nadie te creerá, que los obstáculos que tienes delante son demasiado grandes para superarlos. Durante muchos años, me sentí así. Estaba aislada. Tenía miedo. Vivía en una situación en la que sentía que había perdido el control de mi propia vida. No sabía cómo iba a irme, cómo iba a proteger a mis hijos, ni cómo iba a reconstruir todo lo que me habían arrebatado. Pero quiero que sepas algo: El hecho de que sigas aquí significa que todavía hay esperanza. Tu historia no ha terminado. No te define lo que alguien te ha hecho. No estás indefensa. Aunque aún no veas el camino a seguir, eso no significa que no exista. Para mí, la supervivencia no fue algo que sucediera de repente. Fue una decisión a la vez. Fue elegir seguir adelante por mis hijos. Fue documentar lo que sucedió. Fue pedir ayuda. Se trataba de dar un paso más incluso cuando estaba agotada. Hubo momentos en que pensé que no podía continuar. Hubo momentos en que sentí que me había perdido por completo. Pero poco a poco, comencé a encontrar el camino de regreso. Mi fe también me ha sostenido en este camino. Creo que Dios estuvo conmigo incluso en los momentos más oscuros, incluyendo los momentos en que me sentí sola. Creo que Él me dio fuerza cuando yo misma no la tenía. Si aún estás en medio de tu batalla, quiero que seas paciente y amable contigo misma. Sanar lleva tiempo. Reconstruir lleva tiempo. A veces, el progreso no se ve como una gran victoria, sino como superar un día más, protegerte o dar un pequeño paso hacia la libertad. Por favor, recuerda: Mereces seguridad. Mereces respeto. Mereces que te crean. Mereces una vida más allá de la mera supervivencia. Sigo luchando mis propias batallas. Sigo sanando. Sigo trabajando para que llegue el día en que mis hijos y yo podamos estar completamente a salvo. Pero soy la prueba de que, incluso después de años de dolor, una persona puede empezar de nuevo. No te rindas. Existe un futuro más allá de lo que estás experimentando ahora mismo.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇪🇸

    Esa noche mi hermano me tocó.

    No sé si lo que me hizo mi hermano se puede clasificar como abuso sexual. Me estaba quedando a dormir en su casa. Era tarde por la noche y estábamos viendo una película. En un momento dado, me preguntó si podía empezar a acurrucarme. De hecho, acepté, ya que somos muy cercanos y ambos disfrutamos del afecto físico. Mientras hacíamos cucharita, metió la mano debajo de mi camisa. No dijo nada, y yo tampoco. A medida que avanzaba la noche, alternaba entre caricias, besos en la cabeza o en un lado de la cara, y palabras de cariño. Le acaricié el brazo distraídamente porque me sentía incómoda allí tumbada. Finalmente, me preguntó "¿está bien?", refiriéndose a su mano subiendo lentamente por mi estómago. Le estaba dando el beneficio de la duda y seguía pensando que la acción era platónica, además de que me sentía bien, además de que soy tímida y me cuesta la confrontación, así que mi cerebro piensa que decir "no" a la gente es provocarla, así que dije "sí". En realidad no quería decirlo. No creo que quisiera decir "no", claro. No creo que quisiera decir nada en absoluto. Estaba cansada. Los dos lo estábamos. Sus caricias progresaron suavemente hasta el punto de acariciar la parte inferior de mis pechos. Fue entonces cuando empecé a cuestionar sus intenciones. Volvió a preguntar "¿está bien?". Volví a decir "sí". Cuando terminó la película, me asusté. La había estado usando para distraerme de lo que estaba pasando, y temía que, al no haber distracción, centrara toda su atención en mí e intentara hacer algo; así que me incorporé. Me apretó ligeramente la parte inferior del pecho mientras lo hacía, quizá a propósito, quizá por reflejo. Cuando se dio cuenta de que me estaba alejando de verdad, retiró las manos, dijo: "Lo siento. Tu hermano es un bicho raro", y se levantó para ducharse. Creo que en ese momento empecé a entrar en pánico. Fue lo que confirmó mis sospechas de que sus caricias realmente tenían una intención sexual. Había estado intentando engañarme a mí misma creyendo que eran afecto inocente, pero esas palabras me obligaban a afrontar la realidad de mi situación. Recuerdo que no paraba de hablar de temas sin sentido mientras desayunábamos porque temía que sacara a relucir lo que acababa de pasar y quisiera hablar de ello. No quería hablar de ello. Quería fingir que nunca había pasado. Todavía lo intento. Pero me atormenta. Él y su esposa (que habían estado durmiendo plácidamente en su habitación toda la noche) se fueron temprano por la mañana de luna de miel (yo estaba allí para cuidar la casa y había ido la noche anterior para pasar el rato con ellos antes de que se fueran). Una vez sola, me fui a dormir tranquilamente a su cama (con su permiso e insistencia, ya que no había otras camas en el apartamento). Mientras intentaba dormirme, aún podía sentir sus manos sobre mí, como una caricia fantasma. Me derrumbé en ese mismo instante. Me sentí culpable y asquerosa por no haberlo parado y por haberlo disfrutado también. Sentía que tal vez yo era la rara, y tal vez yo la que estaba convirtiendo esta interacción en algo inapropiado. Las semanas siguientes, intenté reprimir mis sentimientos. Unos días antes de Navidad, estaba en un avión con mi madre, a punto de empezar nuestras vacaciones. Estaba cerca de la regla y tenía los pechos sensibles. Eso desencadenó algo en mí y de repente lloré ahí mismo, en público. Ese dolor vago me recordó la sensación de aquel apretón que me dio en el pecho. Mi madre me vio a punto de llorar, pero mentí y le dije que era solo porque estaba cerca de la regla y me sentía deprimida (llevó un tiempo luchando contra la depresión, y ella lo sabía). Durante el viaje, tuve flashbacks aleatorios de esa noche, a veces incluso acompañados de náuseas. Sentía que estaba exagerando mi reacción mental, ya que no me habían violado y no debería estar traumatizada por un contacto que apenas puede considerarse íntimo. Al volver a casa, hice algo de lo que no sé si me arrepiento: hablé con él. Le envié un mensaje largo (vive en otra ciudad, lo que me dio más seguridad al confrontarlo) del que apenas recuerdo nada, salvo que mencionaba "esa noche" y cuánto me había afectado. Me derrumbé al escribirlo, y probablemente no era muy coherente. Mi hermano me envió muchas respuestas cortas en ráfagas rápidas al verlo. Se disculpó profusamente. Dijo "No sé qué me pasa", "Buscaré ayuda psicológica", entre muchas cosas que no recuerdo. Eso me asustó un poco. ¿Para qué necesitaba ayuda psicológica? ¿Estaba admitiendo que tenía impulsos que no podía controlar? Pero no dije nada al respecto. Tenía miedo de acusarlo, y me aseguré de aclarar que yo también era culpable por no poner límites. Ambos nos respondíamos sin pensar. Estábamos en pánico y llenos de adrenalina. Tenía miedo de perderlo. Era mi único vínculo en la ciudad donde vivíamos (muy lejos de la nuestra, donde viven nuestros padres y mis amigos). No quería molestarlo, porque es una persona muy sensible y ya me sentía culpable por cómo reaccionaba. Resolvimos el asunto por mensaje. Pero no lo hicimos. En absoluto. Fingí que sí, pero seguía atormentada por las dudas y la paranoia. Más que las caricias, lo que me atormentaba eran sus palabras: "Lo siento. Tu hermano es un bicho raro". Me conmovieron profundamente. Solo quería negar lo sucedido, pero esas palabras no me lo permitieron. La historia continúa hasta el día de hoy, pero no quiero escribir demasiado sobre las consecuencias de "esa noche", ya que escribiría demasiado y quiero centrarme en si fue un caso de abuso. En este punto, me siento un poco más centrada y capaz de aceptar que lo sucedido tuvo un trasfondo sexual. Todavía me siento avergonzada y culpable. Consentí algunas caricias. No estoy segura de si quería, pero lo hice. Normalmente, eso me haría pensar que fue un encuentro consentido y que ahora simplemente me arrepiento, pero hay muchos factores que también contribuyen a mi creencia de que esto también podría ser un caso de abuso. En primer lugar, mi hermano tenía 38 años en ese momento. Yo tenía 20, lo cual sí, es una adulta, pero aun así; él es mi hermano mucho mayor. Ya era casi un adulto cuando yo nací. Ha sido una figura de autoridad toda mi vida, aunque le gusta fingir que no lo es. Es un poco despistado en cuanto a lo que es apropiado o no en contextos sociales, pero creo que alguien de su edad debería saber que no debe meter la mano bajo la camisa de su hermana pequeña y subir tanto por su cuerpo que sus dedos rocen su areola. En segundo lugar, soy neurodivergente, aunque no se lo dije en ese momento. Sin embargo, cuando se lo conté, me dijo que ya sospechaba. A pesar de eso, siempre he sido callada y retraída, así que me molesta que empezara a tocarme bajo la apariencia de afecto inocente y luego esperara que yo pudiera expresar mi incomodidad cuando la situación se intensificara sin que él especificara qué iba a pasar. Tampoco creo que su forma de buscar consentimiento fuera nada productiva. Solo me preguntó si dos caricias específicas estaban bien, y solo después de empezar a hacerlas. No pidió permiso explícito para nada, salvo para los abrazos al principio. Lo que quiero decir es que yo era vulnerable. Soy joven, inexperta, autista, y él siempre ha sido un apoyo emocional y casi una figura paterna para mí. No sé cómo puede ser tan ingenuo como para pensar que no tiene ningún poder sobre mí. Quizás sí lo sabe, pero no estaba pensando en ese momento. Sigo sin entender por qué me tocaría así. Me consuela un poco pensar que quizás no tenía ningún control sobre ello después de todo. Pero no lo sé. Quizás sí. Soy adulta, después de todo. Y creo que se habría detenido si se lo hubiera dicho. Pero definitivamente nunca di mi consentimiento entusiasta. Me siento traicionada. Me siento perdida. Me siento enojada. Me siento triste. Llevo meses evitando pensar en ello. Esta noche, todo me volvió a la mente y me derrumbé de nuevo. De verdad que no sé qué hacer. No quiero contarle a nadie cercano lo que pasó porque me da vergüenza. Y desde luego no quiero contárselo a mis padres. En cierto modo, quiero cortar lazos con él, pero al mismo tiempo no lo hago porque creo que está arrepentido y no quiero entristecerlo. No puedo evitar ser ingenua. No sé si eso me reconforta o me avergüenza.

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  • Mensaje de la Comunidad
    🇺🇸

    A todos los sobrevivientes aquí: los vemos, los escuchamos, les creemos.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇨🇴

    No tengo recuerdos claros y siento mucha culpa

    Mi historia es un poco larga. Cuando tenía 15 años o 16 años, vino a mi mente el recuerdo de cosas que habían ocurrido cuando yo tenía entre 4 y 5 años. Dos tíos abusaron de mí. Los recuerdos sobre esto nunca han sido claros y ahora, muchos años después, todo se ha vuelto más lejano y confuso y he dudado varias veces de mí misma y de mi historia. Hay otras cosas que pasaron en mi infancia que sí recuerdo con más claridad: cuando tenía entre 7 y 8 años, vi a mis papás teniendo relaciones sexuales a mi lado (esa noche me había pasado a dormir con ellos en su cama). Tiempo después, se repitió la situación, pero con mi padrastro y mi mamá. También cuando tenía entre 7 y 8 años, estaba revisando unos CD'S en el DVD que había en la casa para marcarlos según el género musical o según la película que fuera. Uno de los CD'S, era una película porno. Como casi siempre, me encontraba sola en mi casa, entonces la vi completa. No recuerdo si me masturbé. Sé que desde muy niña me frotaba con peluches, muñecas y otros objetos, aunque sin mucha conciencia de lo que hacía, pero estaba presente el miedo a ser vista. Hay algo que me atormenta en este momento: cuando tenía 6 o 7 años, mi prima (ella un año mayor) y yo jugábamos a imitar algunas posiciones de un libro de kamasutra que había en su casa. También tengo leves recuerdos de una vez que, mientras nos bañábamos, frotamos nuestras partes íntimas. No sé si esto se dio en el marco de una curiosidad bilateral y por el contenido del libro al que habíamos estado expuestas o si fui yo quien generó la situación y la persuadió a ella de hacerlo o si la manipulé. No recuerdo que haya sido así, pero me da miedo que sí. ¿Y si imité lo que hacía mis tíos conmigo o lo que vi en contenido al que estuve expuesta? Siento miedo, culpa y vergüenza. Además, hace medio año, recordé que cuando tenía 10 años y cargué a mi hermanita en mi piernas (que estaba como de un mes), sentí un estímulo placentero en mi zona íntima por el contacto. Cuando esta imagen vino a mí (tampoco fue clara, como mis otros recuerdos) sentí culpa, pero no escaló a más porque entendí que fue una reacción física y nada más. Pero luego no podía dejar de pensar en ello y me cuestionaba si había prologando o intensificado el contacto y sentí muchísima culpa, asco y vergüenza. Fue tan fuerte, que tuve un episodio de TOC y siento que aún no he podido salir de ahí, porque ahora me inundan las dudas sobre lo sucedido con mi prima.

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  • “Siempre está bien pedir ayuda”

    “Sanar significa perdonarme a mí mismo por todas las cosas que pude haber hecho mal en el momento”.

    “He aprendido a abundar en la alegría de las cosas pequeñas... y de Dios, la bondad de las personas. Desconocidos, maestros, amigos. A veces no lo parece, pero hay bondad en el mundo, y eso también me da esperanza”.

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇨🇴

    poder seguir adelante y pasar un poco la pagina

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  • “Puede resultar muy difícil pedir ayuda cuando estás pasando por un momento difícil. La recuperación es un gran peso que hay que soportar, pero no es necesario que lo lleves tú solo”.

    Estás sobreviviendo y eso es suficiente.

    Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇭🇺

    Sí, claro. Necesito compartir.

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  • “Creemos en ustedes. Sus historias importan”.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇺🇸

    Sólo palabras.

    Solo palabras. Te cuesta hablar de estas cosas. Te das cuenta de que te cuesta hablar de muchas cosas. Recuerdas estar emocionada por tu primer trabajo en nombre de empresa . Una de tus amigas trabaja allí y sabes que mucha gente trabaja allí como trabajo de verano. Son los años 90 y se ha establecido una cláusula que permite pagar menos del salario mínimo porque es como una experiencia de formación a tiempo parcial para estudiantes que obtienen su primera experiencia laboral. Como repartir periódicos. Esos son para chicos. Te emocionaste tanto después de estar nerviosa que pediste una solicitud junto con tu amiga. No recuerdas haberlo conocido entonces. Mucha gente quiere ser elegida para ese trabajo de mierda porque, por alguna razón, se ha convertido en algo codiciado entre los chicos populares. Sí recuerdas la llamada telefónica en la que te dijeron que podías ir a una entrevista. Caminando a casa te preguntas si ser guapa y tener pechos más grandes que la mayoría de las chicas casi de primer año tuvo algo que ver. Conociste Nombre y esta vez sí que lo recuerdas. Tu aspecto ha sido una maldición mucho más que una bendición. Una razón por la que la gente no sentiría tanta lástima por ti. 'Dios te bendijo, cariño. "Tienes tantos malos recuerdos, recuerdos bloqueados, recuerdos reprimidos por culpa de Nombre . Estás dudando mientras las lágrimas se acumulan. Necesitas un trago. Dejaste de beber hace años y hoy llevas tres meses y ocho días sobria. Tu récord es de nueve meses y dos días. Eres fuerte. La mayor parte del tiempo. Estás vacía. Todo el tiempo. Nombre no fue el último, pero fue el primero. Cambias su nombre aunque no quieras. Él es el símbolo de tu odio hacia todo lo que está mal en los hombres. Te engañaron. Nombre consiguió lo que quería de ti. Demasiadas veces. Demasiadas veces antes de que dejaras de volver. Simplemente paraste. Podrías haber parado después de la primera vez que te abrazó y te acarició antes de que tu madre te recogiera esa noche. La primera vez. Todavía no lo entiendes ni te perdonas por eso. Dejaste que un chico en una fiesta y un chico en un baile de octavo grado te metieran la mano debajo de la camisa. Te había gustado tanto esas veces. Había sido emocionante y feliz. Nombre no te hizo feliz. Regresaste. Quieres hablar de otra cosa ahora. No de los otros hombres que pensaron que tu cuerpo era su juguete. No de la vez que fuiste a Irlanda con tus tías y mamá. Extrañas a mamá. Fue un buen viaje. Volviste a eso muchas veces. Te sentaste a hablar de cosas de las que no hablas. En un viaje familiar a Adventureland le preguntaste a tu primo si se consideraba perder la virginidad si un chico te lo hacía en los pechos. Fingiste que era un chico lindo, no Nombre . Era difícil respirar con él sentado sobre tu torso empujando. A veces rompes cosas y gritas. Nunca cuando tu hijo está cerca. Tienes dos trabajos y realmente no te gusta el que paga más. Tu título universitario no cuenta mucho. ¿Cuánta vida se desperdicia en la desesperación, la duda y tomando el camino equivocado? Sientes alivio cuando finalmente termina. Odias cuando termina porque sabes que te está robando su máximo placer cuando tiene esposa. Actúa como si fuera un día más en el trabajo para mantenerte con su correa. Eres patética. Sus restos están dentro de ti cada vez que vuelves a casa después de cerrar con él. Solo otro día miserable en la vida. No dices nada. No se lo dices a nadie. No vales nada excepto como un recipiente para él. Tus padres te dicen cosas bonitas, sobre ti. Siempre lo han hecho. Tienen que hacerlo. No saben lo que realmente eres. Una vergüenza negra son las veces que sentiste placer en tu cuerpo mientras él te lo hacía. Al menos mientras permanecías callada e inmóvil había algo de dignidad. Desafío. Insulto para él. Cuando tu cuerpo y tu voz reaccionaban como si te gustara, era una traición. Como si te gustara ese revoltoso hombre encima de ti y dentro de ti, follándote en ese suelo de baldosas, besándote como un amante. Te hiciste amiga de un grupo de chicos a mediados de la secundaria. Más de un año después de que Nombre fuera más que una espina en tu alma. Un callo profundo. El grupo descubrió lo que eras. Jugaban al fútbol. Eran importantes y tenían una voluntad fuerte. Te compartieron y te pasaron de mano en mano. Te dijeron que Te amaban. Que eras la chica más genial. Tomaban lo que querían cuando querían. ¿Por qué? Nombre 2 era tu compañero de laboratorio de biología. Fue el primero. Era el único de tu edad. Fuiste en su coche a almorzar y conociste a otros. Te querían. Te ofreciste. Es para lo único que sirves. Para agotar su energía para que puedan ser felices y sentirse hombres. Para que tú puedas sentirte vacía y sucia. Incluso después de graduarse, se reunían para divertirse en grupo, o te hacían escaparte por la noche para dar una vuelta. Te dirigiste al oeste después de graduarte. Un nuevo comienzo. Un éxodo. Una huida. Fuiste a una reunión. La reunión de los diez años. Nombre 2 vino con su esposa. Te presentó como su exnovia. Dejaste que te llevara al baño de discapacitados y tuviera un rapidito. Después fuiste a los bares, dejaste a tu verdadero amigo y dejaste que Nombre 3 te llevara a su habitación de hotel para vivir sus fantasías solo porque afirmaba que siempre te había amado. Dicen Las personas atractivas tienen sexo con más frecuencia y con más parejas que las personas normales. La oscuridad detrás de esa afirmación es que, para las mujeres, no siempre es porque lo deseen, sino por la presión implacable de los hombres y cómo harán cualquier cosa si tienen la oportunidad. No eres una chica dulce e inocente. ¿Lo habrías sido si no hubiera sido por Nombre como quieres pensar? ¿Habrías dejado que tu primo mucho mayor, al que apenas conoces, te llevara con él al bosque detrás de su casa, a la cabaña donde fuma marihuana después de una boda? Luego, esperar allí a que llamara a sus amigos después de descubrir que eras una chica mala y esperarlos también. Matando moscas en tu ropa interior mientras los esperabas. No bebías porque tu madre no lo permitía, aunque los niños más pequeños que tú eran menores. Pero tu primo y sus amigos del barrio sí. Cuatro de ellos, contando a tu primo lo suficientemente mayor como para ser tu tío. Aun así, actuabas como si te gustara todo lo que hacían. Lo llevaron tan lejos como si fueras el mejor juguete del mundo. Estrella porno, te llamaban como si fuera lo mejor que podías ser. El sexo anal era Insoportable. Era más fácil simplemente lavarte todo el maquillaje que intentar arreglarlo después de todo el sudor y la sensación pegajosa. Sonrisas y halagos seguidos de la profunda sensación de vacío y aislamiento total en la camioneta de regreso a casa desde Kansas City. Odiando a Nombre y sintiendo que traicionaste a tu tía porque uno de ellos era su prometido. Contrajiste una infección y fue vergonzoso cuando el médico te lo dijo. Al menos era una doctora. La idea de un ginecólogo varón es inquietante. La única vez que te examinó uno fue aterradora. Estabas en la universidad. Era demasiado minucioso y hablador, como si estuviera preparándose para invitarte a salir, y decidiste que nunca más. El único que tuviste que no usó guantes para el examen de mamas. El examen vaginal digital más sensual que jamás tuviste para revisar el cuello uterino y los ovarios en busca de dolor. ¿Se suponía que su pulgar debía rozar tu clítoris? Incluso te preguntas si lo estaba grabando con su teléfono, ya que lo viste ajustarlo dos veces mientras asomaba por el bolsillo de su chaqueta. Bata de laboratorio. Su estúpido bigote de noviembre, te preguntó si te gustaba. Así que algunos días no comes. Haces ejercicio para mantener el cuerpo que ellos quieren. Te da valor para ellos. No eres nada. La gente siempre dice cosas bonitas. Cosas vacías. ¿Y si nunca hubieras conocido Nombre ? ¿Y si nunca te hubieran follado en el suelo por 3,45 dólares la hora? De espaldas, a cuatro patas, a veces incluso encima de él. Tu primer orgasmo en ese suelo que olía a leche rancia y lejía. Tener que decirle a tu madre que te recoja 45 minutos después de que cierre el local para tus tareas de limpieza. Usabas tampones solo para evitar que su semen se derramara de camino a casa. Fingías ser virgen cuando estabas lejos de serlo. Te dijo que no te preocuparas porque se había hecho la vasectomía. Esa parte debe haber sido cierta. No tienes citas aunque siempre intentan concertártelas. Ni hablar. Tu hijo es una buena excusa. Y una razón real. Amor verdadero. La Tierra gira en el espacio. ¿Por qué no puede simplemente...? ¿Congelarse y morir como yo? Tu jefe no llega hasta el final contigo porque no engañará a su esposa. Le das sexo oral porque él no cree que eso cuente. Preserva su pureza. Dice que lo desea tanto, como si pudiera tomar lo que quisiera de ti, pero es fuerte y valiente. No eres nada. Él es guapo. Dejas que te bese y te acaricie. Anhelas su contacto. No es un gran hombre, pero lo anhelas. Lo más parecido a un buen hombre que has conocido. Una figura paterna. Tu hijo necesita una figura paterna. Él lo es todo. Se merece algo mejor. Te ama. Te dice que eres una buena madre y que eso vale la pena soportar el mundo el tiempo que sea necesario. Pones buena cara, pero él sabe que estás vacía, en el fondo. Un pato herido que pretende ser un cisne. Siempre fingiendo. ¿No había fingimiento antes de Nombre ? Tal vez no. Los días comienzan y tu mente finge y es difícil y los días terminan. Malos sueños en ambos extremos. ¿Será un buen hombre? El Lo curioso es que quieres que sea un príncipe porque es tu príncipe, pero incluso si es como la mayoría de los hombres, quieres su felicidad absoluta. Quieres chicas guapas, buenos momentos y amigos fuertes para él. Existes para fingir y para que esos hombres disfruten de ti, pero sobre todo para darle a tu hijo la mejor vida posible, más allá de ti. No eres inútil. No es tu culpa. Eres más fuerte de lo que crees. Palabras vacías. Tienen que decirlo. Siempre lo han hecho. Sin creatividad. Sin perspicacia. Sin verdad. Solo palabras.

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  • La sanación no es lineal. Es diferente para cada persona. Es importante que seamos pacientes con nosotros mismos cuando surjan contratiempos en nuestro proceso. Perdónate por todo lo que pueda salir mal en el camino.

    Cada paso adelante, por pequeño que sea, sigue siendo un paso adelante. Tómate todo el tiempo que necesites para dar esos pasos.

    Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
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    Solo tú sabes lo que sientes, no dejes que nadie te diga que no es válido.

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    Contar eso sin derrumbarme

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    Aprender a vivir sin querer matarme

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    Cómo es posible ?

    En México se aproxima que al menos dos personas son violadas cada hora, esta cifra no la conocía hasta hace poco, cuando sufrí de abuso minimicé demasiado lo que me había pasado, pensaba, hay chicas que son violadas y torturadas, mueren o nunca más son encontradas, por que lo mío importaría? Soy hombre, como es que alguien puede creer que un hombre sufrió de abuso sexual? Verás, tengo 22 años, me encontraba en un día cualquiera, no hace demasiado lo había dejado con una pareja, y una “amiga” de la secundaria que alguna vez fue mi ex me escribió, respondió una historia en Instagram y empezamos a hablar, tenía mucho tiempo de haberla visto por última vez, me dijo que te parece si nos vemos el lunes ? Yo accedí y le dije claro vayamos por un café, ella vive sola por lo que la idea de ir a su casa y comer no me parecía mala, como dos adultos maduros, ella dijo vayamos a un café y le dije está bien, estaríamos dos horas en el café por que ella después tenía que irse a un compromiso y yo tenía un trámite que realizar, a la mitad del café su madre le marcó y canceló su compromiso, por lo que ya no tenía que irse, después de eso fuimos a un bar cercano, bebimos un par de tragos y jugamos alguna partida de billar, mientras jugábamos ella me Seducía y besaba, lo que al inicio no me pareció desagradable, pasando un rato decidimos ir a su casa, llegamos y evidentemente la idea era besarnos, tener un faje e irnos, yo no llevaba preservativos y tampoco quería llegar a más por que tenía dudas, aún no sabía si yo quería volver con mi ex así que tapo o quería ir más allá, llegamos a su cuarto y empezamos, besos, roces y un poco de toqueteo, empezamos a desvestirnos y yo decidí no bajar mi pantalón, ella insistió y con incomodidad dije bueno, me quedé en ropa interior y seguimos besándonos, después de eso ella se subió encima de mí, esta chica no era más pesada que yo pero si era pesada, al subirse sentí algo raro y es que no estaba encima de mi pelvis si no de mi abdomen, me siguió besando y en algún punto me quedé sin aire, si bien podía respirar, me sentía muy débil como para moverla, ella me dijo quiero que lo metas, a lo que yo respondí NO, no tengo preservativos y la verdad prefiero no hacerlo así, ella me dijo que tenía el implante por temas de salud, que no quedara embarazada, inmediatamente dije NO importa, el embarazo no es lo único que me preocupa, no tengo preservativos tal vez otro día, ella no dijo nada y siguió besándome, después de un rato ella bajó su mano, sacó mi pene y yo intenté quitar sus manos, le dije basta no quiero, ella parecía no escuchar a lo que yo dije espera es que no te va a gustar, hace poco tuve una infección y es mejor así, me dijo ah sí que infección ? Yo no supe qué contestar al momento y ella dijo es mentira, lo metió, se sentó por completo y después de unos pocos segundos eyacule, incómodo le dije ya, ya me vine no se puede más, pese a ello ella se quedó sentada encima de mi, exactamente en la misma posición, le dije bueno ya terminamos muévete por favor, ella me dijo que no que había sido muy rápido y que aún no estaba satisfecha, yo le dije que tal vez otro día, ella notó mi cara de incomodidad y me dijo que pasa? Yo le dije tengo muchas cosas en la mente puedes moverte ? Siguió sin hacerme caso y me dijo no puedo quedar embarazada y si te preocupa hace un año que no estoy con alguien, yo no tengo nada, le dije al momento no es eso, sin más ideas le dije me estoy quedando sin aire ella se movió un poco de lado y cuando pude respirar fui capaz de moverla, me empecé a vestir y ella aún desnuda agarró mi ropa la abrazó y no quería dármela, empezó a decir entonces me vas a abandonar? Me dejarás aquí desnuda, anda déjame limpiártelo con la boca, espera un poco y sigamos o duerme aquí, yo le dije que era tarde que tenía que regresar a casa y que no podía quedarme, aún con mi ropa en sus brazos y sin querer dármela le dije bien volveré otro dia, ella dijo está bien pero ese día te quedarás, le dije que sí que no había problema, solo entonces soltó mi ropa y me la dio, me vestí y salí de ahí, subí a un taxi y comencé a escribirle a mi mejor amiga, en ese momento me sentía estúpido y jamás me había sentido tan vulnerable, no dejaba de culparme y decirme una y otra vez si no hubieses ido todo estaría bien, lo hablé con mi mejor amiga y mi psicóloga, más tarde con una asociación de apoyo y todos dijeron lo mismo fue “violacion” detuve mis lágrimas y empecé a decirme a mí mismo, no puedes ser tan tonto, empecé a minimizarlo, y como dije al inicio me repetía, hay chicas que no regresan, son drogadas, violadas y torturadas, nunca son encontradas, tú fuiste a su casa, tu bebiste con ella tú accediste a un faje, como es que lo llamas abuso? Sin embargo sigo sintiéndome culpable, me siento vacío, solo y con mucho miedo, miedo a una ets, miedo a contarlo, e incluso miedo a admitirlo, no puedo evitar pensar que tal vez yo fui el culpable, que no debería estarme quejando y que al contarlo simplemente dirán por qué te quejas de ello ?

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    🇭🇺

    Sanar significa desapegarse del trauma.

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    🇦🇷

    La batalla no ha terminado, pero sigo en pie.

    Mi historia comienza mucho antes del día en que finalmente escapé. Tenía 18 años cuando conocí al hombre que se convertiría en el padre de mis hijos. En ese entonces, era joven, inexperta y aún intentaba comprender quién era y qué quería para mi vida. Había crecido en país , pero debido a que mi padre había trasladado a nuestra familia a país cuando yo era pequeña, me encontré construyendo mi vida adulta en un país que nunca sentí realmente como mi hogar. A los 19 años, quedé embarazada de mi primer hijo. El embarazo fue inesperado, pero estaba decidida a hacer todo lo posible para ser una buena madre. Me habían inculcado fuertes convicciones personales sobre el embarazo y la maternidad, y tomé la decisión de continuar con mi embarazo y dar la bienvenida a mi hijo al mundo. En ese momento, creía que formar una familia traería estabilidad y felicidad. Creía que convertirnos en padres sacaría lo mejor de ambos. En cambio, el abuso comenzó durante mi embarazo. El primer incidente que recuerdo con claridad ocurrió cuando tenía ocho meses de embarazo de mi hijo. Trabajaba porque necesitábamos dinero para prepararnos para la llegada del bebé. Un día, mientras volvía a casa del trabajo, empecé a sentir un dolor intenso y malestar físico. Mi cuerpo se estaba preparando para el parto y me costaba caminar. En un momento dado, sentí que las caderas me fallaban y tuve que detenerme y agarrarme al borde de un puente mientras la gente a mi alrededor me preguntaba si estaba bien. Tenía ocho meses de embarazo, se notaba que me costaba mucho, y la gente a mi alrededor se mostró preocupada. Pero cuando mi teléfono empezó a llenarse de llamadas perdidas y mensajes de mi pareja, su primera reacción no fue de preocupación. Solo llegué unos 15 minutos tarde. En lugar de preguntarme si estaba bien, me acusó de estar con otro hombre. Sabía que había estado en el trabajo, pero supuso lo peor y me exigió explicaciones de dónde había estado. En ese momento, no reconocí esto como maltrato. Era joven y no entendía que los celos, las acusaciones y el comportamiento controlador eran señales de alerta. Cuando llegué a casa, encontré nuestra habitación destrozada. Mis libros, que eran increíblemente importantes para mí, estaban tirados por todas partes, dañados y arruinados. Siempre he sido lectora y también escritora, así que esos libros representaban años de recuerdos y una parte de lo que era. Objetos que me importaban habían sido destruidos. Cosas con valor sentimental se rompieron. Recuerdo sentirme como si hubiera entrado en un campo de batalla. Intenté explicarle lo que había pasado. Intenté hacerle entender que no había hecho nada malo. En cambio, se enfadó cada vez más. Su rostro cambió, empezó a gritar y se volvió físicamente agresivo. Durante esa discusión, me empujó cuando tenía ocho meses de embarazo. En ese momento, no entendía las consecuencias médicas de lo sucedido. Unos días después, durante una cita de rutina, los médicos descubrieron que tenía un desgarro en la bolsa amniótica y casi nada de líquido amniótico. Me enviaron inmediatamente al hospital. Mi hijo nació prematuramente después de un parto inducido que duró aproximadamente 17 horas. Nació con graves complicaciones y llegó al mundo luchando por la falta de oxígeno. Recuerdo estar agotada como nunca antes. Recuerdo sentirme sola. Recuerdo que me presionaron para seguir adelante cuando casi no me quedaban fuerzas. Cuando nació mi hijo, pensé que la experiencia lo cambiaría todo. Pensé que convertirse en padre le haría comprender la importancia de proteger a nuestra familia. Quería creer que podía cambiar. Así que me quedé. Intenté que funcionara. Pero el patrón continuó. Después del nacimiento de mi hijo, mi vida se centró en protegerlo y en intentar crear un hogar estable. Era una madre joven que intentaba equilibrar todo: trabajar, cuidar de un recién nacido y tratar de comprender cómo manejar una relación que se volvía cada vez más aterradora. Al principio, seguía esperando que el incidente durante mi embarazo fuera un hecho aislado. Quería creer que había perdido el control por estrés, miedo o inmadurez. Quería creer que, una vez que tuviéramos a nuestro hijo, se convertiría en el compañero y padre que esperaba que fuera. En cambio, el comportamiento continuó y poco a poco se convirtió en parte de mi vida diaria. Con los años, el abuso adoptó muchas formas. No era solo físico. Había insultos constantes, gritos, intimidación y ataques emocionales. Me llamaban con nombres degradantes y me hacían sentir que no valía nada. También hubo insultos racistas que me afectaron profundamente. Poco a poco, mi confianza se fue minando. Al mismo tiempo, intentaba ser la mejor madre posible. Mi hijo comenzó a tener serios problemas de salud. Cuando tenía alrededor de dos años, tuvo su primera convulsión. Al principio, los médicos creyeron que estaba relacionada con la fiebre, pero las convulsiones continuaron durante toda su infancia. Cuando tenía alrededor de ocho años, sufrió una convulsión grave que causó gran preocupación y llevó a los médicos a descubrir que tenía epilepsia. Recuerdo cargarlo y correr por las calles tratando de encontrar transporte para que recibiera atención médica de emergencia. Ya era más de la mitad de mi tamaño, pero en ese momento, nada de eso importaba. Yo era su madre y necesitaba conseguirle ayuda. Después de más evaluaciones, supimos que mi hijo era autista. Comenzamos a notar diferencias en su forma de aprender, sus habilidades de escritura, su sensibilidad y los desafíos que enfrentaba en comparación con otros niños. En lugar de recibir paciencia y comprensión, mi hijo a veces era insultado por su padre debido a sus diferencias. Lo llamaban con apodos y lo hacían sentir inferior. Esa fue una de las cosas más difíciles para mí como madre. Podía soportar muchas cosas dirigidas hacia mí, pero ver a mi hijo sufrir emocionalmente era devastador. Intenté irme varias veces. Cuando mi hijo tenía unos cinco años, llegué a un punto en el que supe que no podía seguir viviendo de la misma manera. Decidí separarme de su padre. Intentamos establecer un acuerdo de custodia compartida, pero como vivíamos en el mismo país sin una red de apoyo sólida, la separación fue mucho más complicada que simplemente irme. Estaba aislada. Mis relaciones familiares ya eran difíciles y no tenía una red de apoyo confiable a mi alrededor. Muchos de mis amigos no sabían la magnitud de lo que estaba sucediendo. Me había acostumbrado a ocultar lo que pasaba porque sentía vergüenza y porque no sabía quién podría ayudarme. Durante este período, viví algunos de los incidentes más aterradores de mi vida. Uno de ellos ocurrió después de que él revisara mi teléfono y encontrara mensajes inocentes de alguien a quien había conocido en la adolescencia. Eran conversaciones sencillas, pero él las interpretó como una traición. Se enfureció. Me agarró, me arrastró por la casa, me tiró del pelo y me obligó a salir mientras me gritaba. La fuerza con la que me tiró del pelo fue tan fuerte que me arrancó el cuero cabelludo, dejándome una calva que aún conservo. Tiró dinero a la calle y me dijo que buscara un hotel porque ya no podía quedarme allí. Lo que hizo la situación aún más dolorosa fue que yo era quien pagaba la casa. Denuncié lo sucedido. Los inquilinos ya no querían que viviera allí después de lo ocurrido, y esto se convirtió en otro intento de alejarme de él. Pero irme nunca fue fácil. Los años que siguieron fueron un ciclo de intentar irme, de intentar protegerme a mí misma y a mis hijos, y de intentar sobrevivir a las consecuencias de cada intento. Durante el tiempo que el padre de mi hijo y yo estuvimos separados, intenté mantener una vida lo más normal posible para él. Quería que tuviera estabilidad. Quería que se sintiera querido y protegido a pesar de todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Pero incluso después de la separación, el control no terminó. Una de las partes más dolorosas de mi experiencia fue darme cuenta de que terminar la relación no significaba automáticamente que me librara de él. El abuso emocional, la intimidación y el miedo continuaron. Hubo una noche durante ese período que cambió mi vida para siempre. Me habían invitado a salir con una amiga. Era una de las primeras veces en años que salía a algún lugar con amigos. No era una persona que saliera a menudo. Normalmente estaba en casa cuidando a mi hijo, trabajando o lidiando con todo lo que sucedía en mi vida. Muchas de las personas allí pertenecían al mismo círculo social que el padre de mis hijos, porque compartíamos muchos amigos. Tomé una copa esa noche, una bebida sin alcohol porque nunca he sido de beber mucho. Poco después, tanto mi amiga como yo empezamos a sentirnos inusualmente mareadas y mal. La sensación no era normal, sobre todo porque se suponía que la bebida no contenía alcohol. Recuerdo sentirme insegura y decidir que lo mejor era irme. Me aseguré de que mi amiga llegara a casa sana y salva primero. Durante el trayecto en taxi, intenté estar atenta a mi entorno. Intentaba mantener la calma, estar alerta y asegurarme de llegar a casa sana y salva. Al llegar, descubrí que el padre de mis hijos estaba allí. Todavía tenía las llaves de cuando vivíamos juntos. No recuerdo todo lo que pasó después de que entrara. Recuerdo sentirme confundida y desorientada, y lo siguiente que recuerdo con claridad es despertar al día siguiente y darme cuenta de que estaba en mi cama. Aproximadamente cuatro semanas después, supe que estaba embarazada. Me costó mucho asimilar lo sucedido porque no entendía cómo había quedado embarazada. Sentía mucha confusión, miedo y dolor. Debido a mis creencias personales y a que el aborto no era una opción legal, decidí continuar con el embarazo. Nació mi hija, y una vez más intenté creer que esto podría ser un punto de inflexión. Su padre me dijo que, como ahora teníamos dos hijos juntos y él asistía a reuniones organización y trataba de cambiar, deberíamos darle otra oportunidad a nuestra familia. Quería creer que la gente podía cambiar. Quería que mis hijos tuvieran una familia. Así que lo intentamos de nuevo. Nos mudamos a un apartamento conectado a su familia, con la esperanza de que vivir en un lugar diferente creara un entorno más seguro. Por un corto tiempo, las cosas mejoraron. Pero finalmente, los mismos patrones regresaron. La ira regresó. Los insultos regresaron. La violencia regresó. Comenzó a abofetearme, tirarme del pelo, escupirme y atacarme verbalmente de nuevo. Me encontré de nuevo en el mismo ciclo del que había estado tratando desesperadamente de escapar. Denuncié los incidentes a las autoridades varias veces. Busqué ayuda. Documenté lo sucedido. Pero cada vez, sentí que las consecuencias recaían principalmente sobre mí. Cada vez que lo denunciaba, tenía que lidiar con las consecuencias. Tenía que preocuparme por las represalias. Tenía que preocuparme por mis hijos. Tenía que preocuparme por si buscar protección realmente nos haría más seguros. Con el tiempo, comencé a perder la esperanza de que el sistema me protegiera. El abuso también afectó todas las demás áreas de mi vida. Tenía oportunidades por las que trabajé muchísimo, pero mantenerlas se volvió casi imposible. Tenía un trabajo en una empresa de software donde enseñaba a estudiantes, algo de lo que estaba orgullosa y que me apasionaba. Trabajé allí durante dos años. Pero él creaba situaciones en las que llegaba tarde, interfería con mi capacidad para mantener mi horario e incluso aparecía en mi lugar de trabajo. Finalmente, después de luchar por mantener todo en orden, perdí ese trabajo. Fue devastador. No solo perdía el empleo, sino también partes del futuro que había estado tratando de construir. Aun así, seguí trabajando. Seguí cuidando a mis hijos. Seguí defendiendo a mi hijo durante sus problemas médicos. Estaba agotada, pero seguí adelante. Porque mis hijos me necesitaban. Para entonces, había pasado años tratando de encontrar una salida. Trabajaba constantemente, ahorraba todo el dinero que podía y trataba de crear algún tipo de seguridad para mis hijos. Sabía que si alguna vez quería irme de verdad, necesitaba un lugar donde pudiéramos estar seguros y estables. Antes de la pandemia, logré ahorrar suficiente dinero para comprar un pequeño apartamento que pertenecía a su madre. Ella ya no lo usaba y accedió a vendérmelo. Pagué aproximadamente cantidad por él y trabajé horas extras para poder hacerlo posible. Invertí mi propio dinero en restaurarlo y convertirlo en un hogar para mis hijos. Para mí, ese apartamento representaba algo mucho más grande que un lugar para vivir. Representaba la independencia. Representaba la posibilidad de que algún día por fin pudiera tener una vida que me perteneciera. Pero la pandemia lo cambió todo. Cuando empezó la COVID, me vi obligada a pasar dos años confinada con la persona de la que había intentado escapar durante años. El aislamiento lo empeoró todo. No había adónde ir, menos gente a la que recurrir y ninguna manera fácil de crear distancia. El maltrato continuó delante de mis hijos. Oían los gritos. Veían las discusiones. Veían a su madre siendo herida y humillada. Como madre, una de las cosas más dolorosas fue ver cuánto les afectaba. Intentaba protegerlos mientras sentía que no tenía salida. Durante este tiempo, llegué a un punto en el que dejé de cuidarme. Dejé de preocuparme por mi aspecto. Dejé de sentirme como la persona que había sido antes. Pero nunca dejé de ser madre. Incluso cuando me sentía destrozada, seguí trabajando. Continué asegurándome de que mi hijo recibiera la atención médica que necesitaba para su epilepsia y autismo. Lo apoyé en la escuela. Lo ayudé a aprender. Lo defendí cuando tenía dificultades. Más tarde, también le diagnosticaron artritis juvenil, lo que añadió otro desafío médico a una vida que ya se sentía abrumadora. Tenía que asumir las responsabilidades de criar a dos hijos, atender sus necesidades médicas, trabajar y sobrevivir al abuso al mismo tiempo. Me sentía ahogada, pero seguía adelante. Durante esos años, intenté repetidamente encontrar ayuda. Me puse en contacto con mi padre. Le mostré pruebas de lo que estaba sucediendo. Le mostré informes policiales. Le pregunté si mis hijos y yo podíamos tener un lugar seguro adonde ir. Pero debido a las complicadas relaciones familiares y circunstancias, no recibí el apoyo que necesitaba en ese momento. Tampoco tenía muchos amigos a quienes recurrir. Los años de aislamiento me habían afectado profundamente. Mucha gente a mi alrededor no entendía la realidad por la que estaba pasando, y sentía que no tenía a dónde ir. Ya había intentado irme antes. Varias veces. Pero cada intento terminaba con él encontrando la manera de volver a mi vida. Sabía cómo convencerme de quedarme. Sabía cómo crear situaciones en las que irme parecía imposible. Sabía que tenía opciones limitadas porque estaba en país , sin mis documentos, sin una red de apoyo sólida y con hijos cuyas vidas estaban ligadas al país. Finalmente, comencé a planear mi escape con más cuidado. Sabía que si intentaba irme sin preparación, podía ponerme a mí y a mis hijos en mayor peligro. Fue entonces cuando el control se intensificó. Empezó a quitarme las cosas que hacían posible irme. Uno de los ejemplos más devastadores fue mi pasaporte. Tomó mi pasaporte de país y lo destruyó. Sin mi pasaporte, mi capacidad para viajar, reemplazar documentos y salir del país se volvió aún más complicada. Mi equipo de trabajo también fue destruido, incluyendo mi computadora portátil, de la que dependía profesionalmente. No eran solo objetos. Eran herramientas que representaban mi independencia. Quitarlas significaba quitarme la capacidad de reconstruir. Me sentía atrapada. Había pasado años tratando de sobrevivir, y llegué a un punto en el que entendí algo claramente: si me quedaba, no sabía si sobreviviría. Había recibido amenazas. Temía lo que pasaría si realmente me iba. Temía lo que él pudiera hacer si sentía que perdía el control. Pero también sabía algo más. Mis hijos me necesitaban viva. Necesitaban que siguiera luchando. Y esa se convirtió en la razón por la que continué. A finales de 2024, supe que estaba llegando al límite de lo que podía soportar. Durante años, había intentado sobrevivir en una situación en la que me sentía atrapada. Había intentado irme. Había intentado pedir ayuda. Había intentado trabajar más, ahorrar dinero, documentar lo que sucedía y crear un futuro para mis hijos. Pero estaba agotada. Había aprendido que a veces irse no es un momento único. A veces es un largo proceso de preparación silenciosa, esperando la oportunidad más segura e intentando protegerme a mí misma y a mis hijos mientras vivo con alguien que ha demostrado repetidamente que no respetará mis límites. Durante este tiempo, el dinero era otra forma en que me controlaban. Hubo muchas ocasiones en las que se iba durante días, llevándose dinero consigo, dejándome a cargo de los niños y del hogar sin recursos suficientes. Hubo momentos en que tuve que depender de su familia para conseguir comida porque no tenía otra opción. Anteriormente había ayudado a abrir una cuenta de tarjeta de crédito como respaldo porque necesitaba una forma de mantener a mis hijos en esos momentos. Cuando él no estaba y necesitaba comida o artículos de primera necesidad, la usaba y luego la pagaba poco a poco. No la usaba como un lujo. Intentaba asegurarme de que mis hijos tuvieran comida y sus necesidades básicas cubiertas. Cuando descubrió que había estado usando la tarjeta y pagándola a plazos, se convirtió en otra fuente de conflicto y otra situación que terminó en violencia. Tres días después de Navidad de 2024, todo llegó a un punto crítico. Se enfureció muchísimo y decidió echarme de la casa. La casa de la que me obligó a ir era la casa por la que había trabajado. La casa que había pagado. La casa que había restaurado y creado para mis hijos. Metió mi ropa en dos bolsas de basura y las tiró afuera. Luego me obligó a irme. Grabé lo que estaba sucediendo porque sabía que necesitaba documentación. Recuerdo haber dicho repetidamente que me iría, pero que no me iría sin mis hijos. Eso era lo único en lo que no estaba dispuesta a ceder. No me iría y dejaría a mis hijos atrás. Cuando intenté volver a entrar porque mis hijos querían irse conmigo, cerró la puerta de metal y me lastimó el brazo. Fui a la comisaría cercana porque necesitaba ayuda. Expliqué que me estaba impidiendo ver a mis hijos y describí lo sucedido. Pero me dijeron que, como era su padre biológico, no podían hacer nada en ese momento. Me fui devastada. El sistema que esperaba que me protegiera no me estaba brindando la seguridad inmediata que necesitaba. Fue entonces cuando llamé a mi padre. Nuestra relación había sido complicada durante muchos años. Había habido distancia entre nosotros y muchos problemas familiares que habían afectado nuestra relación. Pero durante ese tiempo, seguí preocupada por él. Después de que se separó de su esposa, lo visitaba en secreto cuando podía. Le llevaba comida, le preparaba comidas adicionales y lo cuidaba porque sentía que estaba sufriendo y aislándose. Esta vez, cuando lo llamé y le conté lo sucedido, algo cambió. Por primera vez, pronunció las palabras que tanto necesitaba oír: «Ven aquí. Puedes quedarte aquí». Ese momento cambió mi vida. Me mudé con mi padre y comencé a reconstruir. Trabajé más duro que nunca. Me centré en sanar. Comencé terapia. Mi padre me ayudó a pagar mi primer mes de terapia, lo cual se convirtió en un paso importante para empezar a recuperarme de años de trauma. Poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. Recibí dos ascensos en el trabajo. Comencé a recuperar la confianza en mí misma. Comencé a recordar que no solo era una superviviente. Era una persona con habilidades, sueños, inteligencia y un futuro. Y lo más importante, seguí luchando por mis hijos. Aunque logré crear un entorno más seguro para mí, la situación con mis hijos seguía siendo complicada. Su padre seguía intentando usar las exigencias económicas y el acceso a los niños como una forma de controlarme. Me exigía que le pagara grandes sumas de dinero, incluyendo la manutención infantil y otros gastos. Más tarde, descubrí que algunos de los pagos de los que decía ser responsable en realidad no se estaban realizando. Continué documentándolo todo. Continué luchando. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó. Me pidieron que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera del aula y no había estado participando. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que la escuela sabía que algo andaba mal. Al principio, creyeron que estaba sufriendo por la separación de sus padres. Pero entonces llegó mi hijo. Lloraba desconsoladamente. Estaba abrumado y apenas podía comunicar lo que había sucedido. Finalmente, le dijo al personal de la escuela que su padre lo había pateado en el pecho y que no podía respirar. Para un niño con epilepsia y autismo, el estrés y el trauma extremos pueden tener graves consecuencias. La escuela me dijo que no podían enviar a mis hijos a casa con su padre ese día. Me dijeron que necesitaba obtener la custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que me llevé a mis hijos a casa. Ese día, supe que no podía seguir esperando que las cosas mejoraran. Tenía que protegerlos. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó y me pidió que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera de su aula y no había participado en las clases ese día. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que el personal de la escuela enseguida se dio cuenta de que algo no andaba bien. Al principio, creyeron que podría estar sufriendo emocionalmente debido a la separación de sus padres. Pensaron que tal vez estaba asimilando los cambios que se estaban produciendo en nuestra familia. Pero entonces me hablaron de mi hijo. Mi hijo llegó a la escuela ese día llorando, abrumado e incapaz de calmarse. Debido a su autismo, comunicarse en momentos de estrés extremo puede ser especialmente difícil para él. El personal de la escuela lo llevó a la oficina del director para que pudieran entender lo que estaba pasando. Fue entonces cuando reveló que su padre le había dado una patada en el pecho y que no había podido respirar. Escuchar eso fue devastador. Mi hijo ya vivía con epilepsia y autismo, y yo sabía lo vulnerable que era al estrés y al trauma extremos. Había dedicado años a defender sus necesidades médicas, su educación y su bienestar emocional. La idea de que estuviera experimentando miedo en el lugar donde se suponía que debía estar seguro era insoportable. La escuela me dijo que no podían permitir que mis hijos volvieran con su padre ese día sin tomar medidas adicionales. Me dijeron que necesitaba tomar medidas de custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y que, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que llevé a mis hijos a casa. Ese día, me di cuenta de que ya no podía esperar que las cosas mejoraran por sí solas. Después de llevar a mis hijos a casa, mi enfoque cambió por completo. Durante años, había estado tratando de sobrevivir mientras protegía a mis hijos. Había dedicado mucho tiempo a intentar evitar que las situaciones empeoraran, a intentar mantener la paz y a intentar encontrar una salida en circunstancias en las que me sentía atrapada. Pero después de lo que sucedió en la escuela, comprendí que algo había cambiado. Esperar a que las cosas mejoraran ya no era una opción. Mis hijos necesitaban estabilidad. Necesitaban seguridad. Necesitaban una madre dispuesta a seguir luchando por ellos. Inmediatamente comencé a tomar medidas para protegerlos legalmente. Reuní la documentación que había acumulado a lo largo de los años, incluyendo informes policiales, mensajes, grabaciones, fotografías y otras pruebas que mostraban la historia de lo sucedido. Aprendí por experiencia dolorosa que decir la verdad no siempre era suficiente. Necesitaba documentación. Necesitaba registros. Necesitaba pruebas que mostraran el patrón de comportamiento y no solo un momento aislado. Durante este tiempo, seguí reconstruyendo mi vida. Después de años de control, aislamiento y de sentirme impotente, poco a poco descubría que era capaz de valerme por mí misma. Tenía un hogar para mis hijos. Tenía trabajo. Contaba con el apoyo de mi padre. Había empezado terapia. Estaba empezando a encontrar a la persona que había sido antes de que años de abuso me arrebataran tanto. Pero el conflicto con su padre no terminó. Incluso después de la separación, siguió encontrando maneras de mantener el control mediante la presión económica, las exigencias relacionadas con los niños y los constantes intentos de interferir en mi vida. Continué documentándolo todo. Quería que el sistema legal comprendiera la situación completa: no solo un evento, sino los años de abuso, intimidación y control que nos habían llevado a ese punto. Entonces la situación se agravó de nuevo. Después de años de abuso, separación y conflicto, su comportamiento se volvió cada vez más aterrador. Durante aproximadamente un mes, sufrí un intenso acoso y persecución. Me sentía vigilada e insegura. Temía que perder el control de la situación lo llevara a intensificar su comportamiento y que estuviera intentando volver a mi vida. Esta vez, me negué a guardar silencio. Guardé mensajes. Conservé pruebas. Documenté lo que estaba sucediendo. Contacté a las autoridades cuando necesité ayuda. Durante años, me pregunté si alguien me creería de verdad. Ya había denunciado abusos antes. Ya había acudido a las autoridades antes. Ya había presentado pruebas antes. Pero cada vez, sentía que me quedaba con las consecuencias de intentar buscar protección. Esta vez, seguí adelante porque mis hijos merecían estar seguros. Finalmente, la situación llegó a los tribunales. Presenté las pruebas que había reunido durante años, junto con las pruebas del acoso y persecución más recientes. El proceso legal fue extremadamente difícil. En un momento dado, el caso estuvo a punto de ser desestimado a pesar de la cantidad de pruebas que había aportado. Me negué a rendirme. Apelé la decisión y seguí luchando para que se escucharan mis preocupaciones. Finalmente, me concedieron una orden de alejamiento total. Ese momento fue significativo para mí. No era solo un documento legal. Era un reconocimiento. Reconocimiento de que lo que había vivido importaba. Reconocimiento de que mi miedo se basaba en hechos reales. Reconocimiento de que tenía derecho a protección. Aunque el resultado no fue exactamente el que esperaba, al fin hubo intervención legal. En lugar de ir a prisión, su familia intervino y lo internaron involuntariamente en un centro psiquiátrico. Si bien no era el resultado que esperaba, el tribunal reconoció que la situación requería una intervención seria y me concedieron protección mediante la orden de alejamiento. Pero incluso con esa protección, mi lucha no había terminado. Porque mis hijos y yo seguíamos en país . Y ya no luchaba solo para escapar del abuso. Luchaba para traer a mis hijos a casa. Durante este nuevo capítulo de mi vida, conocí a mi marido. Él entró en mi vida después de que yo ya hubiera sobrevivido a años de abuso, aislamiento y miedo. Vio por lo que había pasado y me apoyó mientras me reconstruía y luchaba por mis hijos. Por primera vez en muchos años, experimenté lo que se siente tener a alguien a mi lado que me cree, me apoya y desea un futuro seguro para mis hijos y para mí. Ahora nos espera en estado mientras seguimos lidiando con el proceso legal que nos separa de estar juntos como familia. Mi sueño siempre ha sido simple: un hogar seguro. Una vida estable. Un futuro donde mis hijos puedan crecer sin miedo. Pero debido a que nuestra situación trasciende fronteras internacionales, el proceso es complicado. Mi hijo tiene la posibilidad de obtener la ciudadanía de país a través de su conexión con país mediante el proceso legal correspondiente. La situación de mi hija es más complicada porque es ciudadana de país , y traerla a país requiere cumplir con requisitos legales adicionales. Así que, incluso después de escapar del peligro inmediato, la batalla continuó. Escapé de la relación. Sobreviví al abuso. Pero sigo luchando para que mis hijos regresen a casa.

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    De un sobreviviente
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    Usted no está solo

    No estás solo No estás solo. A muchos nos arrebataron mucho personas que priorizaron sus instintos básicos sobre nuestra cordura. Sufrimos por sus momentos de felicidad y dominio. Nos culpamos de su enfermedad. Su patología. Somos un ejército. Eso es lo que estas historias nos enseñan. Nos muestran que somos legión. Somos fuertes. Nuestras reacciones psicológicas de miedo, desconfianza y odio no son locas. Son normales. También es normal, pero no fácil, salir juntos de la oscuridad. Crecí en un gran bloque de pisos de bajos recursos que parecía un pueblo. Mi madre trabajaba y nos desenvolvíamos solos. En invierno, nadie esperaba que nos vieran si salíamos. Estábamos en un piso haciendo el tonto con unos niños o un vecino, y todo salía bien. Perdí la virginidad a los once años con un amigo de mi hermano mayor que cursaba décimo. Pero no fue un problema porque, por desgracia, no era raro allí. Soy mitad brasileña por parte de mi padre ausente y me consideraban bastante exótica y en forma. Mis características sexuales secundarias se desarrollaron pronto. Era razonablemente cuidadosa y tenía el control. El verdadero abuso comenzó años después, cuando nos mudamos a una casa decente con él. Era el hombre soñado de mi madre. Era perfecto para un hombre de mediana edad. Para entonces, mi hermano ya no estaba con nosotros porque se fue a trabajar a Alaska en un barco pesquero. Era exmilitar y al principio parecía un buen hombre. Yo era un poco problemática y demasiado descarada, y mi madre le dio carta blanca para disciplinarme como a mi padre. No llevábamos allí ni una temporada completa cuando empezó a tratarme como a una fulana. Lo de los azotes ya lo sabía mi madre y le parecía gracioso, incluso teniendo quince años. Me daba azotes en el trasero desnudo incluso cuando ella estaba en casa. Decía que siempre había necesitado la mano de un hombre para tapar mis asperezas. Era vergonzoso, humillante, pero nada comparado con lo que hacía él cuando mi madre no estaba. Para no entrar en detalles, él pronto llegó a un punto en el que yo iba a tener su carga siempre que tuviera la oportunidad. Como él me mandaba el horario, se aseguraba de que hubiera oportunidades regulares. Era mi INFIERNO y él era el Príncipe de las Tinieblas. Era rudo, pero tenía cuidado de no dejar marcas. A menos que el tiempo apremiara, tenía que ducharme primero. A veces, después, había algo específico que ponerme, como un disfraz, lencería o mi uniforme de baloncesto. La irritante anticipación de lo que vendría después era la verdadera tortura. Él me decía: "Elige un agujero". ¡Mis agujeros! Mi boca era uno, mi boca dos, y pensarías que nunca elegiría tres. Pero te equivocas. Lo odiaba. Soy muy sensible sexualmente y si elegía uno, parecía que me encantaba, y si elegía dos, estaba trabajando para complacerlo. Tres era la forma en que podía encerrarme y prepararme sin que él me viera sonreír, incluso si lo miraba. Cuando el odio era fuerte, elegía tres. Compartimenté esa pequeña pero brutal parte de mi vida para mi madre. Eran solo de treinta a ciento veinte minutos a la semana, de 10.080 minutos. Y entonces no veía otra salida. Mamá, por primera vez, vivía una vida feliz. Podría haber ganado un BAFTA por lo cómoda y contenta que me sentía con ella. Me destrozaba que mi miedo a molestarlo hiciera parecer que él había suavizado mis asperezas y me había convertido en una dama de verdad. Mantuve mis buenas calificaciones y seguí en el equipo de netball a pesar de ser la más bajita. Seguí adelante. Desarrollé la costumbre de clavarme las puntas del portaminas en la piel y morderme las uñas para provocarme dolor. Tuve un novio por un corto tiempo. Iba a los bailes. Mi casa era mi infierno, así que hacía todo lo que él me permitía para estar en cualquier otro lugar. No podía trabajar, pero él obligaba a mi madre a conservar su trabajo para poder tenerme. En mis cumpleaños, me salía con la mía para tener una noche de chicas con mi madre. Solo tuve dos cumpleaños antes de librarme de él. La universidad costaba 1000 libras y cuando él la pagó, no sabía que ya no iba a ser su fulana. Tenía una amiga que vivía mucho más cerca de mi universidad. Tenían una habitación libre porque un hermano mayor se había mudado. Con diecisiete años, él no podía obligarme a vivir con ellos si tenía otro alojamiento seguro. Acepté un trabajo y pagué el mísero alquiler. Me volvió a tener cuando dormí en su casa en Nochebuena. Probablemente drogó a mi madre para que no volviera a dormir. Me aseguré de que no volviera a tener otra oportunidad. En mis clases de portugués conocí a un hombre que vivía en Portugal y me invitó a quedarme con él todo el tiempo que quisiera sin pagar alquiler. Terminé un año de bachillerato y me fui a Portugal. Tuve relaciones fugaces con el hombre con el que me quedé, pero él viajaba a menudo; ambos teníamos nuestras propias cosas. Por aquel entonces trabajaba de camarera en un restaurante de comida americana. Hablaba con mi madre por teléfono casi todos los días. Vino una vez, con él. La echaba de menos e intentaba no mostrarle mi pena por haberme visto obligada a separarme de ella. Verlo fue horrible, pero lo contuve como un cáncer. Me ayudó a consolidar mi decisión. Viajé con una amiga a Florida y conseguí trabajo como camarera en un restaurante elegante. Solicité una visa de trabajo y la conseguí al segundo intento. Ahora tengo treinta y ocho años. Hace solo tres años me enfrenté a mis demonios porque leí historias en línea sobre otras sobrevivientes de abuso. Abrió una herida profunda para que pudiera empezar a sanar. Fue y sigue siendo un trabajo duro y un proceso continuo. Le confesé a mi madre, quien se había separado de él después de años de su propio abuso, que ella también mantuvo oculto. Él la dejó ir cuando ella empezó a tener problemas de salud, mostrando su verdadero corazón negro. Vive con mi hermano y su familia. Lamento haber perdido años con mi madre y mi hermano y que me echaran de casa cuando era joven, pero me hizo más fuerte. Nunca me he casado, pero tengo una pareja que me ama, dos perros y hablo tres idiomas. Soy entrenadora física y trabajo cerca de la playa donde voy a meditar y a hacer body surf. Nuestros viajes e historias son individuales, pero estamos juntos en esto. En todo el mundo. ¡No estás solo/a cargando con el dolor, la vergüenza, el miedo y los recuerdos! Aunque estés en la oscuridad, emprende un camino que parece que otros están usando para intentar salir adelante. Usa los recursos, aunque estén disponibles en tu computadora, y construye a partir de ahí. Simplemente empieza y sigue escalando, especialmente cuando parezca demasiado difícil.

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    Acoso o contacto no deseado

    Acoso, intimidación o mensajes no deseados persistentes

    Estafa, fraude o suplantación de identidad

    Solicitudes engañosas o hacerse pasar por otra persona

    Información falsa

    Afirmaciones engañosas o desinformación deliberada

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    Actividad de puesta a tierra

    Encuentra un lugar cómodo para sentarte. Cierra los ojos suavemente y respira profundamente un par de veces: inhala por la nariz (cuenta hasta 3), exhala por la boca (cuenta hasta 3). Ahora abre los ojos y mira a tu alrededor. Nombra lo siguiente en voz alta:

    5 – cosas que puedes ver (puedes mirar dentro de la habitación y por la ventana)

    4 – cosas que puedes sentir (¿qué hay frente a ti que puedas tocar?)

    3 – cosas que puedes oír

    2 – cosas que puedes oler

    1 – cosa que te gusta de ti mismo.

    Respira hondo para terminar.

    Desde donde estás sentado, busca objetos con textura o que sean bonitos o interesantes.

    Sostén un objeto en la mano y concéntrate completamente en él. Observa dónde caen las sombras en algunas partes o quizás dónde se forman formas dentro del objeto. Siente lo pesado o ligero que es en la mano y cómo se siente la textura de la superficie bajo los dedos (esto también se puede hacer con una mascota, si tienes una).

    Respira hondo para terminar.

    Hazte las siguientes preguntas y respóndelas en voz alta:

    1. ¿Dónde estoy?

    2. ¿Qué día de la semana es hoy?

    3. ¿Qué fecha es hoy?

    4. ¿En qué mes estamos?

    5. ¿En qué año estamos?

    6. ¿Cuántos años tengo?

    7. ¿En qué estación estamos?

    Respira hondo para terminar.

    Coloca la palma de la mano derecha sobre el hombro izquierdo. Coloca la palma de la mano izquierda sobre el hombro derecho. Elige una frase que te fortalezca. Por ejemplo: "Soy poderoso". Di la oración en voz alta primero y da una palmadita con la mano derecha en el hombro izquierdo, luego con la mano izquierda en el hombro derecho.

    Alterna las palmaditas. Da diez palmaditas en total, cinco de cada lado, repitiendo cada vez las oraciones en voz alta.

    Respira hondo para terminar.

    Cruza los brazos frente a ti y llévalos hacia el pecho. Con la mano derecha, sujeta el brazo izquierdo. Con la mano izquierda, sujeta el brazo derecho. Aprieta suavemente y lleva los brazos hacia adentro. Mantén la presión un rato, buscando la intensidad adecuada para ti en ese momento. Mantén la tensión y suelta. Luego, vuelve a apretar un rato y suelta. Mantén la presión un momento.

    Respira hondo para terminar.