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La persona que me hizo daño era un...

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Me identifico como...

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Cuando esto ocurrió, también experimenté...

Bienvenido a Our Wave.

Este es un espacio donde sobrevivientes de trauma y abuso comparten sus historias junto a aliados que los apoyan. Estas historias nos recuerdan que existe esperanza incluso en tiempos difíciles. Nunca estás solo en tu experiencia. La sanación es posible para todos.

¿Cuál cree que es el lugar adecuado para empezar hoy?

Todos tenemos la capacidad de ser aliados y apoyar a los sobrevivientes en nuestras vidas.

Historia
De un sobreviviente
🇲🇽

Cómo es posible ?

En México se aproxima que al menos dos personas son violadas cada hora, esta cifra no la conocía hasta hace poco, cuando sufrí de abuso minimicé demasiado lo que me había pasado, pensaba, hay chicas que son violadas y torturadas, mueren o nunca más son encontradas, por que lo mío importaría? Soy hombre, como es que alguien puede creer que un hombre sufrió de abuso sexual? Verás, tengo 22 años, me encontraba en un día cualquiera, no hace demasiado lo había dejado con una pareja, y una “amiga” de la secundaria que alguna vez fue mi ex me escribió, respondió una historia en Instagram y empezamos a hablar, tenía mucho tiempo de haberla visto por última vez, me dijo que te parece si nos vemos el lunes ? Yo accedí y le dije claro vayamos por un café, ella vive sola por lo que la idea de ir a su casa y comer no me parecía mala, como dos adultos maduros, ella dijo vayamos a un café y le dije está bien, estaríamos dos horas en el café por que ella después tenía que irse a un compromiso y yo tenía un trámite que realizar, a la mitad del café su madre le marcó y canceló su compromiso, por lo que ya no tenía que irse, después de eso fuimos a un bar cercano, bebimos un par de tragos y jugamos alguna partida de billar, mientras jugábamos ella me Seducía y besaba, lo que al inicio no me pareció desagradable, pasando un rato decidimos ir a su casa, llegamos y evidentemente la idea era besarnos, tener un faje e irnos, yo no llevaba preservativos y tampoco quería llegar a más por que tenía dudas, aún no sabía si yo quería volver con mi ex así que tapo o quería ir más allá, llegamos a su cuarto y empezamos, besos, roces y un poco de toqueteo, empezamos a desvestirnos y yo decidí no bajar mi pantalón, ella insistió y con incomodidad dije bueno, me quedé en ropa interior y seguimos besándonos, después de eso ella se subió encima de mí, esta chica no era más pesada que yo pero si era pesada, al subirse sentí algo raro y es que no estaba encima de mi pelvis si no de mi abdomen, me siguió besando y en algún punto me quedé sin aire, si bien podía respirar, me sentía muy débil como para moverla, ella me dijo quiero que lo metas, a lo que yo respondí NO, no tengo preservativos y la verdad prefiero no hacerlo así, ella me dijo que tenía el implante por temas de salud, que no quedara embarazada, inmediatamente dije NO importa, el embarazo no es lo único que me preocupa, no tengo preservativos tal vez otro día, ella no dijo nada y siguió besándome, después de un rato ella bajó su mano, sacó mi pene y yo intenté quitar sus manos, le dije basta no quiero, ella parecía no escuchar a lo que yo dije espera es que no te va a gustar, hace poco tuve una infección y es mejor así, me dijo ah sí que infección ? Yo no supe qué contestar al momento y ella dijo es mentira, lo metió, se sentó por completo y después de unos pocos segundos eyacule, incómodo le dije ya, ya me vine no se puede más, pese a ello ella se quedó sentada encima de mi, exactamente en la misma posición, le dije bueno ya terminamos muévete por favor, ella me dijo que no que había sido muy rápido y que aún no estaba satisfecha, yo le dije que tal vez otro día, ella notó mi cara de incomodidad y me dijo que pasa? Yo le dije tengo muchas cosas en la mente puedes moverte ? Siguió sin hacerme caso y me dijo no puedo quedar embarazada y si te preocupa hace un año que no estoy con alguien, yo no tengo nada, le dije al momento no es eso, sin más ideas le dije me estoy quedando sin aire ella se movió un poco de lado y cuando pude respirar fui capaz de moverla, me empecé a vestir y ella aún desnuda agarró mi ropa la abrazó y no quería dármela, empezó a decir entonces me vas a abandonar? Me dejarás aquí desnuda, anda déjame limpiártelo con la boca, espera un poco y sigamos o duerme aquí, yo le dije que era tarde que tenía que regresar a casa y que no podía quedarme, aún con mi ropa en sus brazos y sin querer dármela le dije bien volveré otro dia, ella dijo está bien pero ese día te quedarás, le dije que sí que no había problema, solo entonces soltó mi ropa y me la dio, me vestí y salí de ahí, subí a un taxi y comencé a escribirle a mi mejor amiga, en ese momento me sentía estúpido y jamás me había sentido tan vulnerable, no dejaba de culparme y decirme una y otra vez si no hubieses ido todo estaría bien, lo hablé con mi mejor amiga y mi psicóloga, más tarde con una asociación de apoyo y todos dijeron lo mismo fue “violacion” detuve mis lágrimas y empecé a decirme a mí mismo, no puedes ser tan tonto, empecé a minimizarlo, y como dije al inicio me repetía, hay chicas que no regresan, son drogadas, violadas y torturadas, nunca son encontradas, tú fuiste a su casa, tu bebiste con ella tú accediste a un faje, como es que lo llamas abuso? Sin embargo sigo sintiéndome culpable, me siento vacío, solo y con mucho miedo, miedo a una ets, miedo a contarlo, e incluso miedo a admitirlo, no puedo evitar pensar que tal vez yo fui el culpable, que no debería estarme quejando y que al contarlo simplemente dirán por qué te quejas de ello ?

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇨🇴

    poder seguir adelante y pasar un poco la pagina

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  • “La curación es diferente para cada persona, pero para mí se trata de escucharme a mí misma... Me aseguro de tomarme un tiempo cada semana para ponerme a mí en primer lugar y practicar el autocuidado”.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇨🇦

    Name, solo tenía 6 años

    Tenía alrededor de 6 años, cierro los ojos y es cómo si volviera a vivir en carne propia el recuerdo, me acuerdo del ruido de la televisión, el olor del desayuno que estaba comiendo, yo solo estaba viendo caricaturas. El, un hombre de alrededor 50 años me cargó y me acomodó en sus piernas, y deslizó su mano por debajo de mis panties, TENÍA 6 AÑOS y ahí empezó mi historia de abusó sexual, una historia que me hubiese gustado no tener que experimentar. Yo hablé ya que mi mamá siempre me había enseñado a que nadie podía tocar mis partes pero en ese entonces mi mamá no tenía los recursos, vivíamos en casa de una prima (la hija de mi abusador) y nadie me creyó, dijeron que era mi imaginación. Otros sucesos pasaron cometidos por la misma persona, me arrebató mi inocencia y me rompió en pedacitos… pese a que yo hablé la primera vez, las otras veces me quedé callada porque nadie me creyó, nadie me protegió y nadie me escuchó más que mi mamá pero en ese entonces ella estaba luchando con un problema de alcoholismo y toda la familia nos dio la espalda. Después de un tiempo dejé de ver a mi abusador pero a los 8 años me volvió a pasar pero esta vez por el esposo de mi tía (la hermana de mi mamá) ellos han sido casados desde que mi tía tiene 16 años hasta el presente. Fuimos de visita a casa de mi tía, era diciembre entonces mi mamá salió con mi tía a comprar cosas para la navidad, yo, mi hermano y mi primo (hijo de mi tía) nos quedamos al cuidado del esposo de mi tía, el en ese entonces era oficial de la policía. Yo estaba jugando con mi primo y mi hermano cuando él me llamó, él estaba sentado en la mesedora viendo las noticias cuando me sentó en sus piernas y yo inmediatamente me paralice puesto que la última vez que alguien me sentó en sus piernas me manoseo, esta vez fue diferente, solo me acaricio las piernas y yo solo sentí cómo algo duro me rozaba mis glúteos, me paralicé y no sabía que hacer, hasta que tuve la fuerza y me bajé. Nunca hablé de mi segundo abusador y nunca lo he hecho, yo ya no vivo en Colombia pero cuando voy me toca actuar cómo si nada aunque por dentro sienta tantas cosas. Por mucho tiempo reprimí todo lo que me pasó, siempre decía que no me afectó y ahora a mis 22 años me está atormentando. Estoy comprometida con el amor de mi vida, siento que ha sido un regalo que Dios y la vida me dio después de tanto tormento pero hay veces que cuando vamos a tener intimidad y me toca siento una rabia en mi, ese tipo de rabia que te dan ganas de pegarle un puño en la cara a esa persona, y no lo entiendo, el no me ha hecho nada? El solo me ha ayudado y me ha tratado con amor y me ha demostrado lo mucho que me respeta y me ama, siempre quise evadir el tema y reprimirlo, no hablar de ello y pretender cómo que no me afectó pero ya llegué a un punto donde me dan unos ataques de ira que ni yo me reconozco, donde termino lastimándome a mí misma o sacando esa ira en mi prometido, hace unas noches por fin en medio de una ataque de ira donde terminé azotandome la cabeza en la pared solo repetía “no me deja en paz, me persigue, sácalo de mi cabeza” estaba en un estado de crisis y mi prometido solo pudo sujetarme en sus brazos mientras me preguntaba quién me perseguía y fue la primera vez que dije su nombre en voz alta, “Name, el hombre que me violo y me robo mi inocencia no sale de mi cabeza” no podía hablar, las lágrimas y gritos de desesperación eran más que las palabras, en ese momento me di cuenta que no importa cuánto allá crecido aquella niña de 6 años sigue dentro de mi, está enojada, está triste y rota. Mi pareja es abogado entonces el fue quien me habló sobre me too movement, me dijo que me hiciera justicia y lo denunciara pero que si no me sentía lista por miedo que navegara las opciones que me too ofrece y que quizá empezara por contar mi historia, por unos días habría la página y solo me quedaba paralizada, pero hoy me anime, ya no merezco ser prisionera de un dolor que no fue mi culpa aunque por mucho tiempo he sentido que lo es, me siento perdida y no quiero que mi pasado defina mi presente, la vida me está dando oportunidades bonitas pero mi abusó sexual no me deja avanzar, cómo me saco esta rabia que siento por dentro? Porque me volví un ser tan agrio y amargo, porque me enojo por todo? Porque no puedo disfrutar la intimidad con mi pareja si es delicado conmigo? Parece que entre más delicado es más rabia siento por dentro. Me siento muy sola y perdida. Quiero este dolor fuera de mi

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇺🇾

    Aprender a vivir sin querer matarme

    Estimado lector, este mensaje contiene lenguaje autolesivo que puede resultar molesto o incomodo para algunos.

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇪🇸

    Contar eso sin derrumbarme

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  • La sanación no es lineal. Es diferente para cada persona. Es importante que seamos pacientes con nosotros mismos cuando surjan contratiempos en nuestro proceso. Perdónate por todo lo que pueda salir mal en el camino.

    Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇨🇴

    Sanar es entender

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  • Mensaje de Sanación
    De un sobreviviente
    🇲🇽

    Quisiera saber que se siente sanar.

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  • Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇲🇽

    Solo tú sabes lo que sientes, no dejes que nadie te diga que no es válido.

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  • “A cualquiera que esté atravesando una situación similar, le aseguro que no está solo. Vale mucho y mucha gente lo ama. Es mucho más fuerte de lo que cree”.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇨🇴

    No tengo recuerdos claros y siento mucha culpa

    Mi historia es un poco larga. Cuando tenía 15 años o 16 años, vino a mi mente el recuerdo de cosas que habían ocurrido cuando yo tenía entre 4 y 5 años. Dos tíos abusaron de mí. Los recuerdos sobre esto nunca han sido claros y ahora, muchos años después, todo se ha vuelto más lejano y confuso y he dudado varias veces de mí misma y de mi historia. Hay otras cosas que pasaron en mi infancia que sí recuerdo con más claridad: cuando tenía entre 7 y 8 años, vi a mis papás teniendo relaciones sexuales a mi lado (esa noche me había pasado a dormir con ellos en su cama). Tiempo después, se repitió la situación, pero con mi padrastro y mi mamá. También cuando tenía entre 7 y 8 años, estaba revisando unos CD'S en el DVD que había en la casa para marcarlos según el género musical o según la película que fuera. Uno de los CD'S, era una película porno. Como casi siempre, me encontraba sola en mi casa, entonces la vi completa. No recuerdo si me masturbé. Sé que desde muy niña me frotaba con peluches, muñecas y otros objetos, aunque sin mucha conciencia de lo que hacía, pero estaba presente el miedo a ser vista. Hay algo que me atormenta en este momento: cuando tenía 6 o 7 años, mi prima (ella un año mayor) y yo jugábamos a imitar algunas posiciones de un libro de kamasutra que había en su casa. También tengo leves recuerdos de una vez que, mientras nos bañábamos, frotamos nuestras partes íntimas. No sé si esto se dio en el marco de una curiosidad bilateral y por el contenido del libro al que habíamos estado expuestas o si fui yo quien generó la situación y la persuadió a ella de hacerlo o si la manipulé. No recuerdo que haya sido así, pero me da miedo que sí. ¿Y si imité lo que hacía mis tíos conmigo o lo que vi en contenido al que estuve expuesta? Siento miedo, culpa y vergüenza. Además, hace medio año, recordé que cuando tenía 10 años y cargué a mi hermanita en mi piernas (que estaba como de un mes), sentí un estímulo placentero en mi zona íntima por el contacto. Cuando esta imagen vino a mí (tampoco fue clara, como mis otros recuerdos) sentí culpa, pero no escaló a más porque entendí que fue una reacción física y nada más. Pero luego no podía dejar de pensar en ello y me cuestionaba si había prologando o intensificado el contacto y sentí muchísima culpa, asco y vergüenza. Fue tan fuerte, que tuve un episodio de TOC y siento que aún no he podido salir de ahí, porque ahora me inundan las dudas sobre lo sucedido con mi prima.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇪🇸

    Corazón fuerte

    Si alguien quisiera entender quién soy, tendría que saber que… No sabría cómo ni por dónde empezar. Supongo que por la base de todo: mi niñez. Me llamo Name. Nací en Venezuela, pero me crie toda la vida en España, bueno, a partir de los ocho años. Mi niñez… qué decir. Era feliz. Fui feliz. O eso cree uno a esas edades. Mis primeros ocho años en Venezuela. Supongo que fui feliz. Una familia que me quería, un hermano, una mamá… aunque nunca un papá. Mami siempre supo cómo tirar ella sola con nosotros. Siempre me inculcó cosas buenas de mi padre. Incluso me enseñaba cartas y fotos de él. Crecí queriendo a mi padre, aun sin haberlo visto nunca en persona. Tuve un colegio que me gustaba mucho, aunque he de decir que la liaba mucho. Era demasiado ruido para aulas tan pequeñas. Tengo muchos recuerdos bonitos, otros que ahora de adulta sé que no lo fueron. Me dieron todo, tuve todo. A pesar de venir de una familia humilde, nunca me faltó un plato de comida, nunca me faltó amor, nunca me faltó nada. Todo se complica… Cuando cumplo los cuatro años, cuando ya eres un poquito, pero muy poquito, más consciente de la vida, todo se complica. Mamá dejó de estudiar y decidió trabajar. Eso implicaba verla menos. Eso implicaba ser cuidada por otras personas. Eso implicaba muchas cosas. A partir de ahí mi vida se derrumbó. A partir de ahí marcaría un antes y un después. A partir de ahí mi vida en la adultez sería distinta. La gravedad de todo lo vi al crecer. Aunque he de decir que tuve una pequeña reacción siendo tan pequeña. Podría decir que algo dentro de mí me dijo: esto está mal, esto no puede ser así. Siempre he dicho: ¿dónde estaba Dios? Soy creyente, o fui creyente, pero poco a poco todo eso fue desapareciendo. Cuanto más dolor me causaba la vida, más dejaba de creer. No me enrollo más… vamos al principio. Pues sí, tuve una niñez bastante bonita. Aunque la parte mala ahí está, y creo que estará por siempre en mi vida. Supongo que escribirlo me hace sentir un poquito mejor. Recalcar toda mi vida me hace sentir algo mejor. Fui violada. Sí, abusaron de mí siendo tan solo una niña de cuatro años. A partir de ahí me destrozaron la vida. Fui cumpliendo años y eso seguía sucediendo. Supongo que para mí era algo normal. Un niño, al sufrir eso, jamás podría darse cuenta de la gravedad. La persona que se supone que tenía que cuidar de mí era la causante de mis traumas ahora de mayor. Mi hermano y yo, siempre unidos, siempre juntos, mano a mano. Pasó por lo mismo, solo que yo cedía. Cedí muchas veces porque sabía que era la única forma, la única forma que tenía para proteger a mi tesoro más preciado: mi hermano. ¿Dónde estaba mi familia? Éramos tan solo unos niños que necesitaban ayuda de un adulto. ¿Dónde estaban todos? ¿Por qué nunca nadie se dio cuenta? Tan solo necesitábamos a un adulto que nos ayudase. ¿Cómo íbamos nosotros mismos a ayudarnos? Mi vida cambió. Mi tía nos devolvió la vida. La decisión de venir a España cambió nuestras vidas. Era un pequeño viaje. Jamás pensábamos quedarnos aquí a vivir. Ed y yo felices, con nuestra pequeña maleta, sabiendo que algún día volveríamos a Venezuela, que en un mes o así estaríamos de vuelta. Y aquí estoy, veinte años después, agradeciendo día a día la decisión de quedarnos aquí. Ahí empezó mi verdadera infancia feliz. Nos dieron todo. Mis tías nos dieron todo. Nunca había sido tan feliz. Mamá se enamoró. Ahí conoció al que creí mi padre. Es normal, ¿no? Te crías sin una figura paterna y cuando entra alguien en tu vida con tanto amor para darte… cómo no creer que es tu padre. Mil viajes, muchas playas, muchos planes, mucho de todo. Él nos dio tanto. Estuvo en todo. Cómo no haberle querido tanto. El colegio es verdad que no me gustaba tanto. Sufrí mucho bullying. Supongo que no estarían acostumbrados a ver a una niña latina, pelo rizado y rasgos de negra. Esa parte quiero omitirla. La verdad que me marcó demasiado. Pensé siempre que de ahí venía mi inseguridad. Crecí. O eso creía con catorce años. Me creía la reina del mambo. Quería vivir rápido, quería ser adulta, quería hacer mil cosas. Empecé a perderme. A ser una inconsciente con mamá. A ser una rebelde. Cuanto más me prohibían, más quería hacerlo. Creo que fue mi peor época. Nunca me sentí entendida por nadie. Nunca nadie se sentó a explicarme paso a paso cómo va la vida y desde cuándo tenía que empezarla a vivir como una adulta. Mamá lo hizo bien siempre, pero he de decir que no supo lidiar con una adolescente llena de ira, llena de rabia, llena de odio. Fui mi peor versión. Pero era adolescente, ¿quién se da cuenta a esas edades? Porque yo, hasta que no tuve un choque de realidad, no me di cuenta. Mi primer amor… Sí, tuve mi primer amor. Fue lo más preciado que la vida me había dado. Tus primeras veces en todo, tus primeros te quiero, tu primer sentimiento de amor, tu primer todo. Fue un fracaso. Supongo que éramos muy jóvenes e inexpertos. Yo quería más, salir al mundo, conocer gente. No me valía nada. Tuve más de un amor. Con todos fracasé. Pero me quedo con lo que aprendí con cada uno de ellos. Aprendí a saber qué merezco y qué no. Aprendí a quererme un poco más. Aprendí a no tolerar cosas que no. Aprendí a no quedarme con migajas. No sé por qué nunca me fue bien en el amor. Y la poca fe que me quedaba me la destrozaron. Cumplo dieciocho. Por fin mayor de edad. Por fin podría hacer lo que me diese la gana. Eso sentía y eso creía. Me duró bastante la rebeldía. Hasta que… Ocurriría de nuevo. Mamá se separa. Mi vida cambia. Todo cambia. Mi supuesto padre sigue siéndolo. Seguimos queriéndolo como el primer día. Seguimos viéndole. Seguimos todo con él, a pesar de no estar con mamá. Pero tuve un choque con la realidad. Creí que mis parejas me habían roto el corazón, pero creí mal. Él me rompió el corazón. Dejé de creer en el amor. Si la persona que más quería, a quien yo consideraba mi papá, me partió el alma, me partió el corazón… ¿qué iba a pensar del resto del mundo? ¿Cómo debía ser yo? Y llegó ese día, el segundo peor día de mi vida. Sufrí violencia doméstica. Mi supuesto padre fue capaz de destrozarme la vida. Intento de violación. Una vez más sentí ese miedo. Una vez más sentí que la vida se me caía. Una vez más sentí decepción. Una vez más sentí cómo mi corazón se rompía poco a poco. Cómo creer en la gente. Cómo creer en la vida. Nace Brother. Empecé a ver la vida un poco mejor. Brother llega a nuestras vidas, mi pequeño hermano, y cambié por completo. Me dio esa felicidad que no tenía. Me dio esa calma en el alma que yo tanto necesitaba. Verle tan pequeño, tan bonito, esas manitos… Mi hermano me devolvió la vida y las ganas de querer con el alma a alguien. Nunca se lo dije. Es muy pequeño. Pero algún día me sentaré y hablaré con él. Dejé de estudiar. Fui de mal en peor en los estudios y decidí adentrarme en el mundo de la hostelería. Crecí de verdad. Mi mentalidad cambió. Empecé a ser mejor persona con mamá, mejor persona con mi hermano Edy, mejor persona con todos. Trabajar me hizo darme cuenta de cuánto cuesta la vida. De cuánto ha tenido que currar mamá para darnos todo. Trabajar me hizo crecer como persona, como mujer. Pasa el tiempo. Pasa la vida. Y sí, sigo estancada en la hostelería. Pero he de decir que me he ganado todo lo que tengo a pulso. Agradecida de todo lo que aprendí. Sigo con la vida. Sigo con mi vida. Pasa el tiempo. Vuelvo a tener amores que no van a ningún lado. Más decepciones: de familia, de novios, de amistades. Pero supongo que siempre pude con todo. Era como que mi corazón estaba a prueba de balas. Como que algo más ya me era indiferente. Estaba tan acostumbrada a que lo malo me persiguiese que era totalmente normal para mí. Pero oye, que nunca dejé de ser buena. Nunca dejé de tener este corazón tan noble, como dice mamá. Siempre di todo de mí a todos. Siempre fui con mis mejores intenciones. Hace poco leí que las personas que siempre están haciendo la gracia son las que más tristes están por dentro. Nunca algo me había representado tanto. Como digo yo, soy la payasa del grupo. Me encanta ver a mi gente reír a base de mis ocurrencias. Eso me hace sentir un poco menos mal. Eso me ayuda mucho. Me gusta hacer la gracia siempre, porque sí, porque no. Eso me hace olvidar un poco todo. Pasa el tiempo y estoy en calma. Siento que no tendré nada más por lo que sufrir. Y llega un mensaje inesperado… Siempre estuve en contacto con mi padre, ese mismo del que mamá siempre me habló y siempre me inculcó cosas buenas. Le quiero tanto que jamás se me pasaría por la mente odiarle. Y llega un mensaje: “Hola hija, Dios te bendiga. Soy tu papá, el hermano de tu mamá.” Mi mente no entendía absolutamente nada. Papá, mamá, hermano… Pensé que era fake, pero indagué hasta dar con la realidad de todo. Ese día, bendito día, una vez más me vuelven a romper el corazón. Pero esta vez, mi querida mamá. Resulta que ese señor era mi padre de verdad. Resulta que mi mamá no era mi madre biológica. Resulta que toda mi vida crecí creyéndome mentiras. Mi madre biológica me abandonó. Con tan solo un mes de nacida. Me abandonó como un perro. Mi papá, con miedo de la vida, con miedo de seguir con una niña tan pequeña, solo buscó ayuda. Ayuda de sus hermanos. Y ahí entra mi mamá en el plano. Como me dice ella: “Hija, me enamoré de ti. Verte tan pequeña, tan vulnerable, con esa carita, con esa nariz, con esos rizos… cómo no quedarme contigo.” Mamá no me dio la vida. Me la devolvió. Agradezco la vida que me diste, mamá. Para mí siempre serás mi madre. Mi única y verdadera madre. Pero me duele el alma. Todo por lo que tanto había trabajado volvió: mis miedos, mis inquietudes, mis traumas, mis inseguridades, mi rabia, mi ira. Y llegó él. Llegó alguien a mi vida para hacerme entender que la vida no siempre es tan mala. Alguien que me haría entender por qué nunca funcionó con nadie más. Alguien que me daría todo el amor del mundo. Y llegaste tú, justo en el momento que más me dolía la vida. Llegaste y me olvidé por un ratito de todo lo que estaba pasando. Volví a creer en el amor. Volví a creer en que de verdad hay personas buenas con corazones bonitos. A veces siento que no lo merezco. A veces siento que es una trampa de la vida. Me saboteo mucho. No sé cómo asimilarlo. Siento que en cualquier momento todo se romperá. Sentiré miedo. Sentiré angustia .

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  • “Puede resultar muy difícil pedir ayuda cuando estás pasando por un momento difícil. La recuperación es un gran peso que hay que soportar, pero no es necesario que lo lleves tú solo”.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇨🇦

    Sobreviviendo a una violación en grupo

    El año pasado me violaron en grupo. Tengo un zumbido en los oídos llamado tinnitus que no ha parado desde entonces. Tengo pesadillas. Volé con mi madre a una boda en el extranjero. Estaba emocionadísima. Ella estaría ocupada con sus amigos y su prima, y yo podría pasar tiempo con mi genial prima segunda, dos años mayor que yo. Después de la cena de ensayo, salimos. Fue divertido porque allí no tenía permiso para beber, aunque la edad legal era menor que en mi provincia, pero no revisaban la identificación. No bebí mucho porque no era lo mío y tenía novio, pero pude ir a algunos bares y luego a una discoteca pegada a un hotel. Nos divertimos muchísimo hasta que conocimos a dos soldados uniformados que eran guapísimos y nos separaron de sus amigas por nuestro aspecto. Mi prima es guapísima. Tenían una habitación privada en la discoteca y había varios soldados y también dos prostitutas. A esas prostitutas definitivamente les disgustaba que estuviéramos allí. Quería salir de todas formas, y las chicas guapísimas que nos invitaron fingieron entendernos y nos sacaron de allí. Estúpidamente, dejamos que nos llevaran a su habitación de hotel, donde dejaron de lado el rollo romántico y nos obligaron a desnudarnos al ritmo de la música. Nos enseñaron una pistola que tenían en un cajón. Estaba aterrorizada. Nos obligaron a tumbarnos boca abajo, inclinadas sobre la cama, una al lado de la otra, y así tuvieron sexo. Se intercambiaron como si fuéramos intercambiables antes de acabar dentro de nosotras sin protección. Nos tomamos de la mano. Yo lloraba mientras mi prima intentaba ser fuerte y animarme. No nos permitieron salir y nos escondieron la ropa. Antes de quitarnos los teléfonos, tuvimos que escribirles que nos quedábamos en casa de un amigo de mi prima. Luego llamaron a otros dos soldados, uno de ellos un tipo alto, moreno y enorme, con músculos de culturista. Fue un desastre conmigo. Nos hicieron bailar y luego tuvimos que usar la boca con las chicas que nos habían atraído allí mientras las otras dos tenían sexo con nosotras. Vomité y mi prima lo limpió, pero luego empezó de nuevo. Tenían cocaína y nos obligaron a esnifarla de sus partes y a esnifarla de nosotras. Vino otro y creo que solo fueron esos cinco durante la noche, pero no paraban de violarnos y obligarnos a hacer cosas incluso cuando nos desmayábamos. Me hubiera gustado estar más inconsciente, pero la cocaína te despierta tanto. Quiero recordar menos y pensar menos en todo. Nos duchamos muchas veces. El moreno grande se orinó encima de mí y en mi boca, en la ducha. Lo hizo más de una vez como si yo fuera su retrete. Los otros hombres incluso tuvieron que decirle que se calmara cuando me hacía gritar, me gustaban sus dedos y me los metía en el culo, pero no cuando me hacía arrastrarme como un perro usando mi pelo como correa. Recuerdo que uno de ellos llamó a sus amigos para decirles que subieran el volumen de la televisión al máximo para ocultar el ruido en nuestra habitación. Vieron las noticias deportivas en la televisión. Hicieron que mi prima y yo nos besáramos y cosas así. No podía fingir que era una fiesta divertida como mi prima hacía a veces y me animaba a hacer. Intentó desviar parte de su atención de mí una y otra vez. La amo por eso, pero no me dejaron en paz. Estaban obsesionados con mi pecho. No les importó que estuviera obviamente angustiada y enloqueciendo, ni que en mi país me faltaran tres años para la edad de consentimiento. Ahí estaba, la edad mínima. Nos despertamos por la mañana en una de las camas, solo los dos soldados durmiendo en el suelo. ¡El negro se había ido! Volvieron a tener sexo con nosotras y otro hombre mucho mayor, al que llamaban SIR, entró y tuvo sexo con nosotras, pero sobre todo conmigo. Lo animaron y me dolía la cabeza y lloraba, y pareció durar una eternidad. Finalmente recuperamos la ropa, pero nos llevaron a un brunch con su ropa habitual. Me enseñaron fotos en sus móviles que parecían divertidas y nos advirtieron de lo mal que estaría si decíamos algo diferente a que habíamos tenido una buena fiesta. ¡Una buena fiesta en el infierno! Antes de eso, solo había tenido sexo con mi único novio. ¡Una noche infernal y ahora mi número era siete! Tuvimos que empezar a prepararnos para la boda de inmediato y estaba agotada. Mi prima me escondió y me eché una siesta con vestido, peinado y maquillaje hasta el último minuto. Lloré en la ceremonia, pero no en la boda. Tenía tanto dolor de vagina, músculos y cerebro que me emborraché tanto en la recepción que apenas recuerdo nada. Fue parte del viaje en avión a casa. Le conté la verdad a mi madre al volver y se puso como loca, al igual que mi padre. Intentaron llamar allí, al hotel y a otros sitios, pero la policía no hizo nada. Vi llorar a mi padre por primera vez mientras le contaba toda la historia. Mi novio no lo soportó y me dejó. Voy a terapia de grupo. Tomo una pastilla todos los días y ahora tomo benzodiacepinas para la ansiedad. Intento ocultar mi pecho grande bajo ropa holgada, cuando antes lo usaba para llamar la atención. ¡Qué idiota! Mi prima no parece tener los traumas ni las pesadillas que yo tengo. En su país, terminan la secundaria hasta dos años antes que nosotros y los tratan como adultos antes. Una vez le dije cosas malas por eso. Me perdonó, pero hablamos mucho menos desde que le pregunté si siempre tenía sexo grupal. Me sentí fatal porque incluso dejó que tuvieran sexo anal con ella para alejarlos de mí. Se notaba que le dolía mucho, pero en ese momento solo pensaba en mi propia supervivencia. Mi infancia se acabó, pero no me siento adulta. Su consejo es: «No dejes que te deprima». ¡Como si tuviera otra opción! Fue a terapeuta una vez porque su madre pidió cita y no piensa volver. ¡Su vida no cambió en absoluto! Trabaja en recepción en una empresa de tecnología y, además, modela, y sigue yendo a fiestas, clubes y citas. ¿Cómo? Es increíble cómo la actitud ante algo así puede ser tan diferente en distintos países. Ahora soy una víctima y suelo sentirme así. Definitivamente dañada. Todos en mi escuela saben por qué. Soy ESA chica. Mi nuevo novio, más maduro, es comprensivo, pero me siento como una pequeña carga triste para él. A veces soy hipersexual y no puedo evitarlo. Es un mecanismo de afrontamiento que les ocurre a algunas víctimas de agresión sexual. No lo busqué. Me preocupa que mi novio no confíe en mí por eso. Un amigo mayor, mi vecino desde hace años, se aprovechó de mí después de que le conté lo que pasó en su casa. Tuvimos sexo y luego se sintió culpable por excitarse con mi historia de violación. Lo admitió y me pidió perdón. El sexo me ayudó a calmar el zumbido de oídos por breves periodos, así que lo hice con él más de una vez al día durante un tiempo hasta que mi padre empezó a sospechar algo y habló con él. Desde entonces, no confío en mí misma. Quiero casarme con mi novio, en gran parte, solo para protegerme y demostrarle que lo amo y soy leal, aunque no estoy segura de poder serlo. Me preocupa no poder amar como una persona normal. Me preocupa alejarlo por ser demasiado dependiente y querer casarme con él tan pronto. Lo necesito más de lo que él me necesita a mí. ¿Será así siempre en las relaciones de las víctimas de violación? Me esfuerzo mucho en la escuela para no arruinar mi futuro. Es muy difícil concentrarme. Me zumban los oídos constantemente. Gracias por escuchar.

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  • Mensaje de la Comunidad
    🇺🇸

    A todos los sobrevivientes aquí: los vemos, los escuchamos, les creemos.

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  • Historia
    De un sobreviviente
    🇬🇧

    Brutalmente utilizado por un policía después de una parada de tráfico

    En mi historia original, COMENZÓ CON MI HERMANO, hablé del abuso que sufrí desde una perspectiva general. Era mi vida de abuso tal como la compartí en aquel momento. He estado trabajando para compartir tres casos de violación que solo evité permitiendo que los hombres tomaran lo que quisieran en lugar de pelear. El más traumático de los tres incidentes que mencioné involucró a un policía. Este es el relato. Me detuvieron cuando regresaba a casa de un grupo de estudio, siendo estudiante de tercer año en la universidad, una noche entre semana. Habíamos compartido dos copas hacia el final. NO apruebo conducir y beber, pero no estaba borracho, como confirmó el alcoholímetro más tarde. Me detuvieron y ya tenía los nervios asociados, agravados por el hecho de que aún no tenía la edad legal para beber alcohol durante tres semanas. Fue entonces cuando conocí al policía al que llamaré simplemente SIK. Me dio una sensación inquietante la primera vez que lo vi y eso nunca se detuvo. Aun así, coqueteé con él hasta cierto punto, desesperada por no meterme en problemas. Me hizo salir del coche, quitarme la sudadera con capucha, debajo de la cual solo llevaba un sujetador deportivo básico. Esa noche solo hacía unos dieciséis grados. Tenía frío y temblaba de miedo y de temperatura. Lo vi mirarme el cuerpo sin filtro. Otro coche patrulla se detuvo con dos agentes mientras me hacían las pruebas de alcoholemia. Ya me había registrado de forma incómoda. Una de las agentes que llegó era mujer y también me registró después de haber dicho que tenía algunos problemas con las pruebas de alcoholemia. Caminar hacia atrás en una línea imaginaria, talón con punta, fue lo único con lo que tuve problemas. ¡Es duro! La policía sacó el alcoholímetro que había pedido. Di 0,035. Eso es menos de la mitad del límite legal. En ese momento, SIK dijo que simplemente me seguiría a casa, en lugar de arrestarme, y el otro coche se fue. La parada completa duró quizás una hora. Los coches pasaban por la calle lateral en la que me había metido. Faros delanteros y traseros en la oscuridad. Después de que el otro coche se fuera, SIK me habló con más dureza y amenazas que nunca. Dijo que una chica como yo probablemente está acostumbrada a salirse con la suya. Aseguró que aún podía llevarme a la cárcel cuando quisiera, ya que mientras me lleva a casa y se asegura de mi seguridad, todo lo que hago sigue siendo una prueba. Podría arrestarme por posesión de alcohol y perdería mi licencia. Tenía miedo. Le dije que mi compañera de cuarto estaba en casa. Ella también era estudiante y se suponía que debía estar allí. Después de seguirme dentro de mi apartamento, llamé a mi compañera. Luego revisé su habitación. ¡No estaba! SIK me acusó de mentirle a un policía y echó el cerrojo desde adentro. Me hizo apoyar las manos en la pared de mi comedor con las piernas abiertas. Quería llamarla para que pudiera hablar con ella y confirmar que solía estar allí, pero me detuvo y me obligó a enviarle un mensaje para ver cuándo volvería. Me dio instrucciones de no preguntar ni decir nada más y lo revisó antes de enviarlo. Estaba en casa de su hermana y no volvería hasta tarde. En ese momento se quitó el cinturón de herramientas y lo puso en la encimera de mi cocina. Me dijo que, después de todo lo que había hecho por mí, ya no era gratis, ya que le mentí. Su pistola estaba justo a nuestro lado. Se aseguró de que la viera e incluso la giró para que me apuntara. Tenía miedo y le suplicaba. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera. No estoy segura, pero creo que se lo dije. Me comunicó por radio desde su bandolera que se estaba tomando un descanso para "almorzar". Lo que recuerdo con certeza fue cuando dijo que esta vez me haría un registro completo, hasta quedar completamente desnuda, y me preguntó si estaba de acuerdo. En ese momento ya no tenía ninguna duda de lo que estaba pasando. Hice los ajustes necesarios, pero lo que hizo fue más de lo que había preparado. Me dedicó cumplidos vulgares sobre mi cuerpo mientras me abusaba descaradamente. Me amasó los pechos como si fueran masa. Me tocó mientras me preguntaba si podía usar un apéndice especial que tenía que penetraba más. Sabía a qué se refería. Sentí repulsión, pero acepté. Después del sexo inicial, con las manos apoyadas en la pared e inclinada hacia adelante, bajó el ritmo. Esperaba que ya casi hubiera terminado, pero decidió prolongarlo. Me mandó a mi habitación. Se quitó toda la ropa menos los calcetines. Complementó su anatomía y me hizo aceptar. Su miembro era muy superior al tamaño promedio, pero dudo que, de no haber llevado anillo de bodas, lo hubiera usado alguna vez. Era medio calvo, tenía una ceja prominente como la de un neandertal y una barriga cervecera pálida con muchos lunares por todo el cuerpo. Tenía bigote y perilla que no ocultaban del todo su cutis demacrado, que parecía tener cicatrices de acné severo. Casi todos los hombres eran más altos que yo, pero él era bajo y solo me superaba por unos centímetros. Nunca le había mentido tanto como cuando le dije lo que quería oír sobre ser sexy y desearlo. La única verdad era sobre su pene grande. SIK habló mucho, principalmente degradándome y confirmando que estaba de acuerdo con él. Clichés, como que yo era una puta, una zorra, una guarrilla y que me gustaba lo que me obligaba a hacerle, pero también me preguntó sobre mi vida sexual y mi historial de abusos. Quería que dijera que mi padre y mis entrenadores abusaban de mí, pero no mentiría. En cambio, le conté parte de la verdad sobre el abuso de mi hermano. Esa fue probablemente la peor parte. Decirle en voz alta a SIK lo que nunca solía admitirle a nadie, para su gran placer, me hizo daño. Eso fue peor que el sexo oral. Peor que obligarme a besarlo en algunos momentos. También fue cruel. Intentó amordazarme y empujarme hasta el fondo de mi garganta mientras le obligaba a hacerme sexo oral. Me empujó los tobillos detrás de la cabeza mientras me embestía con sus embestidas abusivas. Podía ver la cruel lujuria en sus ojos. Podía ver su sonrisa malvada. Me abofeteó muchas veces, pero no muy fuerte. Sí me azotó fuerte. Se dio cuenta de que me tenía cautiva y vulnerable a sus caprichos y que por fin estaba viviendo sus fantasías más oscuras. Hacía todo lo que él quería y lo alentaba porque quería que parara. ¡Tantas veces se detuvo justo antes de llegar al clímax! No quería que terminara. SIK intentó tener sexo anal conmigo y yo me adaptaba, pero era demasiado grande para mí. Lloré casi todo el rato de dolor, pero intentando actuar como una pareja ansiosa por que terminara. Después pensé que eso podría haberlo prolongado. SIK era probablemente el momento en que preferiría que sufriera más, como si me estuvieran violando en lugar de ocultar mi dolor. No duró mucho más de veinte minutos, pero fue terrible y lo reviví tantas veces en mi mente antes de emborracharme y colocarme hasta la muerte la noche siguiente después del trabajo. Así que el recuerdo vivió mucho más prominente en mi cabeza que un simple encuentro de 25 minutos. Alcanzo el clímax con facilidad, pero nunca tuve un orgasmo con él por su preferencia por causar dolor sexual. Cuando de repente se corrió dentro de mí, se quedó callado y apenas dijo una palabra más mientras se vestía, con cinturón de pistola y todo, y se fue en silencio. No tengo ni idea de qué significaba eso. Me asustó. Tuve miedo al conducir un tiempo y evité dormir en casa tanto como pude, lo que a veces significaba acostarme con hombres e incluso con amigos, solo para no volver. Fue la razón principal por la que no renové el contrato de alquiler y me mudé a un apartamento más pequeño, sola. Era la misma compañera de piso cuyo padre ya se había acostado conmigo sin mi consentimiento inicial. Le conté a mi compañera una versión corta y reaccionó como si fuera una historia genial. En cierto modo, se la conté así, como una forma de afrontarlo. El camino fácil y de menor resistencia. No admitir que pudo haber sido lo peor que me ha pasado en el ámbito sexual. Lo peor que me pasó en la universidad fue el corazón roto por perder a los hombres que amaba. Pero esas son historias para otro foro. Ya no expongo mi corazón para que lo pisoteen. Este incidente fue una de las llamadas de atención que me indicaron que debía cambiar por completo mi estilo de vida e intentar salvarme. También fue una de las cosas que más me costó comentarle a mi terapeuta, aunque lo pensé durante las sesiones.

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  • Si estás leyendo esto, es que has sobrevivido al 100% de tus peores días. Lo estás haciendo genial.

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    #890

    ¡Me amo a mí mismo sin importar nada!

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    Carta a mi acusador.

    Le escribí esta carta a mi tío, que siempre se ha hecho la víctima. Querido tío X: Han pasado 28 años desde que esto ha atormentado a todos los involucrados y, después de todo este tiempo, nunca he hablado directamente al respecto para no armar revuelo. Pero ahora siento que debo decirlo porque no puedo permitir que esto siga atormentando a mi familia y que tú sigas atacándonos. Hasta el primer incidente, eras mi tío favorito, el que me atraía, apuesto a que nunca lo supiste. Sin embargo, también fuiste mi primer encuentro sexual, la primera vez que sentí una erección, la primera persona a la que le tuve miedo. Recuerdo subir las escaleras lentamente para ir al baño y que me llamaras a tu habitación y me metieras bajo las sábanas. Recuerdo sentir tu erección contra mi trasero mientras me dabas palmaditas; esto ocurrió muchas veces. Recuerdo dormir en el sofá y sentir tu aliento en mi cara mientras me metías la lengua en la oreja. Recuerdo la conmoción y el miedo que me causó. Recuerdo la sensación de tus manos en mis nalgas y mis pechos, recuerdo que pusiste mis pequeñas manos en tu regazo. Recuerdo esconderte en el baño con la cadena cerrada y tú apretándote contra el otro lado de la puerta preguntándome qué hacía allí, mientras yo observaba cómo tus ojos intentaban ver más allá de la cerradura. Recuerdo empujar la cómoda contra la puerta del dormitorio delantero y esperar que no entraras, escondiéndome con mis primos y mi hermana pequeña. También recuerdo cómo me sentí cuando mi abuela me dijo que no dijera nada si quería que nuestra familia siguiera unida. Recuerdo la llamada que recibieron mis padres en mitad de la noche y que les dijeran por teléfono que esto nos estaba pasando, meses después de haberles contado a nuestra abuela, tía y tío sobre los incidentes. Recuerdo oír a mi madre gritar y a mi padre chillar, recuerdo la mirada de mi hermano mientras estaba de pie al pie de las escaleras queriendo salir a buscarte, pero se detuvo porque mi padre, tu hermano mayor, estaba llorando en lo alto de las escaleras. Recuerdo el miedo, la emoción y el alivio de que finalmente lo supieran, pero también recuerdo escuchar a mi madre llorar e intentar ocultárnoslo, mientras se culpaba por no habernos protegido de ti. Recuerdo que muchos de los nuevos nos culpan por tus acciones. Recuerdo estar sentada frente a un desconocido en una habitación cerrada mientras le contaba lo que nos hiciste. Recuerdo abrazar a mi hermanita, que intentó mantenerse fuerte y protegerme mientras yo me sentía culpable por no haber podido protegerla. ¿Suena esto como una chica que sedujo a su tío (como diría la abuela), que tenía al diablo en la mirada? ¿Que está siendo vengativa y te está arruinando la vida? Se suponía que debías protegernos, pero no lo hiciste y, peor aún, nos culpaste. Te hiciste la víctima, te hiciste la víctima, la que está herida por todo esto y afirma que te destruyó la vida. Tú, que te casaste, tuviste hijos y tienes una casa, tú, que has tenido a la mayoría de tus hermanos a tu lado en aquel entonces. Has logrado convencer a tu esposa de que te sedujimos. Yo era la mayor y tenía solo 12 años, una niña muy ingenua de 12 años, mi hermana era la más pequeña con 10, cuatro niños, cuatro personas cuyas vidas cambiaron para siempre debido a tus impulsos sexuales. Imagina por un momento que este fuera tu hijo o tus hijastros quienes estaban siendo abusados y la gente los culpaba por ello, diciendo que sedujeron a un hombre adulto, luego intenta imaginar a esa persona regresando una y otra vez diciendo que tu hijo está mintiendo, que es su culpa y que arruinó la vida de ese hombre adulto, así es como nos ha sentido una y otra vez. Tus acciones nos han pasado factura. ¿Tienes alguna idea de lo que es escuchar a tu propia abuela decir que tenías al diablo dentro? ¿Sabes lo que es recibir cartas diciendo que creían que actuamos de manera inapropiada y que no nos acercaríamos a sus esposos porque los seduciríamos? Éramos solo niñas. Una semana después de mi boda, mi madre tuvo que echar a mi abuela del jardín delantero mientras les gritaba a mis padres que "si nos hubieran criado bien, esto nunca habría pasado" delante de los vecinos. Mi luna de miel se vio empañada porque ambos pensaron que debíamos ayudar a aliviar sus vidas. Todo en mi vida cambió en un instante; cambió la primera vez que decides dar rienda suelta a tus impulsos sexuales con niños. No puedo hablar del comportamiento de las otras víctimas, pero sí diré esto: míralas, observa sus vidas actuales y dónde han terminado, y recuerda que podrían haber sido diferentes si te hubieras mantenido callado. Cada uno de nosotros ha estado luchando contra sus propios demonios en esta etapa de nuestras vidas: dejaste que otros nos atacaran verbalmente por cobarde y dejaste que los niños asumieran la culpa de tus impulsos; dejaste que la familia se destruyera porque no hiciste lo correcto. Pasé muchas horas intentando aceptarlo todo y el daño que me causó. Luché con ello todos los días; no se trata solo de los tocamientos inapropiados, sino de cómo se manejó. Así es como tú, mi abuela y quienes me conocían me hicieron sentir. Ni una sola vez se han puesto de pie y han dicho que hicieron algo mal; eligen culpar a los niños en lugar de admitir que fueron ustedes. Ahora tengo 40 años, tengo dos hijos maravillosos y una excelente carrera como enfermera titulada en cuidados intensivos. Obtuve mi Licenciatura en Enfermería, un diploma en Ciencias Pre-Salud y un diploma en Administración de Consultorios Médicos, todos con honores, y todo esto como madre divorciada, soltera y a tiempo completo. He tenido muchos altibajos, pero soy fuerte, soy una luchadora, soy inteligente, compasiva y, sobre todo, una madre excepcional para mis hijos. Sus acciones ya no tendrán peso en mi vida, ya no me definirán, ya no serán algo a lo que haya sobrevivido; elijo triunfar y superarlo, elijo perdonar a mi familia extendida por sus responsabilidades porque elijo amarme. Sin embargo, es gracioso, la línea que sobresale en todo el archivo CAS, que tiene 32 páginas, es la que dices: "Te estoy tocando porque necesito una novia", esta es la razón por la que nuestras vidas cambiaron para siempre.

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  • “Siempre está bien pedir ayuda”

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    Lo que saben mis piezas

    Descargo de responsabilidad: Esta publicación se refiere a las clasificaciones diagnósticas del DSM y la CIE casi sin cuestionarlas, no por falta de participación personal en discusiones críticas sobre este tema, sino simplemente por razones pragmáticas, ya que estoy tratando de explicar algo que actualmente me afecta y debilita. CW: incluye descripciones de trauma sexual infantil grave y complejo. Acoso escolar severo. No he escrito en un tiempo. No he tenido la energía cognitiva, ni mi mente ha estado en un estado de funcionamiento que me permita plasmar las palabras por escrito. Todo sobreviviente que vive con formas disociativas complejas de estrés postraumático conoce el agotamiento de vivir con el caos interno que acompaña a la supervivencia, sin importar nuestros intentos de acercarnos a prosperar, a ser más que la suma de lo que nos sucedió. Este año, me tatué un león en la parte superior del brazo. Es un motivo que ha estado conmigo desde que tenía solo tres años; la primera vez que recuerdo estar sentado solo en el suelo de mi habitación, tratando de averiguar cómo abrir la boca lo suficiente para rugir. Recuerdo a mi padre entrando y buscándome y preguntándome qué demonios estaba haciendo, su única respuesta fue reírse de mi intento y decirme otra cosa que podía hacer con la boca para él. No había nada que pudiera hacer, así que el león se retiró, pero se quedó conmigo. Reapareció de nuevo, hasta donde recuerdo, solo en dos momentos específicos de mi vida, posiblemente dos de los peores, de diferentes maneras, cuando mi conciencia estaba tan abrumada por el horror de lo que estaba sucediendo que probablemente se habría hecho añicos si él no hubiera intervenido. El primero de estos momentos fue solo dos años después. Tenía solo cinco años, ya viviendo en circunstancias lo suficientemente insoportables como para producir una variedad de experiencias delirantes que servían para mantener mi pequeña mente activa: árboles que hablaban, ositos de peluche que hablaban y espíritus del mundo desconocido más allá, cada uno de los cuales se convirtió en testigo compasivo del dolor que estaba sufriendo. Este recuerdo me volvió a la mente originalmente a través de una pesadilla recurrente. En aquel momento, lo racionalicé como algo simbólico, pues no podía admitir que la escena que recordaba había sido literal. Que mi madre, de hecho, se había quedado mirando mientras mi padre me violaba en el suelo a plena vista. No era una representación simbólica de cómo se sentía vivir en una casa donde una cuidadora abusaba de mí y la otra fingía no saber nada. Mi madre lo había presenciado y se había marchado inmediatamente. Luché conmigo misma y me defendí de esta interpretación en mis sesiones de terapia, sin querer que se rompiera el muro de negación que protegía la versión inocente de mi madre. Era un muro que había construido para sobrevivir y mantener una relación con ella, y sabía que si se rompía, estaría aún más sola de lo que ya estaba. Desafortunadamente, a medida que salían a la luz más y más detalles, permitiéndome reconstruir por completo lo que realmente sucedió ese día, mi mente y mi cuerpo solo tenían que prepararse para más dolor. La plenitud de mi ser anhelaba que el frágil amor de al menos uno de mis padres negligentes hubiera sido real, aunque fuera insuficiente. ¿Pero mis partes? Sabían la verdad. Al menos, algunas de ellas. Algunas conocían el terror de ser maltratadas y degradadas, y tratadas con total falta de empatía por quienes debían protegerlas. Algunas sabían que los testimonios de mis padres jamás serían creíbles. Para explicar lo que quiero decir, voy a tener que hablarles de un libro que he empezado a leer poco a poco en las últimas semanas, aunque solo sea escuchando la versión en audiolibro y repasando los mismos párrafos varias veces para intentar comprender al menos parte de la información. Se titula "El yo atormentado: disociación estructural y el tratamiento de la traumatización crónica", de Onno Van der Hart y otros autores. Me ha ayudado (por fin) a comprender mejor los desconcertantes síntomas que he estado experimentando durante un tiempo y las experiencias a menudo inquietantes que viví durante la terapia de Sistemas Familiares Internos (IFS) a finales del año pasado. Cómo escapar cuando no puedes Para aquellos que no estén familiarizados con IFS o la disociación estructural, hay dos cosas que debo aclarar primero: IFS es un modelo de terapia que se centra en trabajar en colaboración con varias "partes" dentro de cada persona, que la teoría explica que se han desarrollado a través de la internalización de ciertos roles y funciones específicos en la infancia en respuesta a la dinámica familiar (estos se conocen como bomberos, exiliados y administradores). En contraste, la literatura clínica sobre la disociación estructural describe lo que sucede con las personalidades de aquellos expuestos a un trauma crónico y prolongado en el período de desarrollo: cómo se fragmenta efectivamente en partes componentes para sobrevivir, en lugar de convertirse en una totalidad. Los autores del libro definen la personalidad como "un sistema compuesto por varios estados o subsistemas psicobiológicos que funcionan de manera coordinada", que en sujetos sanos funcionan juntos de manera cohesiva: "Una personalidad integrada es un logro del desarrollo", no algo dado, señalan los autores. En casos de disociación estructural, sin embargo, lo que sucede es que, en lugar de desarrollarse hacia la integración, estos subsistemas se organizan de forma adaptativa en torno al entorno traumático, de manera que se produce una división entre dos categorías de subsistemas: aquellos que apoyan al individuo en sus esfuerzos por adaptarse a la vida cotidiana y aquellos construidos para la detección y defensa contra las amenazas. Estos son los sistemas de acción que caracterizan los mundos interoceptivo (conciencia de las señales corporales internas) y exteroceptivo (conciencia del mundo externo) de un individuo, que comprenden su propensión a actuar de acuerdo con ciertos tipos de motivaciones básicas. Siempre se configuran para responder de la mejor manera adaptativa a su entorno. En efecto, cuanto más inviable sea la integración entre las diversas acciones dirigidas a objetivos (es decir, aquellas orientadas a la exploración, el cuidado y el apego, frente a aquellas orientadas a la defensa, la hipervigilancia y las respuestas de lucha o huida) que la exposición prolongada al trauma plantea, más rígidos y endurecidos pueden volverse estos subsistemas, lo que lleva a la aparición de "partes" disociativas. Estas partes no son como las postuladas por el IFS, aunque sus funciones pueden superponerse: “Las partes disociativas juntas constituyen la personalidad completa, pero son autoconscientes, tienen sentidos rudimentarios de sí mismas y son más complejas que un solo estado psicobiológico”. Estas partes pueden poseer distintos grados de elaboración —en referencia a cuán diferenciadas y distintas son con respecto a características como nombres, edad, género, etc.— y emancipación —en referencia a cuánta separación y autonomía tienen del trauma en sí. Esta variación depende significativamente de la gravedad y complejidad del trauma, y de su cronicidad. La mayoría de las personas conocen el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). En los casos de TEPT, existe disociación estructural, pero no es tan compleja como la que se observa en los casos donde están presentes formas secundarias, o incluso terciarias. La diferencia clave entre ellas tiene que ver con la presencia de uno o más tipos diferentes de partes: Partes Aparentemente Normales (PAN): que están dominadas por los sistemas de acción que están orientados hacia la exploración, el cuidado y el apego y Partes Emocionales (PE): que están dominadas por los sistemas de defensa Estas partes no son reducibles a estos sistemas de acción, pero están mediadas por ellos. Por eso una persona puede estar compuesta de partes que están en conflicto entre sí. Por ejemplo, una parte emocional puede contener el trauma sensorial crudo y todos sus sentimientos acompañantes de miedo, vergüenza y culpa, mientras que otra parte 'aparentemente normal' se dedica a lo suyo centrándose en la evitación de esos sentimientos a través de la participación en diversas actividades que los compensan y les aportan estima; No solo porque la emoción cruda es en sí misma abrumadora —los autores se refieren a estas emociones como «vehementes» debido a lo abrumadoras que pueden ser y cómo pueden conducir a mecanismos de afrontamiento desadaptativos cuando la persona carece de los recursos para afrontarlas eficazmente— sino también porque esos sistemas de acción que describimos están estructurados en torno a la satisfacción de nuestra necesidad de apego a los demás y la regulación de nuestra posición social. Si las emociones vehementes que el trauma infundió se sienten como una amenaza para nuestras relaciones más importantes, o incluso para nuestra posición social, los EP se ven obligados a contenerlas y, a menudo, se destierran de la vista, tanto de los demás como de la nuestra. En casos de disociación primaria, como el TEPT, solo ha sido adaptativamente necesario que se desarrolle un único ANP y un único EP. En la disociación secundaria, como se observa a menudo en casos de TEPT complejo y en aquellos que con mayor frecuencia conllevan el diagnóstico de «trastorno límite de la personalidad» (mejor no hablemos de eso), una mayor fragmentación ha dado lugar al desarrollo de múltiples EP, cada uno con diferentes fragmentos de la experiencia traumática: momentos de terror, emociones intensas y diversas respuestas defensivas. La disociación terciaria es donde las cosas se complican de verdad. La mayoría de la gente conoce el Trastorno de Identidad Disociativa (TID), popularizado erróneamente como «trastorno de personalidad múltiple», principalmente debido a las representaciones terriblemente estigmatizantes en los medios de comunicación. En realidad, el TID es mucho más complejo y las experiencias individuales mucho más variables de lo que se suele pensar. La clave que lo diferencia de los otros trastornos disociativos ya mencionados es que existe evidencia de disociación estructural terciaria: que no solo implica múltiples EP, sino también más de un ANP. Contrariamente a lo que se cree, sin embargo, estos trastornos de personalidad no necesariamente poseen los grados más extremos de elaboración y emancipación. No siempre es el caso que una persona pueda alternar entre identidades completamente distintas cuyas edades, recuerdos y personalidades sean totalmente diferentes. Existe una variedad de Trastornos Disociativos Otros y no especificados (TDOE) enumerados en el DSM-5 —independientemente de lo que se piense sobre su validez— que apuntan a estas variaciones. En mi caso personal, esto se ha manifestado de manera diferente en distintos momentos de mi vida. Volvamos al recuerdo que comencé a describir, cuando el motivo del león intentó reaparecer por primera vez, para analizar algunos de ellos. El primero de los peores: tenía solo cinco años y me estaba sucediendo algo terrible. No solo el acto en sí era tan doloroso, tan horriblemente desgarrador que podría traumatizar incluso a un adulto, sino que lo estaba perpetrando uno de los cuidadores principales mientras el otro permanecía impasible sin hacer nada. Esta es una forma profunda de traición y negligencia, y en última instancia, de abandono. En ese momento, mi dependencia de mis cuidadores para sobrevivir significaba que tenía opciones limitadas para procesar lo que me estaba sucediendo si quería vivir. Por un lado, podía aceptar que ninguno de mis padres era capaz de brindarme el cuidado y la crianza que necesitaba. Podía aceptar que nadie vendría a salvarme, que nadie me defendería de ninguno de ellos, pero entonces tendría que enfrentar una realidad sin esperanza de estar a salvo, de ser amada, de ser protegida. No solo era más que pequeña —seamos claros, era diminuta—, sino que no había la más remota posibilidad de que alguna vez reuniera la fuerza para protegerme. Simplemente no la tenía. No sé muy bien cómo describir clínicamente lo que sucedió en mi conciencia después de eso. No fue el dramático brote disociativo que llegó siete años después cuando el león reapareció una vez más (más sobre eso después), fue más sutil que eso. Simplemente reuní las migajas de evidencia que pude para construir una narrativa en la que la ayuda llegaría al final. ¿Y si no llegaba? Entonces me convertiría en algo que pudiera defenderse y protegerse a sí mismo. Después de que mi madre se alejara de mí, de alguna manera, me levanté del suelo y corrí en la dirección que vi de frente: hacia la puerta cerrada del dormitorio de mi hermano. Entré sin avisar y le declaré mi nueva realidad: “ Nombre Todo va a estar bien”, dije. Lo que acababa de pasar no importaba. El hecho de que ni siquiera lo hubiera sentido tampoco me importaba; esa parte de mí ya había sido enterrada mientras otra tomaba el control a través del entumecimiento y la desensibilización. Si mi cuerpo se había quemado, lo había dejado. Mi padre, por supuesto, me siguió a la habitación y no lo toleró. Me dijo que me alejara de su hijo, refiriéndose a mí de nuevo como una pequeña zorra, después de haber tildado momentos antes a mi madre y a mí de sucias putas. Pero mi cuerpo no tembló. “Solo le estaba diciendo que todo va a estar bien”, repetí. En ese momento, la parte de mi padre que se había enfurecido al violarme tan brutalmente lo abandonó de inmediato; vi un destello en sus ojos. "¿Qué?", preguntó con suavidad, media sonrisa. "¿Qué dices, querida? ¿Qué quieres decir con que todo va a estar bien? ¿Por qué no iba a estar bien?". Volvió a reír. Mientras se inclinaba hacia mí para sentarme en su regazo, continué. "Todo va a estar bien porque sé que no es mi culpa cuando te enojas conmigo", expliqué con claridad. En realidad, me había dicho a mí misma que todo iba a estar bien porque pensé que la mirada de mi madre, cuando miraba fijamente al vacío, me había dicho que lo que veía era suficiente para que finalmente lo dejara, cosa que finalmente hizo. "¿He estado enojada contigo hoy?", preguntó. Puse los ojos en blanco y decidí cambiar de tema. "Voy a ser una leona cuando sea mayor", le expliqué con orgullo. Pero claro, él solo se rió. «¡No eres un león! Eres una niña, una bailarina…» Continué explicándole que no me imponía límites a lo que podía ser. Soy muy consciente de que hay algo en esta secuencia de acontecimientos tan real que suena casi artificial. ¿Cómo puede una niña de cinco años soportar semejante trauma, para luego emerger como si nada, incluso como una heroína, apenas unos segundos después? Eso es disociación. En lugar de derrumbarme bajo el peso de las circunstancias crueles, mi psique buscó dos cosas para mantenerse con vida: 1. Una racionalización que significaba que el abandono y la traición que acababa de experimentar no eran realmente abandono: “Mamá lo sabe ahora. Ahora sabe lo mal que me hace y va a hacer algo al respecto”. 2. Una identificación con una promesa futura de trascendencia de mis propias limitaciones: “Algún día seré un león”. No solo necesitaba aferrarme al vínculo que aún tenía con mi madre, sino que necesitaba algo que se gestara dentro de mí y que algún día pudiera nacer para contener, e incluso transmutar, la experiencia de absoluta vulnerabilidad. Mientras que la parte de mí que albergaba todo el dolor se hundía aún más en un espacio al que no podía acceder, ni siquiera si quisiera, otra se alzaba en su lugar, aferrándose a su propia fuente de autoestima. La verdad era que mi madre ya sabía de antemano lo grave que era el abuso para mí. Ella había visto las sábanas manchadas de sangre después de la violación y se quejó de tener que limpiarlas, esto no fue ninguna revelación. La razón por la que pensé que no lo había entendido fue por lo que había estado sucediendo momentos antes, antes de que mi padre entrara en la habitación para verlo y se enfureciera violentamente. El descenso a… En lugar de llevarte de vuelta a esos momentos, quiero llevarte hacia adelante en el tiempo, a la segunda reaparición del león. Este fue un suceso mucho más dramático que el primero, cuando el león se volvió algo real para mí, no solo una idea. Habían pasado unos siete años, y en ese tiempo mi madre había dejado a mi padre, llevándose a mi hermano mayor y a mí con ella. Para entonces, la investigación judicial había concluido que mi padre era inocente de las acusaciones formuladas en su contra. Algunas de estas acusaciones habían sido mías, pero las acusaciones originales del testigo fueron hechas por un amigo de mi hermano sobre lo que él mismo había visto que mi padre le estaba haciendo. "No podía entender por qué no lo dejó inmediatamente", me explicó recientemente una tía lejana mía por teléfono. Ella seguía diciendo que era inocente hasta que se demostrara lo contrario, y yo le repetía que los niños no mintieran sobre estas cosas. Esta tía había crecido con mi padre —aunque era quince años menor que él— y, al parecer, sabía muy bien que era capaz de una verdadera maldad. Ella y su hermano —mi tío, hermanastro de mi padre— habían visto cómo era controlador y manipulador. Lo habían visto pasar de la desgracia de vivir en la pobreza absoluta como niño inmigrante a ser un estudiante brillante en universidades de élite y ocupar cargos oficiales en la iglesia. Ella conocía las señales inequívocas de la evasión de mi padre ante preguntas difíciles. No sé muy bien cómo ni por qué perdió el contacto con mi madre; vivir tan lejos, en Estados Unidos, obviamente influyó, pero sí sé que no dudó en apartarlo inmediatamente de su vida cuando se enteró de que se negaba a cooperar con el proceso o a hablar con sinceridad. Mi tía vio la oscuridad de mi padre y usó la luz de la verdad y el discernimiento para lidiar con ella. Mientras tanto, mi madre miró fijamente su oscuridad a los ojos y la adornó con gracia. A las demás tías de la familia de mi madre se les indicó que se mantuvieran al margen; que ni siquiera intentaran hablar con nosotros sobre el tema, para no arriesgarse a contagiarse. Mi tía estadounidense me dijo que mi tío, de haber estado vivo, habría manejado las cosas de otra manera. «Habría tomado el primer avión para ir allí y darle una paliza», me explicó mi tía con cariño. «Era ese tipo de hombre». De alguna manera, yo misma lo había comprendido de él en las pocas veces que lo habíamos visitado en Estados Unidos, antes de que falleciera. Ya fueran reales o alucinaciones, como las otras experiencias que estaba teniendo, había estado experimentando visitas de su espíritu desde que supe de su muerte. Le hablaba a él —y a mis ositos de peluche— de todo lo que me estaba pasando. Se convirtieron en mis mejores amigos. Fue la intervención de los servicios sociales lo que finalmente llevó a mi madre a marcharse casi un año después, probablemente poco después de que le explicaran que si mi padre resultaba culpable, ella también podría ser considerada cómplice. Una vez más, la verdad contradice la versión de mi madre sobre cómo se desarrollaron los acontecimientos. Su versión convenientemente omite las muchas veces que intenté defenderme antes de que finalmente me permitiera decir lo mínimo que dije, a los ocho años. Mi hermano permaneció en silencio todo el tiempo, paralizado por el miedo a lo que sucedería si se atrevía a traicionar a su familia. El resultado de todo esto fue que me vi obligada a mantener contacto con mi padre durante la investigación, con distintos grados de supervisión, y posteriormente sin ninguna. Esto significaba que cada dos semanas debía recogerme del colegio, a la vista de todos. Esto no habría sido tan malo si el nombre de mi padre no hubiera aparecido en los periódicos ni en las noticias locales, y dado que su nombre era polaco y, por lo tanto, muy poco común, no fue difícil atar cabos. El ayuntamiento nos había trasladado a una zona relativamente desfavorecida; ninguna de las otras madres hablaba ni se comportaba como mi madre, y todas se conocían. Los chismes se extendían con facilidad. Habiendo descendido ya en la escala social tras la mudanza desde mi ciudad natal —el tiempo que pasé en el refugio para mujeres y en la escuela a la que asistíamos allí fue particularmente difícil—, ya me había acostumbrado al acoso. Pero la crueldad que sufrí por parte de niños mayores que sabían de mi padre llevó las cosas a otro nivel. El sadismo es, al parecer, más común de lo que nos gustaría admitir. Una niña en particular se empeñó en hacerme la vida imposible. «No me extraña que tu padre te viole», me decía sin rodeos mientras me miraba desde arriba. «Eres la criatura más vil que he visto en mi vida». No me cabe duda de que esta acosadora en particular estaba pasando por lo peor en su propia casa, viéndolo en retrospectiva; las condiciones eran propicias, pero eso no lo hacía más fácil. Y las acciones de sus compañeros, cuyo disgusto hacia mí era similar al de ella, lamentablemente fueron más allá en su acoso. Para cuando cumplí doce años, ya había experimentado repetidos abusos y agresiones sexuales por parte de otros chicos de la zona que conocían mi vulnerabilidad y mi "apertura a la experiencia". Algunos de estos incidentes fueron tristemente el resultado de mis propias proposiciones activas, o al menos, de una parte específica disociativa de mí que aplicó todas las lecciones que había aprendido sobre cómo complacer a los hombres (más sobre eso otro día). El grupo de acosadores mencionado anteriormente me había recordado una y otra vez que mi padre era pedófilo. Sabía muy bien que era sucia, repugnante, que no estaba bien. Lo que aún no había experimentado era la humillación de ser el objetivo específico debido al abuso, como si fuera una especie de presa. El segundo peor recuerdo Un depredador no caza inmediatamente; primero, observa. Si quisiera darles a los chicos que mencioné el beneficio de la duda —para mostrarles su propia gracia— dedicaría las siguientes líneas a contarles cómo esa parte disociativa se comportó como una pequeña zorra, cómo se metió en eso y cómo su ignorancia sobre mi historial de abusos era una especie de bendición. En realidad no sabían nada de papá, les diría, pensaban que simplemente era sexualmente madura para mi corta edad. No sabían nada de sus amigos. De hecho, en sus propias palabras —gracias a cómo los amigos de papá me habían adoctrinado— pensaban que «debía haber nacido con ganas de eso». Así que, ¿quién puede culparlos? Estos acosadores eran diferentes. Puede que no supieran la magnitud de la explotación sexual a la que mi padre me sometió en esos primeros años, pero sí sabían de él. Y durante años vieron que estaba indefensa, sin nadie que me defendiera, incluso después de haber escapado de vivir con él. Mi hermano mayor, también lo sabían muy bien, era él mismo su propio objetivo. Todos sabían quién era y lo consideraban un bicho raro. Quizás incluso sabían que, al no tener a nadie más con quien desahogar su ira por todo, incluso eso terminaba recayendo sobre mí. De cualquier manera, sabían que podían cruzarse con él en la calle y hacer bromas sobre estos encuentros, sin arriesgarse siquiera a recibir un puñetazo en la cara. «Oye, oye, conozco a tu hermana, guiño, guiño». A estas alturas, gracias a la magnitud de mi disociación, estas personas sabían mucho más que yo. No sabía nada de la chica que salió por la noche cuando nadie miraba, ni de todas las cosas que nunca habían sucedido realmente, porque eso era lo que no dejaban de decir. «Eso suena a una pesadilla horrible», me dijo una vez mi madrina (una cómplice). «Yo no le diría eso a nadie más si fuera tú, podrían pensar peor de ti que de mí». Y sí, pensaron peor de mí. Cuando retracté mis acusaciones, me obligaron —incluso me convencieron— a decirles que todo había sido mentira: producto de la imaginación. Eso es lo que me dijo mi padre, que estaba mal de la cabeza. "Lo siento por causar todos los problemas y decir mentiras, mamá", le escribí en una tarjeta ese año. Este era mi ANP funcionando a toda máquina, tomando la delantera en el espectáculo, manteniéndolo todo unido. Mientras pudiera funcionar lo suficientemente bien como para cubrir las muchas pequeñas grietas; las otras partes que contenían todo el trauma, incluyendo la manipulación psicológica, podían desvanecerse en la distancia. "¿Quién te va a creer?" Eso fue lo que mi madre misma me dijo, la vez que finalmente amenacé con hablar sobre su propio abuso. "¿Tú y el ejército de quién?" Continuó. "Todos saben que eres la niña que gritó lobo. Será una desgracia si un día realmente estás en problemas, nadie vendrá a salvarte". Mis acosadores lo sabían bien. Me habían visto pasar por la primaria y, ahora, estaba por debajo de ellos en la secundaria. No me sorprendería que hubieran oído rumores de los otros chicos de su curso y superiores sobre todos los demás incidentes. Ciertamente sabían que yo era un blanco fácil, y que los secretos que pasaban silenciosamente entre ellos jamás llegarían a oídos de alguien que pudiera intervenir y hacer algo. Supongo que me siguieron a casa una vez para averiguar la casa exacta en la que vivía, porque una noche, ya entrada la madrugada, uno de ellos vino a visitarme. Era otra chica que conocía desde primaria, que se juntaba con el grupo de chicos mayores que solían observarme cuando salía del colegio con mi padre, tirándonos piedrecitas mientras coreaban una y otra vez «PEDÓFILO». Esta no era la que se había cernido sobre mí en aquellas ocasiones para decirme que era un ser despreciable. Era otra que me había dado un puñetazo en la cara cuando solo tenía ocho o nueve años. Me fracturó la nariz, o al menos me la dejó muy magullada; no puedo decirte el daño real, aunque mi tabique nasal sigue desviado; Mi madre se negó a llevarme al médico para que me examinaran. En lugar de eso, se rió de mí y me contó cómo la habían acosado por su apariencia cuando era niña, así que debía superarlo. Pero no era mi apariencia lo que me molestaba, al menos no que yo supiera. Cualquiera que fuera la razón, sabía que no era mi amiga. Así que cuando llegó a mi casa en bicicleta y me llamó desde la ventana pidiéndome que saliera, no sonreí precisamente. "¿Por qué?", pregunté. "¡Para divertirnos un poco!", dijo. Intercambiamos varios argumentos a favor y en contra de que confiara en su repentina muestra de amabilidad. "¡No eres mi amiga, nunca eres amable conmigo en la escuela!", le grité. Finalmente, logró convencerme de salir. No puedo explicar por qué una niña en mi situación sería tan ingenuamente fácil de manipular, excepto por lo que ya es obvio: estas relaciones habían moldeado literalmente toda mi vida y mi sistema nervioso. Eran el alimento de mi existencia. ¿Esos sistemas de acción que mencioné? Los hilos de atracción y repulsión que entrelazaban mi anhelo de seguridad y pertenencia... bueno, estaban retorcidos hasta la saciedad. Cuando la chica me dio motivos para pensar que tenía la oportunidad de impresionarla, de divertirme un poco, de "reírme un rato", la niña que llevo dentro se ahogó. Me senté en la parte trasera de su moto y nos adentramos en la oscuridad. Para cuando llegamos al parque, mi conciencia ya había estado entrando y saliendo del momento, volviendo a tiempos pasados que imitaban la dinámica de poder en la que de repente me encontraba paralizada: el hecho de que una persona mayor me tomara de la mano, llevándome a una situación en la que no tenía control, las promesas de "juegos" que íbamos a jugar, la confianza que estaba a punto de romperse. Los chicos ya estaban borrachos y más que dispuestos a hacerlo. Lo que siguió es mejor no contarlo. Todo lo que puedo repetirte ahora son las palabras que seguían resonando en mi oído mientras me desplomaba en el suelo esa noche, poco después de llegar a casa: "¿No es asquerosa?" "¿No es repugnante?" "Oh, Dios mío, la pequeña perra enferma, ¿crees que de verdad le gustó?" La última pregunta se refería, por supuesto, al acto de ser violada por mi padre. En sus propias fantasías enfermizas, las mismas de las que mi padre me había acusado, me imaginaban disfrutando de ser agredida en la infancia. Juntas, se burlaban de mí al unísono mientras gemían, se quejaban y gritaban: "Sí, papi. Fóllame más fuerte". No puedo decirte exactamente qué pasó. En el momento en que la chica mayor apartó la mirada de mí y me dejó sola —aparentemente conmocionada por la escena que se desarrollaba exactamente como le habían dicho, convencida de que debían de estar bromeando— fue cuando perdí el conocimiento por completo y vi al león tomar el control. Aunque mi cuerpo probablemente estaba flácido e incapaz de moverse, algo dentro de mí escapó. Esto tiene sentido en el contexto de la disociación estructural. La magnitud de la traición y el abandono —a través de comunidades, instituciones, familias, sistemas enteros— debería haber sido suficiente para destrozarme por completo. No sé cómo dar sentido a lo que experimenté en ese momento: lo único que sé es que si mi cuerpo no podía luchar para liberarse, entonces alguna parte de mi psique tuvo que intentarlo. Tuvo que encontrar algún tipo de fuerza. Cuando accedí por primera vez a este recuerdo, la imagen que vi solo puedo describirla como un espíritu que emergía de mi cuerpo con la forma de un león, esta vez rugiendo; liberado de todo lo que lo ataba y lo arrojaba como presa, sin dignidad ni respeto. El resto es casi todo negro. No sé si grité, no sé si intenté defenderme, o si mi mente simplemente se desvaneció, dejando mi rostro vacío, inexpresivo. Tal vez nunca lo sepa. Todo lo que sé es que la parte aparentemente normal de mí lo desterró de la memoria, hasta que estuve lista para recordar. Un ajuste de cuentas Desafortunadamente, esta no fue la última vez que mi historial de abuso sexual fue utilizado como arma por hombres como pretexto para tomar lo que querían. Este recuerdo fue traído intencionalmente, junto con otros, por mis partes durante una sesión de hipnosis informada sobre el trauma. La noche anterior a la sesión me fui a la cama con una agonía extrema, sintiendo que el dolor que sabía que iba a tener que enfrentar al día siguiente podría ser suficiente para matarme. Recordar lo que hice en esa sesión iba en contra de todo lo que el guion que mi terapeuta me estaba leyendo pretendía evocar: era un protocolo estándar, la primera de seis sesiones. Todo en él había sido para calmar mi mente y evocar una sensación de seguridad completa; Estaba preparando el terreno para que mis partes emergieran y liberaran todas las emociones y comportamientos disfuncionales a los que aún se aferraban, que supuestamente impedían que la parte adulta de mí avanzara del pasado hacia un futuro mejor. Sabía que esto no era lo que mis partes tenían en mente: tenían información nueva que compartir conmigo. Información crucial que se negaban a dejar oculta en la oscuridad, en cualquier intento apenas disimulado de "recuperación". No había manera de que me permitieran avanzar sin llegar a esta parte de mi conciencia. ¿Pero por qué? Mis partes saben que lo que les sucedió a ellas les sucede a otros. Si bien gran parte de mi abuso se vivió en aislamiento, implicó presenciar el abuso de otros niños, no solo de mi hermano —a quien estas partes sentían que las había abandonado durante años al identificarse con mis padres y defenderlos, en lugar de unirse a ellos para luchar— sino también de otros niños. Y así como se aferraron a la verdad de lo sucedido para que yo no tuviera que hacerlo, estas partes observaron cómo otras "partes aparentemente normales" tomaban el control en otros niños de la misma manera, para mantenerlos vivos. Ambos padres se basaron en el silencio de mi hermano para aislarme. Mientras abusaban de él a su manera, se aseguraron perfectamente de que tuviera un interés personal en seguirles el juego, en ponerse de su lado. Mi hermano no solo tenía partes de sí mismo separadas para mantenerlo funcionando, partes que conocían la verdad por sí mismas y tenían sus propios recuerdos del profundo dolor infligido por mis padres, sino que también tenía partes de sí mismo que solo querían pertenecer, tener algo de poder, sentirse seguros. Más allá del acoso que enfrentó, el abuso que ambos presenciamos que involucraba a otros niños había ocurrido en múltiples contextos: en los picnics de ositos de peluche que mi padre organizaba, organizados a través de su papel como vicario y permitidos por miembros de la iglesia que poseían tierras y riquezas significativas; Y luego, en su puesto de vicario, supervisando las primeras comuniones de niños pequeños, lo que le permitió tener acceso a ellos sin la presencia de sus padres, durante doce sesiones privadas completas. Finalmente, mi hermano encontró la manera de parecerse más al gran gigante amable que había sido mi tío. Dejó de lado la misógina, homófoba y anti-difícil mierda que había interiorizado para defenderse de su vergüenza. Pero durante mucho tiempo, tanto en la infancia como en la adolescencia, mi hermano había aprendido que ningún otro lugar podía brindarle esa seguridad. Y había aprendido que siempre había alguien inferior a él en quien podía redirigir su ira y violencia, sin tener que rendir cuentas. Hay otras cosas que sucedieron en otros contextos a los que estuvimos expuestos, algunas de las cuales solo exacerbaron la capacidad de abuso de mi madre, sabiendo que nadie decía nada cuando ellos mismos presenciaban estas cosas. Cuanto más veía mi madre que otros hacían la vista gorda y ella salía impune, más se deslizaba de víctima pasiva a cómplice y perpetradora. No entraré en detalles aquí, y admito que mi teoría sobre su propio proceso es, en cierto modo, especulativa. No tengo forma de saber si mi madre abusó del poco poder que logró ejercer sobre otros niños en sus ocupaciones de estatus relativamente bajo. Lo importante es que mis partes saben muy bien lo que significa ser impotente y pequeña en un sistema construido sobre la coerción en lugar de la autonomía, sobre la opresión y la explotación. Saben que donde falla la rendición de cuentas, prospera el mal, y que las menguantes reservas de empatía pueden sacar lo peor de todos. Conocen la oscuridad de las sombras proyectadas por quienes se hacen pasar por la luz; y conocen el dolor de ser marginados por un sistema que antepone la fuerza al derecho. ¿Y qué hay de mí? Sé que nada de esto es inevitable. Gracias a las partes más capaces de mí que me ayudaron a completar mis estudios superiores, sé que los hombres no nacen violadores y los niños no nacen crueles. Sé que las jerarquías no son fijas por naturaleza, y que el patriarcado tampoco lo es. Pero eso es tema para otro ensayo. También sé que (desafortunadamente) no soy un león, ni lo seré jamás. Pero los rasgos arquetípicos que los humanos asocian con ellos son rasgos que nosotros también podemos poseer: liderazgo, valentía, protección, el instinto de defensa. Me tatué el león en el brazo para recordármelo. Que esas partes de mí cuyos impulsos primarios y primigenios fueron reprimidos podían ser canalizados de nuevo. Las partes que intentaron resistirse, que dijeron que no, que protestaron. Las partes que a menudo intentaron proteger a otros vulnerables, incluso a costa de sí mismas. Esto también forma parte de nuestra herencia mamífera. Parte de nuestro ADN. Hay otra parte de mí que estuvo exiliada durante bastante tiempo, desterrada a su propio escondite. Era una parte que había querido saber por sí misma por qué los abusadores hacían lo que hacían: una parte que intentó recrear lo que había presenciado para intentar darle sentido, pero solo se traumatizó a sí misma. Ella había aprendido que eso era lo que hacía la gente: se turnaban para tomar el relevo y, en cuanto tenían la oportunidad, se volvían locos empuñándolo. Pero por cada parte que se humillaba y se adaptaba a lo que quería —la chica buena, la promiscua, la sumisa— había una parte que luchaba por preservar la dignidad, la empatía y la verdad, partes que siempre las amenazaban. Ninguna de mis partes quiere que olvide o deje ir el pasado. Quieren sanación, quieren testigos. De hecho, más que eso, quieren una rendición de cuentas colectiva. También quieren oír que sus abusadores se equivocaron cuando les inculcaron que nadie les creería jamás. Como la persona que ahora está al mando, a cargo de este sistema, es mi trabajo darles a esas partes más jóvenes lo que me dicen que necesitan. Al menos, intentarlo por fin.

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    Cree en ti mismo Confía, ten fe y nunca te rindas SIÉNTELO PARA SANARLO

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    No fue hasta que leí esta plataforma que me di cuenta de que lo que pasó no era trivial. Un amigo en ese momento me dijo que fuera a la policía, si no por mí, al menos por cualquier otra persona que pudiera haber sido afectada o pudiera serlo en el futuro, porque uno nunca sabe. Les entregué todo y no hicieron nada. Si no fuera por la ayuda de mis amigos, no creo que seguiría viva. Intenté suicidarme 6 años después de que sucediera porque la idea de formalizar mi relación con mi novio significaba en mi cabeza que volvería a pasar. Sufría flashbacks y él siempre fue muy paciente. Me alegra decir que, ahora que ese novio es mi prometido, las cosas mejoran. Estaba en la universidad, tenía un trastorno alimenticio grave, y este chico fue el único que no intentó cambiarme, sino que aceptó que estaba muy enferma y no me exigió que comiera. En retrospectiva, eso fue una gran señal de alarma. Él estaba más feliz de que yo fuera vulnerable y no quería que mejorara. Después de un año juntos, comenzó a ser violento. Se negaba a dejarme sola. Recuerdo perfectamente la primera vez que se puso violento el día de mi cumpleaños, y el único lugar donde podía estar era en el baño porque estaba cerrado con llave. Me quedé allí sentada todo el día, sabiendo que estaba afuera, sin saber qué iba a pasar. Cuando salí, estaba viendo la televisión como si nada hubiera pasado. Me robaba la tarjeta de débito con frecuencia y compraba comida para él, sabiendo que ese era mi presupuesto semanal para comida, y nada de lo que compraba me parecía bien. Me impidió recuperarme durante dos años. En un momento dado, me quitó hasta el último centavo y no me quedó dinero para ir a casa el fin de semana. Tuve que mentirles a mis padres diciéndoles que me quedaba allí para terminar unos ensayos; me daba muchísima vergüenza que pudiera controlarme así. Estaba en negación, creía que solo eran palabras duras y que él no se conocía a sí mismo ni su fuerza, que yo era demasiado débil. Intenté romper con él, pero me manipuló para que volviera con él, diciéndome que nadie más me querría jamás. Volví con él. Fuimos a una fiesta de Navidad y me hizo sentir culpable porque "perdió" el último autobús a casa, así que me pidió quedarse en mi sofá. No pude negarme. Sabía que todos los demás estaban fuera en la fiesta, así que me obligó a tener sexo, como ya había hecho antes, pero yo lo vi como una forma de darle lo que quería para evitar que se pusiera violento. Hasta entonces, el sexo también se volvió violento. Esa noche no consintí, dije que no explícitamente. Lloré en silencio y cuando empeoró le pedí que parara. En respuesta, me estranguló hasta que no pude ver bien y me dejó moretones. Cuando intenté gritar, me arañó la cara y me dañó la retina, dejándome con la necesidad de usar gafas (que nunca antes había necesitado). Sangré por todas partes, pero él simplemente se durmió con el brazo alrededor de mi cuello para que no pudiera irme. Al día siguiente fui a la universidad e intenté contárselo a una antigua amiga que estudiaba derecho, pero como era amiga suya, bromeó diciendo que le gustaba el BDSM y que esas cosas pasan todo el tiempo si algo sale mal. Después de que ella le dijera que yo lo había mencionado, me hizo firmar un "contrato" que decía lo bueno que era en la cama. Sinceramente, no recuerdo cómo me convenció para hacerlo, todo fue muy confuso. No recuerdo la mayor parte de ese año, pero sé que me enviaba cartas amenazantes que no pararon hasta que me mudé un año después. Después de eso, como ella fue la primera persona a la que se lo conté, pensé que nadie me creería. Pero un amigo, sin que yo dijera nada, me hizo saber que sabía que algo había pasado. Algo andaba mal, y finalmente se lo conté. Me convenció para que se lo contara a otras personas, para que fuera a la policía, para que buscara terapia, para que fuera al centro de crisis por violación y se lo contara. Otra amiga me dejó quedarme en su casa casi todo el tiempo porque me enviaba amenazas de muerte por mensaje de texto y en las redes sociales. Me ayudaron a terminar la universidad y me apoyaron en todo lo posible, organizaron que tuviera un aula de examen separada de él, e incluso me llevaron de fiesta para que supiera que aún podía divertirme y que me seguían queriendo a pesar de todo. Mi único arrepentimiento es no haber insistido más. Ahora él es una ocupación y me aterra la idea de que alguien tan malvado esté cerca de otras personas y en una posición de poder sobre ellas. Me quita el sueño. Ojalá pudiera recuperar el expediente policial e insistir en que sí, que fue así de grave, que sí, que es violento. Podría haberme quedado en casa dos años. Perdí mucho peso por el miedo y la preocupación. Pero terminé mis exámenes, terminé mi carrera, seguí estudiando e incluso descubrí quiénes son los verdaderos amigos.

    Estimado lector, esta historia contiene lenguaje autolesivo que puede resultar molesto o incomodo para algunos.

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  • Bienvenido a Our Wave.

    Este es un espacio donde sobrevivientes de trauma y abuso comparten sus historias junto a aliados que los apoyan. Estas historias nos recuerdan que existe esperanza incluso en tiempos difíciles. Nunca estás solo en tu experiencia. La sanación es posible para todos.

    ¿Cuál cree que es el lugar adecuado para empezar hoy?
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    Cómo es posible ?

    En México se aproxima que al menos dos personas son violadas cada hora, esta cifra no la conocía hasta hace poco, cuando sufrí de abuso minimicé demasiado lo que me había pasado, pensaba, hay chicas que son violadas y torturadas, mueren o nunca más son encontradas, por que lo mío importaría? Soy hombre, como es que alguien puede creer que un hombre sufrió de abuso sexual? Verás, tengo 22 años, me encontraba en un día cualquiera, no hace demasiado lo había dejado con una pareja, y una “amiga” de la secundaria que alguna vez fue mi ex me escribió, respondió una historia en Instagram y empezamos a hablar, tenía mucho tiempo de haberla visto por última vez, me dijo que te parece si nos vemos el lunes ? Yo accedí y le dije claro vayamos por un café, ella vive sola por lo que la idea de ir a su casa y comer no me parecía mala, como dos adultos maduros, ella dijo vayamos a un café y le dije está bien, estaríamos dos horas en el café por que ella después tenía que irse a un compromiso y yo tenía un trámite que realizar, a la mitad del café su madre le marcó y canceló su compromiso, por lo que ya no tenía que irse, después de eso fuimos a un bar cercano, bebimos un par de tragos y jugamos alguna partida de billar, mientras jugábamos ella me Seducía y besaba, lo que al inicio no me pareció desagradable, pasando un rato decidimos ir a su casa, llegamos y evidentemente la idea era besarnos, tener un faje e irnos, yo no llevaba preservativos y tampoco quería llegar a más por que tenía dudas, aún no sabía si yo quería volver con mi ex así que tapo o quería ir más allá, llegamos a su cuarto y empezamos, besos, roces y un poco de toqueteo, empezamos a desvestirnos y yo decidí no bajar mi pantalón, ella insistió y con incomodidad dije bueno, me quedé en ropa interior y seguimos besándonos, después de eso ella se subió encima de mí, esta chica no era más pesada que yo pero si era pesada, al subirse sentí algo raro y es que no estaba encima de mi pelvis si no de mi abdomen, me siguió besando y en algún punto me quedé sin aire, si bien podía respirar, me sentía muy débil como para moverla, ella me dijo quiero que lo metas, a lo que yo respondí NO, no tengo preservativos y la verdad prefiero no hacerlo así, ella me dijo que tenía el implante por temas de salud, que no quedara embarazada, inmediatamente dije NO importa, el embarazo no es lo único que me preocupa, no tengo preservativos tal vez otro día, ella no dijo nada y siguió besándome, después de un rato ella bajó su mano, sacó mi pene y yo intenté quitar sus manos, le dije basta no quiero, ella parecía no escuchar a lo que yo dije espera es que no te va a gustar, hace poco tuve una infección y es mejor así, me dijo ah sí que infección ? Yo no supe qué contestar al momento y ella dijo es mentira, lo metió, se sentó por completo y después de unos pocos segundos eyacule, incómodo le dije ya, ya me vine no se puede más, pese a ello ella se quedó sentada encima de mi, exactamente en la misma posición, le dije bueno ya terminamos muévete por favor, ella me dijo que no que había sido muy rápido y que aún no estaba satisfecha, yo le dije que tal vez otro día, ella notó mi cara de incomodidad y me dijo que pasa? Yo le dije tengo muchas cosas en la mente puedes moverte ? Siguió sin hacerme caso y me dijo no puedo quedar embarazada y si te preocupa hace un año que no estoy con alguien, yo no tengo nada, le dije al momento no es eso, sin más ideas le dije me estoy quedando sin aire ella se movió un poco de lado y cuando pude respirar fui capaz de moverla, me empecé a vestir y ella aún desnuda agarró mi ropa la abrazó y no quería dármela, empezó a decir entonces me vas a abandonar? Me dejarás aquí desnuda, anda déjame limpiártelo con la boca, espera un poco y sigamos o duerme aquí, yo le dije que era tarde que tenía que regresar a casa y que no podía quedarme, aún con mi ropa en sus brazos y sin querer dármela le dije bien volveré otro dia, ella dijo está bien pero ese día te quedarás, le dije que sí que no había problema, solo entonces soltó mi ropa y me la dio, me vestí y salí de ahí, subí a un taxi y comencé a escribirle a mi mejor amiga, en ese momento me sentía estúpido y jamás me había sentido tan vulnerable, no dejaba de culparme y decirme una y otra vez si no hubieses ido todo estaría bien, lo hablé con mi mejor amiga y mi psicóloga, más tarde con una asociación de apoyo y todos dijeron lo mismo fue “violacion” detuve mis lágrimas y empecé a decirme a mí mismo, no puedes ser tan tonto, empecé a minimizarlo, y como dije al inicio me repetía, hay chicas que no regresan, son drogadas, violadas y torturadas, nunca son encontradas, tú fuiste a su casa, tu bebiste con ella tú accediste a un faje, como es que lo llamas abuso? Sin embargo sigo sintiéndome culpable, me siento vacío, solo y con mucho miedo, miedo a una ets, miedo a contarlo, e incluso miedo a admitirlo, no puedo evitar pensar que tal vez yo fui el culpable, que no debería estarme quejando y que al contarlo simplemente dirán por qué te quejas de ello ?

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    poder seguir adelante y pasar un poco la pagina

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    Aprender a vivir sin querer matarme

    Estimado lector, este mensaje contiene lenguaje autolesivo que puede resultar molesto o incomodo para algunos.

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    Solo tú sabes lo que sientes, no dejes que nadie te diga que no es válido.

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    Corazón fuerte

    Si alguien quisiera entender quién soy, tendría que saber que… No sabría cómo ni por dónde empezar. Supongo que por la base de todo: mi niñez. Me llamo Name. Nací en Venezuela, pero me crie toda la vida en España, bueno, a partir de los ocho años. Mi niñez… qué decir. Era feliz. Fui feliz. O eso cree uno a esas edades. Mis primeros ocho años en Venezuela. Supongo que fui feliz. Una familia que me quería, un hermano, una mamá… aunque nunca un papá. Mami siempre supo cómo tirar ella sola con nosotros. Siempre me inculcó cosas buenas de mi padre. Incluso me enseñaba cartas y fotos de él. Crecí queriendo a mi padre, aun sin haberlo visto nunca en persona. Tuve un colegio que me gustaba mucho, aunque he de decir que la liaba mucho. Era demasiado ruido para aulas tan pequeñas. Tengo muchos recuerdos bonitos, otros que ahora de adulta sé que no lo fueron. Me dieron todo, tuve todo. A pesar de venir de una familia humilde, nunca me faltó un plato de comida, nunca me faltó amor, nunca me faltó nada. Todo se complica… Cuando cumplo los cuatro años, cuando ya eres un poquito, pero muy poquito, más consciente de la vida, todo se complica. Mamá dejó de estudiar y decidió trabajar. Eso implicaba verla menos. Eso implicaba ser cuidada por otras personas. Eso implicaba muchas cosas. A partir de ahí mi vida se derrumbó. A partir de ahí marcaría un antes y un después. A partir de ahí mi vida en la adultez sería distinta. La gravedad de todo lo vi al crecer. Aunque he de decir que tuve una pequeña reacción siendo tan pequeña. Podría decir que algo dentro de mí me dijo: esto está mal, esto no puede ser así. Siempre he dicho: ¿dónde estaba Dios? Soy creyente, o fui creyente, pero poco a poco todo eso fue desapareciendo. Cuanto más dolor me causaba la vida, más dejaba de creer. No me enrollo más… vamos al principio. Pues sí, tuve una niñez bastante bonita. Aunque la parte mala ahí está, y creo que estará por siempre en mi vida. Supongo que escribirlo me hace sentir un poquito mejor. Recalcar toda mi vida me hace sentir algo mejor. Fui violada. Sí, abusaron de mí siendo tan solo una niña de cuatro años. A partir de ahí me destrozaron la vida. Fui cumpliendo años y eso seguía sucediendo. Supongo que para mí era algo normal. Un niño, al sufrir eso, jamás podría darse cuenta de la gravedad. La persona que se supone que tenía que cuidar de mí era la causante de mis traumas ahora de mayor. Mi hermano y yo, siempre unidos, siempre juntos, mano a mano. Pasó por lo mismo, solo que yo cedía. Cedí muchas veces porque sabía que era la única forma, la única forma que tenía para proteger a mi tesoro más preciado: mi hermano. ¿Dónde estaba mi familia? Éramos tan solo unos niños que necesitaban ayuda de un adulto. ¿Dónde estaban todos? ¿Por qué nunca nadie se dio cuenta? Tan solo necesitábamos a un adulto que nos ayudase. ¿Cómo íbamos nosotros mismos a ayudarnos? Mi vida cambió. Mi tía nos devolvió la vida. La decisión de venir a España cambió nuestras vidas. Era un pequeño viaje. Jamás pensábamos quedarnos aquí a vivir. Ed y yo felices, con nuestra pequeña maleta, sabiendo que algún día volveríamos a Venezuela, que en un mes o así estaríamos de vuelta. Y aquí estoy, veinte años después, agradeciendo día a día la decisión de quedarnos aquí. Ahí empezó mi verdadera infancia feliz. Nos dieron todo. Mis tías nos dieron todo. Nunca había sido tan feliz. Mamá se enamoró. Ahí conoció al que creí mi padre. Es normal, ¿no? Te crías sin una figura paterna y cuando entra alguien en tu vida con tanto amor para darte… cómo no creer que es tu padre. Mil viajes, muchas playas, muchos planes, mucho de todo. Él nos dio tanto. Estuvo en todo. Cómo no haberle querido tanto. El colegio es verdad que no me gustaba tanto. Sufrí mucho bullying. Supongo que no estarían acostumbrados a ver a una niña latina, pelo rizado y rasgos de negra. Esa parte quiero omitirla. La verdad que me marcó demasiado. Pensé siempre que de ahí venía mi inseguridad. Crecí. O eso creía con catorce años. Me creía la reina del mambo. Quería vivir rápido, quería ser adulta, quería hacer mil cosas. Empecé a perderme. A ser una inconsciente con mamá. A ser una rebelde. Cuanto más me prohibían, más quería hacerlo. Creo que fue mi peor época. Nunca me sentí entendida por nadie. Nunca nadie se sentó a explicarme paso a paso cómo va la vida y desde cuándo tenía que empezarla a vivir como una adulta. Mamá lo hizo bien siempre, pero he de decir que no supo lidiar con una adolescente llena de ira, llena de rabia, llena de odio. Fui mi peor versión. Pero era adolescente, ¿quién se da cuenta a esas edades? Porque yo, hasta que no tuve un choque de realidad, no me di cuenta. Mi primer amor… Sí, tuve mi primer amor. Fue lo más preciado que la vida me había dado. Tus primeras veces en todo, tus primeros te quiero, tu primer sentimiento de amor, tu primer todo. Fue un fracaso. Supongo que éramos muy jóvenes e inexpertos. Yo quería más, salir al mundo, conocer gente. No me valía nada. Tuve más de un amor. Con todos fracasé. Pero me quedo con lo que aprendí con cada uno de ellos. Aprendí a saber qué merezco y qué no. Aprendí a quererme un poco más. Aprendí a no tolerar cosas que no. Aprendí a no quedarme con migajas. No sé por qué nunca me fue bien en el amor. Y la poca fe que me quedaba me la destrozaron. Cumplo dieciocho. Por fin mayor de edad. Por fin podría hacer lo que me diese la gana. Eso sentía y eso creía. Me duró bastante la rebeldía. Hasta que… Ocurriría de nuevo. Mamá se separa. Mi vida cambia. Todo cambia. Mi supuesto padre sigue siéndolo. Seguimos queriéndolo como el primer día. Seguimos viéndole. Seguimos todo con él, a pesar de no estar con mamá. Pero tuve un choque con la realidad. Creí que mis parejas me habían roto el corazón, pero creí mal. Él me rompió el corazón. Dejé de creer en el amor. Si la persona que más quería, a quien yo consideraba mi papá, me partió el alma, me partió el corazón… ¿qué iba a pensar del resto del mundo? ¿Cómo debía ser yo? Y llegó ese día, el segundo peor día de mi vida. Sufrí violencia doméstica. Mi supuesto padre fue capaz de destrozarme la vida. Intento de violación. Una vez más sentí ese miedo. Una vez más sentí que la vida se me caía. Una vez más sentí decepción. Una vez más sentí cómo mi corazón se rompía poco a poco. Cómo creer en la gente. Cómo creer en la vida. Nace Brother. Empecé a ver la vida un poco mejor. Brother llega a nuestras vidas, mi pequeño hermano, y cambié por completo. Me dio esa felicidad que no tenía. Me dio esa calma en el alma que yo tanto necesitaba. Verle tan pequeño, tan bonito, esas manitos… Mi hermano me devolvió la vida y las ganas de querer con el alma a alguien. Nunca se lo dije. Es muy pequeño. Pero algún día me sentaré y hablaré con él. Dejé de estudiar. Fui de mal en peor en los estudios y decidí adentrarme en el mundo de la hostelería. Crecí de verdad. Mi mentalidad cambió. Empecé a ser mejor persona con mamá, mejor persona con mi hermano Edy, mejor persona con todos. Trabajar me hizo darme cuenta de cuánto cuesta la vida. De cuánto ha tenido que currar mamá para darnos todo. Trabajar me hizo crecer como persona, como mujer. Pasa el tiempo. Pasa la vida. Y sí, sigo estancada en la hostelería. Pero he de decir que me he ganado todo lo que tengo a pulso. Agradecida de todo lo que aprendí. Sigo con la vida. Sigo con mi vida. Pasa el tiempo. Vuelvo a tener amores que no van a ningún lado. Más decepciones: de familia, de novios, de amistades. Pero supongo que siempre pude con todo. Era como que mi corazón estaba a prueba de balas. Como que algo más ya me era indiferente. Estaba tan acostumbrada a que lo malo me persiguiese que era totalmente normal para mí. Pero oye, que nunca dejé de ser buena. Nunca dejé de tener este corazón tan noble, como dice mamá. Siempre di todo de mí a todos. Siempre fui con mis mejores intenciones. Hace poco leí que las personas que siempre están haciendo la gracia son las que más tristes están por dentro. Nunca algo me había representado tanto. Como digo yo, soy la payasa del grupo. Me encanta ver a mi gente reír a base de mis ocurrencias. Eso me hace sentir un poco menos mal. Eso me ayuda mucho. Me gusta hacer la gracia siempre, porque sí, porque no. Eso me hace olvidar un poco todo. Pasa el tiempo y estoy en calma. Siento que no tendré nada más por lo que sufrir. Y llega un mensaje inesperado… Siempre estuve en contacto con mi padre, ese mismo del que mamá siempre me habló y siempre me inculcó cosas buenas. Le quiero tanto que jamás se me pasaría por la mente odiarle. Y llega un mensaje: “Hola hija, Dios te bendiga. Soy tu papá, el hermano de tu mamá.” Mi mente no entendía absolutamente nada. Papá, mamá, hermano… Pensé que era fake, pero indagué hasta dar con la realidad de todo. Ese día, bendito día, una vez más me vuelven a romper el corazón. Pero esta vez, mi querida mamá. Resulta que ese señor era mi padre de verdad. Resulta que mi mamá no era mi madre biológica. Resulta que toda mi vida crecí creyéndome mentiras. Mi madre biológica me abandonó. Con tan solo un mes de nacida. Me abandonó como un perro. Mi papá, con miedo de la vida, con miedo de seguir con una niña tan pequeña, solo buscó ayuda. Ayuda de sus hermanos. Y ahí entra mi mamá en el plano. Como me dice ella: “Hija, me enamoré de ti. Verte tan pequeña, tan vulnerable, con esa carita, con esa nariz, con esos rizos… cómo no quedarme contigo.” Mamá no me dio la vida. Me la devolvió. Agradezco la vida que me diste, mamá. Para mí siempre serás mi madre. Mi única y verdadera madre. Pero me duele el alma. Todo por lo que tanto había trabajado volvió: mis miedos, mis inquietudes, mis traumas, mis inseguridades, mi rabia, mi ira. Y llegó él. Llegó alguien a mi vida para hacerme entender que la vida no siempre es tan mala. Alguien que me haría entender por qué nunca funcionó con nadie más. Alguien que me daría todo el amor del mundo. Y llegaste tú, justo en el momento que más me dolía la vida. Llegaste y me olvidé por un ratito de todo lo que estaba pasando. Volví a creer en el amor. Volví a creer en que de verdad hay personas buenas con corazones bonitos. A veces siento que no lo merezco. A veces siento que es una trampa de la vida. Me saboteo mucho. No sé cómo asimilarlo. Siento que en cualquier momento todo se romperá. Sentiré miedo. Sentiré angustia .

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    Sobreviviendo a una violación en grupo

    El año pasado me violaron en grupo. Tengo un zumbido en los oídos llamado tinnitus que no ha parado desde entonces. Tengo pesadillas. Volé con mi madre a una boda en el extranjero. Estaba emocionadísima. Ella estaría ocupada con sus amigos y su prima, y yo podría pasar tiempo con mi genial prima segunda, dos años mayor que yo. Después de la cena de ensayo, salimos. Fue divertido porque allí no tenía permiso para beber, aunque la edad legal era menor que en mi provincia, pero no revisaban la identificación. No bebí mucho porque no era lo mío y tenía novio, pero pude ir a algunos bares y luego a una discoteca pegada a un hotel. Nos divertimos muchísimo hasta que conocimos a dos soldados uniformados que eran guapísimos y nos separaron de sus amigas por nuestro aspecto. Mi prima es guapísima. Tenían una habitación privada en la discoteca y había varios soldados y también dos prostitutas. A esas prostitutas definitivamente les disgustaba que estuviéramos allí. Quería salir de todas formas, y las chicas guapísimas que nos invitaron fingieron entendernos y nos sacaron de allí. Estúpidamente, dejamos que nos llevaran a su habitación de hotel, donde dejaron de lado el rollo romántico y nos obligaron a desnudarnos al ritmo de la música. Nos enseñaron una pistola que tenían en un cajón. Estaba aterrorizada. Nos obligaron a tumbarnos boca abajo, inclinadas sobre la cama, una al lado de la otra, y así tuvieron sexo. Se intercambiaron como si fuéramos intercambiables antes de acabar dentro de nosotras sin protección. Nos tomamos de la mano. Yo lloraba mientras mi prima intentaba ser fuerte y animarme. No nos permitieron salir y nos escondieron la ropa. Antes de quitarnos los teléfonos, tuvimos que escribirles que nos quedábamos en casa de un amigo de mi prima. Luego llamaron a otros dos soldados, uno de ellos un tipo alto, moreno y enorme, con músculos de culturista. Fue un desastre conmigo. Nos hicieron bailar y luego tuvimos que usar la boca con las chicas que nos habían atraído allí mientras las otras dos tenían sexo con nosotras. Vomité y mi prima lo limpió, pero luego empezó de nuevo. Tenían cocaína y nos obligaron a esnifarla de sus partes y a esnifarla de nosotras. Vino otro y creo que solo fueron esos cinco durante la noche, pero no paraban de violarnos y obligarnos a hacer cosas incluso cuando nos desmayábamos. Me hubiera gustado estar más inconsciente, pero la cocaína te despierta tanto. Quiero recordar menos y pensar menos en todo. Nos duchamos muchas veces. El moreno grande se orinó encima de mí y en mi boca, en la ducha. Lo hizo más de una vez como si yo fuera su retrete. Los otros hombres incluso tuvieron que decirle que se calmara cuando me hacía gritar, me gustaban sus dedos y me los metía en el culo, pero no cuando me hacía arrastrarme como un perro usando mi pelo como correa. Recuerdo que uno de ellos llamó a sus amigos para decirles que subieran el volumen de la televisión al máximo para ocultar el ruido en nuestra habitación. Vieron las noticias deportivas en la televisión. Hicieron que mi prima y yo nos besáramos y cosas así. No podía fingir que era una fiesta divertida como mi prima hacía a veces y me animaba a hacer. Intentó desviar parte de su atención de mí una y otra vez. La amo por eso, pero no me dejaron en paz. Estaban obsesionados con mi pecho. No les importó que estuviera obviamente angustiada y enloqueciendo, ni que en mi país me faltaran tres años para la edad de consentimiento. Ahí estaba, la edad mínima. Nos despertamos por la mañana en una de las camas, solo los dos soldados durmiendo en el suelo. ¡El negro se había ido! Volvieron a tener sexo con nosotras y otro hombre mucho mayor, al que llamaban SIR, entró y tuvo sexo con nosotras, pero sobre todo conmigo. Lo animaron y me dolía la cabeza y lloraba, y pareció durar una eternidad. Finalmente recuperamos la ropa, pero nos llevaron a un brunch con su ropa habitual. Me enseñaron fotos en sus móviles que parecían divertidas y nos advirtieron de lo mal que estaría si decíamos algo diferente a que habíamos tenido una buena fiesta. ¡Una buena fiesta en el infierno! Antes de eso, solo había tenido sexo con mi único novio. ¡Una noche infernal y ahora mi número era siete! Tuvimos que empezar a prepararnos para la boda de inmediato y estaba agotada. Mi prima me escondió y me eché una siesta con vestido, peinado y maquillaje hasta el último minuto. Lloré en la ceremonia, pero no en la boda. Tenía tanto dolor de vagina, músculos y cerebro que me emborraché tanto en la recepción que apenas recuerdo nada. Fue parte del viaje en avión a casa. Le conté la verdad a mi madre al volver y se puso como loca, al igual que mi padre. Intentaron llamar allí, al hotel y a otros sitios, pero la policía no hizo nada. Vi llorar a mi padre por primera vez mientras le contaba toda la historia. Mi novio no lo soportó y me dejó. Voy a terapia de grupo. Tomo una pastilla todos los días y ahora tomo benzodiacepinas para la ansiedad. Intento ocultar mi pecho grande bajo ropa holgada, cuando antes lo usaba para llamar la atención. ¡Qué idiota! Mi prima no parece tener los traumas ni las pesadillas que yo tengo. En su país, terminan la secundaria hasta dos años antes que nosotros y los tratan como adultos antes. Una vez le dije cosas malas por eso. Me perdonó, pero hablamos mucho menos desde que le pregunté si siempre tenía sexo grupal. Me sentí fatal porque incluso dejó que tuvieran sexo anal con ella para alejarlos de mí. Se notaba que le dolía mucho, pero en ese momento solo pensaba en mi propia supervivencia. Mi infancia se acabó, pero no me siento adulta. Su consejo es: «No dejes que te deprima». ¡Como si tuviera otra opción! Fue a terapeuta una vez porque su madre pidió cita y no piensa volver. ¡Su vida no cambió en absoluto! Trabaja en recepción en una empresa de tecnología y, además, modela, y sigue yendo a fiestas, clubes y citas. ¿Cómo? Es increíble cómo la actitud ante algo así puede ser tan diferente en distintos países. Ahora soy una víctima y suelo sentirme así. Definitivamente dañada. Todos en mi escuela saben por qué. Soy ESA chica. Mi nuevo novio, más maduro, es comprensivo, pero me siento como una pequeña carga triste para él. A veces soy hipersexual y no puedo evitarlo. Es un mecanismo de afrontamiento que les ocurre a algunas víctimas de agresión sexual. No lo busqué. Me preocupa que mi novio no confíe en mí por eso. Un amigo mayor, mi vecino desde hace años, se aprovechó de mí después de que le conté lo que pasó en su casa. Tuvimos sexo y luego se sintió culpable por excitarse con mi historia de violación. Lo admitió y me pidió perdón. El sexo me ayudó a calmar el zumbido de oídos por breves periodos, así que lo hice con él más de una vez al día durante un tiempo hasta que mi padre empezó a sospechar algo y habló con él. Desde entonces, no confío en mí misma. Quiero casarme con mi novio, en gran parte, solo para protegerme y demostrarle que lo amo y soy leal, aunque no estoy segura de poder serlo. Me preocupa no poder amar como una persona normal. Me preocupa alejarlo por ser demasiado dependiente y querer casarme con él tan pronto. Lo necesito más de lo que él me necesita a mí. ¿Será así siempre en las relaciones de las víctimas de violación? Me esfuerzo mucho en la escuela para no arruinar mi futuro. Es muy difícil concentrarme. Me zumban los oídos constantemente. Gracias por escuchar.

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    Carta a mi acusador.

    Le escribí esta carta a mi tío, que siempre se ha hecho la víctima. Querido tío X: Han pasado 28 años desde que esto ha atormentado a todos los involucrados y, después de todo este tiempo, nunca he hablado directamente al respecto para no armar revuelo. Pero ahora siento que debo decirlo porque no puedo permitir que esto siga atormentando a mi familia y que tú sigas atacándonos. Hasta el primer incidente, eras mi tío favorito, el que me atraía, apuesto a que nunca lo supiste. Sin embargo, también fuiste mi primer encuentro sexual, la primera vez que sentí una erección, la primera persona a la que le tuve miedo. Recuerdo subir las escaleras lentamente para ir al baño y que me llamaras a tu habitación y me metieras bajo las sábanas. Recuerdo sentir tu erección contra mi trasero mientras me dabas palmaditas; esto ocurrió muchas veces. Recuerdo dormir en el sofá y sentir tu aliento en mi cara mientras me metías la lengua en la oreja. Recuerdo la conmoción y el miedo que me causó. Recuerdo la sensación de tus manos en mis nalgas y mis pechos, recuerdo que pusiste mis pequeñas manos en tu regazo. Recuerdo esconderte en el baño con la cadena cerrada y tú apretándote contra el otro lado de la puerta preguntándome qué hacía allí, mientras yo observaba cómo tus ojos intentaban ver más allá de la cerradura. Recuerdo empujar la cómoda contra la puerta del dormitorio delantero y esperar que no entraras, escondiéndome con mis primos y mi hermana pequeña. También recuerdo cómo me sentí cuando mi abuela me dijo que no dijera nada si quería que nuestra familia siguiera unida. Recuerdo la llamada que recibieron mis padres en mitad de la noche y que les dijeran por teléfono que esto nos estaba pasando, meses después de haberles contado a nuestra abuela, tía y tío sobre los incidentes. Recuerdo oír a mi madre gritar y a mi padre chillar, recuerdo la mirada de mi hermano mientras estaba de pie al pie de las escaleras queriendo salir a buscarte, pero se detuvo porque mi padre, tu hermano mayor, estaba llorando en lo alto de las escaleras. Recuerdo el miedo, la emoción y el alivio de que finalmente lo supieran, pero también recuerdo escuchar a mi madre llorar e intentar ocultárnoslo, mientras se culpaba por no habernos protegido de ti. Recuerdo que muchos de los nuevos nos culpan por tus acciones. Recuerdo estar sentada frente a un desconocido en una habitación cerrada mientras le contaba lo que nos hiciste. Recuerdo abrazar a mi hermanita, que intentó mantenerse fuerte y protegerme mientras yo me sentía culpable por no haber podido protegerla. ¿Suena esto como una chica que sedujo a su tío (como diría la abuela), que tenía al diablo en la mirada? ¿Que está siendo vengativa y te está arruinando la vida? Se suponía que debías protegernos, pero no lo hiciste y, peor aún, nos culpaste. Te hiciste la víctima, te hiciste la víctima, la que está herida por todo esto y afirma que te destruyó la vida. Tú, que te casaste, tuviste hijos y tienes una casa, tú, que has tenido a la mayoría de tus hermanos a tu lado en aquel entonces. Has logrado convencer a tu esposa de que te sedujimos. Yo era la mayor y tenía solo 12 años, una niña muy ingenua de 12 años, mi hermana era la más pequeña con 10, cuatro niños, cuatro personas cuyas vidas cambiaron para siempre debido a tus impulsos sexuales. Imagina por un momento que este fuera tu hijo o tus hijastros quienes estaban siendo abusados y la gente los culpaba por ello, diciendo que sedujeron a un hombre adulto, luego intenta imaginar a esa persona regresando una y otra vez diciendo que tu hijo está mintiendo, que es su culpa y que arruinó la vida de ese hombre adulto, así es como nos ha sentido una y otra vez. Tus acciones nos han pasado factura. ¿Tienes alguna idea de lo que es escuchar a tu propia abuela decir que tenías al diablo dentro? ¿Sabes lo que es recibir cartas diciendo que creían que actuamos de manera inapropiada y que no nos acercaríamos a sus esposos porque los seduciríamos? Éramos solo niñas. Una semana después de mi boda, mi madre tuvo que echar a mi abuela del jardín delantero mientras les gritaba a mis padres que "si nos hubieran criado bien, esto nunca habría pasado" delante de los vecinos. Mi luna de miel se vio empañada porque ambos pensaron que debíamos ayudar a aliviar sus vidas. Todo en mi vida cambió en un instante; cambió la primera vez que decides dar rienda suelta a tus impulsos sexuales con niños. No puedo hablar del comportamiento de las otras víctimas, pero sí diré esto: míralas, observa sus vidas actuales y dónde han terminado, y recuerda que podrían haber sido diferentes si te hubieras mantenido callado. Cada uno de nosotros ha estado luchando contra sus propios demonios en esta etapa de nuestras vidas: dejaste que otros nos atacaran verbalmente por cobarde y dejaste que los niños asumieran la culpa de tus impulsos; dejaste que la familia se destruyera porque no hiciste lo correcto. Pasé muchas horas intentando aceptarlo todo y el daño que me causó. Luché con ello todos los días; no se trata solo de los tocamientos inapropiados, sino de cómo se manejó. Así es como tú, mi abuela y quienes me conocían me hicieron sentir. Ni una sola vez se han puesto de pie y han dicho que hicieron algo mal; eligen culpar a los niños en lugar de admitir que fueron ustedes. Ahora tengo 40 años, tengo dos hijos maravillosos y una excelente carrera como enfermera titulada en cuidados intensivos. Obtuve mi Licenciatura en Enfermería, un diploma en Ciencias Pre-Salud y un diploma en Administración de Consultorios Médicos, todos con honores, y todo esto como madre divorciada, soltera y a tiempo completo. He tenido muchos altibajos, pero soy fuerte, soy una luchadora, soy inteligente, compasiva y, sobre todo, una madre excepcional para mis hijos. Sus acciones ya no tendrán peso en mi vida, ya no me definirán, ya no serán algo a lo que haya sobrevivido; elijo triunfar y superarlo, elijo perdonar a mi familia extendida por sus responsabilidades porque elijo amarme. Sin embargo, es gracioso, la línea que sobresale en todo el archivo CAS, que tiene 32 páginas, es la que dices: "Te estoy tocando porque necesito una novia", esta es la razón por la que nuestras vidas cambiaron para siempre.

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    De un sobreviviente
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    Lo que saben mis piezas

    Descargo de responsabilidad: Esta publicación se refiere a las clasificaciones diagnósticas del DSM y la CIE casi sin cuestionarlas, no por falta de participación personal en discusiones críticas sobre este tema, sino simplemente por razones pragmáticas, ya que estoy tratando de explicar algo que actualmente me afecta y debilita. CW: incluye descripciones de trauma sexual infantil grave y complejo. Acoso escolar severo. No he escrito en un tiempo. No he tenido la energía cognitiva, ni mi mente ha estado en un estado de funcionamiento que me permita plasmar las palabras por escrito. Todo sobreviviente que vive con formas disociativas complejas de estrés postraumático conoce el agotamiento de vivir con el caos interno que acompaña a la supervivencia, sin importar nuestros intentos de acercarnos a prosperar, a ser más que la suma de lo que nos sucedió. Este año, me tatué un león en la parte superior del brazo. Es un motivo que ha estado conmigo desde que tenía solo tres años; la primera vez que recuerdo estar sentado solo en el suelo de mi habitación, tratando de averiguar cómo abrir la boca lo suficiente para rugir. Recuerdo a mi padre entrando y buscándome y preguntándome qué demonios estaba haciendo, su única respuesta fue reírse de mi intento y decirme otra cosa que podía hacer con la boca para él. No había nada que pudiera hacer, así que el león se retiró, pero se quedó conmigo. Reapareció de nuevo, hasta donde recuerdo, solo en dos momentos específicos de mi vida, posiblemente dos de los peores, de diferentes maneras, cuando mi conciencia estaba tan abrumada por el horror de lo que estaba sucediendo que probablemente se habría hecho añicos si él no hubiera intervenido. El primero de estos momentos fue solo dos años después. Tenía solo cinco años, ya viviendo en circunstancias lo suficientemente insoportables como para producir una variedad de experiencias delirantes que servían para mantener mi pequeña mente activa: árboles que hablaban, ositos de peluche que hablaban y espíritus del mundo desconocido más allá, cada uno de los cuales se convirtió en testigo compasivo del dolor que estaba sufriendo. Este recuerdo me volvió a la mente originalmente a través de una pesadilla recurrente. En aquel momento, lo racionalicé como algo simbólico, pues no podía admitir que la escena que recordaba había sido literal. Que mi madre, de hecho, se había quedado mirando mientras mi padre me violaba en el suelo a plena vista. No era una representación simbólica de cómo se sentía vivir en una casa donde una cuidadora abusaba de mí y la otra fingía no saber nada. Mi madre lo había presenciado y se había marchado inmediatamente. Luché conmigo misma y me defendí de esta interpretación en mis sesiones de terapia, sin querer que se rompiera el muro de negación que protegía la versión inocente de mi madre. Era un muro que había construido para sobrevivir y mantener una relación con ella, y sabía que si se rompía, estaría aún más sola de lo que ya estaba. Desafortunadamente, a medida que salían a la luz más y más detalles, permitiéndome reconstruir por completo lo que realmente sucedió ese día, mi mente y mi cuerpo solo tenían que prepararse para más dolor. La plenitud de mi ser anhelaba que el frágil amor de al menos uno de mis padres negligentes hubiera sido real, aunque fuera insuficiente. ¿Pero mis partes? Sabían la verdad. Al menos, algunas de ellas. Algunas conocían el terror de ser maltratadas y degradadas, y tratadas con total falta de empatía por quienes debían protegerlas. Algunas sabían que los testimonios de mis padres jamás serían creíbles. Para explicar lo que quiero decir, voy a tener que hablarles de un libro que he empezado a leer poco a poco en las últimas semanas, aunque solo sea escuchando la versión en audiolibro y repasando los mismos párrafos varias veces para intentar comprender al menos parte de la información. Se titula "El yo atormentado: disociación estructural y el tratamiento de la traumatización crónica", de Onno Van der Hart y otros autores. Me ha ayudado (por fin) a comprender mejor los desconcertantes síntomas que he estado experimentando durante un tiempo y las experiencias a menudo inquietantes que viví durante la terapia de Sistemas Familiares Internos (IFS) a finales del año pasado. Cómo escapar cuando no puedes Para aquellos que no estén familiarizados con IFS o la disociación estructural, hay dos cosas que debo aclarar primero: IFS es un modelo de terapia que se centra en trabajar en colaboración con varias "partes" dentro de cada persona, que la teoría explica que se han desarrollado a través de la internalización de ciertos roles y funciones específicos en la infancia en respuesta a la dinámica familiar (estos se conocen como bomberos, exiliados y administradores). En contraste, la literatura clínica sobre la disociación estructural describe lo que sucede con las personalidades de aquellos expuestos a un trauma crónico y prolongado en el período de desarrollo: cómo se fragmenta efectivamente en partes componentes para sobrevivir, en lugar de convertirse en una totalidad. Los autores del libro definen la personalidad como "un sistema compuesto por varios estados o subsistemas psicobiológicos que funcionan de manera coordinada", que en sujetos sanos funcionan juntos de manera cohesiva: "Una personalidad integrada es un logro del desarrollo", no algo dado, señalan los autores. En casos de disociación estructural, sin embargo, lo que sucede es que, en lugar de desarrollarse hacia la integración, estos subsistemas se organizan de forma adaptativa en torno al entorno traumático, de manera que se produce una división entre dos categorías de subsistemas: aquellos que apoyan al individuo en sus esfuerzos por adaptarse a la vida cotidiana y aquellos construidos para la detección y defensa contra las amenazas. Estos son los sistemas de acción que caracterizan los mundos interoceptivo (conciencia de las señales corporales internas) y exteroceptivo (conciencia del mundo externo) de un individuo, que comprenden su propensión a actuar de acuerdo con ciertos tipos de motivaciones básicas. Siempre se configuran para responder de la mejor manera adaptativa a su entorno. En efecto, cuanto más inviable sea la integración entre las diversas acciones dirigidas a objetivos (es decir, aquellas orientadas a la exploración, el cuidado y el apego, frente a aquellas orientadas a la defensa, la hipervigilancia y las respuestas de lucha o huida) que la exposición prolongada al trauma plantea, más rígidos y endurecidos pueden volverse estos subsistemas, lo que lleva a la aparición de "partes" disociativas. Estas partes no son como las postuladas por el IFS, aunque sus funciones pueden superponerse: “Las partes disociativas juntas constituyen la personalidad completa, pero son autoconscientes, tienen sentidos rudimentarios de sí mismas y son más complejas que un solo estado psicobiológico”. Estas partes pueden poseer distintos grados de elaboración —en referencia a cuán diferenciadas y distintas son con respecto a características como nombres, edad, género, etc.— y emancipación —en referencia a cuánta separación y autonomía tienen del trauma en sí. Esta variación depende significativamente de la gravedad y complejidad del trauma, y de su cronicidad. La mayoría de las personas conocen el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). En los casos de TEPT, existe disociación estructural, pero no es tan compleja como la que se observa en los casos donde están presentes formas secundarias, o incluso terciarias. La diferencia clave entre ellas tiene que ver con la presencia de uno o más tipos diferentes de partes: Partes Aparentemente Normales (PAN): que están dominadas por los sistemas de acción que están orientados hacia la exploración, el cuidado y el apego y Partes Emocionales (PE): que están dominadas por los sistemas de defensa Estas partes no son reducibles a estos sistemas de acción, pero están mediadas por ellos. Por eso una persona puede estar compuesta de partes que están en conflicto entre sí. Por ejemplo, una parte emocional puede contener el trauma sensorial crudo y todos sus sentimientos acompañantes de miedo, vergüenza y culpa, mientras que otra parte 'aparentemente normal' se dedica a lo suyo centrándose en la evitación de esos sentimientos a través de la participación en diversas actividades que los compensan y les aportan estima; No solo porque la emoción cruda es en sí misma abrumadora —los autores se refieren a estas emociones como «vehementes» debido a lo abrumadoras que pueden ser y cómo pueden conducir a mecanismos de afrontamiento desadaptativos cuando la persona carece de los recursos para afrontarlas eficazmente— sino también porque esos sistemas de acción que describimos están estructurados en torno a la satisfacción de nuestra necesidad de apego a los demás y la regulación de nuestra posición social. Si las emociones vehementes que el trauma infundió se sienten como una amenaza para nuestras relaciones más importantes, o incluso para nuestra posición social, los EP se ven obligados a contenerlas y, a menudo, se destierran de la vista, tanto de los demás como de la nuestra. En casos de disociación primaria, como el TEPT, solo ha sido adaptativamente necesario que se desarrolle un único ANP y un único EP. En la disociación secundaria, como se observa a menudo en casos de TEPT complejo y en aquellos que con mayor frecuencia conllevan el diagnóstico de «trastorno límite de la personalidad» (mejor no hablemos de eso), una mayor fragmentación ha dado lugar al desarrollo de múltiples EP, cada uno con diferentes fragmentos de la experiencia traumática: momentos de terror, emociones intensas y diversas respuestas defensivas. La disociación terciaria es donde las cosas se complican de verdad. La mayoría de la gente conoce el Trastorno de Identidad Disociativa (TID), popularizado erróneamente como «trastorno de personalidad múltiple», principalmente debido a las representaciones terriblemente estigmatizantes en los medios de comunicación. En realidad, el TID es mucho más complejo y las experiencias individuales mucho más variables de lo que se suele pensar. La clave que lo diferencia de los otros trastornos disociativos ya mencionados es que existe evidencia de disociación estructural terciaria: que no solo implica múltiples EP, sino también más de un ANP. Contrariamente a lo que se cree, sin embargo, estos trastornos de personalidad no necesariamente poseen los grados más extremos de elaboración y emancipación. No siempre es el caso que una persona pueda alternar entre identidades completamente distintas cuyas edades, recuerdos y personalidades sean totalmente diferentes. Existe una variedad de Trastornos Disociativos Otros y no especificados (TDOE) enumerados en el DSM-5 —independientemente de lo que se piense sobre su validez— que apuntan a estas variaciones. En mi caso personal, esto se ha manifestado de manera diferente en distintos momentos de mi vida. Volvamos al recuerdo que comencé a describir, cuando el motivo del león intentó reaparecer por primera vez, para analizar algunos de ellos. El primero de los peores: tenía solo cinco años y me estaba sucediendo algo terrible. No solo el acto en sí era tan doloroso, tan horriblemente desgarrador que podría traumatizar incluso a un adulto, sino que lo estaba perpetrando uno de los cuidadores principales mientras el otro permanecía impasible sin hacer nada. Esta es una forma profunda de traición y negligencia, y en última instancia, de abandono. En ese momento, mi dependencia de mis cuidadores para sobrevivir significaba que tenía opciones limitadas para procesar lo que me estaba sucediendo si quería vivir. Por un lado, podía aceptar que ninguno de mis padres era capaz de brindarme el cuidado y la crianza que necesitaba. Podía aceptar que nadie vendría a salvarme, que nadie me defendería de ninguno de ellos, pero entonces tendría que enfrentar una realidad sin esperanza de estar a salvo, de ser amada, de ser protegida. No solo era más que pequeña —seamos claros, era diminuta—, sino que no había la más remota posibilidad de que alguna vez reuniera la fuerza para protegerme. Simplemente no la tenía. No sé muy bien cómo describir clínicamente lo que sucedió en mi conciencia después de eso. No fue el dramático brote disociativo que llegó siete años después cuando el león reapareció una vez más (más sobre eso después), fue más sutil que eso. Simplemente reuní las migajas de evidencia que pude para construir una narrativa en la que la ayuda llegaría al final. ¿Y si no llegaba? Entonces me convertiría en algo que pudiera defenderse y protegerse a sí mismo. Después de que mi madre se alejara de mí, de alguna manera, me levanté del suelo y corrí en la dirección que vi de frente: hacia la puerta cerrada del dormitorio de mi hermano. Entré sin avisar y le declaré mi nueva realidad: “ Nombre Todo va a estar bien”, dije. Lo que acababa de pasar no importaba. El hecho de que ni siquiera lo hubiera sentido tampoco me importaba; esa parte de mí ya había sido enterrada mientras otra tomaba el control a través del entumecimiento y la desensibilización. Si mi cuerpo se había quemado, lo había dejado. Mi padre, por supuesto, me siguió a la habitación y no lo toleró. Me dijo que me alejara de su hijo, refiriéndose a mí de nuevo como una pequeña zorra, después de haber tildado momentos antes a mi madre y a mí de sucias putas. Pero mi cuerpo no tembló. “Solo le estaba diciendo que todo va a estar bien”, repetí. En ese momento, la parte de mi padre que se había enfurecido al violarme tan brutalmente lo abandonó de inmediato; vi un destello en sus ojos. "¿Qué?", preguntó con suavidad, media sonrisa. "¿Qué dices, querida? ¿Qué quieres decir con que todo va a estar bien? ¿Por qué no iba a estar bien?". Volvió a reír. Mientras se inclinaba hacia mí para sentarme en su regazo, continué. "Todo va a estar bien porque sé que no es mi culpa cuando te enojas conmigo", expliqué con claridad. En realidad, me había dicho a mí misma que todo iba a estar bien porque pensé que la mirada de mi madre, cuando miraba fijamente al vacío, me había dicho que lo que veía era suficiente para que finalmente lo dejara, cosa que finalmente hizo. "¿He estado enojada contigo hoy?", preguntó. Puse los ojos en blanco y decidí cambiar de tema. "Voy a ser una leona cuando sea mayor", le expliqué con orgullo. Pero claro, él solo se rió. «¡No eres un león! Eres una niña, una bailarina…» Continué explicándole que no me imponía límites a lo que podía ser. Soy muy consciente de que hay algo en esta secuencia de acontecimientos tan real que suena casi artificial. ¿Cómo puede una niña de cinco años soportar semejante trauma, para luego emerger como si nada, incluso como una heroína, apenas unos segundos después? Eso es disociación. En lugar de derrumbarme bajo el peso de las circunstancias crueles, mi psique buscó dos cosas para mantenerse con vida: 1. Una racionalización que significaba que el abandono y la traición que acababa de experimentar no eran realmente abandono: “Mamá lo sabe ahora. Ahora sabe lo mal que me hace y va a hacer algo al respecto”. 2. Una identificación con una promesa futura de trascendencia de mis propias limitaciones: “Algún día seré un león”. No solo necesitaba aferrarme al vínculo que aún tenía con mi madre, sino que necesitaba algo que se gestara dentro de mí y que algún día pudiera nacer para contener, e incluso transmutar, la experiencia de absoluta vulnerabilidad. Mientras que la parte de mí que albergaba todo el dolor se hundía aún más en un espacio al que no podía acceder, ni siquiera si quisiera, otra se alzaba en su lugar, aferrándose a su propia fuente de autoestima. La verdad era que mi madre ya sabía de antemano lo grave que era el abuso para mí. Ella había visto las sábanas manchadas de sangre después de la violación y se quejó de tener que limpiarlas, esto no fue ninguna revelación. La razón por la que pensé que no lo había entendido fue por lo que había estado sucediendo momentos antes, antes de que mi padre entrara en la habitación para verlo y se enfureciera violentamente. El descenso a… En lugar de llevarte de vuelta a esos momentos, quiero llevarte hacia adelante en el tiempo, a la segunda reaparición del león. Este fue un suceso mucho más dramático que el primero, cuando el león se volvió algo real para mí, no solo una idea. Habían pasado unos siete años, y en ese tiempo mi madre había dejado a mi padre, llevándose a mi hermano mayor y a mí con ella. Para entonces, la investigación judicial había concluido que mi padre era inocente de las acusaciones formuladas en su contra. Algunas de estas acusaciones habían sido mías, pero las acusaciones originales del testigo fueron hechas por un amigo de mi hermano sobre lo que él mismo había visto que mi padre le estaba haciendo. "No podía entender por qué no lo dejó inmediatamente", me explicó recientemente una tía lejana mía por teléfono. Ella seguía diciendo que era inocente hasta que se demostrara lo contrario, y yo le repetía que los niños no mintieran sobre estas cosas. Esta tía había crecido con mi padre —aunque era quince años menor que él— y, al parecer, sabía muy bien que era capaz de una verdadera maldad. Ella y su hermano —mi tío, hermanastro de mi padre— habían visto cómo era controlador y manipulador. Lo habían visto pasar de la desgracia de vivir en la pobreza absoluta como niño inmigrante a ser un estudiante brillante en universidades de élite y ocupar cargos oficiales en la iglesia. Ella conocía las señales inequívocas de la evasión de mi padre ante preguntas difíciles. No sé muy bien cómo ni por qué perdió el contacto con mi madre; vivir tan lejos, en Estados Unidos, obviamente influyó, pero sí sé que no dudó en apartarlo inmediatamente de su vida cuando se enteró de que se negaba a cooperar con el proceso o a hablar con sinceridad. Mi tía vio la oscuridad de mi padre y usó la luz de la verdad y el discernimiento para lidiar con ella. Mientras tanto, mi madre miró fijamente su oscuridad a los ojos y la adornó con gracia. A las demás tías de la familia de mi madre se les indicó que se mantuvieran al margen; que ni siquiera intentaran hablar con nosotros sobre el tema, para no arriesgarse a contagiarse. Mi tía estadounidense me dijo que mi tío, de haber estado vivo, habría manejado las cosas de otra manera. «Habría tomado el primer avión para ir allí y darle una paliza», me explicó mi tía con cariño. «Era ese tipo de hombre». De alguna manera, yo misma lo había comprendido de él en las pocas veces que lo habíamos visitado en Estados Unidos, antes de que falleciera. Ya fueran reales o alucinaciones, como las otras experiencias que estaba teniendo, había estado experimentando visitas de su espíritu desde que supe de su muerte. Le hablaba a él —y a mis ositos de peluche— de todo lo que me estaba pasando. Se convirtieron en mis mejores amigos. Fue la intervención de los servicios sociales lo que finalmente llevó a mi madre a marcharse casi un año después, probablemente poco después de que le explicaran que si mi padre resultaba culpable, ella también podría ser considerada cómplice. Una vez más, la verdad contradice la versión de mi madre sobre cómo se desarrollaron los acontecimientos. Su versión convenientemente omite las muchas veces que intenté defenderme antes de que finalmente me permitiera decir lo mínimo que dije, a los ocho años. Mi hermano permaneció en silencio todo el tiempo, paralizado por el miedo a lo que sucedería si se atrevía a traicionar a su familia. El resultado de todo esto fue que me vi obligada a mantener contacto con mi padre durante la investigación, con distintos grados de supervisión, y posteriormente sin ninguna. Esto significaba que cada dos semanas debía recogerme del colegio, a la vista de todos. Esto no habría sido tan malo si el nombre de mi padre no hubiera aparecido en los periódicos ni en las noticias locales, y dado que su nombre era polaco y, por lo tanto, muy poco común, no fue difícil atar cabos. El ayuntamiento nos había trasladado a una zona relativamente desfavorecida; ninguna de las otras madres hablaba ni se comportaba como mi madre, y todas se conocían. Los chismes se extendían con facilidad. Habiendo descendido ya en la escala social tras la mudanza desde mi ciudad natal —el tiempo que pasé en el refugio para mujeres y en la escuela a la que asistíamos allí fue particularmente difícil—, ya me había acostumbrado al acoso. Pero la crueldad que sufrí por parte de niños mayores que sabían de mi padre llevó las cosas a otro nivel. El sadismo es, al parecer, más común de lo que nos gustaría admitir. Una niña en particular se empeñó en hacerme la vida imposible. «No me extraña que tu padre te viole», me decía sin rodeos mientras me miraba desde arriba. «Eres la criatura más vil que he visto en mi vida». No me cabe duda de que esta acosadora en particular estaba pasando por lo peor en su propia casa, viéndolo en retrospectiva; las condiciones eran propicias, pero eso no lo hacía más fácil. Y las acciones de sus compañeros, cuyo disgusto hacia mí era similar al de ella, lamentablemente fueron más allá en su acoso. Para cuando cumplí doce años, ya había experimentado repetidos abusos y agresiones sexuales por parte de otros chicos de la zona que conocían mi vulnerabilidad y mi "apertura a la experiencia". Algunos de estos incidentes fueron tristemente el resultado de mis propias proposiciones activas, o al menos, de una parte específica disociativa de mí que aplicó todas las lecciones que había aprendido sobre cómo complacer a los hombres (más sobre eso otro día). El grupo de acosadores mencionado anteriormente me había recordado una y otra vez que mi padre era pedófilo. Sabía muy bien que era sucia, repugnante, que no estaba bien. Lo que aún no había experimentado era la humillación de ser el objetivo específico debido al abuso, como si fuera una especie de presa. El segundo peor recuerdo Un depredador no caza inmediatamente; primero, observa. Si quisiera darles a los chicos que mencioné el beneficio de la duda —para mostrarles su propia gracia— dedicaría las siguientes líneas a contarles cómo esa parte disociativa se comportó como una pequeña zorra, cómo se metió en eso y cómo su ignorancia sobre mi historial de abusos era una especie de bendición. En realidad no sabían nada de papá, les diría, pensaban que simplemente era sexualmente madura para mi corta edad. No sabían nada de sus amigos. De hecho, en sus propias palabras —gracias a cómo los amigos de papá me habían adoctrinado— pensaban que «debía haber nacido con ganas de eso». Así que, ¿quién puede culparlos? Estos acosadores eran diferentes. Puede que no supieran la magnitud de la explotación sexual a la que mi padre me sometió en esos primeros años, pero sí sabían de él. Y durante años vieron que estaba indefensa, sin nadie que me defendiera, incluso después de haber escapado de vivir con él. Mi hermano mayor, también lo sabían muy bien, era él mismo su propio objetivo. Todos sabían quién era y lo consideraban un bicho raro. Quizás incluso sabían que, al no tener a nadie más con quien desahogar su ira por todo, incluso eso terminaba recayendo sobre mí. De cualquier manera, sabían que podían cruzarse con él en la calle y hacer bromas sobre estos encuentros, sin arriesgarse siquiera a recibir un puñetazo en la cara. «Oye, oye, conozco a tu hermana, guiño, guiño». A estas alturas, gracias a la magnitud de mi disociación, estas personas sabían mucho más que yo. No sabía nada de la chica que salió por la noche cuando nadie miraba, ni de todas las cosas que nunca habían sucedido realmente, porque eso era lo que no dejaban de decir. «Eso suena a una pesadilla horrible», me dijo una vez mi madrina (una cómplice). «Yo no le diría eso a nadie más si fuera tú, podrían pensar peor de ti que de mí». Y sí, pensaron peor de mí. Cuando retracté mis acusaciones, me obligaron —incluso me convencieron— a decirles que todo había sido mentira: producto de la imaginación. Eso es lo que me dijo mi padre, que estaba mal de la cabeza. "Lo siento por causar todos los problemas y decir mentiras, mamá", le escribí en una tarjeta ese año. Este era mi ANP funcionando a toda máquina, tomando la delantera en el espectáculo, manteniéndolo todo unido. Mientras pudiera funcionar lo suficientemente bien como para cubrir las muchas pequeñas grietas; las otras partes que contenían todo el trauma, incluyendo la manipulación psicológica, podían desvanecerse en la distancia. "¿Quién te va a creer?" Eso fue lo que mi madre misma me dijo, la vez que finalmente amenacé con hablar sobre su propio abuso. "¿Tú y el ejército de quién?" Continuó. "Todos saben que eres la niña que gritó lobo. Será una desgracia si un día realmente estás en problemas, nadie vendrá a salvarte". Mis acosadores lo sabían bien. Me habían visto pasar por la primaria y, ahora, estaba por debajo de ellos en la secundaria. No me sorprendería que hubieran oído rumores de los otros chicos de su curso y superiores sobre todos los demás incidentes. Ciertamente sabían que yo era un blanco fácil, y que los secretos que pasaban silenciosamente entre ellos jamás llegarían a oídos de alguien que pudiera intervenir y hacer algo. Supongo que me siguieron a casa una vez para averiguar la casa exacta en la que vivía, porque una noche, ya entrada la madrugada, uno de ellos vino a visitarme. Era otra chica que conocía desde primaria, que se juntaba con el grupo de chicos mayores que solían observarme cuando salía del colegio con mi padre, tirándonos piedrecitas mientras coreaban una y otra vez «PEDÓFILO». Esta no era la que se había cernido sobre mí en aquellas ocasiones para decirme que era un ser despreciable. Era otra que me había dado un puñetazo en la cara cuando solo tenía ocho o nueve años. Me fracturó la nariz, o al menos me la dejó muy magullada; no puedo decirte el daño real, aunque mi tabique nasal sigue desviado; Mi madre se negó a llevarme al médico para que me examinaran. En lugar de eso, se rió de mí y me contó cómo la habían acosado por su apariencia cuando era niña, así que debía superarlo. Pero no era mi apariencia lo que me molestaba, al menos no que yo supiera. Cualquiera que fuera la razón, sabía que no era mi amiga. Así que cuando llegó a mi casa en bicicleta y me llamó desde la ventana pidiéndome que saliera, no sonreí precisamente. "¿Por qué?", pregunté. "¡Para divertirnos un poco!", dijo. Intercambiamos varios argumentos a favor y en contra de que confiara en su repentina muestra de amabilidad. "¡No eres mi amiga, nunca eres amable conmigo en la escuela!", le grité. Finalmente, logró convencerme de salir. No puedo explicar por qué una niña en mi situación sería tan ingenuamente fácil de manipular, excepto por lo que ya es obvio: estas relaciones habían moldeado literalmente toda mi vida y mi sistema nervioso. Eran el alimento de mi existencia. ¿Esos sistemas de acción que mencioné? Los hilos de atracción y repulsión que entrelazaban mi anhelo de seguridad y pertenencia... bueno, estaban retorcidos hasta la saciedad. Cuando la chica me dio motivos para pensar que tenía la oportunidad de impresionarla, de divertirme un poco, de "reírme un rato", la niña que llevo dentro se ahogó. Me senté en la parte trasera de su moto y nos adentramos en la oscuridad. Para cuando llegamos al parque, mi conciencia ya había estado entrando y saliendo del momento, volviendo a tiempos pasados que imitaban la dinámica de poder en la que de repente me encontraba paralizada: el hecho de que una persona mayor me tomara de la mano, llevándome a una situación en la que no tenía control, las promesas de "juegos" que íbamos a jugar, la confianza que estaba a punto de romperse. Los chicos ya estaban borrachos y más que dispuestos a hacerlo. Lo que siguió es mejor no contarlo. Todo lo que puedo repetirte ahora son las palabras que seguían resonando en mi oído mientras me desplomaba en el suelo esa noche, poco después de llegar a casa: "¿No es asquerosa?" "¿No es repugnante?" "Oh, Dios mío, la pequeña perra enferma, ¿crees que de verdad le gustó?" La última pregunta se refería, por supuesto, al acto de ser violada por mi padre. En sus propias fantasías enfermizas, las mismas de las que mi padre me había acusado, me imaginaban disfrutando de ser agredida en la infancia. Juntas, se burlaban de mí al unísono mientras gemían, se quejaban y gritaban: "Sí, papi. Fóllame más fuerte". No puedo decirte exactamente qué pasó. En el momento en que la chica mayor apartó la mirada de mí y me dejó sola —aparentemente conmocionada por la escena que se desarrollaba exactamente como le habían dicho, convencida de que debían de estar bromeando— fue cuando perdí el conocimiento por completo y vi al león tomar el control. Aunque mi cuerpo probablemente estaba flácido e incapaz de moverse, algo dentro de mí escapó. Esto tiene sentido en el contexto de la disociación estructural. La magnitud de la traición y el abandono —a través de comunidades, instituciones, familias, sistemas enteros— debería haber sido suficiente para destrozarme por completo. No sé cómo dar sentido a lo que experimenté en ese momento: lo único que sé es que si mi cuerpo no podía luchar para liberarse, entonces alguna parte de mi psique tuvo que intentarlo. Tuvo que encontrar algún tipo de fuerza. Cuando accedí por primera vez a este recuerdo, la imagen que vi solo puedo describirla como un espíritu que emergía de mi cuerpo con la forma de un león, esta vez rugiendo; liberado de todo lo que lo ataba y lo arrojaba como presa, sin dignidad ni respeto. El resto es casi todo negro. No sé si grité, no sé si intenté defenderme, o si mi mente simplemente se desvaneció, dejando mi rostro vacío, inexpresivo. Tal vez nunca lo sepa. Todo lo que sé es que la parte aparentemente normal de mí lo desterró de la memoria, hasta que estuve lista para recordar. Un ajuste de cuentas Desafortunadamente, esta no fue la última vez que mi historial de abuso sexual fue utilizado como arma por hombres como pretexto para tomar lo que querían. Este recuerdo fue traído intencionalmente, junto con otros, por mis partes durante una sesión de hipnosis informada sobre el trauma. La noche anterior a la sesión me fui a la cama con una agonía extrema, sintiendo que el dolor que sabía que iba a tener que enfrentar al día siguiente podría ser suficiente para matarme. Recordar lo que hice en esa sesión iba en contra de todo lo que el guion que mi terapeuta me estaba leyendo pretendía evocar: era un protocolo estándar, la primera de seis sesiones. Todo en él había sido para calmar mi mente y evocar una sensación de seguridad completa; Estaba preparando el terreno para que mis partes emergieran y liberaran todas las emociones y comportamientos disfuncionales a los que aún se aferraban, que supuestamente impedían que la parte adulta de mí avanzara del pasado hacia un futuro mejor. Sabía que esto no era lo que mis partes tenían en mente: tenían información nueva que compartir conmigo. Información crucial que se negaban a dejar oculta en la oscuridad, en cualquier intento apenas disimulado de "recuperación". No había manera de que me permitieran avanzar sin llegar a esta parte de mi conciencia. ¿Pero por qué? Mis partes saben que lo que les sucedió a ellas les sucede a otros. Si bien gran parte de mi abuso se vivió en aislamiento, implicó presenciar el abuso de otros niños, no solo de mi hermano —a quien estas partes sentían que las había abandonado durante años al identificarse con mis padres y defenderlos, en lugar de unirse a ellos para luchar— sino también de otros niños. Y así como se aferraron a la verdad de lo sucedido para que yo no tuviera que hacerlo, estas partes observaron cómo otras "partes aparentemente normales" tomaban el control en otros niños de la misma manera, para mantenerlos vivos. Ambos padres se basaron en el silencio de mi hermano para aislarme. Mientras abusaban de él a su manera, se aseguraron perfectamente de que tuviera un interés personal en seguirles el juego, en ponerse de su lado. Mi hermano no solo tenía partes de sí mismo separadas para mantenerlo funcionando, partes que conocían la verdad por sí mismas y tenían sus propios recuerdos del profundo dolor infligido por mis padres, sino que también tenía partes de sí mismo que solo querían pertenecer, tener algo de poder, sentirse seguros. Más allá del acoso que enfrentó, el abuso que ambos presenciamos que involucraba a otros niños había ocurrido en múltiples contextos: en los picnics de ositos de peluche que mi padre organizaba, organizados a través de su papel como vicario y permitidos por miembros de la iglesia que poseían tierras y riquezas significativas; Y luego, en su puesto de vicario, supervisando las primeras comuniones de niños pequeños, lo que le permitió tener acceso a ellos sin la presencia de sus padres, durante doce sesiones privadas completas. Finalmente, mi hermano encontró la manera de parecerse más al gran gigante amable que había sido mi tío. Dejó de lado la misógina, homófoba y anti-difícil mierda que había interiorizado para defenderse de su vergüenza. Pero durante mucho tiempo, tanto en la infancia como en la adolescencia, mi hermano había aprendido que ningún otro lugar podía brindarle esa seguridad. Y había aprendido que siempre había alguien inferior a él en quien podía redirigir su ira y violencia, sin tener que rendir cuentas. Hay otras cosas que sucedieron en otros contextos a los que estuvimos expuestos, algunas de las cuales solo exacerbaron la capacidad de abuso de mi madre, sabiendo que nadie decía nada cuando ellos mismos presenciaban estas cosas. Cuanto más veía mi madre que otros hacían la vista gorda y ella salía impune, más se deslizaba de víctima pasiva a cómplice y perpetradora. No entraré en detalles aquí, y admito que mi teoría sobre su propio proceso es, en cierto modo, especulativa. No tengo forma de saber si mi madre abusó del poco poder que logró ejercer sobre otros niños en sus ocupaciones de estatus relativamente bajo. Lo importante es que mis partes saben muy bien lo que significa ser impotente y pequeña en un sistema construido sobre la coerción en lugar de la autonomía, sobre la opresión y la explotación. Saben que donde falla la rendición de cuentas, prospera el mal, y que las menguantes reservas de empatía pueden sacar lo peor de todos. Conocen la oscuridad de las sombras proyectadas por quienes se hacen pasar por la luz; y conocen el dolor de ser marginados por un sistema que antepone la fuerza al derecho. ¿Y qué hay de mí? Sé que nada de esto es inevitable. Gracias a las partes más capaces de mí que me ayudaron a completar mis estudios superiores, sé que los hombres no nacen violadores y los niños no nacen crueles. Sé que las jerarquías no son fijas por naturaleza, y que el patriarcado tampoco lo es. Pero eso es tema para otro ensayo. También sé que (desafortunadamente) no soy un león, ni lo seré jamás. Pero los rasgos arquetípicos que los humanos asocian con ellos son rasgos que nosotros también podemos poseer: liderazgo, valentía, protección, el instinto de defensa. Me tatué el león en el brazo para recordármelo. Que esas partes de mí cuyos impulsos primarios y primigenios fueron reprimidos podían ser canalizados de nuevo. Las partes que intentaron resistirse, que dijeron que no, que protestaron. Las partes que a menudo intentaron proteger a otros vulnerables, incluso a costa de sí mismas. Esto también forma parte de nuestra herencia mamífera. Parte de nuestro ADN. Hay otra parte de mí que estuvo exiliada durante bastante tiempo, desterrada a su propio escondite. Era una parte que había querido saber por sí misma por qué los abusadores hacían lo que hacían: una parte que intentó recrear lo que había presenciado para intentar darle sentido, pero solo se traumatizó a sí misma. Ella había aprendido que eso era lo que hacía la gente: se turnaban para tomar el relevo y, en cuanto tenían la oportunidad, se volvían locos empuñándolo. Pero por cada parte que se humillaba y se adaptaba a lo que quería —la chica buena, la promiscua, la sumisa— había una parte que luchaba por preservar la dignidad, la empatía y la verdad, partes que siempre las amenazaban. Ninguna de mis partes quiere que olvide o deje ir el pasado. Quieren sanación, quieren testigos. De hecho, más que eso, quieren una rendición de cuentas colectiva. También quieren oír que sus abusadores se equivocaron cuando les inculcaron que nadie les creería jamás. Como la persona que ahora está al mando, a cargo de este sistema, es mi trabajo darles a esas partes más jóvenes lo que me dicen que necesitan. Al menos, intentarlo por fin.

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  • Todos tenemos la capacidad de ser aliados y apoyar a los sobrevivientes en nuestras vidas.

    “La curación es diferente para cada persona, pero para mí se trata de escucharme a mí misma... Me aseguro de tomarme un tiempo cada semana para ponerme a mí en primer lugar y practicar el autocuidado”.

    La sanación no es lineal. Es diferente para cada persona. Es importante que seamos pacientes con nosotros mismos cuando surjan contratiempos en nuestro proceso. Perdónate por todo lo que pueda salir mal en el camino.

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    Quisiera saber que se siente sanar.

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  • “A cualquiera que esté atravesando una situación similar, le aseguro que no está solo. Vale mucho y mucha gente lo ama. Es mucho más fuerte de lo que cree”.

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    No tengo recuerdos claros y siento mucha culpa

    Mi historia es un poco larga. Cuando tenía 15 años o 16 años, vino a mi mente el recuerdo de cosas que habían ocurrido cuando yo tenía entre 4 y 5 años. Dos tíos abusaron de mí. Los recuerdos sobre esto nunca han sido claros y ahora, muchos años después, todo se ha vuelto más lejano y confuso y he dudado varias veces de mí misma y de mi historia. Hay otras cosas que pasaron en mi infancia que sí recuerdo con más claridad: cuando tenía entre 7 y 8 años, vi a mis papás teniendo relaciones sexuales a mi lado (esa noche me había pasado a dormir con ellos en su cama). Tiempo después, se repitió la situación, pero con mi padrastro y mi mamá. También cuando tenía entre 7 y 8 años, estaba revisando unos CD'S en el DVD que había en la casa para marcarlos según el género musical o según la película que fuera. Uno de los CD'S, era una película porno. Como casi siempre, me encontraba sola en mi casa, entonces la vi completa. No recuerdo si me masturbé. Sé que desde muy niña me frotaba con peluches, muñecas y otros objetos, aunque sin mucha conciencia de lo que hacía, pero estaba presente el miedo a ser vista. Hay algo que me atormenta en este momento: cuando tenía 6 o 7 años, mi prima (ella un año mayor) y yo jugábamos a imitar algunas posiciones de un libro de kamasutra que había en su casa. También tengo leves recuerdos de una vez que, mientras nos bañábamos, frotamos nuestras partes íntimas. No sé si esto se dio en el marco de una curiosidad bilateral y por el contenido del libro al que habíamos estado expuestas o si fui yo quien generó la situación y la persuadió a ella de hacerlo o si la manipulé. No recuerdo que haya sido así, pero me da miedo que sí. ¿Y si imité lo que hacía mis tíos conmigo o lo que vi en contenido al que estuve expuesta? Siento miedo, culpa y vergüenza. Además, hace medio año, recordé que cuando tenía 10 años y cargué a mi hermanita en mi piernas (que estaba como de un mes), sentí un estímulo placentero en mi zona íntima por el contacto. Cuando esta imagen vino a mí (tampoco fue clara, como mis otros recuerdos) sentí culpa, pero no escaló a más porque entendí que fue una reacción física y nada más. Pero luego no podía dejar de pensar en ello y me cuestionaba si había prologando o intensificado el contacto y sentí muchísima culpa, asco y vergüenza. Fue tan fuerte, que tuve un episodio de TOC y siento que aún no he podido salir de ahí, porque ahora me inundan las dudas sobre lo sucedido con mi prima.

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  • “Puede resultar muy difícil pedir ayuda cuando estás pasando por un momento difícil. La recuperación es un gran peso que hay que soportar, pero no es necesario que lo lleves tú solo”.

    Mensaje de la Comunidad
    🇺🇸

    A todos los sobrevivientes aquí: los vemos, los escuchamos, les creemos.

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  • Si estás leyendo esto, es que has sobrevivido al 100% de tus peores días. Lo estás haciendo genial.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇺🇸

    #890

    ¡Me amo a mí mismo sin importar nada!

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  • “Siempre está bien pedir ayuda”

    Mensaje de Esperanza
    De un sobreviviente
    🇮🇪

    Cree en ti mismo Confía, ten fe y nunca te rindas SIÉNTELO PARA SANARLO

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  • Eres maravillosa, fuerte y valiosa. De un sobreviviente a otro.

    Historia
    De un sobreviviente
    🇨🇦

    Name, solo tenía 6 años

    Tenía alrededor de 6 años, cierro los ojos y es cómo si volviera a vivir en carne propia el recuerdo, me acuerdo del ruido de la televisión, el olor del desayuno que estaba comiendo, yo solo estaba viendo caricaturas. El, un hombre de alrededor 50 años me cargó y me acomodó en sus piernas, y deslizó su mano por debajo de mis panties, TENÍA 6 AÑOS y ahí empezó mi historia de abusó sexual, una historia que me hubiese gustado no tener que experimentar. Yo hablé ya que mi mamá siempre me había enseñado a que nadie podía tocar mis partes pero en ese entonces mi mamá no tenía los recursos, vivíamos en casa de una prima (la hija de mi abusador) y nadie me creyó, dijeron que era mi imaginación. Otros sucesos pasaron cometidos por la misma persona, me arrebató mi inocencia y me rompió en pedacitos… pese a que yo hablé la primera vez, las otras veces me quedé callada porque nadie me creyó, nadie me protegió y nadie me escuchó más que mi mamá pero en ese entonces ella estaba luchando con un problema de alcoholismo y toda la familia nos dio la espalda. Después de un tiempo dejé de ver a mi abusador pero a los 8 años me volvió a pasar pero esta vez por el esposo de mi tía (la hermana de mi mamá) ellos han sido casados desde que mi tía tiene 16 años hasta el presente. Fuimos de visita a casa de mi tía, era diciembre entonces mi mamá salió con mi tía a comprar cosas para la navidad, yo, mi hermano y mi primo (hijo de mi tía) nos quedamos al cuidado del esposo de mi tía, el en ese entonces era oficial de la policía. Yo estaba jugando con mi primo y mi hermano cuando él me llamó, él estaba sentado en la mesedora viendo las noticias cuando me sentó en sus piernas y yo inmediatamente me paralice puesto que la última vez que alguien me sentó en sus piernas me manoseo, esta vez fue diferente, solo me acaricio las piernas y yo solo sentí cómo algo duro me rozaba mis glúteos, me paralicé y no sabía que hacer, hasta que tuve la fuerza y me bajé. Nunca hablé de mi segundo abusador y nunca lo he hecho, yo ya no vivo en Colombia pero cuando voy me toca actuar cómo si nada aunque por dentro sienta tantas cosas. Por mucho tiempo reprimí todo lo que me pasó, siempre decía que no me afectó y ahora a mis 22 años me está atormentando. Estoy comprometida con el amor de mi vida, siento que ha sido un regalo que Dios y la vida me dio después de tanto tormento pero hay veces que cuando vamos a tener intimidad y me toca siento una rabia en mi, ese tipo de rabia que te dan ganas de pegarle un puño en la cara a esa persona, y no lo entiendo, el no me ha hecho nada? El solo me ha ayudado y me ha tratado con amor y me ha demostrado lo mucho que me respeta y me ama, siempre quise evadir el tema y reprimirlo, no hablar de ello y pretender cómo que no me afectó pero ya llegué a un punto donde me dan unos ataques de ira que ni yo me reconozco, donde termino lastimándome a mí misma o sacando esa ira en mi prometido, hace unas noches por fin en medio de una ataque de ira donde terminé azotandome la cabeza en la pared solo repetía “no me deja en paz, me persigue, sácalo de mi cabeza” estaba en un estado de crisis y mi prometido solo pudo sujetarme en sus brazos mientras me preguntaba quién me perseguía y fue la primera vez que dije su nombre en voz alta, “Name, el hombre que me violo y me robo mi inocencia no sale de mi cabeza” no podía hablar, las lágrimas y gritos de desesperación eran más que las palabras, en ese momento me di cuenta que no importa cuánto allá crecido aquella niña de 6 años sigue dentro de mi, está enojada, está triste y rota. Mi pareja es abogado entonces el fue quien me habló sobre me too movement, me dijo que me hiciera justicia y lo denunciara pero que si no me sentía lista por miedo que navegara las opciones que me too ofrece y que quizá empezara por contar mi historia, por unos días habría la página y solo me quedaba paralizada, pero hoy me anime, ya no merezco ser prisionera de un dolor que no fue mi culpa aunque por mucho tiempo he sentido que lo es, me siento perdida y no quiero que mi pasado defina mi presente, la vida me está dando oportunidades bonitas pero mi abusó sexual no me deja avanzar, cómo me saco esta rabia que siento por dentro? Porque me volví un ser tan agrio y amargo, porque me enojo por todo? Porque no puedo disfrutar la intimidad con mi pareja si es delicado conmigo? Parece que entre más delicado es más rabia siento por dentro. Me siento muy sola y perdida. Quiero este dolor fuera de mi

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    🇪🇸

    Contar eso sin derrumbarme

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  • Mensaje de Sanación
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    🇨🇴

    Sanar es entender

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    De un sobreviviente
    🇬🇧

    Brutalmente utilizado por un policía después de una parada de tráfico

    En mi historia original, COMENZÓ CON MI HERMANO, hablé del abuso que sufrí desde una perspectiva general. Era mi vida de abuso tal como la compartí en aquel momento. He estado trabajando para compartir tres casos de violación que solo evité permitiendo que los hombres tomaran lo que quisieran en lugar de pelear. El más traumático de los tres incidentes que mencioné involucró a un policía. Este es el relato. Me detuvieron cuando regresaba a casa de un grupo de estudio, siendo estudiante de tercer año en la universidad, una noche entre semana. Habíamos compartido dos copas hacia el final. NO apruebo conducir y beber, pero no estaba borracho, como confirmó el alcoholímetro más tarde. Me detuvieron y ya tenía los nervios asociados, agravados por el hecho de que aún no tenía la edad legal para beber alcohol durante tres semanas. Fue entonces cuando conocí al policía al que llamaré simplemente SIK. Me dio una sensación inquietante la primera vez que lo vi y eso nunca se detuvo. Aun así, coqueteé con él hasta cierto punto, desesperada por no meterme en problemas. Me hizo salir del coche, quitarme la sudadera con capucha, debajo de la cual solo llevaba un sujetador deportivo básico. Esa noche solo hacía unos dieciséis grados. Tenía frío y temblaba de miedo y de temperatura. Lo vi mirarme el cuerpo sin filtro. Otro coche patrulla se detuvo con dos agentes mientras me hacían las pruebas de alcoholemia. Ya me había registrado de forma incómoda. Una de las agentes que llegó era mujer y también me registró después de haber dicho que tenía algunos problemas con las pruebas de alcoholemia. Caminar hacia atrás en una línea imaginaria, talón con punta, fue lo único con lo que tuve problemas. ¡Es duro! La policía sacó el alcoholímetro que había pedido. Di 0,035. Eso es menos de la mitad del límite legal. En ese momento, SIK dijo que simplemente me seguiría a casa, en lugar de arrestarme, y el otro coche se fue. La parada completa duró quizás una hora. Los coches pasaban por la calle lateral en la que me había metido. Faros delanteros y traseros en la oscuridad. Después de que el otro coche se fuera, SIK me habló con más dureza y amenazas que nunca. Dijo que una chica como yo probablemente está acostumbrada a salirse con la suya. Aseguró que aún podía llevarme a la cárcel cuando quisiera, ya que mientras me lleva a casa y se asegura de mi seguridad, todo lo que hago sigue siendo una prueba. Podría arrestarme por posesión de alcohol y perdería mi licencia. Tenía miedo. Le dije que mi compañera de cuarto estaba en casa. Ella también era estudiante y se suponía que debía estar allí. Después de seguirme dentro de mi apartamento, llamé a mi compañera. Luego revisé su habitación. ¡No estaba! SIK me acusó de mentirle a un policía y echó el cerrojo desde adentro. Me hizo apoyar las manos en la pared de mi comedor con las piernas abiertas. Quería llamarla para que pudiera hablar con ella y confirmar que solía estar allí, pero me detuvo y me obligó a enviarle un mensaje para ver cuándo volvería. Me dio instrucciones de no preguntar ni decir nada más y lo revisó antes de enviarlo. Estaba en casa de su hermana y no volvería hasta tarde. En ese momento se quitó el cinturón de herramientas y lo puso en la encimera de mi cocina. Me dijo que, después de todo lo que había hecho por mí, ya no era gratis, ya que le mentí. Su pistola estaba justo a nuestro lado. Se aseguró de que la viera e incluso la giró para que me apuntara. Tenía miedo y le suplicaba. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera. No estoy segura, pero creo que se lo dije. Me comunicó por radio desde su bandolera que se estaba tomando un descanso para "almorzar". Lo que recuerdo con certeza fue cuando dijo que esta vez me haría un registro completo, hasta quedar completamente desnuda, y me preguntó si estaba de acuerdo. En ese momento ya no tenía ninguna duda de lo que estaba pasando. Hice los ajustes necesarios, pero lo que hizo fue más de lo que había preparado. Me dedicó cumplidos vulgares sobre mi cuerpo mientras me abusaba descaradamente. Me amasó los pechos como si fueran masa. Me tocó mientras me preguntaba si podía usar un apéndice especial que tenía que penetraba más. Sabía a qué se refería. Sentí repulsión, pero acepté. Después del sexo inicial, con las manos apoyadas en la pared e inclinada hacia adelante, bajó el ritmo. Esperaba que ya casi hubiera terminado, pero decidió prolongarlo. Me mandó a mi habitación. Se quitó toda la ropa menos los calcetines. Complementó su anatomía y me hizo aceptar. Su miembro era muy superior al tamaño promedio, pero dudo que, de no haber llevado anillo de bodas, lo hubiera usado alguna vez. Era medio calvo, tenía una ceja prominente como la de un neandertal y una barriga cervecera pálida con muchos lunares por todo el cuerpo. Tenía bigote y perilla que no ocultaban del todo su cutis demacrado, que parecía tener cicatrices de acné severo. Casi todos los hombres eran más altos que yo, pero él era bajo y solo me superaba por unos centímetros. Nunca le había mentido tanto como cuando le dije lo que quería oír sobre ser sexy y desearlo. La única verdad era sobre su pene grande. SIK habló mucho, principalmente degradándome y confirmando que estaba de acuerdo con él. Clichés, como que yo era una puta, una zorra, una guarrilla y que me gustaba lo que me obligaba a hacerle, pero también me preguntó sobre mi vida sexual y mi historial de abusos. Quería que dijera que mi padre y mis entrenadores abusaban de mí, pero no mentiría. En cambio, le conté parte de la verdad sobre el abuso de mi hermano. Esa fue probablemente la peor parte. Decirle en voz alta a SIK lo que nunca solía admitirle a nadie, para su gran placer, me hizo daño. Eso fue peor que el sexo oral. Peor que obligarme a besarlo en algunos momentos. También fue cruel. Intentó amordazarme y empujarme hasta el fondo de mi garganta mientras le obligaba a hacerme sexo oral. Me empujó los tobillos detrás de la cabeza mientras me embestía con sus embestidas abusivas. Podía ver la cruel lujuria en sus ojos. Podía ver su sonrisa malvada. Me abofeteó muchas veces, pero no muy fuerte. Sí me azotó fuerte. Se dio cuenta de que me tenía cautiva y vulnerable a sus caprichos y que por fin estaba viviendo sus fantasías más oscuras. Hacía todo lo que él quería y lo alentaba porque quería que parara. ¡Tantas veces se detuvo justo antes de llegar al clímax! No quería que terminara. SIK intentó tener sexo anal conmigo y yo me adaptaba, pero era demasiado grande para mí. Lloré casi todo el rato de dolor, pero intentando actuar como una pareja ansiosa por que terminara. Después pensé que eso podría haberlo prolongado. SIK era probablemente el momento en que preferiría que sufriera más, como si me estuvieran violando en lugar de ocultar mi dolor. No duró mucho más de veinte minutos, pero fue terrible y lo reviví tantas veces en mi mente antes de emborracharme y colocarme hasta la muerte la noche siguiente después del trabajo. Así que el recuerdo vivió mucho más prominente en mi cabeza que un simple encuentro de 25 minutos. Alcanzo el clímax con facilidad, pero nunca tuve un orgasmo con él por su preferencia por causar dolor sexual. Cuando de repente se corrió dentro de mí, se quedó callado y apenas dijo una palabra más mientras se vestía, con cinturón de pistola y todo, y se fue en silencio. No tengo ni idea de qué significaba eso. Me asustó. Tuve miedo al conducir un tiempo y evité dormir en casa tanto como pude, lo que a veces significaba acostarme con hombres e incluso con amigos, solo para no volver. Fue la razón principal por la que no renové el contrato de alquiler y me mudé a un apartamento más pequeño, sola. Era la misma compañera de piso cuyo padre ya se había acostado conmigo sin mi consentimiento inicial. Le conté a mi compañera una versión corta y reaccionó como si fuera una historia genial. En cierto modo, se la conté así, como una forma de afrontarlo. El camino fácil y de menor resistencia. No admitir que pudo haber sido lo peor que me ha pasado en el ámbito sexual. Lo peor que me pasó en la universidad fue el corazón roto por perder a los hombres que amaba. Pero esas son historias para otro foro. Ya no expongo mi corazón para que lo pisoteen. Este incidente fue una de las llamadas de atención que me indicaron que debía cambiar por completo mi estilo de vida e intentar salvarme. También fue una de las cosas que más me costó comentarle a mi terapeuta, aunque lo pensé durante las sesiones.

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    De un sobreviviente
    🇩🇪

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    No fue hasta que leí esta plataforma que me di cuenta de que lo que pasó no era trivial. Un amigo en ese momento me dijo que fuera a la policía, si no por mí, al menos por cualquier otra persona que pudiera haber sido afectada o pudiera serlo en el futuro, porque uno nunca sabe. Les entregué todo y no hicieron nada. Si no fuera por la ayuda de mis amigos, no creo que seguiría viva. Intenté suicidarme 6 años después de que sucediera porque la idea de formalizar mi relación con mi novio significaba en mi cabeza que volvería a pasar. Sufría flashbacks y él siempre fue muy paciente. Me alegra decir que, ahora que ese novio es mi prometido, las cosas mejoran. Estaba en la universidad, tenía un trastorno alimenticio grave, y este chico fue el único que no intentó cambiarme, sino que aceptó que estaba muy enferma y no me exigió que comiera. En retrospectiva, eso fue una gran señal de alarma. Él estaba más feliz de que yo fuera vulnerable y no quería que mejorara. Después de un año juntos, comenzó a ser violento. Se negaba a dejarme sola. Recuerdo perfectamente la primera vez que se puso violento el día de mi cumpleaños, y el único lugar donde podía estar era en el baño porque estaba cerrado con llave. Me quedé allí sentada todo el día, sabiendo que estaba afuera, sin saber qué iba a pasar. Cuando salí, estaba viendo la televisión como si nada hubiera pasado. Me robaba la tarjeta de débito con frecuencia y compraba comida para él, sabiendo que ese era mi presupuesto semanal para comida, y nada de lo que compraba me parecía bien. Me impidió recuperarme durante dos años. En un momento dado, me quitó hasta el último centavo y no me quedó dinero para ir a casa el fin de semana. Tuve que mentirles a mis padres diciéndoles que me quedaba allí para terminar unos ensayos; me daba muchísima vergüenza que pudiera controlarme así. Estaba en negación, creía que solo eran palabras duras y que él no se conocía a sí mismo ni su fuerza, que yo era demasiado débil. Intenté romper con él, pero me manipuló para que volviera con él, diciéndome que nadie más me querría jamás. Volví con él. Fuimos a una fiesta de Navidad y me hizo sentir culpable porque "perdió" el último autobús a casa, así que me pidió quedarse en mi sofá. No pude negarme. Sabía que todos los demás estaban fuera en la fiesta, así que me obligó a tener sexo, como ya había hecho antes, pero yo lo vi como una forma de darle lo que quería para evitar que se pusiera violento. Hasta entonces, el sexo también se volvió violento. Esa noche no consintí, dije que no explícitamente. Lloré en silencio y cuando empeoró le pedí que parara. En respuesta, me estranguló hasta que no pude ver bien y me dejó moretones. Cuando intenté gritar, me arañó la cara y me dañó la retina, dejándome con la necesidad de usar gafas (que nunca antes había necesitado). Sangré por todas partes, pero él simplemente se durmió con el brazo alrededor de mi cuello para que no pudiera irme. Al día siguiente fui a la universidad e intenté contárselo a una antigua amiga que estudiaba derecho, pero como era amiga suya, bromeó diciendo que le gustaba el BDSM y que esas cosas pasan todo el tiempo si algo sale mal. Después de que ella le dijera que yo lo había mencionado, me hizo firmar un "contrato" que decía lo bueno que era en la cama. Sinceramente, no recuerdo cómo me convenció para hacerlo, todo fue muy confuso. No recuerdo la mayor parte de ese año, pero sé que me enviaba cartas amenazantes que no pararon hasta que me mudé un año después. Después de eso, como ella fue la primera persona a la que se lo conté, pensé que nadie me creería. Pero un amigo, sin que yo dijera nada, me hizo saber que sabía que algo había pasado. Algo andaba mal, y finalmente se lo conté. Me convenció para que se lo contara a otras personas, para que fuera a la policía, para que buscara terapia, para que fuera al centro de crisis por violación y se lo contara. Otra amiga me dejó quedarme en su casa casi todo el tiempo porque me enviaba amenazas de muerte por mensaje de texto y en las redes sociales. Me ayudaron a terminar la universidad y me apoyaron en todo lo posible, organizaron que tuviera un aula de examen separada de él, e incluso me llevaron de fiesta para que supiera que aún podía divertirme y que me seguían queriendo a pesar de todo. Mi único arrepentimiento es no haber insistido más. Ahora él es una ocupación y me aterra la idea de que alguien tan malvado esté cerca de otras personas y en una posición de poder sobre ellas. Me quita el sueño. Ojalá pudiera recuperar el expediente policial e insistir en que sí, que fue así de grave, que sí, que es violento. Podría haberme quedado en casa dos años. Perdí mucho peso por el miedo y la preocupación. Pero terminé mis exámenes, terminé mi carrera, seguí estudiando e incluso descubrí quiénes son los verdaderos amigos.

    Estimado lector, esta historia contiene lenguaje autolesivo que puede resultar molesto o incomodo para algunos.

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    Actividad de puesta a tierra

    Encuentra un lugar cómodo para sentarte. Cierra los ojos suavemente y respira profundamente un par de veces: inhala por la nariz (cuenta hasta 3), exhala por la boca (cuenta hasta 3). Ahora abre los ojos y mira a tu alrededor. Nombra lo siguiente en voz alta:

    5 – cosas que puedes ver (puedes mirar dentro de la habitación y por la ventana)

    4 – cosas que puedes sentir (¿qué hay frente a ti que puedas tocar?)

    3 – cosas que puedes oír

    2 – cosas que puedes oler

    1 – cosa que te gusta de ti mismo.

    Respira hondo para terminar.

    Desde donde estás sentado, busca objetos con textura o que sean bonitos o interesantes.

    Sostén un objeto en la mano y concéntrate completamente en él. Observa dónde caen las sombras en algunas partes o quizás dónde se forman formas dentro del objeto. Siente lo pesado o ligero que es en la mano y cómo se siente la textura de la superficie bajo los dedos (esto también se puede hacer con una mascota, si tienes una).

    Respira hondo para terminar.

    Hazte las siguientes preguntas y respóndelas en voz alta:

    1. ¿Dónde estoy?

    2. ¿Qué día de la semana es hoy?

    3. ¿Qué fecha es hoy?

    4. ¿En qué mes estamos?

    5. ¿En qué año estamos?

    6. ¿Cuántos años tengo?

    7. ¿En qué estación estamos?

    Respira hondo para terminar.

    Coloca la palma de la mano derecha sobre el hombro izquierdo. Coloca la palma de la mano izquierda sobre el hombro derecho. Elige una frase que te fortalezca. Por ejemplo: "Soy poderoso". Di la oración en voz alta primero y da una palmadita con la mano derecha en el hombro izquierdo, luego con la mano izquierda en el hombro derecho.

    Alterna las palmaditas. Da diez palmaditas en total, cinco de cada lado, repitiendo cada vez las oraciones en voz alta.

    Respira hondo para terminar.

    Cruza los brazos frente a ti y llévalos hacia el pecho. Con la mano derecha, sujeta el brazo izquierdo. Con la mano izquierda, sujeta el brazo derecho. Aprieta suavemente y lleva los brazos hacia adentro. Mantén la presión un rato, buscando la intensidad adecuada para ti en ese momento. Mantén la tensión y suelta. Luego, vuelve a apretar un rato y suelta. Mantén la presión un momento.

    Respira hondo para terminar.