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Bienvenido a Our Wave.

Este es un espacio donde sobrevivientes de trauma y abuso comparten sus historias junto a aliados que los apoyan. Estas historias nos recuerdan que existe esperanza incluso en tiempos difíciles. Nunca estás solo en tu experiencia. La sanación es posible para todos.

¿Cuál cree que es el lugar adecuado para empezar hoy?

“Puede resultar muy difícil pedir ayuda cuando estás pasando por un momento difícil. La recuperación es un gran peso que hay que soportar, pero no es necesario que lo lleves tú solo”.

Mensaje de Sanación
De un sobreviviente
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Quisiera saber que se siente sanar.

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    De un sobreviviente
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    Corazón fuerte

    Si alguien quisiera entender quién soy, tendría que saber que… No sabría cómo ni por dónde empezar. Supongo que por la base de todo: mi niñez. Me llamo Name. Nací en Venezuela, pero me crie toda la vida en España, bueno, a partir de los ocho años. Mi niñez… qué decir. Era feliz. Fui feliz. O eso cree uno a esas edades. Mis primeros ocho años en Venezuela. Supongo que fui feliz. Una familia que me quería, un hermano, una mamá… aunque nunca un papá. Mami siempre supo cómo tirar ella sola con nosotros. Siempre me inculcó cosas buenas de mi padre. Incluso me enseñaba cartas y fotos de él. Crecí queriendo a mi padre, aun sin haberlo visto nunca en persona. Tuve un colegio que me gustaba mucho, aunque he de decir que la liaba mucho. Era demasiado ruido para aulas tan pequeñas. Tengo muchos recuerdos bonitos, otros que ahora de adulta sé que no lo fueron. Me dieron todo, tuve todo. A pesar de venir de una familia humilde, nunca me faltó un plato de comida, nunca me faltó amor, nunca me faltó nada. Todo se complica… Cuando cumplo los cuatro años, cuando ya eres un poquito, pero muy poquito, más consciente de la vida, todo se complica. Mamá dejó de estudiar y decidió trabajar. Eso implicaba verla menos. Eso implicaba ser cuidada por otras personas. Eso implicaba muchas cosas. A partir de ahí mi vida se derrumbó. A partir de ahí marcaría un antes y un después. A partir de ahí mi vida en la adultez sería distinta. La gravedad de todo lo vi al crecer. Aunque he de decir que tuve una pequeña reacción siendo tan pequeña. Podría decir que algo dentro de mí me dijo: esto está mal, esto no puede ser así. Siempre he dicho: ¿dónde estaba Dios? Soy creyente, o fui creyente, pero poco a poco todo eso fue desapareciendo. Cuanto más dolor me causaba la vida, más dejaba de creer. No me enrollo más… vamos al principio. Pues sí, tuve una niñez bastante bonita. Aunque la parte mala ahí está, y creo que estará por siempre en mi vida. Supongo que escribirlo me hace sentir un poquito mejor. Recalcar toda mi vida me hace sentir algo mejor. Fui violada. Sí, abusaron de mí siendo tan solo una niña de cuatro años. A partir de ahí me destrozaron la vida. Fui cumpliendo años y eso seguía sucediendo. Supongo que para mí era algo normal. Un niño, al sufrir eso, jamás podría darse cuenta de la gravedad. La persona que se supone que tenía que cuidar de mí era la causante de mis traumas ahora de mayor. Mi hermano y yo, siempre unidos, siempre juntos, mano a mano. Pasó por lo mismo, solo que yo cedía. Cedí muchas veces porque sabía que era la única forma, la única forma que tenía para proteger a mi tesoro más preciado: mi hermano. ¿Dónde estaba mi familia? Éramos tan solo unos niños que necesitaban ayuda de un adulto. ¿Dónde estaban todos? ¿Por qué nunca nadie se dio cuenta? Tan solo necesitábamos a un adulto que nos ayudase. ¿Cómo íbamos nosotros mismos a ayudarnos? Mi vida cambió. Mi tía nos devolvió la vida. La decisión de venir a España cambió nuestras vidas. Era un pequeño viaje. Jamás pensábamos quedarnos aquí a vivir. Ed y yo felices, con nuestra pequeña maleta, sabiendo que algún día volveríamos a Venezuela, que en un mes o así estaríamos de vuelta. Y aquí estoy, veinte años después, agradeciendo día a día la decisión de quedarnos aquí. Ahí empezó mi verdadera infancia feliz. Nos dieron todo. Mis tías nos dieron todo. Nunca había sido tan feliz. Mamá se enamoró. Ahí conoció al que creí mi padre. Es normal, ¿no? Te crías sin una figura paterna y cuando entra alguien en tu vida con tanto amor para darte… cómo no creer que es tu padre. Mil viajes, muchas playas, muchos planes, mucho de todo. Él nos dio tanto. Estuvo en todo. Cómo no haberle querido tanto. El colegio es verdad que no me gustaba tanto. Sufrí mucho bullying. Supongo que no estarían acostumbrados a ver a una niña latina, pelo rizado y rasgos de negra. Esa parte quiero omitirla. La verdad que me marcó demasiado. Pensé siempre que de ahí venía mi inseguridad. Crecí. O eso creía con catorce años. Me creía la reina del mambo. Quería vivir rápido, quería ser adulta, quería hacer mil cosas. Empecé a perderme. A ser una inconsciente con mamá. A ser una rebelde. Cuanto más me prohibían, más quería hacerlo. Creo que fue mi peor época. Nunca me sentí entendida por nadie. Nunca nadie se sentó a explicarme paso a paso cómo va la vida y desde cuándo tenía que empezarla a vivir como una adulta. Mamá lo hizo bien siempre, pero he de decir que no supo lidiar con una adolescente llena de ira, llena de rabia, llena de odio. Fui mi peor versión. Pero era adolescente, ¿quién se da cuenta a esas edades? Porque yo, hasta que no tuve un choque de realidad, no me di cuenta. Mi primer amor… Sí, tuve mi primer amor. Fue lo más preciado que la vida me había dado. Tus primeras veces en todo, tus primeros te quiero, tu primer sentimiento de amor, tu primer todo. Fue un fracaso. Supongo que éramos muy jóvenes e inexpertos. Yo quería más, salir al mundo, conocer gente. No me valía nada. Tuve más de un amor. Con todos fracasé. Pero me quedo con lo que aprendí con cada uno de ellos. Aprendí a saber qué merezco y qué no. Aprendí a quererme un poco más. Aprendí a no tolerar cosas que no. Aprendí a no quedarme con migajas. No sé por qué nunca me fue bien en el amor. Y la poca fe que me quedaba me la destrozaron. Cumplo dieciocho. Por fin mayor de edad. Por fin podría hacer lo que me diese la gana. Eso sentía y eso creía. Me duró bastante la rebeldía. Hasta que… Ocurriría de nuevo. Mamá se separa. Mi vida cambia. Todo cambia. Mi supuesto padre sigue siéndolo. Seguimos queriéndolo como el primer día. Seguimos viéndole. Seguimos todo con él, a pesar de no estar con mamá. Pero tuve un choque con la realidad. Creí que mis parejas me habían roto el corazón, pero creí mal. Él me rompió el corazón. Dejé de creer en el amor. Si la persona que más quería, a quien yo consideraba mi papá, me partió el alma, me partió el corazón… ¿qué iba a pensar del resto del mundo? ¿Cómo debía ser yo? Y llegó ese día, el segundo peor día de mi vida. Sufrí violencia doméstica. Mi supuesto padre fue capaz de destrozarme la vida. Intento de violación. Una vez más sentí ese miedo. Una vez más sentí que la vida se me caía. Una vez más sentí decepción. Una vez más sentí cómo mi corazón se rompía poco a poco. Cómo creer en la gente. Cómo creer en la vida. Nace Brother. Empecé a ver la vida un poco mejor. Brother llega a nuestras vidas, mi pequeño hermano, y cambié por completo. Me dio esa felicidad que no tenía. Me dio esa calma en el alma que yo tanto necesitaba. Verle tan pequeño, tan bonito, esas manitos… Mi hermano me devolvió la vida y las ganas de querer con el alma a alguien. Nunca se lo dije. Es muy pequeño. Pero algún día me sentaré y hablaré con él. Dejé de estudiar. Fui de mal en peor en los estudios y decidí adentrarme en el mundo de la hostelería. Crecí de verdad. Mi mentalidad cambió. Empecé a ser mejor persona con mamá, mejor persona con mi hermano Edy, mejor persona con todos. Trabajar me hizo darme cuenta de cuánto cuesta la vida. De cuánto ha tenido que currar mamá para darnos todo. Trabajar me hizo crecer como persona, como mujer. Pasa el tiempo. Pasa la vida. Y sí, sigo estancada en la hostelería. Pero he de decir que me he ganado todo lo que tengo a pulso. Agradecida de todo lo que aprendí. Sigo con la vida. Sigo con mi vida. Pasa el tiempo. Vuelvo a tener amores que no van a ningún lado. Más decepciones: de familia, de novios, de amistades. Pero supongo que siempre pude con todo. Era como que mi corazón estaba a prueba de balas. Como que algo más ya me era indiferente. Estaba tan acostumbrada a que lo malo me persiguiese que era totalmente normal para mí. Pero oye, que nunca dejé de ser buena. Nunca dejé de tener este corazón tan noble, como dice mamá. Siempre di todo de mí a todos. Siempre fui con mis mejores intenciones. Hace poco leí que las personas que siempre están haciendo la gracia son las que más tristes están por dentro. Nunca algo me había representado tanto. Como digo yo, soy la payasa del grupo. Me encanta ver a mi gente reír a base de mis ocurrencias. Eso me hace sentir un poco menos mal. Eso me ayuda mucho. Me gusta hacer la gracia siempre, porque sí, porque no. Eso me hace olvidar un poco todo. Pasa el tiempo y estoy en calma. Siento que no tendré nada más por lo que sufrir. Y llega un mensaje inesperado… Siempre estuve en contacto con mi padre, ese mismo del que mamá siempre me habló y siempre me inculcó cosas buenas. Le quiero tanto que jamás se me pasaría por la mente odiarle. Y llega un mensaje: “Hola hija, Dios te bendiga. Soy tu papá, el hermano de tu mamá.” Mi mente no entendía absolutamente nada. Papá, mamá, hermano… Pensé que era fake, pero indagué hasta dar con la realidad de todo. Ese día, bendito día, una vez más me vuelven a romper el corazón. Pero esta vez, mi querida mamá. Resulta que ese señor era mi padre de verdad. Resulta que mi mamá no era mi madre biológica. Resulta que toda mi vida crecí creyéndome mentiras. Mi madre biológica me abandonó. Con tan solo un mes de nacida. Me abandonó como un perro. Mi papá, con miedo de la vida, con miedo de seguir con una niña tan pequeña, solo buscó ayuda. Ayuda de sus hermanos. Y ahí entra mi mamá en el plano. Como me dice ella: “Hija, me enamoré de ti. Verte tan pequeña, tan vulnerable, con esa carita, con esa nariz, con esos rizos… cómo no quedarme contigo.” Mamá no me dio la vida. Me la devolvió. Agradezco la vida que me diste, mamá. Para mí siempre serás mi madre. Mi única y verdadera madre. Pero me duele el alma. Todo por lo que tanto había trabajado volvió: mis miedos, mis inquietudes, mis traumas, mis inseguridades, mi rabia, mi ira. Y llegó él. Llegó alguien a mi vida para hacerme entender que la vida no siempre es tan mala. Alguien que me haría entender por qué nunca funcionó con nadie más. Alguien que me daría todo el amor del mundo. Y llegaste tú, justo en el momento que más me dolía la vida. Llegaste y me olvidé por un ratito de todo lo que estaba pasando. Volví a creer en el amor. Volví a creer en que de verdad hay personas buenas con corazones bonitos. A veces siento que no lo merezco. A veces siento que es una trampa de la vida. Me saboteo mucho. No sé cómo asimilarlo. Siento que en cualquier momento todo se romperá. Sentiré miedo. Sentiré angustia .

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  • Estás sobreviviendo y eso es suficiente.

    Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
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    Solo tú sabes lo que sientes, no dejes que nadie te diga que no es válido.

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
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    Contar eso sin derrumbarme

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  • Historia
    De un sobreviviente
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    Cómo es posible ?

    En México se aproxima que al menos dos personas son violadas cada hora, esta cifra no la conocía hasta hace poco, cuando sufrí de abuso minimicé demasiado lo que me había pasado, pensaba, hay chicas que son violadas y torturadas, mueren o nunca más son encontradas, por que lo mío importaría? Soy hombre, como es que alguien puede creer que un hombre sufrió de abuso sexual? Verás, tengo 22 años, me encontraba en un día cualquiera, no hace demasiado lo había dejado con una pareja, y una “amiga” de la secundaria que alguna vez fue mi ex me escribió, respondió una historia en Instagram y empezamos a hablar, tenía mucho tiempo de haberla visto por última vez, me dijo que te parece si nos vemos el lunes ? Yo accedí y le dije claro vayamos por un café, ella vive sola por lo que la idea de ir a su casa y comer no me parecía mala, como dos adultos maduros, ella dijo vayamos a un café y le dije está bien, estaríamos dos horas en el café por que ella después tenía que irse a un compromiso y yo tenía un trámite que realizar, a la mitad del café su madre le marcó y canceló su compromiso, por lo que ya no tenía que irse, después de eso fuimos a un bar cercano, bebimos un par de tragos y jugamos alguna partida de billar, mientras jugábamos ella me Seducía y besaba, lo que al inicio no me pareció desagradable, pasando un rato decidimos ir a su casa, llegamos y evidentemente la idea era besarnos, tener un faje e irnos, yo no llevaba preservativos y tampoco quería llegar a más por que tenía dudas, aún no sabía si yo quería volver con mi ex así que tapo o quería ir más allá, llegamos a su cuarto y empezamos, besos, roces y un poco de toqueteo, empezamos a desvestirnos y yo decidí no bajar mi pantalón, ella insistió y con incomodidad dije bueno, me quedé en ropa interior y seguimos besándonos, después de eso ella se subió encima de mí, esta chica no era más pesada que yo pero si era pesada, al subirse sentí algo raro y es que no estaba encima de mi pelvis si no de mi abdomen, me siguió besando y en algún punto me quedé sin aire, si bien podía respirar, me sentía muy débil como para moverla, ella me dijo quiero que lo metas, a lo que yo respondí NO, no tengo preservativos y la verdad prefiero no hacerlo así, ella me dijo que tenía el implante por temas de salud, que no quedara embarazada, inmediatamente dije NO importa, el embarazo no es lo único que me preocupa, no tengo preservativos tal vez otro día, ella no dijo nada y siguió besándome, después de un rato ella bajó su mano, sacó mi pene y yo intenté quitar sus manos, le dije basta no quiero, ella parecía no escuchar a lo que yo dije espera es que no te va a gustar, hace poco tuve una infección y es mejor así, me dijo ah sí que infección ? Yo no supe qué contestar al momento y ella dijo es mentira, lo metió, se sentó por completo y después de unos pocos segundos eyacule, incómodo le dije ya, ya me vine no se puede más, pese a ello ella se quedó sentada encima de mi, exactamente en la misma posición, le dije bueno ya terminamos muévete por favor, ella me dijo que no que había sido muy rápido y que aún no estaba satisfecha, yo le dije que tal vez otro día, ella notó mi cara de incomodidad y me dijo que pasa? Yo le dije tengo muchas cosas en la mente puedes moverte ? Siguió sin hacerme caso y me dijo no puedo quedar embarazada y si te preocupa hace un año que no estoy con alguien, yo no tengo nada, le dije al momento no es eso, sin más ideas le dije me estoy quedando sin aire ella se movió un poco de lado y cuando pude respirar fui capaz de moverla, me empecé a vestir y ella aún desnuda agarró mi ropa la abrazó y no quería dármela, empezó a decir entonces me vas a abandonar? Me dejarás aquí desnuda, anda déjame limpiártelo con la boca, espera un poco y sigamos o duerme aquí, yo le dije que era tarde que tenía que regresar a casa y que no podía quedarme, aún con mi ropa en sus brazos y sin querer dármela le dije bien volveré otro dia, ella dijo está bien pero ese día te quedarás, le dije que sí que no había problema, solo entonces soltó mi ropa y me la dio, me vestí y salí de ahí, subí a un taxi y comencé a escribirle a mi mejor amiga, en ese momento me sentía estúpido y jamás me había sentido tan vulnerable, no dejaba de culparme y decirme una y otra vez si no hubieses ido todo estaría bien, lo hablé con mi mejor amiga y mi psicóloga, más tarde con una asociación de apoyo y todos dijeron lo mismo fue “violacion” detuve mis lágrimas y empecé a decirme a mí mismo, no puedes ser tan tonto, empecé a minimizarlo, y como dije al inicio me repetía, hay chicas que no regresan, son drogadas, violadas y torturadas, nunca son encontradas, tú fuiste a su casa, tu bebiste con ella tú accediste a un faje, como es que lo llamas abuso? Sin embargo sigo sintiéndome culpable, me siento vacío, solo y con mucho miedo, miedo a una ets, miedo a contarlo, e incluso miedo a admitirlo, no puedo evitar pensar que tal vez yo fui el culpable, que no debería estarme quejando y que al contarlo simplemente dirán por qué te quejas de ello ?

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  • “He aprendido a abundar en la alegría de las cosas pequeñas... y de Dios, la bondad de las personas. Desconocidos, maestros, amigos. A veces no lo parece, pero hay bondad en el mundo, y eso también me da esperanza”.

    Mensaje de Sanación
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    Sanar es entender

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    Aprender a vivir sin querer matarme

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    Name, solo tenía 6 años

    Tenía alrededor de 6 años, cierro los ojos y es cómo si volviera a vivir en carne propia el recuerdo, me acuerdo del ruido de la televisión, el olor del desayuno que estaba comiendo, yo solo estaba viendo caricaturas. El, un hombre de alrededor 50 años me cargó y me acomodó en sus piernas, y deslizó su mano por debajo de mis panties, TENÍA 6 AÑOS y ahí empezó mi historia de abusó sexual, una historia que me hubiese gustado no tener que experimentar. Yo hablé ya que mi mamá siempre me había enseñado a que nadie podía tocar mis partes pero en ese entonces mi mamá no tenía los recursos, vivíamos en casa de una prima (la hija de mi abusador) y nadie me creyó, dijeron que era mi imaginación. Otros sucesos pasaron cometidos por la misma persona, me arrebató mi inocencia y me rompió en pedacitos… pese a que yo hablé la primera vez, las otras veces me quedé callada porque nadie me creyó, nadie me protegió y nadie me escuchó más que mi mamá pero en ese entonces ella estaba luchando con un problema de alcoholismo y toda la familia nos dio la espalda. Después de un tiempo dejé de ver a mi abusador pero a los 8 años me volvió a pasar pero esta vez por el esposo de mi tía (la hermana de mi mamá) ellos han sido casados desde que mi tía tiene 16 años hasta el presente. Fuimos de visita a casa de mi tía, era diciembre entonces mi mamá salió con mi tía a comprar cosas para la navidad, yo, mi hermano y mi primo (hijo de mi tía) nos quedamos al cuidado del esposo de mi tía, el en ese entonces era oficial de la policía. Yo estaba jugando con mi primo y mi hermano cuando él me llamó, él estaba sentado en la mesedora viendo las noticias cuando me sentó en sus piernas y yo inmediatamente me paralice puesto que la última vez que alguien me sentó en sus piernas me manoseo, esta vez fue diferente, solo me acaricio las piernas y yo solo sentí cómo algo duro me rozaba mis glúteos, me paralicé y no sabía que hacer, hasta que tuve la fuerza y me bajé. Nunca hablé de mi segundo abusador y nunca lo he hecho, yo ya no vivo en Colombia pero cuando voy me toca actuar cómo si nada aunque por dentro sienta tantas cosas. Por mucho tiempo reprimí todo lo que me pasó, siempre decía que no me afectó y ahora a mis 22 años me está atormentando. Estoy comprometida con el amor de mi vida, siento que ha sido un regalo que Dios y la vida me dio después de tanto tormento pero hay veces que cuando vamos a tener intimidad y me toca siento una rabia en mi, ese tipo de rabia que te dan ganas de pegarle un puño en la cara a esa persona, y no lo entiendo, el no me ha hecho nada? El solo me ha ayudado y me ha tratado con amor y me ha demostrado lo mucho que me respeta y me ama, siempre quise evadir el tema y reprimirlo, no hablar de ello y pretender cómo que no me afectó pero ya llegué a un punto donde me dan unos ataques de ira que ni yo me reconozco, donde termino lastimándome a mí misma o sacando esa ira en mi prometido, hace unas noches por fin en medio de una ataque de ira donde terminé azotandome la cabeza en la pared solo repetía “no me deja en paz, me persigue, sácalo de mi cabeza” estaba en un estado de crisis y mi prometido solo pudo sujetarme en sus brazos mientras me preguntaba quién me perseguía y fue la primera vez que dije su nombre en voz alta, “Name, el hombre que me violo y me robo mi inocencia no sale de mi cabeza” no podía hablar, las lágrimas y gritos de desesperación eran más que las palabras, en ese momento me di cuenta que no importa cuánto allá crecido aquella niña de 6 años sigue dentro de mi, está enojada, está triste y rota. Mi pareja es abogado entonces el fue quien me habló sobre me too movement, me dijo que me hiciera justicia y lo denunciara pero que si no me sentía lista por miedo que navegara las opciones que me too ofrece y que quizá empezara por contar mi historia, por unos días habría la página y solo me quedaba paralizada, pero hoy me anime, ya no merezco ser prisionera de un dolor que no fue mi culpa aunque por mucho tiempo he sentido que lo es, me siento perdida y no quiero que mi pasado defina mi presente, la vida me está dando oportunidades bonitas pero mi abusó sexual no me deja avanzar, cómo me saco esta rabia que siento por dentro? Porque me volví un ser tan agrio y amargo, porque me enojo por todo? Porque no puedo disfrutar la intimidad con mi pareja si es delicado conmigo? Parece que entre más delicado es más rabia siento por dentro. Me siento muy sola y perdida. Quiero este dolor fuera de mi

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  • Creemos en ti. Eres fuerte.

    Historia
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    Carta a mi violador

    Esto no es realmente una historia, pero le escribí una carta a mi violador que jamás enviaré. No quiero guardármela, no estar sola con ella. Quiero que alguien me escuche, aunque no sea él quien me escuche. No sé cómo puedo extrañarte y odiarte tanto, y aun así sentirte tanto amor por ti. Hiciste lo peor que una mejor amiga podría hacer. Usaste la confianza que tenía en ti para beneficiarte e ignoraste mis sentimientos en el camino. Te amo tanto y no puedo demostrártelo, porque no mereces mi amor. Dijiste que te importaba, ¿por qué no paraste cuando dije que no? ¿Cómo pensaste que solo estaba jugando cuando te alejé, seguí diciendo que no y "no puedo"? No entiendo cómo interpretaste ese papel tan bien, todos cayeron en la trampa. Tus acciones nunca coincidieron con tus palabras. Cuando te dije que me habían violado y que no quería acostarme contigo, dijiste que estaba bien, que esperarías. Lo siguiente que recuerdo es que entraste al baño y me preguntaste si quería follar. Dijiste que nunca quisiste hacerme sentir incómodo, pero cuando claramente lo estaba, te importó un carajo. Literalmente dijiste: "Sé que no puedes, pero seguiré intentándolo hasta que digas que sí". ¡Qué demonios! Confié en ti. Te creí cuando me dijiste que sabías lo que sentía. Debe ser verdad, ¿verdad? Estabas tan seguro de mis sentimientos que empecé a creer que eran reales. Cuando me di cuenta de que tal vez no tenía esos sentimientos y te lo dije, me preguntaste cómo pude hacer algo así. Romperte el corazón, mentirte en la cara, que soy un psicópata por jugar así con tus sentimientos. Y una vez más me convenciste de lo que querías. No quería perderte, así que pensé que si esto es lo que se necesita para mantenerte en mi vida, lo intentaré. Pero seguiste insistiendo. Me violaste. Sé que no lo ves así. Te seguí la corriente. Te hice creer que lo disfrutaba, pero todo en lo que podía pensar era, por favor, córrete. En el fondo sabía que no quería esto, pero te hacía feliz, así que seguí el juego. Ignoraste todas las señales que te di de que me sentía incómoda. Nunca te besé primero, nunca inicié nada, siempre dije que no podía y que no. Lo ignoraste a propósito. No eres tan tonta. No puedes decir que eres una buena persona. Crees que lo eres, pero definitivamente no lo eres. No sé cómo una persona puede ser tan ciega a quién es realmente. ¿Quizás no? Tal vez sabías exactamente lo que hacías. Me gusta pensar que tu verdadero yo era la persona a la que confiaba mi vida, la persona a la que recurría cuando necesitaba consuelo, eras mi lugar seguro. Pero sé que ese no eres tú. Eres la persona que me manipuló para tener una "relación" contigo. Eres la persona que me violó, me siguió y me hizo tener ataques de pánico. Incluso cuando intentaba esconderme de ti, encontraste la manera de llegar a mí y hacerme sentir fatal. ¿Mereces una explicación de por qué dejé de hablarte? Eso es lo que repetías sin parar. Intenté darte una, te echaste a reír. En ese momento vi tu verdadero yo. El tú manipulador. El tú que no quiere oír nada excepto lo que cree que es verdad. En realidad no quieres una explicación, quieres tener la oportunidad de manipularme de nuevo. Eres la víctima de tu propia historia. Te rompí el corazón. Herí tus sentimientos. Pero sabes qué, me quitaste algo que nunca recuperaré. Me hiciste sentir fatal. Como si estuviera equivocada al no querer acostarme contigo. Me hiciste dudar de mí misma. Cada vez que me violabas, te llevabas un pedazo de mi corazón y no sé si alguna vez lo recuperaré. Te lo conté todo, a veces sentía que me conocías mejor que yo misma. Me hiciste sentir emocionada por mi futuro. Me diste tanta esperanza de poder elegir mi propio camino. Te amaba. Me encantaba cómo me hacías sentir. Segura. Vista. Llena de potencial. Feliz. Ahora te miro y se me encoge el pecho, el corazón me late más rápido, quiero correr, alejarme de donde sea que estés. Me hiciste sentir miedo al verte. Miedo. Y tú lo sabías, sabías que no quería verte, y aun así venías a verme siempre que podía. Cada vez que te veía, sentía todo el amor que aún sentía por ti. Me dolía tanto que pudiera amar tanto a una persona y temerle al mismo tiempo. Mi mente no podía comprender lo que hiciste. Fue tan inusual. Cuanto más lo pensaba, más me convencía. Me diste pistas sobre quién eres realmente y simplemente las ignoré, pensando que no eran tan importantes. Gracias por enseñarme a no volver a pasarlas por alto ni a caer en eso. Siempre me dijeron que ya era muy mayor para mi edad. Nunca quise serlo, simplemente tenía que hacerlo. De pequeña, yo era la única persona en la que podía confiar. Aprendí a lidiar con las cosas yo sola. Pero esto no me hizo más fuerte ni más sabia. Destrozó mi mundo. Tengo que aprender a confiar en la gente de nuevo. Siempre ha sido un gran problema, pero lo controlé. Ahora me aíslo. Tengo tanta ansiedad que no puedo con ella. Tú me la diste. Espero estar bien algún día, sé que tengo que esforzarme. Sé que estarás bien en una semana. Le dirás a la gente que soy una loca que te rompió el corazón y que no hiciste nada malo. Eso fue lo que pasó con M. Sabes que ni siquiera me preguntó qué había pasado ni si estaba bien. Solo me dijo que era mi trabajo ir a ver cómo estabas, porque te rompí el corazón. Sabía que era tu mejor amigo, pero pensaba que yo también era su amiga. Probablemente te sentiste bien por el hecho de que me lastimara tanto con ese mensaje de Facebook. Y cuánto me lastimó, no puedo expresar con palabras la traición que sentí. Sé que no tiene nada que ver contigo, pero necesitaba decírtelo. Ojalá pudiera hablar contigo, ojalá pudiera abrazarte, ojalá fueras la persona que yo creía que eras. Sé que no es posible y está bien. Lloraré y te extrañaré. No sé si eso acabará alguna vez, espero que sí. Solo quiero que vuelvas, es como si hubieras muerto. Moriste. La versión de ti que tenía en mi cabeza, mi lugar seguro, mi mejor amiga, está muerta. Y no sé cómo llorar a una persona que sigue viva. Sigues aquí y sé que podría llamarte o enviarte un mensaje, pero esa no es la persona con la que quiero hablar. Quiero volver atrás en el tiempo y quiero que aceptes mi no. ¿Por qué no aceptaste mi no? Odio que todavía te quiera tanto. Te quiero tanto. Puedo lidiar con la violación, soy lo suficientemente fuerte como para no dejar que eso afecte mi valor. Lo que no puedo aceptar es que fuiste tú quien me violó. Tú. ¿Por qué tuviste que ser tú?

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇨🇴

    poder seguir adelante y pasar un poco la pagina

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  • “Para mí, sanar significa que todas estas cosas que sucedieron no tienen por qué definirme”.

    Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇦🇷

    Si estás leyendo esto y estás sufriendo abuso, quiero que sepas que hay una salida. Sé lo que se siente al creer que estás atrapada. Sé lo que se siente al sentir que no hay opciones, que nadie te creerá, que los obstáculos que tienes delante son demasiado grandes para superarlos. Durante muchos años, me sentí así. Estaba aislada. Tenía miedo. Vivía en una situación en la que sentía que había perdido el control de mi propia vida. No sabía cómo iba a irme, cómo iba a proteger a mis hijos, ni cómo iba a reconstruir todo lo que me habían arrebatado. Pero quiero que sepas algo: El hecho de que sigas aquí significa que todavía hay esperanza. Tu historia no ha terminado. No te define lo que alguien te ha hecho. No estás indefensa. Aunque aún no veas el camino a seguir, eso no significa que no exista. Para mí, la supervivencia no fue algo que sucediera de repente. Fue una decisión a la vez. Fue elegir seguir adelante por mis hijos. Fue documentar lo que sucedió. Fue pedir ayuda. Se trataba de dar un paso más incluso cuando estaba agotada. Hubo momentos en que pensé que no podía continuar. Hubo momentos en que sentí que me había perdido por completo. Pero poco a poco, comencé a encontrar el camino de regreso. Mi fe también me ha sostenido en este camino. Creo que Dios estuvo conmigo incluso en los momentos más oscuros, incluyendo los momentos en que me sentí sola. Creo que Él me dio fuerza cuando yo misma no la tenía. Si aún estás en medio de tu batalla, quiero que seas paciente y amable contigo misma. Sanar lleva tiempo. Reconstruir lleva tiempo. A veces, el progreso no se ve como una gran victoria, sino como superar un día más, protegerte o dar un pequeño paso hacia la libertad. Por favor, recuerda: Mereces seguridad. Mereces respeto. Mereces que te crean. Mereces una vida más allá de la mera supervivencia. Sigo luchando mis propias batallas. Sigo sanando. Sigo trabajando para que llegue el día en que mis hijos y yo podamos estar completamente a salvo. Pero soy la prueba de que, incluso después de años de dolor, una persona puede empezar de nuevo. No te rindas. Existe un futuro más allá de lo que estás experimentando ahora mismo.

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    De un sobreviviente
    🇨🇴

    No tengo recuerdos claros y siento mucha culpa

    Mi historia es un poco larga. Cuando tenía 15 años o 16 años, vino a mi mente el recuerdo de cosas que habían ocurrido cuando yo tenía entre 4 y 5 años. Dos tíos abusaron de mí. Los recuerdos sobre esto nunca han sido claros y ahora, muchos años después, todo se ha vuelto más lejano y confuso y he dudado varias veces de mí misma y de mi historia. Hay otras cosas que pasaron en mi infancia que sí recuerdo con más claridad: cuando tenía entre 7 y 8 años, vi a mis papás teniendo relaciones sexuales a mi lado (esa noche me había pasado a dormir con ellos en su cama). Tiempo después, se repitió la situación, pero con mi padrastro y mi mamá. También cuando tenía entre 7 y 8 años, estaba revisando unos CD'S en el DVD que había en la casa para marcarlos según el género musical o según la película que fuera. Uno de los CD'S, era una película porno. Como casi siempre, me encontraba sola en mi casa, entonces la vi completa. No recuerdo si me masturbé. Sé que desde muy niña me frotaba con peluches, muñecas y otros objetos, aunque sin mucha conciencia de lo que hacía, pero estaba presente el miedo a ser vista. Hay algo que me atormenta en este momento: cuando tenía 6 o 7 años, mi prima (ella un año mayor) y yo jugábamos a imitar algunas posiciones de un libro de kamasutra que había en su casa. También tengo leves recuerdos de una vez que, mientras nos bañábamos, frotamos nuestras partes íntimas. No sé si esto se dio en el marco de una curiosidad bilateral y por el contenido del libro al que habíamos estado expuestas o si fui yo quien generó la situación y la persuadió a ella de hacerlo o si la manipulé. No recuerdo que haya sido así, pero me da miedo que sí. ¿Y si imité lo que hacía mis tíos conmigo o lo que vi en contenido al que estuve expuesta? Siento miedo, culpa y vergüenza. Además, hace medio año, recordé que cuando tenía 10 años y cargué a mi hermanita en mi piernas (que estaba como de un mes), sentí un estímulo placentero en mi zona íntima por el contacto. Cuando esta imagen vino a mí (tampoco fue clara, como mis otros recuerdos) sentí culpa, pero no escaló a más porque entendí que fue una reacción física y nada más. Pero luego no podía dejar de pensar en ello y me cuestionaba si había prologando o intensificado el contacto y sentí muchísima culpa, asco y vergüenza. Fue tan fuerte, que tuve un episodio de TOC y siento que aún no he podido salir de ahí, porque ahora me inundan las dudas sobre lo sucedido con mi prima.

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇦🇷

    Todavía no me considero completamente curada. Para mí, la curación no es un momento en el que todo lo sucedido desaparece o el dolor deja de existir. Sigo viviendo las secuelas de años de abuso. Sigo luchando por mis hijos. Sigo lidiando con el proceso legal que se interpone entre nosotros y el futuro seguro por el que trabajo. Sigo aprendiendo a vivir con los efectos del trauma y el TEPT. Pero mi comprensión de la curación ha cambiado. Ya no creo que curar signifique que nunca volveré a sufrir. Creo que curar significa que, incluso cargando con heridas, sigo adelante. Mi fe ha sido una parte fundamental de ese camino. Como cristiana, creo que Dios estuvo conmigo incluso en los momentos en que me sentí completamente sola. Hubo momentos en que me sentí abandonada, en que no entendía por qué estaba pasando por tanto y en que me preguntaba cómo podía seguir adelante. Pero mirando hacia atrás, puedo ver momentos en los que recibí fuerza cuando creía que ya no me quedaba. Mi curación no ha consistido en fingir que el dolor no existió. Se trata de confiar en que mi historia no termina con lo que me hicieron. Creo que Dios me dio la fuerza para proteger a mis hijos, para seguir luchando y para mantenerme en pie cuando me sentía destrozada. Creo que mi vida aún tiene un propósito y que los años que pasé sobreviviendo no definen el resto de mi historia. Sanar ha significado aprender que merezco amor, respeto y seguridad. Ha significado permitirme aceptar ayuda después de años de creer que tenía que cargar con todo sola. Ha significado reconstruir mi confianza, redescubrir quién soy y comprender que no solo soy una sobreviviente de lo que sucedió, sino también una madre, una mujer, una hija y una persona con un futuro. Sigo sanando. Sigo luchando. Sigo aprendiendo. Pero no soy la misma persona que era cuando estaba atrapada por el miedo. Mi fe me recuerda que Dios puede sacar belleza de los lugares rotos. Me recuerda que el sufrimiento no es el final de la historia. Me recuerda que incluso en los momentos más difíciles, no estoy sola. Para mí, sanar no es olvidar el pasado. Sanar es permitir que Dios use mi historia para algo más grande. Sanar es elegir la esperanza incluso cuando todavía estoy en medio de la batalla. Sanar es creer que aquello que estaba destinado a destruirme no tendrá la última palabra.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇦🇷

    La batalla no ha terminado, pero sigo en pie.

    Mi historia comienza mucho antes del día en que finalmente escapé. Tenía 18 años cuando conocí al hombre que se convertiría en el padre de mis hijos. En ese entonces, era joven, inexperta y aún intentaba comprender quién era y qué quería para mi vida. Había crecido en país , pero debido a que mi padre había trasladado a nuestra familia a país cuando yo era pequeña, me encontré construyendo mi vida adulta en un país que nunca sentí realmente como mi hogar. A los 19 años, quedé embarazada de mi primer hijo. El embarazo fue inesperado, pero estaba decidida a hacer todo lo posible para ser una buena madre. Me habían inculcado fuertes convicciones personales sobre el embarazo y la maternidad, y tomé la decisión de continuar con mi embarazo y dar la bienvenida a mi hijo al mundo. En ese momento, creía que formar una familia traería estabilidad y felicidad. Creía que convertirnos en padres sacaría lo mejor de ambos. En cambio, el abuso comenzó durante mi embarazo. El primer incidente que recuerdo con claridad ocurrió cuando tenía ocho meses de embarazo de mi hijo. Trabajaba porque necesitábamos dinero para prepararnos para la llegada del bebé. Un día, mientras volvía a casa del trabajo, empecé a sentir un dolor intenso y malestar físico. Mi cuerpo se estaba preparando para el parto y me costaba caminar. En un momento dado, sentí que las caderas me fallaban y tuve que detenerme y agarrarme al borde de un puente mientras la gente a mi alrededor me preguntaba si estaba bien. Tenía ocho meses de embarazo, se notaba que me costaba mucho, y la gente a mi alrededor se mostró preocupada. Pero cuando mi teléfono empezó a llenarse de llamadas perdidas y mensajes de mi pareja, su primera reacción no fue de preocupación. Solo llegué unos 15 minutos tarde. En lugar de preguntarme si estaba bien, me acusó de estar con otro hombre. Sabía que había estado en el trabajo, pero supuso lo peor y me exigió explicaciones de dónde había estado. En ese momento, no reconocí esto como maltrato. Era joven y no entendía que los celos, las acusaciones y el comportamiento controlador eran señales de alerta. Cuando llegué a casa, encontré nuestra habitación destrozada. Mis libros, que eran increíblemente importantes para mí, estaban tirados por todas partes, dañados y arruinados. Siempre he sido lectora y también escritora, así que esos libros representaban años de recuerdos y una parte de lo que era. Objetos que me importaban habían sido destruidos. Cosas con valor sentimental se rompieron. Recuerdo sentirme como si hubiera entrado en un campo de batalla. Intenté explicarle lo que había pasado. Intenté hacerle entender que no había hecho nada malo. En cambio, se enfadó cada vez más. Su rostro cambió, empezó a gritar y se volvió físicamente agresivo. Durante esa discusión, me empujó cuando tenía ocho meses de embarazo. En ese momento, no entendía las consecuencias médicas de lo sucedido. Unos días después, durante una cita de rutina, los médicos descubrieron que tenía un desgarro en la bolsa amniótica y casi nada de líquido amniótico. Me enviaron inmediatamente al hospital. Mi hijo nació prematuramente después de un parto inducido que duró aproximadamente 17 horas. Nació con graves complicaciones y llegó al mundo luchando por la falta de oxígeno. Recuerdo estar agotada como nunca antes. Recuerdo sentirme sola. Recuerdo que me presionaron para seguir adelante cuando casi no me quedaban fuerzas. Cuando nació mi hijo, pensé que la experiencia lo cambiaría todo. Pensé que convertirse en padre le haría comprender la importancia de proteger a nuestra familia. Quería creer que podía cambiar. Así que me quedé. Intenté que funcionara. Pero el patrón continuó. Después del nacimiento de mi hijo, mi vida se centró en protegerlo y en intentar crear un hogar estable. Era una madre joven que intentaba equilibrar todo: trabajar, cuidar de un recién nacido y tratar de comprender cómo manejar una relación que se volvía cada vez más aterradora. Al principio, seguía esperando que el incidente durante mi embarazo fuera un hecho aislado. Quería creer que había perdido el control por estrés, miedo o inmadurez. Quería creer que, una vez que tuviéramos a nuestro hijo, se convertiría en el compañero y padre que esperaba que fuera. En cambio, el comportamiento continuó y poco a poco se convirtió en parte de mi vida diaria. Con los años, el abuso adoptó muchas formas. No era solo físico. Había insultos constantes, gritos, intimidación y ataques emocionales. Me llamaban con nombres degradantes y me hacían sentir que no valía nada. También hubo insultos racistas que me afectaron profundamente. Poco a poco, mi confianza se fue minando. Al mismo tiempo, intentaba ser la mejor madre posible. Mi hijo comenzó a tener serios problemas de salud. Cuando tenía alrededor de dos años, tuvo su primera convulsión. Al principio, los médicos creyeron que estaba relacionada con la fiebre, pero las convulsiones continuaron durante toda su infancia. Cuando tenía alrededor de ocho años, sufrió una convulsión grave que causó gran preocupación y llevó a los médicos a descubrir que tenía epilepsia. Recuerdo cargarlo y correr por las calles tratando de encontrar transporte para que recibiera atención médica de emergencia. Ya era más de la mitad de mi tamaño, pero en ese momento, nada de eso importaba. Yo era su madre y necesitaba conseguirle ayuda. Después de más evaluaciones, supimos que mi hijo era autista. Comenzamos a notar diferencias en su forma de aprender, sus habilidades de escritura, su sensibilidad y los desafíos que enfrentaba en comparación con otros niños. En lugar de recibir paciencia y comprensión, mi hijo a veces era insultado por su padre debido a sus diferencias. Lo llamaban con apodos y lo hacían sentir inferior. Esa fue una de las cosas más difíciles para mí como madre. Podía soportar muchas cosas dirigidas hacia mí, pero ver a mi hijo sufrir emocionalmente era devastador. Intenté irme varias veces. Cuando mi hijo tenía unos cinco años, llegué a un punto en el que supe que no podía seguir viviendo de la misma manera. Decidí separarme de su padre. Intentamos establecer un acuerdo de custodia compartida, pero como vivíamos en el mismo país sin una red de apoyo sólida, la separación fue mucho más complicada que simplemente irme. Estaba aislada. Mis relaciones familiares ya eran difíciles y no tenía una red de apoyo confiable a mi alrededor. Muchos de mis amigos no sabían la magnitud de lo que estaba sucediendo. Me había acostumbrado a ocultar lo que pasaba porque sentía vergüenza y porque no sabía quién podría ayudarme. Durante este período, viví algunos de los incidentes más aterradores de mi vida. Uno de ellos ocurrió después de que él revisara mi teléfono y encontrara mensajes inocentes de alguien a quien había conocido en la adolescencia. Eran conversaciones sencillas, pero él las interpretó como una traición. Se enfureció. Me agarró, me arrastró por la casa, me tiró del pelo y me obligó a salir mientras me gritaba. La fuerza con la que me tiró del pelo fue tan fuerte que me arrancó el cuero cabelludo, dejándome una calva que aún conservo. Tiró dinero a la calle y me dijo que buscara un hotel porque ya no podía quedarme allí. Lo que hizo la situación aún más dolorosa fue que yo era quien pagaba la casa. Denuncié lo sucedido. Los inquilinos ya no querían que viviera allí después de lo ocurrido, y esto se convirtió en otro intento de alejarme de él. Pero irme nunca fue fácil. Los años que siguieron fueron un ciclo de intentar irme, de intentar protegerme a mí misma y a mis hijos, y de intentar sobrevivir a las consecuencias de cada intento. Durante el tiempo que el padre de mi hijo y yo estuvimos separados, intenté mantener una vida lo más normal posible para él. Quería que tuviera estabilidad. Quería que se sintiera querido y protegido a pesar de todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Pero incluso después de la separación, el control no terminó. Una de las partes más dolorosas de mi experiencia fue darme cuenta de que terminar la relación no significaba automáticamente que me librara de él. El abuso emocional, la intimidación y el miedo continuaron. Hubo una noche durante ese período que cambió mi vida para siempre. Me habían invitado a salir con una amiga. Era una de las primeras veces en años que salía a algún lugar con amigos. No era una persona que saliera a menudo. Normalmente estaba en casa cuidando a mi hijo, trabajando o lidiando con todo lo que sucedía en mi vida. Muchas de las personas allí pertenecían al mismo círculo social que el padre de mis hijos, porque compartíamos muchos amigos. Tomé una copa esa noche, una bebida sin alcohol porque nunca he sido de beber mucho. Poco después, tanto mi amiga como yo empezamos a sentirnos inusualmente mareadas y mal. La sensación no era normal, sobre todo porque se suponía que la bebida no contenía alcohol. Recuerdo sentirme insegura y decidir que lo mejor era irme. Me aseguré de que mi amiga llegara a casa sana y salva primero. Durante el trayecto en taxi, intenté estar atenta a mi entorno. Intentaba mantener la calma, estar alerta y asegurarme de llegar a casa sana y salva. Al llegar, descubrí que el padre de mis hijos estaba allí. Todavía tenía las llaves de cuando vivíamos juntos. No recuerdo todo lo que pasó después de que entrara. Recuerdo sentirme confundida y desorientada, y lo siguiente que recuerdo con claridad es despertar al día siguiente y darme cuenta de que estaba en mi cama. Aproximadamente cuatro semanas después, supe que estaba embarazada. Me costó mucho asimilar lo sucedido porque no entendía cómo había quedado embarazada. Sentía mucha confusión, miedo y dolor. Debido a mis creencias personales y a que el aborto no era una opción legal, decidí continuar con el embarazo. Nació mi hija, y una vez más intenté creer que esto podría ser un punto de inflexión. Su padre me dijo que, como ahora teníamos dos hijos juntos y él asistía a reuniones organización y trataba de cambiar, deberíamos darle otra oportunidad a nuestra familia. Quería creer que la gente podía cambiar. Quería que mis hijos tuvieran una familia. Así que lo intentamos de nuevo. Nos mudamos a un apartamento conectado a su familia, con la esperanza de que vivir en un lugar diferente creara un entorno más seguro. Por un corto tiempo, las cosas mejoraron. Pero finalmente, los mismos patrones regresaron. La ira regresó. Los insultos regresaron. La violencia regresó. Comenzó a abofetearme, tirarme del pelo, escupirme y atacarme verbalmente de nuevo. Me encontré de nuevo en el mismo ciclo del que había estado tratando desesperadamente de escapar. Denuncié los incidentes a las autoridades varias veces. Busqué ayuda. Documenté lo sucedido. Pero cada vez, sentí que las consecuencias recaían principalmente sobre mí. Cada vez que lo denunciaba, tenía que lidiar con las consecuencias. Tenía que preocuparme por las represalias. Tenía que preocuparme por mis hijos. Tenía que preocuparme por si buscar protección realmente nos haría más seguros. Con el tiempo, comencé a perder la esperanza de que el sistema me protegiera. El abuso también afectó todas las demás áreas de mi vida. Tenía oportunidades por las que trabajé muchísimo, pero mantenerlas se volvió casi imposible. Tenía un trabajo en una empresa de software donde enseñaba a estudiantes, algo de lo que estaba orgullosa y que me apasionaba. Trabajé allí durante dos años. Pero él creaba situaciones en las que llegaba tarde, interfería con mi capacidad para mantener mi horario e incluso aparecía en mi lugar de trabajo. Finalmente, después de luchar por mantener todo en orden, perdí ese trabajo. Fue devastador. No solo perdía el empleo, sino también partes del futuro que había estado tratando de construir. Aun así, seguí trabajando. Seguí cuidando a mis hijos. Seguí defendiendo a mi hijo durante sus problemas médicos. Estaba agotada, pero seguí adelante. Porque mis hijos me necesitaban. Para entonces, había pasado años tratando de encontrar una salida. Trabajaba constantemente, ahorraba todo el dinero que podía y trataba de crear algún tipo de seguridad para mis hijos. Sabía que si alguna vez quería irme de verdad, necesitaba un lugar donde pudiéramos estar seguros y estables. Antes de la pandemia, logré ahorrar suficiente dinero para comprar un pequeño apartamento que pertenecía a su madre. Ella ya no lo usaba y accedió a vendérmelo. Pagué aproximadamente cantidad por él y trabajé horas extras para poder hacerlo posible. Invertí mi propio dinero en restaurarlo y convertirlo en un hogar para mis hijos. Para mí, ese apartamento representaba algo mucho más grande que un lugar para vivir. Representaba la independencia. Representaba la posibilidad de que algún día por fin pudiera tener una vida que me perteneciera. Pero la pandemia lo cambió todo. Cuando empezó la COVID, me vi obligada a pasar dos años confinada con la persona de la que había intentado escapar durante años. El aislamiento lo empeoró todo. No había adónde ir, menos gente a la que recurrir y ninguna manera fácil de crear distancia. El maltrato continuó delante de mis hijos. Oían los gritos. Veían las discusiones. Veían a su madre siendo herida y humillada. Como madre, una de las cosas más dolorosas fue ver cuánto les afectaba. Intentaba protegerlos mientras sentía que no tenía salida. Durante este tiempo, llegué a un punto en el que dejé de cuidarme. Dejé de preocuparme por mi aspecto. Dejé de sentirme como la persona que había sido antes. Pero nunca dejé de ser madre. Incluso cuando me sentía destrozada, seguí trabajando. Continué asegurándome de que mi hijo recibiera la atención médica que necesitaba para su epilepsia y autismo. Lo apoyé en la escuela. Lo ayudé a aprender. Lo defendí cuando tenía dificultades. Más tarde, también le diagnosticaron artritis juvenil, lo que añadió otro desafío médico a una vida que ya se sentía abrumadora. Tenía que asumir las responsabilidades de criar a dos hijos, atender sus necesidades médicas, trabajar y sobrevivir al abuso al mismo tiempo. Me sentía ahogada, pero seguía adelante. Durante esos años, intenté repetidamente encontrar ayuda. Me puse en contacto con mi padre. Le mostré pruebas de lo que estaba sucediendo. Le mostré informes policiales. Le pregunté si mis hijos y yo podíamos tener un lugar seguro adonde ir. Pero debido a las complicadas relaciones familiares y circunstancias, no recibí el apoyo que necesitaba en ese momento. Tampoco tenía muchos amigos a quienes recurrir. Los años de aislamiento me habían afectado profundamente. Mucha gente a mi alrededor no entendía la realidad por la que estaba pasando, y sentía que no tenía a dónde ir. Ya había intentado irme antes. Varias veces. Pero cada intento terminaba con él encontrando la manera de volver a mi vida. Sabía cómo convencerme de quedarme. Sabía cómo crear situaciones en las que irme parecía imposible. Sabía que tenía opciones limitadas porque estaba en país , sin mis documentos, sin una red de apoyo sólida y con hijos cuyas vidas estaban ligadas al país. Finalmente, comencé a planear mi escape con más cuidado. Sabía que si intentaba irme sin preparación, podía ponerme a mí y a mis hijos en mayor peligro. Fue entonces cuando el control se intensificó. Empezó a quitarme las cosas que hacían posible irme. Uno de los ejemplos más devastadores fue mi pasaporte. Tomó mi pasaporte de país y lo destruyó. Sin mi pasaporte, mi capacidad para viajar, reemplazar documentos y salir del país se volvió aún más complicada. Mi equipo de trabajo también fue destruido, incluyendo mi computadora portátil, de la que dependía profesionalmente. No eran solo objetos. Eran herramientas que representaban mi independencia. Quitarlas significaba quitarme la capacidad de reconstruir. Me sentía atrapada. Había pasado años tratando de sobrevivir, y llegué a un punto en el que entendí algo claramente: si me quedaba, no sabía si sobreviviría. Había recibido amenazas. Temía lo que pasaría si realmente me iba. Temía lo que él pudiera hacer si sentía que perdía el control. Pero también sabía algo más. Mis hijos me necesitaban viva. Necesitaban que siguiera luchando. Y esa se convirtió en la razón por la que continué. A finales de 2024, supe que estaba llegando al límite de lo que podía soportar. Durante años, había intentado sobrevivir en una situación en la que me sentía atrapada. Había intentado irme. Había intentado pedir ayuda. Había intentado trabajar más, ahorrar dinero, documentar lo que sucedía y crear un futuro para mis hijos. Pero estaba agotada. Había aprendido que a veces irse no es un momento único. A veces es un largo proceso de preparación silenciosa, esperando la oportunidad más segura e intentando protegerme a mí misma y a mis hijos mientras vivo con alguien que ha demostrado repetidamente que no respetará mis límites. Durante este tiempo, el dinero era otra forma en que me controlaban. Hubo muchas ocasiones en las que se iba durante días, llevándose dinero consigo, dejándome a cargo de los niños y del hogar sin recursos suficientes. Hubo momentos en que tuve que depender de su familia para conseguir comida porque no tenía otra opción. Anteriormente había ayudado a abrir una cuenta de tarjeta de crédito como respaldo porque necesitaba una forma de mantener a mis hijos en esos momentos. Cuando él no estaba y necesitaba comida o artículos de primera necesidad, la usaba y luego la pagaba poco a poco. No la usaba como un lujo. Intentaba asegurarme de que mis hijos tuvieran comida y sus necesidades básicas cubiertas. Cuando descubrió que había estado usando la tarjeta y pagándola a plazos, se convirtió en otra fuente de conflicto y otra situación que terminó en violencia. Tres días después de Navidad de 2024, todo llegó a un punto crítico. Se enfureció muchísimo y decidió echarme de la casa. La casa de la que me obligó a ir era la casa por la que había trabajado. La casa que había pagado. La casa que había restaurado y creado para mis hijos. Metió mi ropa en dos bolsas de basura y las tiró afuera. Luego me obligó a irme. Grabé lo que estaba sucediendo porque sabía que necesitaba documentación. Recuerdo haber dicho repetidamente que me iría, pero que no me iría sin mis hijos. Eso era lo único en lo que no estaba dispuesta a ceder. No me iría y dejaría a mis hijos atrás. Cuando intenté volver a entrar porque mis hijos querían irse conmigo, cerró la puerta de metal y me lastimó el brazo. Fui a la comisaría cercana porque necesitaba ayuda. Expliqué que me estaba impidiendo ver a mis hijos y describí lo sucedido. Pero me dijeron que, como era su padre biológico, no podían hacer nada en ese momento. Me fui devastada. El sistema que esperaba que me protegiera no me estaba brindando la seguridad inmediata que necesitaba. Fue entonces cuando llamé a mi padre. Nuestra relación había sido complicada durante muchos años. Había habido distancia entre nosotros y muchos problemas familiares que habían afectado nuestra relación. Pero durante ese tiempo, seguí preocupada por él. Después de que se separó de su esposa, lo visitaba en secreto cuando podía. Le llevaba comida, le preparaba comidas adicionales y lo cuidaba porque sentía que estaba sufriendo y aislándose. Esta vez, cuando lo llamé y le conté lo sucedido, algo cambió. Por primera vez, pronunció las palabras que tanto necesitaba oír: «Ven aquí. Puedes quedarte aquí». Ese momento cambió mi vida. Me mudé con mi padre y comencé a reconstruir. Trabajé más duro que nunca. Me centré en sanar. Comencé terapia. Mi padre me ayudó a pagar mi primer mes de terapia, lo cual se convirtió en un paso importante para empezar a recuperarme de años de trauma. Poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. Recibí dos ascensos en el trabajo. Comencé a recuperar la confianza en mí misma. Comencé a recordar que no solo era una superviviente. Era una persona con habilidades, sueños, inteligencia y un futuro. Y lo más importante, seguí luchando por mis hijos. Aunque logré crear un entorno más seguro para mí, la situación con mis hijos seguía siendo complicada. Su padre seguía intentando usar las exigencias económicas y el acceso a los niños como una forma de controlarme. Me exigía que le pagara grandes sumas de dinero, incluyendo la manutención infantil y otros gastos. Más tarde, descubrí que algunos de los pagos de los que decía ser responsable en realidad no se estaban realizando. Continué documentándolo todo. Continué luchando. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó. Me pidieron que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera del aula y no había estado participando. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que la escuela sabía que algo andaba mal. Al principio, creyeron que estaba sufriendo por la separación de sus padres. Pero entonces llegó mi hijo. Lloraba desconsoladamente. Estaba abrumado y apenas podía comunicar lo que había sucedido. Finalmente, le dijo al personal de la escuela que su padre lo había pateado en el pecho y que no podía respirar. Para un niño con epilepsia y autismo, el estrés y el trauma extremos pueden tener graves consecuencias. La escuela me dijo que no podían enviar a mis hijos a casa con su padre ese día. Me dijeron que necesitaba obtener la custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que me llevé a mis hijos a casa. Ese día, supe que no podía seguir esperando que las cosas mejoraran. Tenía que protegerlos. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó y me pidió que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera de su aula y no había participado en las clases ese día. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que el personal de la escuela enseguida se dio cuenta de que algo no andaba bien. Al principio, creyeron que podría estar sufriendo emocionalmente debido a la separación de sus padres. Pensaron que tal vez estaba asimilando los cambios que se estaban produciendo en nuestra familia. Pero entonces me hablaron de mi hijo. Mi hijo llegó a la escuela ese día llorando, abrumado e incapaz de calmarse. Debido a su autismo, comunicarse en momentos de estrés extremo puede ser especialmente difícil para él. El personal de la escuela lo llevó a la oficina del director para que pudieran entender lo que estaba pasando. Fue entonces cuando reveló que su padre le había dado una patada en el pecho y que no había podido respirar. Escuchar eso fue devastador. Mi hijo ya vivía con epilepsia y autismo, y yo sabía lo vulnerable que era al estrés y al trauma extremos. Había dedicado años a defender sus necesidades médicas, su educación y su bienestar emocional. La idea de que estuviera experimentando miedo en el lugar donde se suponía que debía estar seguro era insoportable. La escuela me dijo que no podían permitir que mis hijos volvieran con su padre ese día sin tomar medidas adicionales. Me dijeron que necesitaba tomar medidas de custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y que, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que llevé a mis hijos a casa. Ese día, me di cuenta de que ya no podía esperar que las cosas mejoraran por sí solas. Después de llevar a mis hijos a casa, mi enfoque cambió por completo. Durante años, había estado tratando de sobrevivir mientras protegía a mis hijos. Había dedicado mucho tiempo a intentar evitar que las situaciones empeoraran, a intentar mantener la paz y a intentar encontrar una salida en circunstancias en las que me sentía atrapada. Pero después de lo que sucedió en la escuela, comprendí que algo había cambiado. Esperar a que las cosas mejoraran ya no era una opción. Mis hijos necesitaban estabilidad. Necesitaban seguridad. Necesitaban una madre dispuesta a seguir luchando por ellos. Inmediatamente comencé a tomar medidas para protegerlos legalmente. Reuní la documentación que había acumulado a lo largo de los años, incluyendo informes policiales, mensajes, grabaciones, fotografías y otras pruebas que mostraban la historia de lo sucedido. Aprendí por experiencia dolorosa que decir la verdad no siempre era suficiente. Necesitaba documentación. Necesitaba registros. Necesitaba pruebas que mostraran el patrón de comportamiento y no solo un momento aislado. Durante este tiempo, seguí reconstruyendo mi vida. Después de años de control, aislamiento y de sentirme impotente, poco a poco descubría que era capaz de valerme por mí misma. Tenía un hogar para mis hijos. Tenía trabajo. Contaba con el apoyo de mi padre. Había empezado terapia. Estaba empezando a encontrar a la persona que había sido antes de que años de abuso me arrebataran tanto. Pero el conflicto con su padre no terminó. Incluso después de la separación, siguió encontrando maneras de mantener el control mediante la presión económica, las exigencias relacionadas con los niños y los constantes intentos de interferir en mi vida. Continué documentándolo todo. Quería que el sistema legal comprendiera la situación completa: no solo un evento, sino los años de abuso, intimidación y control que nos habían llevado a ese punto. Entonces la situación se agravó de nuevo. Después de años de abuso, separación y conflicto, su comportamiento se volvió cada vez más aterrador. Durante aproximadamente un mes, sufrí un intenso acoso y persecución. Me sentía vigilada e insegura. Temía que perder el control de la situación lo llevara a intensificar su comportamiento y que estuviera intentando volver a mi vida. Esta vez, me negué a guardar silencio. Guardé mensajes. Conservé pruebas. Documenté lo que estaba sucediendo. Contacté a las autoridades cuando necesité ayuda. Durante años, me pregunté si alguien me creería de verdad. Ya había denunciado abusos antes. Ya había acudido a las autoridades antes. Ya había presentado pruebas antes. Pero cada vez, sentía que me quedaba con las consecuencias de intentar buscar protección. Esta vez, seguí adelante porque mis hijos merecían estar seguros. Finalmente, la situación llegó a los tribunales. Presenté las pruebas que había reunido durante años, junto con las pruebas del acoso y persecución más recientes. El proceso legal fue extremadamente difícil. En un momento dado, el caso estuvo a punto de ser desestimado a pesar de la cantidad de pruebas que había aportado. Me negué a rendirme. Apelé la decisión y seguí luchando para que se escucharan mis preocupaciones. Finalmente, me concedieron una orden de alejamiento total. Ese momento fue significativo para mí. No era solo un documento legal. Era un reconocimiento. Reconocimiento de que lo que había vivido importaba. Reconocimiento de que mi miedo se basaba en hechos reales. Reconocimiento de que tenía derecho a protección. Aunque el resultado no fue exactamente el que esperaba, al fin hubo intervención legal. En lugar de ir a prisión, su familia intervino y lo internaron involuntariamente en un centro psiquiátrico. Si bien no era el resultado que esperaba, el tribunal reconoció que la situación requería una intervención seria y me concedieron protección mediante la orden de alejamiento. Pero incluso con esa protección, mi lucha no había terminado. Porque mis hijos y yo seguíamos en país . Y ya no luchaba solo para escapar del abuso. Luchaba para traer a mis hijos a casa. Durante este nuevo capítulo de mi vida, conocí a mi marido. Él entró en mi vida después de que yo ya hubiera sobrevivido a años de abuso, aislamiento y miedo. Vio por lo que había pasado y me apoyó mientras me reconstruía y luchaba por mis hijos. Por primera vez en muchos años, experimenté lo que se siente tener a alguien a mi lado que me cree, me apoya y desea un futuro seguro para mis hijos y para mí. Ahora nos espera en estado mientras seguimos lidiando con el proceso legal que nos separa de estar juntos como familia. Mi sueño siempre ha sido simple: un hogar seguro. Una vida estable. Un futuro donde mis hijos puedan crecer sin miedo. Pero debido a que nuestra situación trasciende fronteras internacionales, el proceso es complicado. Mi hijo tiene la posibilidad de obtener la ciudadanía de país a través de su conexión con país mediante el proceso legal correspondiente. La situación de mi hija es más complicada porque es ciudadana de país , y traerla a país requiere cumplir con requisitos legales adicionales. Así que, incluso después de escapar del peligro inmediato, la batalla continuó. Escapé de la relación. Sobreviví al abuso. Pero sigo luchando para que mis hijos regresen a casa.

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  • “Estos momentos, mi quebrantamiento, se han transformado en una misión. Mi voz solía ayudar a otros. Mis experiencias tenían un impacto. Ahora elijo ver poder, fuerza e incluso belleza en mi historia”.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇺🇸

    Diciembre de 2016 - Mi historia

    Fui víctima de abuso por parte de quien se suponía que era mi mejor amiga cuando solo tenía nueve años; ella era solo un año mayor que yo. Sufrí durante años en silencio, sin comprender lo que había sucedido y reprimiéndome; pero aún así tuve que lidiar con todo el daño que me causó a mi psique. Me quedé en su casa esa noche, ya que mis padres habían salido con sus amigos. Y todavía recuerdo la ropa que llevaba puesta y el libro que estaba leyendo. Acabábamos de apagar las luces cuando ella bajó de su cama y se subió a mi colchón inflable. Me inmovilizó y frotó su entrepierna contra la mía mientras repetía frases sexuales e intentaba que la besara. Me tenía inmovilizada y no paraba, incluso cuando se lo pedí repetidamente, incluso cuando dije que no. Empezó a reírse de mi lucha por detenerla, por detener sus intentos de besarme, por detener el acto sexual. No paró hasta que ella decidió terminar, y se esperaba que yo me fuera a la cama después. Nunca se lo conté a nadie, tenía demasiado miedo. Pensé que tal vez era algo que las chicas hacían en las pijamadas, algo que yo desconocía porque no iba a muchas. No fue hasta que cumplí dieciocho años el año pasado que recordé todo lo que pasó. Incluso entonces, tardé meses en encontrar la fuerza para sincerarme con una amiga y luego con mi terapeuta. He empezado a sanar, pero ella me ha causado un daño tremendo a mi imagen corporal, a la seguridad y comodidad que siento conmigo misma y a cómo veo las situaciones íntimas. Pasé años sintiéndome avergonzada por problemas que ella me causó, por los que me hacía sentir mal. Ya no quiero sentirme así y quiero poder compartir mi historia públicamente para ayudar a otras personas. Soy una superviviente de abuso sexual infantil.

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  • “Realmente espero que compartir mi historia ayude a otros de una manera u otra y ciertamente puedo decir que me ayudará a ser más abierta con mi historia”.

    “Sanar significa perdonarme a mí mismo por todas las cosas que pude haber hecho mal en el momento”.

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    🇺🇸

    Solo llámame "papá"

    En mi historia, COMENZÓ CON MI HERMANO, mencioné brevemente 3 instancias en las que evité ser violada al dejar que los hombres me tuvieran cuando parecía que iban a hacerlo sin importar si yo consentía o no. Creo que evité el trauma emocional y físico en ese momento, pero la ira, el resentimiento hacia mí misma y los sentimientos de haber sido agraviada y al respecto se acumularon después. Nunca compartí ni publiqué esas historias. Por favor, lea mi historia original para el contexto. En esta instancia, el sexo ya estaba sucediendo cuando desperté, y mi reflejo fue tomar el camino de la no confrontación. El camino fácil, no el correcto. Había llegado a casa del trabajo como mesera en mi bar y restaurante a la parrilla y mi compañera de cuarto tenía a su padre alojado con nosotros durante el fin de semana. Ya lo conocía porque condujeron directamente del aeropuerto al bar deportivo en el que trabajaba. Ahí fue donde me dijo: "Solo llámame, 'papá'". Se sentaron en mi sección, comieron y se fueron. Sin problemas. Luego, de vuelta en nuestro apartamento de dos habitaciones, hubo una pequeña fiesta para él con un par de amigos. Tomé un par de sidras fuertes y charlé sobre la universidad y mi compañera de piso, y escuché historias de cuando ella era niña. Coqueteé y seguí la corriente a las insinuaciones sexuales de "Papá" dirigidas a mí, e ignoré sus ojos de arriba abajo. Ya estaba acostumbrada. Jugué a ser la buena anfitriona y esperé hasta que todo se calmara, probablemente alrededor de las 2 o 3 de la mañana, antes de ducharme e irme a la cama. Había sido un largo día con clases y trabajo. Me desperté unas horas más tarde con "Papá" ya dentro de mí, ¡empujando dentro y fuera entre mis piernas! Por la luz que entraba a raudales por mis persianas oscuras, podía decir que era de día. ¡Pero qué diablos estaba pasando! No tenía bragas, pero sí camiseta. Debajo, la figura oscura que rápidamente pude identificar como "Papá" me acariciaba los pechos con una mano mientras me sujetaba con la otra. Todavía aturdida y confundida, supongo que lo abracé y respondí como una compañera dispuesta. Pronto terminó y luego se puso incómodo. Me dijo "Eso realmente dio en el clavo". ¡Empezó a conversar! Cuanto más tenía que pensar, más me daba cuenta de lo que había pasado. Que simplemente se había servido mientras yo dormía. Tenía 19 años y estaba saliendo con un jugador de béisbol universitario atractivo en ese momento y no me habría acercado a este tipo de cincuenta y tantos a propósito. Seguro que estaba bebiendo esa noche, pero yo solo había tomado unas pocas sidras. Así que ahí estaba yo, dándome cuenta de que me habían violado, ¡pero rehén de un sentido de la cortesía! Sin mencionar que medía 1,60 m y pesaba 50 kg, por lo que estaba la intimidación física de un hombre mucho más alto con un cuerpo de padre. Siempre orino justo después del sexo, pero me sentí cautiva por las divagaciones de "Papá" mientras se apoyaba en un codo flotando sobre mí mientras pasaba sus dedos sobre mí y me acariciaba el cabello esporádicamente. Compartí con él su lata de cerveza fría, que debió abrir justo antes de entrar a violarme, porque recuerdo haber bebido a fondo el líquido frío que me alivió la garganta seca. Sufrí algunos chistes de papá e historias que no me interesaban, además de responder algunas preguntas personales sobre mí y mi sexualidad. Buscaba un momento para levantarme y alejarme de "Papá" cuando dijo: "Estoy listo para ir otra vez, cariño". ¡No! ¡Se colocó encima de mí! En lugar de resistirme o incluso decir "no", abrí las piernas para acomodarlo. ¡Qué demonios! La segunda vez no tuvo la misma ansiedad que la primera, por desgracia. Como él mismo dijo, esta vez quería darme una lección. Supongo que sobre lo bueno que era en la cama. Un caso claro de "pene de whisky". Así que dejé que este hombre con el que nunca había querido ni considerado tener sexo me empujara en varias posturas. Era un hombre grande y mucho más fuerte que yo, era una broma. Después del misionero, me levantó para demostrarme algo y me lo hizo contra la pared junto a mi ventana. Recuerdo ver a través de las rendijas de las persianas y saber que era temprano porque el estacionamiento estaba lleno y no se movía nada. Entonces me tiré de golpe a la cama. Hicimos un 69, yo tumbada sobre él, chupándolo con todas mis fuerzas, deseando acabar con él mientras me lamía. ¡Fracasé! En un momento dado, me tuvo encima, montándolo. Estaba a gatas con él embistiendo detrás de mí cuando me desplomé boca abajo bajo su peso. Disfrutaba de las embestidas sin parar, ya que estaba completamente inmovilizada por él. Dejé que me diera dos o más orgasmos con la esperanza de que acabara. Grité tanto que me daba vergüenza que mi compañera de cuarto entrara corriendo en cualquier momento. Estaba desmayada, borracha. Finalmente se fue en cuanto terminó. Estoy segura de que tenía el ego desorbitado y ¡ese hombre tan terrible todavía piensa en mí! Me quedo tumbada en la cama, recuperando el aliento y cada vez más ansiosa. Me levanté, me puse un chándal y salí corriendo hacia el gimnasio. Tenía muchísimas ganas de escaparme. Bebí agua como si acabara de salir de un desierto. Me duché un buen rato en el gimnasio vacío del sábado por la mañana, sin más productos que jabón de manos. Luego empecé a entrenar como una loca, con tres horas de sueño y agotada. Intentaba sacármelo de encima sudando, gritando y haciendo ejercicio a toda máquina. Me duché de nuevo, salí y me quedé dormida en el coche, en la parte de atrás del aparcamiento. El resto del fin de semana solo iba a mi apartamento unos minutos a la vez para recoger cosas que necesitaba. ¡Y desde luego que no dormí allí! Cuando se fue, respondí a las preguntas de mi compañera de piso, que había estado ignorando con mentiras y respuestas cortas. Le dije la verdad. Se encogió de hombros y me miró con escepticismo, como si fuera una de esas cosas. Fui promiscua en la universidad y ella lo sabía. Hicimos una especie de broma y seguimos adelante. De la forma fácil, no de la correcta. Todavía me siento muy culpable por cómo era entonces. En aquel entonces, mi problema no era "ojalá hubiera peleado con él". ¡Lo que deseaba era haber estado demasiado borracho para recordarlo! Así que eso fue todo. Algo que guardé dentro, supurando. Otras cosas se sumaron y lo escondí bajo la alfombra de mi mente dañada. No es uno de los peores esqueletos en mi armario, pero por ahora estoy dispuesta a compartirlo. Estoy trabajando en las demás. Mi primera historia me ayudó mucho. Espero que también le haya ayudado a alguien más. Les agradezco a todos y me solidarizo. Leeré sus historias y los apoyaré en mis pensamientos y oraciones.

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    Este es un espacio donde sobrevivientes de trauma y abuso comparten sus historias junto a aliados que los apoyan. Estas historias nos recuerdan que existe esperanza incluso en tiempos difíciles. Nunca estás solo en tu experiencia. La sanación es posible para todos.

    ¿Cuál cree que es el lugar adecuado para empezar hoy?
    Historia
    De un sobreviviente
    🇪🇸

    Corazón fuerte

    Si alguien quisiera entender quién soy, tendría que saber que… No sabría cómo ni por dónde empezar. Supongo que por la base de todo: mi niñez. Me llamo Name. Nací en Venezuela, pero me crie toda la vida en España, bueno, a partir de los ocho años. Mi niñez… qué decir. Era feliz. Fui feliz. O eso cree uno a esas edades. Mis primeros ocho años en Venezuela. Supongo que fui feliz. Una familia que me quería, un hermano, una mamá… aunque nunca un papá. Mami siempre supo cómo tirar ella sola con nosotros. Siempre me inculcó cosas buenas de mi padre. Incluso me enseñaba cartas y fotos de él. Crecí queriendo a mi padre, aun sin haberlo visto nunca en persona. Tuve un colegio que me gustaba mucho, aunque he de decir que la liaba mucho. Era demasiado ruido para aulas tan pequeñas. Tengo muchos recuerdos bonitos, otros que ahora de adulta sé que no lo fueron. Me dieron todo, tuve todo. A pesar de venir de una familia humilde, nunca me faltó un plato de comida, nunca me faltó amor, nunca me faltó nada. Todo se complica… Cuando cumplo los cuatro años, cuando ya eres un poquito, pero muy poquito, más consciente de la vida, todo se complica. Mamá dejó de estudiar y decidió trabajar. Eso implicaba verla menos. Eso implicaba ser cuidada por otras personas. Eso implicaba muchas cosas. A partir de ahí mi vida se derrumbó. A partir de ahí marcaría un antes y un después. A partir de ahí mi vida en la adultez sería distinta. La gravedad de todo lo vi al crecer. Aunque he de decir que tuve una pequeña reacción siendo tan pequeña. Podría decir que algo dentro de mí me dijo: esto está mal, esto no puede ser así. Siempre he dicho: ¿dónde estaba Dios? Soy creyente, o fui creyente, pero poco a poco todo eso fue desapareciendo. Cuanto más dolor me causaba la vida, más dejaba de creer. No me enrollo más… vamos al principio. Pues sí, tuve una niñez bastante bonita. Aunque la parte mala ahí está, y creo que estará por siempre en mi vida. Supongo que escribirlo me hace sentir un poquito mejor. Recalcar toda mi vida me hace sentir algo mejor. Fui violada. Sí, abusaron de mí siendo tan solo una niña de cuatro años. A partir de ahí me destrozaron la vida. Fui cumpliendo años y eso seguía sucediendo. Supongo que para mí era algo normal. Un niño, al sufrir eso, jamás podría darse cuenta de la gravedad. La persona que se supone que tenía que cuidar de mí era la causante de mis traumas ahora de mayor. Mi hermano y yo, siempre unidos, siempre juntos, mano a mano. Pasó por lo mismo, solo que yo cedía. Cedí muchas veces porque sabía que era la única forma, la única forma que tenía para proteger a mi tesoro más preciado: mi hermano. ¿Dónde estaba mi familia? Éramos tan solo unos niños que necesitaban ayuda de un adulto. ¿Dónde estaban todos? ¿Por qué nunca nadie se dio cuenta? Tan solo necesitábamos a un adulto que nos ayudase. ¿Cómo íbamos nosotros mismos a ayudarnos? Mi vida cambió. Mi tía nos devolvió la vida. La decisión de venir a España cambió nuestras vidas. Era un pequeño viaje. Jamás pensábamos quedarnos aquí a vivir. Ed y yo felices, con nuestra pequeña maleta, sabiendo que algún día volveríamos a Venezuela, que en un mes o así estaríamos de vuelta. Y aquí estoy, veinte años después, agradeciendo día a día la decisión de quedarnos aquí. Ahí empezó mi verdadera infancia feliz. Nos dieron todo. Mis tías nos dieron todo. Nunca había sido tan feliz. Mamá se enamoró. Ahí conoció al que creí mi padre. Es normal, ¿no? Te crías sin una figura paterna y cuando entra alguien en tu vida con tanto amor para darte… cómo no creer que es tu padre. Mil viajes, muchas playas, muchos planes, mucho de todo. Él nos dio tanto. Estuvo en todo. Cómo no haberle querido tanto. El colegio es verdad que no me gustaba tanto. Sufrí mucho bullying. Supongo que no estarían acostumbrados a ver a una niña latina, pelo rizado y rasgos de negra. Esa parte quiero omitirla. La verdad que me marcó demasiado. Pensé siempre que de ahí venía mi inseguridad. Crecí. O eso creía con catorce años. Me creía la reina del mambo. Quería vivir rápido, quería ser adulta, quería hacer mil cosas. Empecé a perderme. A ser una inconsciente con mamá. A ser una rebelde. Cuanto más me prohibían, más quería hacerlo. Creo que fue mi peor época. Nunca me sentí entendida por nadie. Nunca nadie se sentó a explicarme paso a paso cómo va la vida y desde cuándo tenía que empezarla a vivir como una adulta. Mamá lo hizo bien siempre, pero he de decir que no supo lidiar con una adolescente llena de ira, llena de rabia, llena de odio. Fui mi peor versión. Pero era adolescente, ¿quién se da cuenta a esas edades? Porque yo, hasta que no tuve un choque de realidad, no me di cuenta. Mi primer amor… Sí, tuve mi primer amor. Fue lo más preciado que la vida me había dado. Tus primeras veces en todo, tus primeros te quiero, tu primer sentimiento de amor, tu primer todo. Fue un fracaso. Supongo que éramos muy jóvenes e inexpertos. Yo quería más, salir al mundo, conocer gente. No me valía nada. Tuve más de un amor. Con todos fracasé. Pero me quedo con lo que aprendí con cada uno de ellos. Aprendí a saber qué merezco y qué no. Aprendí a quererme un poco más. Aprendí a no tolerar cosas que no. Aprendí a no quedarme con migajas. No sé por qué nunca me fue bien en el amor. Y la poca fe que me quedaba me la destrozaron. Cumplo dieciocho. Por fin mayor de edad. Por fin podría hacer lo que me diese la gana. Eso sentía y eso creía. Me duró bastante la rebeldía. Hasta que… Ocurriría de nuevo. Mamá se separa. Mi vida cambia. Todo cambia. Mi supuesto padre sigue siéndolo. Seguimos queriéndolo como el primer día. Seguimos viéndole. Seguimos todo con él, a pesar de no estar con mamá. Pero tuve un choque con la realidad. Creí que mis parejas me habían roto el corazón, pero creí mal. Él me rompió el corazón. Dejé de creer en el amor. Si la persona que más quería, a quien yo consideraba mi papá, me partió el alma, me partió el corazón… ¿qué iba a pensar del resto del mundo? ¿Cómo debía ser yo? Y llegó ese día, el segundo peor día de mi vida. Sufrí violencia doméstica. Mi supuesto padre fue capaz de destrozarme la vida. Intento de violación. Una vez más sentí ese miedo. Una vez más sentí que la vida se me caía. Una vez más sentí decepción. Una vez más sentí cómo mi corazón se rompía poco a poco. Cómo creer en la gente. Cómo creer en la vida. Nace Brother. Empecé a ver la vida un poco mejor. Brother llega a nuestras vidas, mi pequeño hermano, y cambié por completo. Me dio esa felicidad que no tenía. Me dio esa calma en el alma que yo tanto necesitaba. Verle tan pequeño, tan bonito, esas manitos… Mi hermano me devolvió la vida y las ganas de querer con el alma a alguien. Nunca se lo dije. Es muy pequeño. Pero algún día me sentaré y hablaré con él. Dejé de estudiar. Fui de mal en peor en los estudios y decidí adentrarme en el mundo de la hostelería. Crecí de verdad. Mi mentalidad cambió. Empecé a ser mejor persona con mamá, mejor persona con mi hermano Edy, mejor persona con todos. Trabajar me hizo darme cuenta de cuánto cuesta la vida. De cuánto ha tenido que currar mamá para darnos todo. Trabajar me hizo crecer como persona, como mujer. Pasa el tiempo. Pasa la vida. Y sí, sigo estancada en la hostelería. Pero he de decir que me he ganado todo lo que tengo a pulso. Agradecida de todo lo que aprendí. Sigo con la vida. Sigo con mi vida. Pasa el tiempo. Vuelvo a tener amores que no van a ningún lado. Más decepciones: de familia, de novios, de amistades. Pero supongo que siempre pude con todo. Era como que mi corazón estaba a prueba de balas. Como que algo más ya me era indiferente. Estaba tan acostumbrada a que lo malo me persiguiese que era totalmente normal para mí. Pero oye, que nunca dejé de ser buena. Nunca dejé de tener este corazón tan noble, como dice mamá. Siempre di todo de mí a todos. Siempre fui con mis mejores intenciones. Hace poco leí que las personas que siempre están haciendo la gracia son las que más tristes están por dentro. Nunca algo me había representado tanto. Como digo yo, soy la payasa del grupo. Me encanta ver a mi gente reír a base de mis ocurrencias. Eso me hace sentir un poco menos mal. Eso me ayuda mucho. Me gusta hacer la gracia siempre, porque sí, porque no. Eso me hace olvidar un poco todo. Pasa el tiempo y estoy en calma. Siento que no tendré nada más por lo que sufrir. Y llega un mensaje inesperado… Siempre estuve en contacto con mi padre, ese mismo del que mamá siempre me habló y siempre me inculcó cosas buenas. Le quiero tanto que jamás se me pasaría por la mente odiarle. Y llega un mensaje: “Hola hija, Dios te bendiga. Soy tu papá, el hermano de tu mamá.” Mi mente no entendía absolutamente nada. Papá, mamá, hermano… Pensé que era fake, pero indagué hasta dar con la realidad de todo. Ese día, bendito día, una vez más me vuelven a romper el corazón. Pero esta vez, mi querida mamá. Resulta que ese señor era mi padre de verdad. Resulta que mi mamá no era mi madre biológica. Resulta que toda mi vida crecí creyéndome mentiras. Mi madre biológica me abandonó. Con tan solo un mes de nacida. Me abandonó como un perro. Mi papá, con miedo de la vida, con miedo de seguir con una niña tan pequeña, solo buscó ayuda. Ayuda de sus hermanos. Y ahí entra mi mamá en el plano. Como me dice ella: “Hija, me enamoré de ti. Verte tan pequeña, tan vulnerable, con esa carita, con esa nariz, con esos rizos… cómo no quedarme contigo.” Mamá no me dio la vida. Me la devolvió. Agradezco la vida que me diste, mamá. Para mí siempre serás mi madre. Mi única y verdadera madre. Pero me duele el alma. Todo por lo que tanto había trabajado volvió: mis miedos, mis inquietudes, mis traumas, mis inseguridades, mi rabia, mi ira. Y llegó él. Llegó alguien a mi vida para hacerme entender que la vida no siempre es tan mala. Alguien que me haría entender por qué nunca funcionó con nadie más. Alguien que me daría todo el amor del mundo. Y llegaste tú, justo en el momento que más me dolía la vida. Llegaste y me olvidé por un ratito de todo lo que estaba pasando. Volví a creer en el amor. Volví a creer en que de verdad hay personas buenas con corazones bonitos. A veces siento que no lo merezco. A veces siento que es una trampa de la vida. Me saboteo mucho. No sé cómo asimilarlo. Siento que en cualquier momento todo se romperá. Sentiré miedo. Sentiré angustia .

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  • Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇲🇽

    Solo tú sabes lo que sientes, no dejes que nadie te diga que no es válido.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇲🇽

    Cómo es posible ?

    En México se aproxima que al menos dos personas son violadas cada hora, esta cifra no la conocía hasta hace poco, cuando sufrí de abuso minimicé demasiado lo que me había pasado, pensaba, hay chicas que son violadas y torturadas, mueren o nunca más son encontradas, por que lo mío importaría? Soy hombre, como es que alguien puede creer que un hombre sufrió de abuso sexual? Verás, tengo 22 años, me encontraba en un día cualquiera, no hace demasiado lo había dejado con una pareja, y una “amiga” de la secundaria que alguna vez fue mi ex me escribió, respondió una historia en Instagram y empezamos a hablar, tenía mucho tiempo de haberla visto por última vez, me dijo que te parece si nos vemos el lunes ? Yo accedí y le dije claro vayamos por un café, ella vive sola por lo que la idea de ir a su casa y comer no me parecía mala, como dos adultos maduros, ella dijo vayamos a un café y le dije está bien, estaríamos dos horas en el café por que ella después tenía que irse a un compromiso y yo tenía un trámite que realizar, a la mitad del café su madre le marcó y canceló su compromiso, por lo que ya no tenía que irse, después de eso fuimos a un bar cercano, bebimos un par de tragos y jugamos alguna partida de billar, mientras jugábamos ella me Seducía y besaba, lo que al inicio no me pareció desagradable, pasando un rato decidimos ir a su casa, llegamos y evidentemente la idea era besarnos, tener un faje e irnos, yo no llevaba preservativos y tampoco quería llegar a más por que tenía dudas, aún no sabía si yo quería volver con mi ex así que tapo o quería ir más allá, llegamos a su cuarto y empezamos, besos, roces y un poco de toqueteo, empezamos a desvestirnos y yo decidí no bajar mi pantalón, ella insistió y con incomodidad dije bueno, me quedé en ropa interior y seguimos besándonos, después de eso ella se subió encima de mí, esta chica no era más pesada que yo pero si era pesada, al subirse sentí algo raro y es que no estaba encima de mi pelvis si no de mi abdomen, me siguió besando y en algún punto me quedé sin aire, si bien podía respirar, me sentía muy débil como para moverla, ella me dijo quiero que lo metas, a lo que yo respondí NO, no tengo preservativos y la verdad prefiero no hacerlo así, ella me dijo que tenía el implante por temas de salud, que no quedara embarazada, inmediatamente dije NO importa, el embarazo no es lo único que me preocupa, no tengo preservativos tal vez otro día, ella no dijo nada y siguió besándome, después de un rato ella bajó su mano, sacó mi pene y yo intenté quitar sus manos, le dije basta no quiero, ella parecía no escuchar a lo que yo dije espera es que no te va a gustar, hace poco tuve una infección y es mejor así, me dijo ah sí que infección ? Yo no supe qué contestar al momento y ella dijo es mentira, lo metió, se sentó por completo y después de unos pocos segundos eyacule, incómodo le dije ya, ya me vine no se puede más, pese a ello ella se quedó sentada encima de mi, exactamente en la misma posición, le dije bueno ya terminamos muévete por favor, ella me dijo que no que había sido muy rápido y que aún no estaba satisfecha, yo le dije que tal vez otro día, ella notó mi cara de incomodidad y me dijo que pasa? Yo le dije tengo muchas cosas en la mente puedes moverte ? Siguió sin hacerme caso y me dijo no puedo quedar embarazada y si te preocupa hace un año que no estoy con alguien, yo no tengo nada, le dije al momento no es eso, sin más ideas le dije me estoy quedando sin aire ella se movió un poco de lado y cuando pude respirar fui capaz de moverla, me empecé a vestir y ella aún desnuda agarró mi ropa la abrazó y no quería dármela, empezó a decir entonces me vas a abandonar? Me dejarás aquí desnuda, anda déjame limpiártelo con la boca, espera un poco y sigamos o duerme aquí, yo le dije que era tarde que tenía que regresar a casa y que no podía quedarme, aún con mi ropa en sus brazos y sin querer dármela le dije bien volveré otro dia, ella dijo está bien pero ese día te quedarás, le dije que sí que no había problema, solo entonces soltó mi ropa y me la dio, me vestí y salí de ahí, subí a un taxi y comencé a escribirle a mi mejor amiga, en ese momento me sentía estúpido y jamás me había sentido tan vulnerable, no dejaba de culparme y decirme una y otra vez si no hubieses ido todo estaría bien, lo hablé con mi mejor amiga y mi psicóloga, más tarde con una asociación de apoyo y todos dijeron lo mismo fue “violacion” detuve mis lágrimas y empecé a decirme a mí mismo, no puedes ser tan tonto, empecé a minimizarlo, y como dije al inicio me repetía, hay chicas que no regresan, son drogadas, violadas y torturadas, nunca son encontradas, tú fuiste a su casa, tu bebiste con ella tú accediste a un faje, como es que lo llamas abuso? Sin embargo sigo sintiéndome culpable, me siento vacío, solo y con mucho miedo, miedo a una ets, miedo a contarlo, e incluso miedo a admitirlo, no puedo evitar pensar que tal vez yo fui el culpable, que no debería estarme quejando y que al contarlo simplemente dirán por qué te quejas de ello ?

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
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    poder seguir adelante y pasar un poco la pagina

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  • Historia
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    No tengo recuerdos claros y siento mucha culpa

    Mi historia es un poco larga. Cuando tenía 15 años o 16 años, vino a mi mente el recuerdo de cosas que habían ocurrido cuando yo tenía entre 4 y 5 años. Dos tíos abusaron de mí. Los recuerdos sobre esto nunca han sido claros y ahora, muchos años después, todo se ha vuelto más lejano y confuso y he dudado varias veces de mí misma y de mi historia. Hay otras cosas que pasaron en mi infancia que sí recuerdo con más claridad: cuando tenía entre 7 y 8 años, vi a mis papás teniendo relaciones sexuales a mi lado (esa noche me había pasado a dormir con ellos en su cama). Tiempo después, se repitió la situación, pero con mi padrastro y mi mamá. También cuando tenía entre 7 y 8 años, estaba revisando unos CD'S en el DVD que había en la casa para marcarlos según el género musical o según la película que fuera. Uno de los CD'S, era una película porno. Como casi siempre, me encontraba sola en mi casa, entonces la vi completa. No recuerdo si me masturbé. Sé que desde muy niña me frotaba con peluches, muñecas y otros objetos, aunque sin mucha conciencia de lo que hacía, pero estaba presente el miedo a ser vista. Hay algo que me atormenta en este momento: cuando tenía 6 o 7 años, mi prima (ella un año mayor) y yo jugábamos a imitar algunas posiciones de un libro de kamasutra que había en su casa. También tengo leves recuerdos de una vez que, mientras nos bañábamos, frotamos nuestras partes íntimas. No sé si esto se dio en el marco de una curiosidad bilateral y por el contenido del libro al que habíamos estado expuestas o si fui yo quien generó la situación y la persuadió a ella de hacerlo o si la manipulé. No recuerdo que haya sido así, pero me da miedo que sí. ¿Y si imité lo que hacía mis tíos conmigo o lo que vi en contenido al que estuve expuesta? Siento miedo, culpa y vergüenza. Además, hace medio año, recordé que cuando tenía 10 años y cargué a mi hermanita en mi piernas (que estaba como de un mes), sentí un estímulo placentero en mi zona íntima por el contacto. Cuando esta imagen vino a mí (tampoco fue clara, como mis otros recuerdos) sentí culpa, pero no escaló a más porque entendí que fue una reacción física y nada más. Pero luego no podía dejar de pensar en ello y me cuestionaba si había prologando o intensificado el contacto y sentí muchísima culpa, asco y vergüenza. Fue tan fuerte, que tuve un episodio de TOC y siento que aún no he podido salir de ahí, porque ahora me inundan las dudas sobre lo sucedido con mi prima.

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  • Historia
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    Diciembre de 2016 - Mi historia

    Fui víctima de abuso por parte de quien se suponía que era mi mejor amiga cuando solo tenía nueve años; ella era solo un año mayor que yo. Sufrí durante años en silencio, sin comprender lo que había sucedido y reprimiéndome; pero aún así tuve que lidiar con todo el daño que me causó a mi psique. Me quedé en su casa esa noche, ya que mis padres habían salido con sus amigos. Y todavía recuerdo la ropa que llevaba puesta y el libro que estaba leyendo. Acabábamos de apagar las luces cuando ella bajó de su cama y se subió a mi colchón inflable. Me inmovilizó y frotó su entrepierna contra la mía mientras repetía frases sexuales e intentaba que la besara. Me tenía inmovilizada y no paraba, incluso cuando se lo pedí repetidamente, incluso cuando dije que no. Empezó a reírse de mi lucha por detenerla, por detener sus intentos de besarme, por detener el acto sexual. No paró hasta que ella decidió terminar, y se esperaba que yo me fuera a la cama después. Nunca se lo conté a nadie, tenía demasiado miedo. Pensé que tal vez era algo que las chicas hacían en las pijamadas, algo que yo desconocía porque no iba a muchas. No fue hasta que cumplí dieciocho años el año pasado que recordé todo lo que pasó. Incluso entonces, tardé meses en encontrar la fuerza para sincerarme con una amiga y luego con mi terapeuta. He empezado a sanar, pero ella me ha causado un daño tremendo a mi imagen corporal, a la seguridad y comodidad que siento conmigo misma y a cómo veo las situaciones íntimas. Pasé años sintiéndome avergonzada por problemas que ella me causó, por los que me hacía sentir mal. Ya no quiero sentirme así y quiero poder compartir mi historia públicamente para ayudar a otras personas. Soy una superviviente de abuso sexual infantil.

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  • “Puede resultar muy difícil pedir ayuda cuando estás pasando por un momento difícil. La recuperación es un gran peso que hay que soportar, pero no es necesario que lo lleves tú solo”.

    Estás sobreviviendo y eso es suficiente.

    “He aprendido a abundar en la alegría de las cosas pequeñas... y de Dios, la bondad de las personas. Desconocidos, maestros, amigos. A veces no lo parece, pero hay bondad en el mundo, y eso también me da esperanza”.

    Mensaje de Sanación
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    🇺🇾

    Aprender a vivir sin querer matarme

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  • Creemos en ti. Eres fuerte.

    “Para mí, sanar significa que todas estas cosas que sucedieron no tienen por qué definirme”.

    Mensaje de Sanación
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    🇦🇷

    Todavía no me considero completamente curada. Para mí, la curación no es un momento en el que todo lo sucedido desaparece o el dolor deja de existir. Sigo viviendo las secuelas de años de abuso. Sigo luchando por mis hijos. Sigo lidiando con el proceso legal que se interpone entre nosotros y el futuro seguro por el que trabajo. Sigo aprendiendo a vivir con los efectos del trauma y el TEPT. Pero mi comprensión de la curación ha cambiado. Ya no creo que curar signifique que nunca volveré a sufrir. Creo que curar significa que, incluso cargando con heridas, sigo adelante. Mi fe ha sido una parte fundamental de ese camino. Como cristiana, creo que Dios estuvo conmigo incluso en los momentos en que me sentí completamente sola. Hubo momentos en que me sentí abandonada, en que no entendía por qué estaba pasando por tanto y en que me preguntaba cómo podía seguir adelante. Pero mirando hacia atrás, puedo ver momentos en los que recibí fuerza cuando creía que ya no me quedaba. Mi curación no ha consistido en fingir que el dolor no existió. Se trata de confiar en que mi historia no termina con lo que me hicieron. Creo que Dios me dio la fuerza para proteger a mis hijos, para seguir luchando y para mantenerme en pie cuando me sentía destrozada. Creo que mi vida aún tiene un propósito y que los años que pasé sobreviviendo no definen el resto de mi historia. Sanar ha significado aprender que merezco amor, respeto y seguridad. Ha significado permitirme aceptar ayuda después de años de creer que tenía que cargar con todo sola. Ha significado reconstruir mi confianza, redescubrir quién soy y comprender que no solo soy una sobreviviente de lo que sucedió, sino también una madre, una mujer, una hija y una persona con un futuro. Sigo sanando. Sigo luchando. Sigo aprendiendo. Pero no soy la misma persona que era cuando estaba atrapada por el miedo. Mi fe me recuerda que Dios puede sacar belleza de los lugares rotos. Me recuerda que el sufrimiento no es el final de la historia. Me recuerda que incluso en los momentos más difíciles, no estoy sola. Para mí, sanar no es olvidar el pasado. Sanar es permitir que Dios use mi historia para algo más grande. Sanar es elegir la esperanza incluso cuando todavía estoy en medio de la batalla. Sanar es creer que aquello que estaba destinado a destruirme no tendrá la última palabra.

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  • “Estos momentos, mi quebrantamiento, se han transformado en una misión. Mi voz solía ayudar a otros. Mis experiencias tenían un impacto. Ahora elijo ver poder, fuerza e incluso belleza en mi historia”.

    “Realmente espero que compartir mi historia ayude a otros de una manera u otra y ciertamente puedo decir que me ayudará a ser más abierta con mi historia”.

    “Sanar significa perdonarme a mí mismo por todas las cosas que pude haber hecho mal en el momento”.

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
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    Quisiera saber que se siente sanar.

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  • Mensaje de Sanación
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    🇪🇸

    Contar eso sin derrumbarme

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇨🇴

    Sanar es entender

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇨🇦

    Name, solo tenía 6 años

    Tenía alrededor de 6 años, cierro los ojos y es cómo si volviera a vivir en carne propia el recuerdo, me acuerdo del ruido de la televisión, el olor del desayuno que estaba comiendo, yo solo estaba viendo caricaturas. El, un hombre de alrededor 50 años me cargó y me acomodó en sus piernas, y deslizó su mano por debajo de mis panties, TENÍA 6 AÑOS y ahí empezó mi historia de abusó sexual, una historia que me hubiese gustado no tener que experimentar. Yo hablé ya que mi mamá siempre me había enseñado a que nadie podía tocar mis partes pero en ese entonces mi mamá no tenía los recursos, vivíamos en casa de una prima (la hija de mi abusador) y nadie me creyó, dijeron que era mi imaginación. Otros sucesos pasaron cometidos por la misma persona, me arrebató mi inocencia y me rompió en pedacitos… pese a que yo hablé la primera vez, las otras veces me quedé callada porque nadie me creyó, nadie me protegió y nadie me escuchó más que mi mamá pero en ese entonces ella estaba luchando con un problema de alcoholismo y toda la familia nos dio la espalda. Después de un tiempo dejé de ver a mi abusador pero a los 8 años me volvió a pasar pero esta vez por el esposo de mi tía (la hermana de mi mamá) ellos han sido casados desde que mi tía tiene 16 años hasta el presente. Fuimos de visita a casa de mi tía, era diciembre entonces mi mamá salió con mi tía a comprar cosas para la navidad, yo, mi hermano y mi primo (hijo de mi tía) nos quedamos al cuidado del esposo de mi tía, el en ese entonces era oficial de la policía. Yo estaba jugando con mi primo y mi hermano cuando él me llamó, él estaba sentado en la mesedora viendo las noticias cuando me sentó en sus piernas y yo inmediatamente me paralice puesto que la última vez que alguien me sentó en sus piernas me manoseo, esta vez fue diferente, solo me acaricio las piernas y yo solo sentí cómo algo duro me rozaba mis glúteos, me paralicé y no sabía que hacer, hasta que tuve la fuerza y me bajé. Nunca hablé de mi segundo abusador y nunca lo he hecho, yo ya no vivo en Colombia pero cuando voy me toca actuar cómo si nada aunque por dentro sienta tantas cosas. Por mucho tiempo reprimí todo lo que me pasó, siempre decía que no me afectó y ahora a mis 22 años me está atormentando. Estoy comprometida con el amor de mi vida, siento que ha sido un regalo que Dios y la vida me dio después de tanto tormento pero hay veces que cuando vamos a tener intimidad y me toca siento una rabia en mi, ese tipo de rabia que te dan ganas de pegarle un puño en la cara a esa persona, y no lo entiendo, el no me ha hecho nada? El solo me ha ayudado y me ha tratado con amor y me ha demostrado lo mucho que me respeta y me ama, siempre quise evadir el tema y reprimirlo, no hablar de ello y pretender cómo que no me afectó pero ya llegué a un punto donde me dan unos ataques de ira que ni yo me reconozco, donde termino lastimándome a mí misma o sacando esa ira en mi prometido, hace unas noches por fin en medio de una ataque de ira donde terminé azotandome la cabeza en la pared solo repetía “no me deja en paz, me persigue, sácalo de mi cabeza” estaba en un estado de crisis y mi prometido solo pudo sujetarme en sus brazos mientras me preguntaba quién me perseguía y fue la primera vez que dije su nombre en voz alta, “Name, el hombre que me violo y me robo mi inocencia no sale de mi cabeza” no podía hablar, las lágrimas y gritos de desesperación eran más que las palabras, en ese momento me di cuenta que no importa cuánto allá crecido aquella niña de 6 años sigue dentro de mi, está enojada, está triste y rota. Mi pareja es abogado entonces el fue quien me habló sobre me too movement, me dijo que me hiciera justicia y lo denunciara pero que si no me sentía lista por miedo que navegara las opciones que me too ofrece y que quizá empezara por contar mi historia, por unos días habría la página y solo me quedaba paralizada, pero hoy me anime, ya no merezco ser prisionera de un dolor que no fue mi culpa aunque por mucho tiempo he sentido que lo es, me siento perdida y no quiero que mi pasado defina mi presente, la vida me está dando oportunidades bonitas pero mi abusó sexual no me deja avanzar, cómo me saco esta rabia que siento por dentro? Porque me volví un ser tan agrio y amargo, porque me enojo por todo? Porque no puedo disfrutar la intimidad con mi pareja si es delicado conmigo? Parece que entre más delicado es más rabia siento por dentro. Me siento muy sola y perdida. Quiero este dolor fuera de mi

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇸🇻

    Carta a mi violador

    Esto no es realmente una historia, pero le escribí una carta a mi violador que jamás enviaré. No quiero guardármela, no estar sola con ella. Quiero que alguien me escuche, aunque no sea él quien me escuche. No sé cómo puedo extrañarte y odiarte tanto, y aun así sentirte tanto amor por ti. Hiciste lo peor que una mejor amiga podría hacer. Usaste la confianza que tenía en ti para beneficiarte e ignoraste mis sentimientos en el camino. Te amo tanto y no puedo demostrártelo, porque no mereces mi amor. Dijiste que te importaba, ¿por qué no paraste cuando dije que no? ¿Cómo pensaste que solo estaba jugando cuando te alejé, seguí diciendo que no y "no puedo"? No entiendo cómo interpretaste ese papel tan bien, todos cayeron en la trampa. Tus acciones nunca coincidieron con tus palabras. Cuando te dije que me habían violado y que no quería acostarme contigo, dijiste que estaba bien, que esperarías. Lo siguiente que recuerdo es que entraste al baño y me preguntaste si quería follar. Dijiste que nunca quisiste hacerme sentir incómodo, pero cuando claramente lo estaba, te importó un carajo. Literalmente dijiste: "Sé que no puedes, pero seguiré intentándolo hasta que digas que sí". ¡Qué demonios! Confié en ti. Te creí cuando me dijiste que sabías lo que sentía. Debe ser verdad, ¿verdad? Estabas tan seguro de mis sentimientos que empecé a creer que eran reales. Cuando me di cuenta de que tal vez no tenía esos sentimientos y te lo dije, me preguntaste cómo pude hacer algo así. Romperte el corazón, mentirte en la cara, que soy un psicópata por jugar así con tus sentimientos. Y una vez más me convenciste de lo que querías. No quería perderte, así que pensé que si esto es lo que se necesita para mantenerte en mi vida, lo intentaré. Pero seguiste insistiendo. Me violaste. Sé que no lo ves así. Te seguí la corriente. Te hice creer que lo disfrutaba, pero todo en lo que podía pensar era, por favor, córrete. En el fondo sabía que no quería esto, pero te hacía feliz, así que seguí el juego. Ignoraste todas las señales que te di de que me sentía incómoda. Nunca te besé primero, nunca inicié nada, siempre dije que no podía y que no. Lo ignoraste a propósito. No eres tan tonta. No puedes decir que eres una buena persona. Crees que lo eres, pero definitivamente no lo eres. No sé cómo una persona puede ser tan ciega a quién es realmente. ¿Quizás no? Tal vez sabías exactamente lo que hacías. Me gusta pensar que tu verdadero yo era la persona a la que confiaba mi vida, la persona a la que recurría cuando necesitaba consuelo, eras mi lugar seguro. Pero sé que ese no eres tú. Eres la persona que me manipuló para tener una "relación" contigo. Eres la persona que me violó, me siguió y me hizo tener ataques de pánico. Incluso cuando intentaba esconderme de ti, encontraste la manera de llegar a mí y hacerme sentir fatal. ¿Mereces una explicación de por qué dejé de hablarte? Eso es lo que repetías sin parar. Intenté darte una, te echaste a reír. En ese momento vi tu verdadero yo. El tú manipulador. El tú que no quiere oír nada excepto lo que cree que es verdad. En realidad no quieres una explicación, quieres tener la oportunidad de manipularme de nuevo. Eres la víctima de tu propia historia. Te rompí el corazón. Herí tus sentimientos. Pero sabes qué, me quitaste algo que nunca recuperaré. Me hiciste sentir fatal. Como si estuviera equivocada al no querer acostarme contigo. Me hiciste dudar de mí misma. Cada vez que me violabas, te llevabas un pedazo de mi corazón y no sé si alguna vez lo recuperaré. Te lo conté todo, a veces sentía que me conocías mejor que yo misma. Me hiciste sentir emocionada por mi futuro. Me diste tanta esperanza de poder elegir mi propio camino. Te amaba. Me encantaba cómo me hacías sentir. Segura. Vista. Llena de potencial. Feliz. Ahora te miro y se me encoge el pecho, el corazón me late más rápido, quiero correr, alejarme de donde sea que estés. Me hiciste sentir miedo al verte. Miedo. Y tú lo sabías, sabías que no quería verte, y aun así venías a verme siempre que podía. Cada vez que te veía, sentía todo el amor que aún sentía por ti. Me dolía tanto que pudiera amar tanto a una persona y temerle al mismo tiempo. Mi mente no podía comprender lo que hiciste. Fue tan inusual. Cuanto más lo pensaba, más me convencía. Me diste pistas sobre quién eres realmente y simplemente las ignoré, pensando que no eran tan importantes. Gracias por enseñarme a no volver a pasarlas por alto ni a caer en eso. Siempre me dijeron que ya era muy mayor para mi edad. Nunca quise serlo, simplemente tenía que hacerlo. De pequeña, yo era la única persona en la que podía confiar. Aprendí a lidiar con las cosas yo sola. Pero esto no me hizo más fuerte ni más sabia. Destrozó mi mundo. Tengo que aprender a confiar en la gente de nuevo. Siempre ha sido un gran problema, pero lo controlé. Ahora me aíslo. Tengo tanta ansiedad que no puedo con ella. Tú me la diste. Espero estar bien algún día, sé que tengo que esforzarme. Sé que estarás bien en una semana. Le dirás a la gente que soy una loca que te rompió el corazón y que no hiciste nada malo. Eso fue lo que pasó con M. Sabes que ni siquiera me preguntó qué había pasado ni si estaba bien. Solo me dijo que era mi trabajo ir a ver cómo estabas, porque te rompí el corazón. Sabía que era tu mejor amigo, pero pensaba que yo también era su amiga. Probablemente te sentiste bien por el hecho de que me lastimara tanto con ese mensaje de Facebook. Y cuánto me lastimó, no puedo expresar con palabras la traición que sentí. Sé que no tiene nada que ver contigo, pero necesitaba decírtelo. Ojalá pudiera hablar contigo, ojalá pudiera abrazarte, ojalá fueras la persona que yo creía que eras. Sé que no es posible y está bien. Lloraré y te extrañaré. No sé si eso acabará alguna vez, espero que sí. Solo quiero que vuelvas, es como si hubieras muerto. Moriste. La versión de ti que tenía en mi cabeza, mi lugar seguro, mi mejor amiga, está muerta. Y no sé cómo llorar a una persona que sigue viva. Sigues aquí y sé que podría llamarte o enviarte un mensaje, pero esa no es la persona con la que quiero hablar. Quiero volver atrás en el tiempo y quiero que aceptes mi no. ¿Por qué no aceptaste mi no? Odio que todavía te quiera tanto. Te quiero tanto. Puedo lidiar con la violación, soy lo suficientemente fuerte como para no dejar que eso afecte mi valor. Lo que no puedo aceptar es que fuiste tú quien me violó. Tú. ¿Por qué tuviste que ser tú?

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  • Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇦🇷

    Si estás leyendo esto y estás sufriendo abuso, quiero que sepas que hay una salida. Sé lo que se siente al creer que estás atrapada. Sé lo que se siente al sentir que no hay opciones, que nadie te creerá, que los obstáculos que tienes delante son demasiado grandes para superarlos. Durante muchos años, me sentí así. Estaba aislada. Tenía miedo. Vivía en una situación en la que sentía que había perdido el control de mi propia vida. No sabía cómo iba a irme, cómo iba a proteger a mis hijos, ni cómo iba a reconstruir todo lo que me habían arrebatado. Pero quiero que sepas algo: El hecho de que sigas aquí significa que todavía hay esperanza. Tu historia no ha terminado. No te define lo que alguien te ha hecho. No estás indefensa. Aunque aún no veas el camino a seguir, eso no significa que no exista. Para mí, la supervivencia no fue algo que sucediera de repente. Fue una decisión a la vez. Fue elegir seguir adelante por mis hijos. Fue documentar lo que sucedió. Fue pedir ayuda. Se trataba de dar un paso más incluso cuando estaba agotada. Hubo momentos en que pensé que no podía continuar. Hubo momentos en que sentí que me había perdido por completo. Pero poco a poco, comencé a encontrar el camino de regreso. Mi fe también me ha sostenido en este camino. Creo que Dios estuvo conmigo incluso en los momentos más oscuros, incluyendo los momentos en que me sentí sola. Creo que Él me dio fuerza cuando yo misma no la tenía. Si aún estás en medio de tu batalla, quiero que seas paciente y amable contigo misma. Sanar lleva tiempo. Reconstruir lleva tiempo. A veces, el progreso no se ve como una gran victoria, sino como superar un día más, protegerte o dar un pequeño paso hacia la libertad. Por favor, recuerda: Mereces seguridad. Mereces respeto. Mereces que te crean. Mereces una vida más allá de la mera supervivencia. Sigo luchando mis propias batallas. Sigo sanando. Sigo trabajando para que llegue el día en que mis hijos y yo podamos estar completamente a salvo. Pero soy la prueba de que, incluso después de años de dolor, una persona puede empezar de nuevo. No te rindas. Existe un futuro más allá de lo que estás experimentando ahora mismo.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇦🇷

    La batalla no ha terminado, pero sigo en pie.

    Mi historia comienza mucho antes del día en que finalmente escapé. Tenía 18 años cuando conocí al hombre que se convertiría en el padre de mis hijos. En ese entonces, era joven, inexperta y aún intentaba comprender quién era y qué quería para mi vida. Había crecido en país , pero debido a que mi padre había trasladado a nuestra familia a país cuando yo era pequeña, me encontré construyendo mi vida adulta en un país que nunca sentí realmente como mi hogar. A los 19 años, quedé embarazada de mi primer hijo. El embarazo fue inesperado, pero estaba decidida a hacer todo lo posible para ser una buena madre. Me habían inculcado fuertes convicciones personales sobre el embarazo y la maternidad, y tomé la decisión de continuar con mi embarazo y dar la bienvenida a mi hijo al mundo. En ese momento, creía que formar una familia traería estabilidad y felicidad. Creía que convertirnos en padres sacaría lo mejor de ambos. En cambio, el abuso comenzó durante mi embarazo. El primer incidente que recuerdo con claridad ocurrió cuando tenía ocho meses de embarazo de mi hijo. Trabajaba porque necesitábamos dinero para prepararnos para la llegada del bebé. Un día, mientras volvía a casa del trabajo, empecé a sentir un dolor intenso y malestar físico. Mi cuerpo se estaba preparando para el parto y me costaba caminar. En un momento dado, sentí que las caderas me fallaban y tuve que detenerme y agarrarme al borde de un puente mientras la gente a mi alrededor me preguntaba si estaba bien. Tenía ocho meses de embarazo, se notaba que me costaba mucho, y la gente a mi alrededor se mostró preocupada. Pero cuando mi teléfono empezó a llenarse de llamadas perdidas y mensajes de mi pareja, su primera reacción no fue de preocupación. Solo llegué unos 15 minutos tarde. En lugar de preguntarme si estaba bien, me acusó de estar con otro hombre. Sabía que había estado en el trabajo, pero supuso lo peor y me exigió explicaciones de dónde había estado. En ese momento, no reconocí esto como maltrato. Era joven y no entendía que los celos, las acusaciones y el comportamiento controlador eran señales de alerta. Cuando llegué a casa, encontré nuestra habitación destrozada. Mis libros, que eran increíblemente importantes para mí, estaban tirados por todas partes, dañados y arruinados. Siempre he sido lectora y también escritora, así que esos libros representaban años de recuerdos y una parte de lo que era. Objetos que me importaban habían sido destruidos. Cosas con valor sentimental se rompieron. Recuerdo sentirme como si hubiera entrado en un campo de batalla. Intenté explicarle lo que había pasado. Intenté hacerle entender que no había hecho nada malo. En cambio, se enfadó cada vez más. Su rostro cambió, empezó a gritar y se volvió físicamente agresivo. Durante esa discusión, me empujó cuando tenía ocho meses de embarazo. En ese momento, no entendía las consecuencias médicas de lo sucedido. Unos días después, durante una cita de rutina, los médicos descubrieron que tenía un desgarro en la bolsa amniótica y casi nada de líquido amniótico. Me enviaron inmediatamente al hospital. Mi hijo nació prematuramente después de un parto inducido que duró aproximadamente 17 horas. Nació con graves complicaciones y llegó al mundo luchando por la falta de oxígeno. Recuerdo estar agotada como nunca antes. Recuerdo sentirme sola. Recuerdo que me presionaron para seguir adelante cuando casi no me quedaban fuerzas. Cuando nació mi hijo, pensé que la experiencia lo cambiaría todo. Pensé que convertirse en padre le haría comprender la importancia de proteger a nuestra familia. Quería creer que podía cambiar. Así que me quedé. Intenté que funcionara. Pero el patrón continuó. Después del nacimiento de mi hijo, mi vida se centró en protegerlo y en intentar crear un hogar estable. Era una madre joven que intentaba equilibrar todo: trabajar, cuidar de un recién nacido y tratar de comprender cómo manejar una relación que se volvía cada vez más aterradora. Al principio, seguía esperando que el incidente durante mi embarazo fuera un hecho aislado. Quería creer que había perdido el control por estrés, miedo o inmadurez. Quería creer que, una vez que tuviéramos a nuestro hijo, se convertiría en el compañero y padre que esperaba que fuera. En cambio, el comportamiento continuó y poco a poco se convirtió en parte de mi vida diaria. Con los años, el abuso adoptó muchas formas. No era solo físico. Había insultos constantes, gritos, intimidación y ataques emocionales. Me llamaban con nombres degradantes y me hacían sentir que no valía nada. También hubo insultos racistas que me afectaron profundamente. Poco a poco, mi confianza se fue minando. Al mismo tiempo, intentaba ser la mejor madre posible. Mi hijo comenzó a tener serios problemas de salud. Cuando tenía alrededor de dos años, tuvo su primera convulsión. Al principio, los médicos creyeron que estaba relacionada con la fiebre, pero las convulsiones continuaron durante toda su infancia. Cuando tenía alrededor de ocho años, sufrió una convulsión grave que causó gran preocupación y llevó a los médicos a descubrir que tenía epilepsia. Recuerdo cargarlo y correr por las calles tratando de encontrar transporte para que recibiera atención médica de emergencia. Ya era más de la mitad de mi tamaño, pero en ese momento, nada de eso importaba. Yo era su madre y necesitaba conseguirle ayuda. Después de más evaluaciones, supimos que mi hijo era autista. Comenzamos a notar diferencias en su forma de aprender, sus habilidades de escritura, su sensibilidad y los desafíos que enfrentaba en comparación con otros niños. En lugar de recibir paciencia y comprensión, mi hijo a veces era insultado por su padre debido a sus diferencias. Lo llamaban con apodos y lo hacían sentir inferior. Esa fue una de las cosas más difíciles para mí como madre. Podía soportar muchas cosas dirigidas hacia mí, pero ver a mi hijo sufrir emocionalmente era devastador. Intenté irme varias veces. Cuando mi hijo tenía unos cinco años, llegué a un punto en el que supe que no podía seguir viviendo de la misma manera. Decidí separarme de su padre. Intentamos establecer un acuerdo de custodia compartida, pero como vivíamos en el mismo país sin una red de apoyo sólida, la separación fue mucho más complicada que simplemente irme. Estaba aislada. Mis relaciones familiares ya eran difíciles y no tenía una red de apoyo confiable a mi alrededor. Muchos de mis amigos no sabían la magnitud de lo que estaba sucediendo. Me había acostumbrado a ocultar lo que pasaba porque sentía vergüenza y porque no sabía quién podría ayudarme. Durante este período, viví algunos de los incidentes más aterradores de mi vida. Uno de ellos ocurrió después de que él revisara mi teléfono y encontrara mensajes inocentes de alguien a quien había conocido en la adolescencia. Eran conversaciones sencillas, pero él las interpretó como una traición. Se enfureció. Me agarró, me arrastró por la casa, me tiró del pelo y me obligó a salir mientras me gritaba. La fuerza con la que me tiró del pelo fue tan fuerte que me arrancó el cuero cabelludo, dejándome una calva que aún conservo. Tiró dinero a la calle y me dijo que buscara un hotel porque ya no podía quedarme allí. Lo que hizo la situación aún más dolorosa fue que yo era quien pagaba la casa. Denuncié lo sucedido. Los inquilinos ya no querían que viviera allí después de lo ocurrido, y esto se convirtió en otro intento de alejarme de él. Pero irme nunca fue fácil. Los años que siguieron fueron un ciclo de intentar irme, de intentar protegerme a mí misma y a mis hijos, y de intentar sobrevivir a las consecuencias de cada intento. Durante el tiempo que el padre de mi hijo y yo estuvimos separados, intenté mantener una vida lo más normal posible para él. Quería que tuviera estabilidad. Quería que se sintiera querido y protegido a pesar de todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Pero incluso después de la separación, el control no terminó. Una de las partes más dolorosas de mi experiencia fue darme cuenta de que terminar la relación no significaba automáticamente que me librara de él. El abuso emocional, la intimidación y el miedo continuaron. Hubo una noche durante ese período que cambió mi vida para siempre. Me habían invitado a salir con una amiga. Era una de las primeras veces en años que salía a algún lugar con amigos. No era una persona que saliera a menudo. Normalmente estaba en casa cuidando a mi hijo, trabajando o lidiando con todo lo que sucedía en mi vida. Muchas de las personas allí pertenecían al mismo círculo social que el padre de mis hijos, porque compartíamos muchos amigos. Tomé una copa esa noche, una bebida sin alcohol porque nunca he sido de beber mucho. Poco después, tanto mi amiga como yo empezamos a sentirnos inusualmente mareadas y mal. La sensación no era normal, sobre todo porque se suponía que la bebida no contenía alcohol. Recuerdo sentirme insegura y decidir que lo mejor era irme. Me aseguré de que mi amiga llegara a casa sana y salva primero. Durante el trayecto en taxi, intenté estar atenta a mi entorno. Intentaba mantener la calma, estar alerta y asegurarme de llegar a casa sana y salva. Al llegar, descubrí que el padre de mis hijos estaba allí. Todavía tenía las llaves de cuando vivíamos juntos. No recuerdo todo lo que pasó después de que entrara. Recuerdo sentirme confundida y desorientada, y lo siguiente que recuerdo con claridad es despertar al día siguiente y darme cuenta de que estaba en mi cama. Aproximadamente cuatro semanas después, supe que estaba embarazada. Me costó mucho asimilar lo sucedido porque no entendía cómo había quedado embarazada. Sentía mucha confusión, miedo y dolor. Debido a mis creencias personales y a que el aborto no era una opción legal, decidí continuar con el embarazo. Nació mi hija, y una vez más intenté creer que esto podría ser un punto de inflexión. Su padre me dijo que, como ahora teníamos dos hijos juntos y él asistía a reuniones organización y trataba de cambiar, deberíamos darle otra oportunidad a nuestra familia. Quería creer que la gente podía cambiar. Quería que mis hijos tuvieran una familia. Así que lo intentamos de nuevo. Nos mudamos a un apartamento conectado a su familia, con la esperanza de que vivir en un lugar diferente creara un entorno más seguro. Por un corto tiempo, las cosas mejoraron. Pero finalmente, los mismos patrones regresaron. La ira regresó. Los insultos regresaron. La violencia regresó. Comenzó a abofetearme, tirarme del pelo, escupirme y atacarme verbalmente de nuevo. Me encontré de nuevo en el mismo ciclo del que había estado tratando desesperadamente de escapar. Denuncié los incidentes a las autoridades varias veces. Busqué ayuda. Documenté lo sucedido. Pero cada vez, sentí que las consecuencias recaían principalmente sobre mí. Cada vez que lo denunciaba, tenía que lidiar con las consecuencias. Tenía que preocuparme por las represalias. Tenía que preocuparme por mis hijos. Tenía que preocuparme por si buscar protección realmente nos haría más seguros. Con el tiempo, comencé a perder la esperanza de que el sistema me protegiera. El abuso también afectó todas las demás áreas de mi vida. Tenía oportunidades por las que trabajé muchísimo, pero mantenerlas se volvió casi imposible. Tenía un trabajo en una empresa de software donde enseñaba a estudiantes, algo de lo que estaba orgullosa y que me apasionaba. Trabajé allí durante dos años. Pero él creaba situaciones en las que llegaba tarde, interfería con mi capacidad para mantener mi horario e incluso aparecía en mi lugar de trabajo. Finalmente, después de luchar por mantener todo en orden, perdí ese trabajo. Fue devastador. No solo perdía el empleo, sino también partes del futuro que había estado tratando de construir. Aun así, seguí trabajando. Seguí cuidando a mis hijos. Seguí defendiendo a mi hijo durante sus problemas médicos. Estaba agotada, pero seguí adelante. Porque mis hijos me necesitaban. Para entonces, había pasado años tratando de encontrar una salida. Trabajaba constantemente, ahorraba todo el dinero que podía y trataba de crear algún tipo de seguridad para mis hijos. Sabía que si alguna vez quería irme de verdad, necesitaba un lugar donde pudiéramos estar seguros y estables. Antes de la pandemia, logré ahorrar suficiente dinero para comprar un pequeño apartamento que pertenecía a su madre. Ella ya no lo usaba y accedió a vendérmelo. Pagué aproximadamente cantidad por él y trabajé horas extras para poder hacerlo posible. Invertí mi propio dinero en restaurarlo y convertirlo en un hogar para mis hijos. Para mí, ese apartamento representaba algo mucho más grande que un lugar para vivir. Representaba la independencia. Representaba la posibilidad de que algún día por fin pudiera tener una vida que me perteneciera. Pero la pandemia lo cambió todo. Cuando empezó la COVID, me vi obligada a pasar dos años confinada con la persona de la que había intentado escapar durante años. El aislamiento lo empeoró todo. No había adónde ir, menos gente a la que recurrir y ninguna manera fácil de crear distancia. El maltrato continuó delante de mis hijos. Oían los gritos. Veían las discusiones. Veían a su madre siendo herida y humillada. Como madre, una de las cosas más dolorosas fue ver cuánto les afectaba. Intentaba protegerlos mientras sentía que no tenía salida. Durante este tiempo, llegué a un punto en el que dejé de cuidarme. Dejé de preocuparme por mi aspecto. Dejé de sentirme como la persona que había sido antes. Pero nunca dejé de ser madre. Incluso cuando me sentía destrozada, seguí trabajando. Continué asegurándome de que mi hijo recibiera la atención médica que necesitaba para su epilepsia y autismo. Lo apoyé en la escuela. Lo ayudé a aprender. Lo defendí cuando tenía dificultades. Más tarde, también le diagnosticaron artritis juvenil, lo que añadió otro desafío médico a una vida que ya se sentía abrumadora. Tenía que asumir las responsabilidades de criar a dos hijos, atender sus necesidades médicas, trabajar y sobrevivir al abuso al mismo tiempo. Me sentía ahogada, pero seguía adelante. Durante esos años, intenté repetidamente encontrar ayuda. Me puse en contacto con mi padre. Le mostré pruebas de lo que estaba sucediendo. Le mostré informes policiales. Le pregunté si mis hijos y yo podíamos tener un lugar seguro adonde ir. Pero debido a las complicadas relaciones familiares y circunstancias, no recibí el apoyo que necesitaba en ese momento. Tampoco tenía muchos amigos a quienes recurrir. Los años de aislamiento me habían afectado profundamente. Mucha gente a mi alrededor no entendía la realidad por la que estaba pasando, y sentía que no tenía a dónde ir. Ya había intentado irme antes. Varias veces. Pero cada intento terminaba con él encontrando la manera de volver a mi vida. Sabía cómo convencerme de quedarme. Sabía cómo crear situaciones en las que irme parecía imposible. Sabía que tenía opciones limitadas porque estaba en país , sin mis documentos, sin una red de apoyo sólida y con hijos cuyas vidas estaban ligadas al país. Finalmente, comencé a planear mi escape con más cuidado. Sabía que si intentaba irme sin preparación, podía ponerme a mí y a mis hijos en mayor peligro. Fue entonces cuando el control se intensificó. Empezó a quitarme las cosas que hacían posible irme. Uno de los ejemplos más devastadores fue mi pasaporte. Tomó mi pasaporte de país y lo destruyó. Sin mi pasaporte, mi capacidad para viajar, reemplazar documentos y salir del país se volvió aún más complicada. Mi equipo de trabajo también fue destruido, incluyendo mi computadora portátil, de la que dependía profesionalmente. No eran solo objetos. Eran herramientas que representaban mi independencia. Quitarlas significaba quitarme la capacidad de reconstruir. Me sentía atrapada. Había pasado años tratando de sobrevivir, y llegué a un punto en el que entendí algo claramente: si me quedaba, no sabía si sobreviviría. Había recibido amenazas. Temía lo que pasaría si realmente me iba. Temía lo que él pudiera hacer si sentía que perdía el control. Pero también sabía algo más. Mis hijos me necesitaban viva. Necesitaban que siguiera luchando. Y esa se convirtió en la razón por la que continué. A finales de 2024, supe que estaba llegando al límite de lo que podía soportar. Durante años, había intentado sobrevivir en una situación en la que me sentía atrapada. Había intentado irme. Había intentado pedir ayuda. Había intentado trabajar más, ahorrar dinero, documentar lo que sucedía y crear un futuro para mis hijos. Pero estaba agotada. Había aprendido que a veces irse no es un momento único. A veces es un largo proceso de preparación silenciosa, esperando la oportunidad más segura e intentando protegerme a mí misma y a mis hijos mientras vivo con alguien que ha demostrado repetidamente que no respetará mis límites. Durante este tiempo, el dinero era otra forma en que me controlaban. Hubo muchas ocasiones en las que se iba durante días, llevándose dinero consigo, dejándome a cargo de los niños y del hogar sin recursos suficientes. Hubo momentos en que tuve que depender de su familia para conseguir comida porque no tenía otra opción. Anteriormente había ayudado a abrir una cuenta de tarjeta de crédito como respaldo porque necesitaba una forma de mantener a mis hijos en esos momentos. Cuando él no estaba y necesitaba comida o artículos de primera necesidad, la usaba y luego la pagaba poco a poco. No la usaba como un lujo. Intentaba asegurarme de que mis hijos tuvieran comida y sus necesidades básicas cubiertas. Cuando descubrió que había estado usando la tarjeta y pagándola a plazos, se convirtió en otra fuente de conflicto y otra situación que terminó en violencia. Tres días después de Navidad de 2024, todo llegó a un punto crítico. Se enfureció muchísimo y decidió echarme de la casa. La casa de la que me obligó a ir era la casa por la que había trabajado. La casa que había pagado. La casa que había restaurado y creado para mis hijos. Metió mi ropa en dos bolsas de basura y las tiró afuera. Luego me obligó a irme. Grabé lo que estaba sucediendo porque sabía que necesitaba documentación. Recuerdo haber dicho repetidamente que me iría, pero que no me iría sin mis hijos. Eso era lo único en lo que no estaba dispuesta a ceder. No me iría y dejaría a mis hijos atrás. Cuando intenté volver a entrar porque mis hijos querían irse conmigo, cerró la puerta de metal y me lastimó el brazo. Fui a la comisaría cercana porque necesitaba ayuda. Expliqué que me estaba impidiendo ver a mis hijos y describí lo sucedido. Pero me dijeron que, como era su padre biológico, no podían hacer nada en ese momento. Me fui devastada. El sistema que esperaba que me protegiera no me estaba brindando la seguridad inmediata que necesitaba. Fue entonces cuando llamé a mi padre. Nuestra relación había sido complicada durante muchos años. Había habido distancia entre nosotros y muchos problemas familiares que habían afectado nuestra relación. Pero durante ese tiempo, seguí preocupada por él. Después de que se separó de su esposa, lo visitaba en secreto cuando podía. Le llevaba comida, le preparaba comidas adicionales y lo cuidaba porque sentía que estaba sufriendo y aislándose. Esta vez, cuando lo llamé y le conté lo sucedido, algo cambió. Por primera vez, pronunció las palabras que tanto necesitaba oír: «Ven aquí. Puedes quedarte aquí». Ese momento cambió mi vida. Me mudé con mi padre y comencé a reconstruir. Trabajé más duro que nunca. Me centré en sanar. Comencé terapia. Mi padre me ayudó a pagar mi primer mes de terapia, lo cual se convirtió en un paso importante para empezar a recuperarme de años de trauma. Poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. Recibí dos ascensos en el trabajo. Comencé a recuperar la confianza en mí misma. Comencé a recordar que no solo era una superviviente. Era una persona con habilidades, sueños, inteligencia y un futuro. Y lo más importante, seguí luchando por mis hijos. Aunque logré crear un entorno más seguro para mí, la situación con mis hijos seguía siendo complicada. Su padre seguía intentando usar las exigencias económicas y el acceso a los niños como una forma de controlarme. Me exigía que le pagara grandes sumas de dinero, incluyendo la manutención infantil y otros gastos. Más tarde, descubrí que algunos de los pagos de los que decía ser responsable en realidad no se estaban realizando. Continué documentándolo todo. Continué luchando. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó. Me pidieron que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera del aula y no había estado participando. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que la escuela sabía que algo andaba mal. Al principio, creyeron que estaba sufriendo por la separación de sus padres. Pero entonces llegó mi hijo. Lloraba desconsoladamente. Estaba abrumado y apenas podía comunicar lo que había sucedido. Finalmente, le dijo al personal de la escuela que su padre lo había pateado en el pecho y que no podía respirar. Para un niño con epilepsia y autismo, el estrés y el trauma extremos pueden tener graves consecuencias. La escuela me dijo que no podían enviar a mis hijos a casa con su padre ese día. Me dijeron que necesitaba obtener la custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que me llevé a mis hijos a casa. Ese día, supe que no podía seguir esperando que las cosas mejoraran. Tenía que protegerlos. Entonces llegó el momento que lo cambió todo para mis hijos. La escuela me llamó y me pidió que fuera inmediatamente. Cuando llegué, me enteré de que mi hija estaba sentada fuera de su aula y no había participado en las clases ese día. Mi hija siempre ha sido sociable, inteligente y participativa, así que el personal de la escuela enseguida se dio cuenta de que algo no andaba bien. Al principio, creyeron que podría estar sufriendo emocionalmente debido a la separación de sus padres. Pensaron que tal vez estaba asimilando los cambios que se estaban produciendo en nuestra familia. Pero entonces me hablaron de mi hijo. Mi hijo llegó a la escuela ese día llorando, abrumado e incapaz de calmarse. Debido a su autismo, comunicarse en momentos de estrés extremo puede ser especialmente difícil para él. El personal de la escuela lo llevó a la oficina del director para que pudieran entender lo que estaba pasando. Fue entonces cuando reveló que su padre le había dado una patada en el pecho y que no había podido respirar. Escuchar eso fue devastador. Mi hijo ya vivía con epilepsia y autismo, y yo sabía lo vulnerable que era al estrés y al trauma extremos. Había dedicado años a defender sus necesidades médicas, su educación y su bienestar emocional. La idea de que estuviera experimentando miedo en el lugar donde se suponía que debía estar seguro era insoportable. La escuela me dijo que no podían permitir que mis hijos volvieran con su padre ese día sin tomar medidas adicionales. Me dijeron que necesitaba tomar medidas de custodia de emergencia porque estaban preocupados por su seguridad y que, de lo contrario, tendrían que involucrar a las autoridades de protección infantil. Así que llevé a mis hijos a casa. Ese día, me di cuenta de que ya no podía esperar que las cosas mejoraran por sí solas. Después de llevar a mis hijos a casa, mi enfoque cambió por completo. Durante años, había estado tratando de sobrevivir mientras protegía a mis hijos. Había dedicado mucho tiempo a intentar evitar que las situaciones empeoraran, a intentar mantener la paz y a intentar encontrar una salida en circunstancias en las que me sentía atrapada. Pero después de lo que sucedió en la escuela, comprendí que algo había cambiado. Esperar a que las cosas mejoraran ya no era una opción. Mis hijos necesitaban estabilidad. Necesitaban seguridad. Necesitaban una madre dispuesta a seguir luchando por ellos. Inmediatamente comencé a tomar medidas para protegerlos legalmente. Reuní la documentación que había acumulado a lo largo de los años, incluyendo informes policiales, mensajes, grabaciones, fotografías y otras pruebas que mostraban la historia de lo sucedido. Aprendí por experiencia dolorosa que decir la verdad no siempre era suficiente. Necesitaba documentación. Necesitaba registros. Necesitaba pruebas que mostraran el patrón de comportamiento y no solo un momento aislado. Durante este tiempo, seguí reconstruyendo mi vida. Después de años de control, aislamiento y de sentirme impotente, poco a poco descubría que era capaz de valerme por mí misma. Tenía un hogar para mis hijos. Tenía trabajo. Contaba con el apoyo de mi padre. Había empezado terapia. Estaba empezando a encontrar a la persona que había sido antes de que años de abuso me arrebataran tanto. Pero el conflicto con su padre no terminó. Incluso después de la separación, siguió encontrando maneras de mantener el control mediante la presión económica, las exigencias relacionadas con los niños y los constantes intentos de interferir en mi vida. Continué documentándolo todo. Quería que el sistema legal comprendiera la situación completa: no solo un evento, sino los años de abuso, intimidación y control que nos habían llevado a ese punto. Entonces la situación se agravó de nuevo. Después de años de abuso, separación y conflicto, su comportamiento se volvió cada vez más aterrador. Durante aproximadamente un mes, sufrí un intenso acoso y persecución. Me sentía vigilada e insegura. Temía que perder el control de la situación lo llevara a intensificar su comportamiento y que estuviera intentando volver a mi vida. Esta vez, me negué a guardar silencio. Guardé mensajes. Conservé pruebas. Documenté lo que estaba sucediendo. Contacté a las autoridades cuando necesité ayuda. Durante años, me pregunté si alguien me creería de verdad. Ya había denunciado abusos antes. Ya había acudido a las autoridades antes. Ya había presentado pruebas antes. Pero cada vez, sentía que me quedaba con las consecuencias de intentar buscar protección. Esta vez, seguí adelante porque mis hijos merecían estar seguros. Finalmente, la situación llegó a los tribunales. Presenté las pruebas que había reunido durante años, junto con las pruebas del acoso y persecución más recientes. El proceso legal fue extremadamente difícil. En un momento dado, el caso estuvo a punto de ser desestimado a pesar de la cantidad de pruebas que había aportado. Me negué a rendirme. Apelé la decisión y seguí luchando para que se escucharan mis preocupaciones. Finalmente, me concedieron una orden de alejamiento total. Ese momento fue significativo para mí. No era solo un documento legal. Era un reconocimiento. Reconocimiento de que lo que había vivido importaba. Reconocimiento de que mi miedo se basaba en hechos reales. Reconocimiento de que tenía derecho a protección. Aunque el resultado no fue exactamente el que esperaba, al fin hubo intervención legal. En lugar de ir a prisión, su familia intervino y lo internaron involuntariamente en un centro psiquiátrico. Si bien no era el resultado que esperaba, el tribunal reconoció que la situación requería una intervención seria y me concedieron protección mediante la orden de alejamiento. Pero incluso con esa protección, mi lucha no había terminado. Porque mis hijos y yo seguíamos en país . Y ya no luchaba solo para escapar del abuso. Luchaba para traer a mis hijos a casa. Durante este nuevo capítulo de mi vida, conocí a mi marido. Él entró en mi vida después de que yo ya hubiera sobrevivido a años de abuso, aislamiento y miedo. Vio por lo que había pasado y me apoyó mientras me reconstruía y luchaba por mis hijos. Por primera vez en muchos años, experimenté lo que se siente tener a alguien a mi lado que me cree, me apoya y desea un futuro seguro para mis hijos y para mí. Ahora nos espera en estado mientras seguimos lidiando con el proceso legal que nos separa de estar juntos como familia. Mi sueño siempre ha sido simple: un hogar seguro. Una vida estable. Un futuro donde mis hijos puedan crecer sin miedo. Pero debido a que nuestra situación trasciende fronteras internacionales, el proceso es complicado. Mi hijo tiene la posibilidad de obtener la ciudadanía de país a través de su conexión con país mediante el proceso legal correspondiente. La situación de mi hija es más complicada porque es ciudadana de país , y traerla a país requiere cumplir con requisitos legales adicionales. Así que, incluso después de escapar del peligro inmediato, la batalla continuó. Escapé de la relación. Sobreviví al abuso. Pero sigo luchando para que mis hijos regresen a casa.

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    De un sobreviviente
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    Solo llámame "papá"

    En mi historia, COMENZÓ CON MI HERMANO, mencioné brevemente 3 instancias en las que evité ser violada al dejar que los hombres me tuvieran cuando parecía que iban a hacerlo sin importar si yo consentía o no. Creo que evité el trauma emocional y físico en ese momento, pero la ira, el resentimiento hacia mí misma y los sentimientos de haber sido agraviada y al respecto se acumularon después. Nunca compartí ni publiqué esas historias. Por favor, lea mi historia original para el contexto. En esta instancia, el sexo ya estaba sucediendo cuando desperté, y mi reflejo fue tomar el camino de la no confrontación. El camino fácil, no el correcto. Había llegado a casa del trabajo como mesera en mi bar y restaurante a la parrilla y mi compañera de cuarto tenía a su padre alojado con nosotros durante el fin de semana. Ya lo conocía porque condujeron directamente del aeropuerto al bar deportivo en el que trabajaba. Ahí fue donde me dijo: "Solo llámame, 'papá'". Se sentaron en mi sección, comieron y se fueron. Sin problemas. Luego, de vuelta en nuestro apartamento de dos habitaciones, hubo una pequeña fiesta para él con un par de amigos. Tomé un par de sidras fuertes y charlé sobre la universidad y mi compañera de piso, y escuché historias de cuando ella era niña. Coqueteé y seguí la corriente a las insinuaciones sexuales de "Papá" dirigidas a mí, e ignoré sus ojos de arriba abajo. Ya estaba acostumbrada. Jugué a ser la buena anfitriona y esperé hasta que todo se calmara, probablemente alrededor de las 2 o 3 de la mañana, antes de ducharme e irme a la cama. Había sido un largo día con clases y trabajo. Me desperté unas horas más tarde con "Papá" ya dentro de mí, ¡empujando dentro y fuera entre mis piernas! Por la luz que entraba a raudales por mis persianas oscuras, podía decir que era de día. ¡Pero qué diablos estaba pasando! No tenía bragas, pero sí camiseta. Debajo, la figura oscura que rápidamente pude identificar como "Papá" me acariciaba los pechos con una mano mientras me sujetaba con la otra. Todavía aturdida y confundida, supongo que lo abracé y respondí como una compañera dispuesta. Pronto terminó y luego se puso incómodo. Me dijo "Eso realmente dio en el clavo". ¡Empezó a conversar! Cuanto más tenía que pensar, más me daba cuenta de lo que había pasado. Que simplemente se había servido mientras yo dormía. Tenía 19 años y estaba saliendo con un jugador de béisbol universitario atractivo en ese momento y no me habría acercado a este tipo de cincuenta y tantos a propósito. Seguro que estaba bebiendo esa noche, pero yo solo había tomado unas pocas sidras. Así que ahí estaba yo, dándome cuenta de que me habían violado, ¡pero rehén de un sentido de la cortesía! Sin mencionar que medía 1,60 m y pesaba 50 kg, por lo que estaba la intimidación física de un hombre mucho más alto con un cuerpo de padre. Siempre orino justo después del sexo, pero me sentí cautiva por las divagaciones de "Papá" mientras se apoyaba en un codo flotando sobre mí mientras pasaba sus dedos sobre mí y me acariciaba el cabello esporádicamente. Compartí con él su lata de cerveza fría, que debió abrir justo antes de entrar a violarme, porque recuerdo haber bebido a fondo el líquido frío que me alivió la garganta seca. Sufrí algunos chistes de papá e historias que no me interesaban, además de responder algunas preguntas personales sobre mí y mi sexualidad. Buscaba un momento para levantarme y alejarme de "Papá" cuando dijo: "Estoy listo para ir otra vez, cariño". ¡No! ¡Se colocó encima de mí! En lugar de resistirme o incluso decir "no", abrí las piernas para acomodarlo. ¡Qué demonios! La segunda vez no tuvo la misma ansiedad que la primera, por desgracia. Como él mismo dijo, esta vez quería darme una lección. Supongo que sobre lo bueno que era en la cama. Un caso claro de "pene de whisky". Así que dejé que este hombre con el que nunca había querido ni considerado tener sexo me empujara en varias posturas. Era un hombre grande y mucho más fuerte que yo, era una broma. Después del misionero, me levantó para demostrarme algo y me lo hizo contra la pared junto a mi ventana. Recuerdo ver a través de las rendijas de las persianas y saber que era temprano porque el estacionamiento estaba lleno y no se movía nada. Entonces me tiré de golpe a la cama. Hicimos un 69, yo tumbada sobre él, chupándolo con todas mis fuerzas, deseando acabar con él mientras me lamía. ¡Fracasé! En un momento dado, me tuvo encima, montándolo. Estaba a gatas con él embistiendo detrás de mí cuando me desplomé boca abajo bajo su peso. Disfrutaba de las embestidas sin parar, ya que estaba completamente inmovilizada por él. Dejé que me diera dos o más orgasmos con la esperanza de que acabara. Grité tanto que me daba vergüenza que mi compañera de cuarto entrara corriendo en cualquier momento. Estaba desmayada, borracha. Finalmente se fue en cuanto terminó. Estoy segura de que tenía el ego desorbitado y ¡ese hombre tan terrible todavía piensa en mí! Me quedo tumbada en la cama, recuperando el aliento y cada vez más ansiosa. Me levanté, me puse un chándal y salí corriendo hacia el gimnasio. Tenía muchísimas ganas de escaparme. Bebí agua como si acabara de salir de un desierto. Me duché un buen rato en el gimnasio vacío del sábado por la mañana, sin más productos que jabón de manos. Luego empecé a entrenar como una loca, con tres horas de sueño y agotada. Intentaba sacármelo de encima sudando, gritando y haciendo ejercicio a toda máquina. Me duché de nuevo, salí y me quedé dormida en el coche, en la parte de atrás del aparcamiento. El resto del fin de semana solo iba a mi apartamento unos minutos a la vez para recoger cosas que necesitaba. ¡Y desde luego que no dormí allí! Cuando se fue, respondí a las preguntas de mi compañera de piso, que había estado ignorando con mentiras y respuestas cortas. Le dije la verdad. Se encogió de hombros y me miró con escepticismo, como si fuera una de esas cosas. Fui promiscua en la universidad y ella lo sabía. Hicimos una especie de broma y seguimos adelante. De la forma fácil, no de la correcta. Todavía me siento muy culpable por cómo era entonces. En aquel entonces, mi problema no era "ojalá hubiera peleado con él". ¡Lo que deseaba era haber estado demasiado borracho para recordarlo! Así que eso fue todo. Algo que guardé dentro, supurando. Otras cosas se sumaron y lo escondí bajo la alfombra de mi mente dañada. No es uno de los peores esqueletos en mi armario, pero por ahora estoy dispuesta a compartirlo. Estoy trabajando en las demás. Mi primera historia me ayudó mucho. Espero que también le haya ayudado a alguien más. Les agradezco a todos y me solidarizo. Leeré sus historias y los apoyaré en mis pensamientos y oraciones.

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    Actividad de puesta a tierra

    Encuentra un lugar cómodo para sentarte. Cierra los ojos suavemente y respira profundamente un par de veces: inhala por la nariz (cuenta hasta 3), exhala por la boca (cuenta hasta 3). Ahora abre los ojos y mira a tu alrededor. Nombra lo siguiente en voz alta:

    5 – cosas que puedes ver (puedes mirar dentro de la habitación y por la ventana)

    4 – cosas que puedes sentir (¿qué hay frente a ti que puedas tocar?)

    3 – cosas que puedes oír

    2 – cosas que puedes oler

    1 – cosa que te gusta de ti mismo.

    Respira hondo para terminar.

    Desde donde estás sentado, busca objetos con textura o que sean bonitos o interesantes.

    Sostén un objeto en la mano y concéntrate completamente en él. Observa dónde caen las sombras en algunas partes o quizás dónde se forman formas dentro del objeto. Siente lo pesado o ligero que es en la mano y cómo se siente la textura de la superficie bajo los dedos (esto también se puede hacer con una mascota, si tienes una).

    Respira hondo para terminar.

    Hazte las siguientes preguntas y respóndelas en voz alta:

    1. ¿Dónde estoy?

    2. ¿Qué día de la semana es hoy?

    3. ¿Qué fecha es hoy?

    4. ¿En qué mes estamos?

    5. ¿En qué año estamos?

    6. ¿Cuántos años tengo?

    7. ¿En qué estación estamos?

    Respira hondo para terminar.

    Coloca la palma de la mano derecha sobre el hombro izquierdo. Coloca la palma de la mano izquierda sobre el hombro derecho. Elige una frase que te fortalezca. Por ejemplo: "Soy poderoso". Di la oración en voz alta primero y da una palmadita con la mano derecha en el hombro izquierdo, luego con la mano izquierda en el hombro derecho.

    Alterna las palmaditas. Da diez palmaditas en total, cinco de cada lado, repitiendo cada vez las oraciones en voz alta.

    Respira hondo para terminar.

    Cruza los brazos frente a ti y llévalos hacia el pecho. Con la mano derecha, sujeta el brazo izquierdo. Con la mano izquierda, sujeta el brazo derecho. Aprieta suavemente y lleva los brazos hacia adentro. Mantén la presión un rato, buscando la intensidad adecuada para ti en ese momento. Mantén la tensión y suelta. Luego, vuelve a apretar un rato y suelta. Mantén la presión un momento.

    Respira hondo para terminar.